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No entiendo las aristas



No me gustan los filos, los bordes, las aristas.
No me gustan los ángulos, las rectas, lo derecho. Tampoco me gusta el ideal de perfección que persiguen. Pero fundamentalmente, me abruma su connotación de agresividad.


Viviría en un mundo redondo, ovalado, acolchonado, donde las puntas nunca sean puntudas, ni pinchudas, ni aristosas. Donde los bordes no estén muy definidos, porque las definiciones son siempre mentirosas y las líneas rectas no se sentirían cómodas y dejarían de existir, ocupando un lugar en la mitología cunado algún nostálgico las recupere evocativamente.


Geometría blandita, formas imperfectas, perfectamente imperfectas. Ennubesitada geometría de las curvas que conservaron el anonimato cuando todas las figuras con lados y ángulos recibieron su nombre; porque todas las figuras con lados rectos tienen ángulos y tienen  nombre. Están rotuladas y encasilladas. Las formas curvas, no. Se escaparon del afán clasificatorio y del dominio del lenguaje, se filtraron de los estándares y se pusieron a bailar.

Coreografía de curvas, sintonía de bucles y vueltas, girando o cayendo torpemente, saltando o solo quietas, pero con la rotunda sensación de movimiento que contagia su presencia.


Las formas erráticas, las formas deformes en toda su contradicción. Esas quiero.


No entiendo a Doña Petrona y su hermana



Doña Petrona es una de las tantas argentinas que viven en Malasia. Ella y su hermana son las gemelas más altas del mundo y reciben cientos de visitas al día. 


Hijas del tucumano Cesar Pelli, que las soñó y las imaginó a principios de los `80, las chicas crecieron en Kuala Lumpur desde 1994. 


Aunque a primera vista parece que las gemelas son amantes del hormigón, acero, aluminio y vidrio, tienen una casa preciosa con más de veinte hectáreas de jardín diseñadas por el brasilero Roberto Burle Marx, pensadas para que las visitas puedan encontrar un espacio verde en el corazón de la ciudad y disfrutar de su emblemática compañía. 


Amantes del entretenimiento, la gastronomía y la música, tienen tiempo y lugar para los negocios, la cultura y las artes. Incluso se las puede ver haciendo algunas participaciones en el mundo del cine.  


Tanto de día como de noche, se puede ver a las coquetas gemelas luciendo su atuendo brillante. Honrando a la herencia musulmana de Malasia, estas fotogénicas hermanas, con rasgos islámicos e impronta moderna, mezclan oriente y occidente, de manera completamente única, ellas sí que son buenas anfitrionas.

¡No entiendo como no las fui a visitar antes!

•         Base con forma de estrella de ocho puntas
•         452 metros de altura
•         32 mil ventanas que recubren la fachada de todo el complejo.
•         78 ascensores (39 por torre).
•         Superficie total de 395 000 m² (contando ambas torres).
•         88 pisos, con un pasadizo elevado en los pisos 41 y 42 a 170 m de altura.
•         258 columnas repartidas por todo el complejo.
•         Sede de la compañía petrolera malaya “Petronas”
 "Nunca se discutió que las torres deberían ser las más altas del mundo, sólo que deberían ser bellas" cuenta Cesar Pelli.


No entiendo la inspiración



En uno de los primeros apuntes de mi carrera universitaria, estaba el texto de Roberto Fontanarrosa “La inspiración”. Estaba en la materia Redacción 1, entre las primeras lecturas, y el trabajo que se nos pedía era trabajar con esa noción. Desde entonces, fue más que claro que el término “inspiración” no tendría cabida en el hacer profesional que se proponía para nosotros. 
Desde entonces, me quedó grabado y no por eso dejo de esperar que de algún universo paralelo, envuelta en trapos y luces, llegue una musa con aquella frase que estoy necesitando para terminar un texto, una planificación, una propuesta.


