¿Cómo sabemos
que un bebé dejó de serlo? ¿Hasta cuándo un bebé es bebé? ¿Cuándo la cría de
sapiens pasa a ser un niño?
Algunas culturas
tienen rituales de pasaje, que marcan el cierre de un periodo en cada uno de
los individuos que completan el rito. Aunque todavía tampoco este claro el paso
de niño a adolescente o de adolescente a adulto (y que decir de adulto a viejo),
hoy me preocupa saber cuándo se considera que un bebé cerró esa etapa y egresó
a ser un niño.
¿Será que el
día que da su primer paso logró el
cambio de categoría? ¿Acaso cuando deja de ser lactante y se independiza definitivamente
del cuerpo de su mamá? ¿Cuándo come solo?
¿Cuándo consideramos
que ya sabe hablar? Del primer balbuceo al tratado de lingüística, ¿en qué
punto y quien decide que alguien ya sabe hablar? ¿Terminamos de aprender a hablar
en algún momento?
¿Se deja de
ser bebe cuando se abandona el uso de pañales? Esos accesorios casi universales
son el icono mismo de la bebesidad… ¿Cuándo el bebé va al baño solo, ya es un
niño?
¿Se hace
niño cuando duerme de corrido toda la noche? ¿O cuando empieza a dormir en su
camita? ¿Cuándo empieza el jardín (independientemente de su edad biológica)?
El bebé se
vuelve niño en muchos lugares cuando se establece que debe pagar entrada,
pasaje o boleto, cuando económicamente se lo ve como sujeto de disfrute de eso
que se cobra.
¿Hasta cuándo
debe una madre lavarle la ropa con jabón neutro? Si va al pediatra hasta los 18
años, y a esa edad ya es un sujeto que puede votar, en pocos años tendrá trabajo,
se irá de casa, tendrá sus hijos y dejará de ser deambulador para que nunca
hayamos sabido cuando dejó de ser bebé.
No entiendo
hasta cuando, y hay muchos grises en cada cambio de etapa…. Sera cuestión de
explicarle que siempre va a ser el bebé de mamá.
No entiendo
a quien se le ocurrió que la persona que está físicamente deficiente tenga que
estar afectivamente aislada.
Se entiende que
en algún momento haya sonado lógico el aislar a la persona enferma de los males biológicos que
exceden a las salas de resguardo, también se entiende que la cantidad de tubitos y
cañitos que puede necesitar la persona que
posee debilidad en su sistema vital necesiten conectarse en un lugar
calmo, libre de riesgos. Se entiende que para el facilitar el trabajo y la circulación del personal médico que
tiene a su cargo el restablecimiento de la salud del internado, también son óptimos estos lugares.
La terapia intensiva a hace del sujeto un objeto de estudio y lo analiza fuera de contexto, lo deshumaniza y lo ubica en una cama dentro de una rutina de exámenes y tratamientos con un huequito para que los seres queridos pasen a tener contacto y un breve informe de cómo fue la evolución en las horas de aislamiento.
Estandarización de procesos, rutinización de los cuerpos, burocratización de las familias y gestión de la vida íntima.
No entiendo
que con los avances de las investigaciones no se haya operado un cambio en los
sistemas sanitarios, dado que está harto comprobado que el amor cura.
No entiendo
la privación del apretón de manos, de la
palabra al oído, del contacto amoroso con los seres que sufren por él, que
sufren a su par.
No entiendo cómo
se puede aislar a una persona que puede estar atravesando sus últimos ratitos y
no es justo ni para él, ni para sus afectos ese aislamiento.
Una hora de
visita, un ratito de contacto con un ser pasado de fármacos para que trates de
que se sienta acompañado.
La terapia intensiva me enoja. Nunca voy contenta a
esa visita, porque nadie quiere estar en esa sala de espera, aguardando el
apellido del paciente, que además es tu
pariente. No quiero que alguien regule la cantidad de mimos que se le puedan
propinar. Me enoja porque llego triste y veo a mi persona querida sola, y veo a
otros que no reciben visitas y veo angustia y veo procesos deshumanizados y
gente que cumple con su trabajo con distintos grados y niveles de vocación y
compromiso.