Y es que desde pequeños la magia nos da ese lugar cómodo en el que esperar que las cosas sucedan. Entonces, esperar, y en algún momento, llega el vencimiento del plazo, entonces, empezar... que es algo se produce medio así:

Bueno, ahora, prender la computadora porque hay mucho que escribir. Si, ahora. Bueno, pero para poder enfocarnos en esa escritura, vamos a terminar los pequeños pendientes que reclaman atención en las pestañas del navegador. Oh y dado el horario, habría que hacer un par de llamados, porque se puede escribir de madrugada, pero hablar con recepcionistas de reparticiones públicas, definitivamente no.
Ahora sí, empecemos, pero primero, la chocolatada y algunas galletitas, porque con la panza vacía no se puede escribir nada con sentido. ¿Y esa notificación? Seguro es algo importante, y quizás esté pasando algo importante en alguna de esas redes sociales donde tengo cuenta, pero no entro seguido. No debería dejar de fijarme, así ya me pongo de lleno con la tarea de escribir. Uy, la taza de la chocolatada, mínimo la pondré en remojo, bueno, mejor la lavo, y ya que vine hasta la cocina, puedo lavar le resto de las cosas que hay dando vueltas por ahí. ¿Y si para optimizar el tiempo voy poniendo el lavarropas? Son dos segundos, ¿claro u oscuro? ¿Habrá algo más para lavar en otra parte? Mejor lo busco.

Capaz sea mejor hacer antes la foto para ilustrar el texto, ¿o ya tengo una buena foto para eso? Me parece que si, la busco y mientras, voy escribiendo algo para perfeccionar más adelante.
No se puede escribir algo lindo en medio de este desorden, vamos a apilar papeles, pero mientras lo hago, voy redactando en mi cabeza lo que después voy a tipear.
Ahora tengo una idea, pero se parece a algo que ya escribí, o eso creo. ¿Lo tendré archivado? mejor lo busco. ¿En que carpeta?. Uy! Encontré mi tesis de licenciatura.... hace mucho que no la releo. Que nostalgia... cuantos borradores sin terminar en esta carpetita!
Uy, el plazo. Si ahora a escribir. Pero antes...

Y así sigue la charla por horas, hasta que en plena madrugada, en medio del sueño, algo te abre los ojos y en el papelito arrugado de la mesita de luz se plasman las ideas que todo el día no dejamos emerger.

No entiendo la inspiración, pero no descarto su existencia.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 22: escribí el monólogo interno que experimentás cada vez que te sentás a escribir






No entiendo un mejor lugar



Frío puede sonar si digo mármol
Aburrido puede sonar si digo histórico
Vacío puede sonar si digo icono

Por eso trato de no decir nada. Solamente yo sé lo que significa pasar por ahí, sentarme, mirar, comer, escribir, sacar fotos, charlar, conectar con el río. El Monumento Nacional a la Bandera es mucho más que un emblema de la ciudad de Rosario, mucho más que el dibujito del billete de diez pesos, mucho más que un lugar turístico. Es mi lugar en el mundo. Tan céntrico que siempre me queda cerca, tan parque que siempre invita a quedarse, tan en el río que siempre hace suspirar.


Sentarse en el mármol travertino proveniente de la cantera del Albardón, provincia de San Juan (como repetía en las visitas guiadas que solía hacer por trabajo o por couchsurfing), es un deleite para el tacto que se permite recorrer los pozitos y acariciar la rugosidad. Al oído, el monumento es políglota si se llena de turistas que le rinden homenaje, y a veces es musical, cuando los espectáculos lo habitan como escenario, aunque también suena triste los días de protesta, que equilibran con las veces que suena a fiesta porque también vamos al Monumento a festejar. A la vista le brinda una polisémica sinfonía de alegorías en cada una de sus secciones, como un resumen de la historia y el futuro nacional. Las esculturas verdes y blancas son de Fioravanti y Bigatti sumando en el fondo las de Lola Mora. También las nubes, el cielo y el río, a menudo arman banderas Argentinas para quien quiera metaforizar. Al olfato, olor a río, a humedad rosarina, a gas en la zona de la llama votiva. Para el gusto, suele ser pochoclo o en mi caso alfajor, o algunas veces sandwichitos, porque es un lugar picnickeable.

En todos los momentos de mi vida, hay un recuerdo en el Monumento a la Bandera, buscado y elegido como protagonista de lo que soy.


“Lo interesante de este Monumento, esta vinculado a las distintas formas de consumo simbólico que de él se hacen. Al ahondar en su historia y su actualidad, se intentara destacar la significación de este espacio. En este monumento, emblemático de la ciudad de Rosario, tienen lugar distintos eventos, tardes soleadas en familia, espectáculos artísticos, actos cívico militares, expresiones culturales de las más diversas, paseos con amigos, izamientos de distintas banderas en fechas trascendentes, cacerolazos y manifestaciones”.

Dice mi tesis de licenciatura, que lo tuvo como objeto de estudio.

Mi lugar en el mundo.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 20: escribí acerca de un lugar que amás



No entiendo como no amar el transporte público (5)



Siempre el transporte público regala momentos amorosos, de esos que te hacen sonreír en plena rutina. Hoy... otra vez, no entiendo como no amar el transporte público.


Subir al cole una mañana de sábado, medio dormida, algo contrariada. 
Ver que suben dos chicos en la terminal, recién llegados, cargados de equipaje.
Verme espejada en mis paseos a otras latitudes. 
Ellos piden permiso al chofer para comprar boletos a otros pasajeros que tengan saldo en las tarjetas recargables que usamos los locales para pagar el viaje. 
Sentí la fuertísima necesidad de regalarles el tramo. Rápida y ansiosa, me ofrezco a pagar sus pasajes y ellos se empeñan en abonarme el monto correspondiente. No acepto, los convenzo con el argumento de que alguien, algún día, lo haría por mí. Ellos entienden mi concepto. De repente les nace la idea, buscan en sus mochilas y mi mañana potencia su brillo cuando recibo un fanzine de producción propia a cambio del gesto (no quiero leer que fue a cambio del pago, quiero confiar en que los humanos nos vinculamos a través de gestos, actitudes). 
Aqui pueden leer a la autora del fanzine.

Y allá voy... otra vez en los viajes cotidianos por mi ciudad... descubriendo el espíritu humano que se filtra entre los bloques de cemento y nos muestra que la sociedad de mercado nunca hará que dejemos de ser personas.


Como siempre... no entiendo como no amar el transporte público.





No entiendo como confunden arte con marketing



¿Cuál es la diferencia entre “renacimiento” e “involución”? Seguramente habrá tesis enteras acerca de alguna brecha, sin embargo, desde el desconocimiento, afirmo que la diferencia es de cohorte valorativo. Supongo que ensalzar algo como renacentista implica  un dialogismo con los grandes del pasado, mientras la involución se emparenta con una lógica lineal compuesta de instancias superadoras encadenadas que han sido interpretadas por quien toma elementos de eslabones vetustos.

Básicamente, me da igual. Quiero divagar sobre una práctica que podría encasillar en una u otra categoría, pero elijo hablar de reinvención (y allí voy a dejar contenidos los términos en litigio)
Me llama la atención hace unos años (y no es la primera vez que escribo sobre el tema) una práctica artística en la que las organizaciones encargan a los artistas plasmar su esencia dentro de márgenes muy acotados, algo así como una producción seriada, en la que la serie amalgama el soporte, un soporte provisto por los convocantes y dotado de alguna significación icónica, sobre el que los artistas hacen ni más ni menos que lo que pueden. 

Un ejemplo de estas intervenciones a pedido

Esta práctica llegó a remitirme a los tiempos del mecenazgo, de la pintura por encargo y de la relación artista-cliente que condicionaba el producto dejando a la expresión  reducida a información (una serie de datos que deberían ser comprensibles para ciertos actores consumidores)

Así pues, cuando el rey elegía un pintor, lo hacía con la confianza de creer que sería quien logre la mejor reproducción de la imagen de sus hijos, de esta forma se relegaba el arte a la función mimética de inseparable relación con la realidad de la cual se despojaría con la controversial aparición en el siglo XIX de la fotografía.
Aunque fuera más allá de lo mimético, el arte no perdía la carga clientelar, en la decoración se ponían en juego criterios pedagógicos (un mensaje para el pueblo o la feligresía) y estéticos (moral, canon perfecto, proposición). O sea que, aunque lo expresado no fuera copiado de la realidad, tendría que reflejar fielmente una historia, una deidad,  un concepto, esa realidad irreal que les tocaba realizar (¿?)
La fotografía tomó como propia la tarea de capturar la realidad, llevando para su cancha varios artistas del campo de la plástica y los que se quedaron sintieron esa liberación que permitió el surgimiento de las vanguardias estéticas, con lo cual los ismos pudieron mostrar con el arte mucho más que retratos y alegorías y aparece el artista como parte nodal de las obras, aparece (con Velázquez y después) en la obra.