Me da miedo
porque veo en la sala de espera que
algunos rostros dejan de asistir, veo que después del informe se multiplican
las lágrimas de algunos grupos de afectos…
veo muchas cosas que no quiero ver… y duele un montón.
Termina el
horario de visita, hay que irse, te obligan a irte, a dejarlo ahí solo, en ese
lugar sin colores, sin nosotros, sin el cariño y sin el contacto… y te obligan
y te dicen que es por su bien y uno se permite dudar y se merece llevarse a su
ser querido al parque. La terapia intensiva tiene mucha intensidad para los que
estamos afuera, sin drogas que nos hagan perder noción de lo que estamos
atravesando (como si pasa con el que está adentro).
No entiendo
la terapia intensiva, estoy convencida de que es de otra época, y que prontito
va a cambiar sus reglas y a reconocer que los afectos sanan.
Es jueves, y
mientras trato de concentrarme en mis pensamientos sentada en la mesa de una
heladería, se cuela la voz del chico de la caja relatándole un gol a otra
empleada con un nivel de retórica y detalle que más de un crítico de arte
envidiaría al momento de enunciar una obra.
A cada
cliente que entró le hizo un comentario deportivo. A cada niño que vió le
pregunto su preferencia futbolística. A cada uno de sus compañeros les hizo
chistes y les habló de apuestas y hasta se interesó por saber dónde, cómo y con
quien habían estado al momento del suceso. Todos le respondieron y todos hablan
del tema.
Es jueves,
el partido se jugó el domingo y era uno más del montón. Es jueves y él todavía
saborea cada segundo de aquel retacito del fin de semana. Es jueves y su
trabajo se reviste con la sonrisa que la contienda dominguera le dejo en los
labios. Es jueves y no me imagino su lunes, o esas horas de domingo en que su
vida tomó impulso.
Es lunes, el
diario pregona en su tapa los resultados del encuentro, analiza las jugadas,
cuestiona las actitudes, ensalza algunos apellidos y defenestra otros, comparte
fotos, señala anécdotas, es lunes y el diario se suma a la radio, la tele y las
redes sociales para seguir hablando de otro partido tan intrascendente como el
anterior y como el próximo. Es lunes y todas las secciones del diario son
pasadas por alto para llegar al suplemento deportivo, es lunes y todos los
medios de comunicación amontonan su relato de nuestra realidad para dar más
espacio al ritual futbolístico del domingo, la misa pagana, el místico
encuentro de feligreses embanderados bajo la ingrata pasión.
Es miércoles
y alguien en un bar cuenta orgulloso anécdotas de tiempos pasados vinculadas al
club de sus amores. “El día que nació mi hijo yo estaba en la cancha”, “Aquella
tarde me escapé de la escuela para ir a comprar las entradas del partido”, “Mi
viejo vendió la moto para que vayamos a alentar cuando jugamos de visitantes en
tal lado” y muchas que prefiero ni enunciar…está feliz de compartir en esos
párrafos la magnitud de su desmedido amor por un equipo de futbol, como le
enseñó su padre, como aprenderá su hijo. Lo exagerado de sus muestras de
fidelidad con la institución lo jerarquiza en la mesa y le concede la atención y
la admiración. Habla en primera persona del plural, ganamos, jugamos,
clasificamos…. Cualquiera diría que es jugador de algún equipo. Pero no. Es uno
más de los muchos que tributan a la causa.
Es martes,
si, martes en la ciudad y martes en el planeta del que ya no forma parte un
hincha que murió en el partido del fin de semana. Causas dudosas, muchas
versiones y otra familia destrozada después de un encuentro deportivo que no
pudo terminar en paz. Es martes en la vida de los que siguen vivos y en la casa
donde el domingo empezó a faltar un
padre, en la mesa donde empezó a faltar un hermano, en el barrio donde empezó a
faltar un amigo. Es en muchos lugares, otro martes. Y punto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol, porque si bien hay narraciones y canciones y libros
enteros que tratan de explicar esa pasión, me parece sobredimensionada y hasta
perversa. Porque gente que no tiene nada deja todo, porque los valores se
retuercen en nombre de un equipito de futbol.
Amar un
equipo de futbol, es un signo vacío (perdón-perdón a cientos de amigos); el
equipo de futbol cambia de jugadores, técnicos, personas, y lo que prevalece es
una combinación de colores, que no encuentra ninguna continuidad más que sus
fanáticos.