Ir al Pompidou y ver la obra de Duchamp es ir a verlo a él (cuantos saben el nombre de su obra?). Encontrarnos con él, es ver en esa obra mucho más que estética plástica, virtuosismo artístico, estamos viendo un momento, una coyuntura, un conflicto, un show de quiebres y cortes que el artista nos cuenta sin que nadie se lo pida. En otros momentos y lugares,  vamos viendo surgir nombres que por medio de su arte plasman radiográficamente la coyuntura, y también aparecen movimientos de l`art pour l`art, todo esto en una danza feliz y denunciante de sujetos con función política a la vez que poética (hibridando títulos de Aristóteles), así vemos el arte contemporáneo y una paleta multiforme de personajes y obras de las que gozamos entendiéndolas o dejándonos mover por su impacto visual.


En esta cronología que no es más que un grosero y violento resumen de la historia del arte, quiero anclar mi pesar por las propuestas a las que aludí renglones atrás.
Al parecer hemos vuelto a pedirle al artista que se exprese según consignas (lo cual no se extinguió nunca, pero se había corrido del centro de la escena). Entonces el artista (puro fluir y libre expresión) se encuentra sentado frente a una vaca, un ladrillo, un balero con la consigna de intervenirlo. 
Si bien por lo general la cuestión tiene por fin una cosita entre benéfica y snob (culminando en una subasta cruza de"exclusiva"con"under"),no deja de ser a todas luces la fetichización de su esencia mística en pos de la estandarización (pues más allá de las improntas de quienes hacen arte sobre ellas, no dejan de ser todas vacas, ladrillos, baleros). El artista suele tomar este pedido como posibilidad de exposición pública (omitamos decir marketing, porque suena choto), y ahí se pone a darle vueltas al soporte imaginando como hacer algo lo suficientemente personal como para plasmar su esencia y lo suficientemente radical para que su obra se despegue del conjunto y no pase desapercibido para el público (acaso cliente).

Con estos dos puntos en claro, la emoción en la que nuestro obrerito cultural encara la tarea puede ser; 
  • desafío “a ver, como hago algo bueno con esta consigna”, 
  • adaptación “es un trabajo como cualquier otro, no siempre se puede hacer lo que se quiere”, 
  • o bien, desmotivación “hasta cuando voy a tener que hacer estas cosas por prensa”. 

Volviendo al principio, quizás es una cruza entre la vuelta al trabajo a pedido y la necesidad de visibilizar y comercializar lo que logra este tipo de despliegues en los que la libertad irreverente del artista contemporáneo sucumbe ante la lógica de la sociedad de consumo y un nuevo modo de estandarización de la producción. Lo cierto es que no hay forma de que me guste (más allá de la ocasión de foto chistosa) ninguna de esas piezas y en parte lo atribuyo a que veo opresión del autor en las materializaciones repetitivas de elementos intervenidos al solo efecto de su venta (por mas altruista que sea el cometido aducido). He dicho (en verdad, esto lo he dicho el 24.04.2013).

No entiendo como se puede borrar la necesaria línea entre el arte y el marketing... pero es tendencia.

(Agradecimiento a Fede.... que casualmente estaba en todas las fotos que ilustran las ideas de esta exposición)




No entiendo a María Elena Walsh



Me encanta escuchar sus canciones, leer sus cuentos, repasar su maravillosa obra. María Elena es uno de los iconos de mi vida (aunque casi escribo “de mi infancia”, no sería justo… trasciende ese pedacito y la abarca toda).

Cuentos como “La Plapla", o “Morrongato del zapato”, canciones como “El twist de Mono Liso” o “La reina Batata”, “La canción de tomar el té” o “Don Enrique del Meñique”, me llevaron de la mano en mis primeros años, pero ya más grandecita, “Un elefante ocupa mucho espacio”, como cuento y “La cigarra” o “El país de NoMeAcuerdo” como canciones me hicieron pensarla desde otra mirada, más centrada en la historia nacional, en las desgracias de mi tierra y las prohibiciones de sus obras en los años oscuros de mi Argentina.

Sin embargo, aunque tuve tortugas toda mi vida y la canción de “Manuelita” me llegara entrañablemente, una canción que me acompañaba mucho era la “Canción del Jacarandá”…


Este árbol significa mucho para mi… es uno de los primeros a los que le aprendí el nombre y en mi imaginario actual, me remite a la puerta de la casa de mi abuela Isabel, a juntar florcitas del suelo mientras mis papás se despedían de ella y mis tíos. 
Durante años, el único jacarandá que podía identificar era el de la puerta de la casa de mi abuela. Y durante muchos años, ver esas florcitas aparecer en noviembre evocó su recuerdo nítido y cotidiano, tan simple como aquellas flores que nadie esquivaba pisar.



De todas formas, no comparto la mirada de mi autora querida… no termino de entender si lo suyo fue exceso de patriotismo, pero no puedo ver como ella que este árbol proporcione 
“…una flor y otra flor celeste…” 
No puedo evitar ver las flores de un incuestionable color lila! 

No entiendo porque María Elena ve posible hacer escarapelas con las flores del Jacarandá.






No entiendo como no pasar horas buscando formas en las nubes


Me cuesta mucho dejar de hacerlo. Lo disfruto y me puedo pasar horas con dolor de cuello forzando siluetas en el cielo. Comparto esta foto de una búsqueda que registre:


¿Pueden verlos?
Encontrar formas en las nubes tiene la complicación de tener que explicar a otra persona que vimos por ahí. 
Este cielo de Villa Logüercio, junto a la laguna de Lobos, en Buenos Aires, tiene una parejita de chicos, un abrazo, un beso en la frente y un montón de ternura.
El pelo, la oreja, la nariz, la profundidad del ojo cerrado... está perfectamente definido.
¿Pueden verlos?

También comparto un cuentito, muy breve y sencillito que escribí hace algunos meses y retoma esta temática, tratando de explicar desde la literatura los efectos de las nubes en la rutina humana;

Instantes
Se tiró al césped junto a su perro, que tomaba sol panza arriba con envidiable serenidad. Imitó  la posición con todo el cuerpo (aunque el animal lo mirara intrigado con uno de sus entrecerrados ojos)
Quedaron tendidos a la par, entregados al cálido abrazo otoñal de Febo. Al principio le molestaron los yuyitos, después sintió patas de algunos bichitos, finalmente se mimetizó con el entorno y al cabo de un tiempo se animó a abrir los ojos.
Con el brillo del sol, se hicieron visibles para él sus propias pestañas, esas, que estando siempre ahí hacen que las dejemos de ver. De fondo danzaban presumidas las nubes. Esa tarde se movían rápido y, sea lo que sea que eso signifique, era divertido. Conejos, casitas, elefantes y seres cachetones, todos ellos desfilaban por el cielo con ese polisémico compás de cumulonimbus. Su perro suspiro. Él le rascó la pancita.
Y casi como si alguien quisiera cambiar el canal de esta preciosa película muda, por su cabeza se cruzó uno de sus problemas, y luego otro y en minutos ya eran tres.
Apretó fuerte los ojos, sintió como se dibujaban las arruguitas en sus parpados. Hizo un esfuerzo mental inexplicable y los abrió suave y lentamente, prestando atención al movimiento de su piel. Volvió a mirar sus pestañas, tomó una de las patas de su perro (como quien se aferra a un rosario con fe) y se repitió como un matra que era lo importante en ese momento; conejos, casitas, elefantes y seres cachetones. 


A modo de solución, por si no los encontraron en la foto anterior, y para compartir la belleza sutil del cielo, dejo la imagen que con el dedo tracé desde el césped, para ayudar a mirar a la parejita que las nubes pintaron este fin de semana.


No entiendo como puede haber tanta gente que se pierde estas obras de arte aéreas. 



No entiendo a los que no reutilizan; Paraguas o paraloqueyoquiera



Puedo jactarme abiertamente y sin temor a equivocarme, de ser una persona con conciencia ecológica, no sé si soy todo lo responsable que debería, pero sin dudas, estoy en la senda. Un poquito de esto se trata esta nueva línea de “Noentiendos” que inauguramos hoy e irán apareciendo cada tanto.
Todo lo que pierde su función puede terminar triste e injustamente, por convertirse en basura, supongo, que a esta altura del calentamiento global, todos sabemos que hay que evitar a toda costa la generación de residuos. En eso estamos.
Las tres “R” nos orientan a reducir el consumo de elementos desechables, reutilizar los que ya fueron utilizados para su finalidad inicial y reciclar los que tienen materia prima capaz de ser reinsertada en el ciclo productivo.

De a poquito y cada tanto, vamos viendo ideas maravillosas (y no tanto) para alcanzar estos ideales… no existe ninguna intención de transformar las reflexiones de siempre en un blog DYS, sólo descubrí algunos usos para cosas que me parecen tan interesantes, que no entiendo como no se le ocurrió a otra gente.
En el relato de hoy, quiero hablar de los Paraguas! Y si…. Muchas veces leemos que hacer con botellas, latas y cartones, pero después de cada lluvia, los basureros de vía publica muestran la cantidad de honguitos portátiles que los peatones han dejado sin utilidad, entregados a un destino cruel (¿?)

De chiquita siempre me resultaron muy atractivos los paraguas, solía pasar horas jugando con el que venía instalado en mi cochecito, bailando, haciéndolo girar, armando campamentos bajo su reparo (dentro del living de mi casa). Más adelante, en la escuela primaria, compré uno compacto y lo alojé (por sugerencia de mi mamá) en el fondo de la mochila, por si el agua se precipitaba a la salida de la escuela. En el secundario, descubrí el placer de caminar bajo la lluvia y prescindí de sus servicios por muchos años. 
Mucho después empecé a viajar, y parecía interesante retomar el hábito de llevarlo, pero fundamentalmente (y casi como mandato familiar) como cábala para que no llueva. Un día en Australia fue más útil abrirlo en una parada de colectivo para protegernos del sol y hoy creo que es el uso que más le damos (a modo de sombrilla).

Con esta multiplicidad de aplicaciones, los paraguas lograron un lugarcito especial en mi corazón, y cuando un viento o un desperfecto mecánico los sacaba de servicio, por alguna razón, no podía tirarlos (confieso que me pasa con un montón de otros objetos… pero hoy hablamos de paraguas). Así… necesité encontrarles un uso (escribiría que “no entiendo a los que me dicen acumuladora”, pero no tiene sentido, tienen razón).



Un día de lluvia, post caminata a la oficina en discusión con el viento, me encontré con una chata jornada laboral, un paraguas roto y una tijera. Lo que se me ocurrió fue pensar en que lo que se había dañado era el armazón metálico y comencé a liberar los hilitos que amarraban la tela impermeable. Esa tarde tomé la merienda sobre mantelito nuevo, ¡descubrí un súper aliado! 
Doblado al medio, se convierte en un semicírculo que encaja perfecto en el borde de la mesa redonda del comedor y nos permite merendar (o incluso cenar) a los dos (sin tener que vaciar toda la mesa, o ensuciar un mantel más grande). El tipo de material hace que sea resistente a todo tipo de manchas, suele bastar sacudirle las migas, o pasarle un trapo húmedo, incluso al momento de sacarlo del lavarropas, está casi seco. También lo uso muchísimo para inventar mesitas de apoyo, o en una versión más honesta, tapar banquitos para transformarlos en mesas. Son muy geniales para trabajar con materiales que manchan y proteger la mesa (no hay grandes problemas con descartarlos en caso de que se arruinen y queden impresentables) y además les doy mucho uso como lonitas de pic-nic para parques y playas (incluso tengo uno al que le dejé unos centímetros de alambre en cada punta para clavarlos en la tierra o la arena), ocupan muy poco espacio en el bolso.

Los banquitos del fondo y los del frente son iguales, pero si tienen mantel, están disfrazados de mesa.

¿Con el armazón del paraguas? Ni idea… lo único que se me ocurrió fue donarlo a una amiga artesana con la ilusión de que arme arañas de cartapesta (hasta ahora, sin resultados).

¡No entiendo como no amar los manteles de paraguas!


No entiendo la estandarización del arte


Y un día escribí sobre eso. Hoy comparto las ganas de entender que un artista no quiere formar parte de un proyecto en el que no cree. Lo escribí en 2010, y por respeto al paso del tiempo, no edité ni una coma. Este textito me regaló una linda relación con la artista que movió mis emociones en aquel terrible lugar.

Para ponerlos en situación, contextualizo un poco el fluir de esta leyenda. Yo trabajaba en un lugar horrible al que todos veían lindo, un lugar muy comercial que pretendía disfrazarse de cultural. Tanto es así que, aquella vez, trajeron una curadora para que desparrame los baleros intervenidos por artistas sobre unos tablones (cual parripollo de club de barrio, pero con pretensiones museológicas).

Vista aérea de la muestra. Tablones llenos de objetos en un corralito.

Como el showcito era insostenible, al gerente se le ocurrió que los empleaduchos escribiéramos un par de renglones sobre el balero que nos pareciera más lindo (si, todavía hay gente que cree que el arte tiene que ser lindo).
Allá fui… miré, elegí y escribí.
Pasen y vean.


Historia del balero

No quería que “mi balero” se convirtiera en un objeto de arte. 


El arte como sobreviviente de la industria cultural, se ubica en la cultura de masas como un elemento difícil de incorporar. El contexto de producción artística, choca con el resto de la mercadería que el mercado ofrece a los consumidores en su tiempo libre.
Quizás en este pensamiento podamos comprender la necesidad de Marga, que ve con pena el balero recibido y elige no exponerlo para el reducido público que gusta del consumo reflexivo.
El objeto de arte, político por definición, se opone a la lógica lúdica que le es intrínseca al balero y en su imposición de intervenirlo, la artista reconfigura la propuesta e intenta liberarlo, darle al juguete la posibilidad de volver a ser.
Esta primera rebeldía de la artista convocada, encuentra su correlato en una segunda rebeldía, a cargo de los niños encargados de revivir el objeto clásico caído en desuso; se niegan a jugar con él.
Llegado el momento de entregar el producto a la muestra temática, la alternativa se plasma en la devolución de la pieza en su estado original adjuntando una nota que expresa la situación por la cual este balero no tiene marcas de transformación.
Quienes montan la pretendida muestra incurren en la tercer rebeldía por la que tiene que atravesar este objeto y rechazan en la práctica lo que aceptan en la teoría. Explicito:
El texto que acompaña el balero culmina con la expectativa de que algún niño juegue y hasta se adueñe del juguete (en alusión a la idea de la artista convocada); el mismo texto inicia (con la frase que cito al inicio de esta reflexión) con una negativa de poner en el nivel de concepto una pieza que la artista elige mantener en la acción.
Quienes invitan a Marga a intervenir un balero, rechazan la intervención. De qué manera? En una doble negación de su mirada artística. En primer lugar, niegan su idea de dejar que ese balero recupere su función y sea instrumento de juego y hasta propiedad de algún niño que participe de la exposición (como intentó hacerlo antes de que sea expuesto). En segundo lugar, a este balero se le niega la voluntad de la artista, que inicia la esquela expresando la necesidad de no volver arte al objeto.
Inserto en una compilación grotesca de piezas multicolores, el balero no intervenido compone la pieza más notoria (y más discreta) de esta exposición.
Merece ser puesto de relieve en un intento de graficar la falta de respeto por las ideas ajenas, la falta de interés  por las motivaciones y propuestas, y,  porque no sumarle, la falta de comunicación que se evidencia en el hecho de que esta pieza no invita a hacer arte a la artista, no invita a hacer juego al niño y no logra que los que montan la muestra le den el lugar y la libertad que la obra reclama y la artista postula.

La existencia de esta pieza, engrampada a la mesa del revoltijo que pretende ser exposición, resume la confusión de la que fue víctima y ahoga su desgarrador grito de clemencia. Aflige su identidad y se cosifica volviéndose nada.


No entiendo esta necesidad fetichista de que muchos artistas deban hacer arte sobre un objeto designado por una organización y no entiendo cómo esta practica se vuelve cada vez más frecuente. Aquí, retomamos el debate.