Son pasiones
hereditarias, y cientos de personas se llenan de orgullo al enunciar cosas
ilógicas que han hecho en nombre de su equipo.
Y para peor,
en mi país, en mi ciudad, este fanatismo lleva a la muerte.
Las
canciones de las tribunas incitan a la violencia, les suena natural decir que pueden dar la vida por esos colores, y es
cierto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol… pero somos pocos los que no entendemos… para la mayoría,
lo que no se entiende es que yo piense así.
Algún día del año pasado me puse a escribir un cuentito sobre mamás... que en esta fecha, tiene sentido compartir. Porque de maternar y buscar, hay muchas formas.
Madres que buscan
Y un día me puse en sus zapatos, o en sus pañuelos. Me vi
espejada en la desoladora búsqueda de un hijo que no sabemos si algún día va a
aparecer, que no sabemos si estamos buscando bien, que no sabemos dónde puede
estar.
Un día me sentí como todas esas madres que buscan
insaciables ese amor que tienen a la maternidad, a la familia, al lazo de
sangre, a la transferencia de ADN. Las vi mirándome, me vi mirándolas, me descubrí
siéndolas.
Un día, entre tantos otros días, me compare con lo
incomparable y no me dio culpa. Me sentí como ellas, aunque nada que ver. Vi mi
lucha espejada en una de las más tristes luchas que alguien puede imaginarse
jamás.
Sé que no es correcta la metáfora, entiendo que no se puede
medir con la misma reglita, pero en mi angustia, pensé en la de ellas. Y
bastante poco me importa que se pueda decir que es una mezcla, un pastiche, una
sobre interpretación. No le pedí opinión a nadie. Ni opinión, ni ayuda, ni
contención, ni lastima. A nadie. Somos dos que te buscamos entre las sabanas, y
sabemos que quizás, ahí no estés. Somos dos que te buscamos en el dormitorio de
casa, cuando tal vez estés en la casa de otro, en algún espacio judicial frío,
en el seno de una familia sin amor. En el vientre de alguien que maldice
portarte. Pero con tu papa te buscamos casi como un ritual entre las sabanas de
nuestra cama, casi como una tarea más de la agenda con la que hay que cumplir
en las fechas que grita el almanaque más que la emoción. Y no sabemos si la
lucha tiene sentido, y no sabemos si es egoísta y narcisista. Y no sabemos si
te vamos a encontrar. Pero te buscamos. Y como el tiempo pasa, hay cosas que
van cambiando de color, hay matices en la mirada, hay palabras elegidas para no
dañar, y hay soledades elegidas porque la lastima no es nuestro juego.
Y como ellas buscan a sus hijos, nosotros buscamos el
nuestro. Los motivos son muy distintos, pero la desazón puede llegar a ser
comparable. Ellas tienen fotos, nosotros tenemos estudios, y pastillas. Ellas
tienen pañuelos, nosotros tenemos espermogramas y ecografías. Ellas tienen
valentía, nosotros una cobardía inmensa que nos da vergüenza admitir.
Ellas son madres, nosotros no. Pero es comparable.
No entiendo la angustia de buscar un hijo... no existen palabras para explicarla.
Hola… aquí reportando desde el año 2017; creemos (no estamos
seguros) que el hombre llego a la luna, nos comunicamos de manera inalámbrica a
lo largo y ancho del globo terráqueo, podemos sobrevivir a cientos de
enfermedades otrora calificadas de letales peeeeeero, queridos compañeros de la
especie humana, todavía nos parece que nuestro futuro y sus peripecias se pueden basar en que un felinito
de color oscuro se cruce en nuestro paso.
Ah, sí! En los tiempos que corren y con los avances de la
ciencia tradicional, las ciencias paralelas y las miles de revelaciones de todo
tipo que nos circunvalan, siguen existiendo seres humanos que están dispuestos
a responsabilizar a los gatos negros de la mala suerte de uno o más días.
Genial. Estamos listos.
Mala suerte, ya que exista tal cosa es raro, pero asociarla
a un pobre gato que no tiene ni la menor idea de cómo hacer para abrir una
puerta, y mucho menos aún para arruinar tu vida (que, por cierto, seguramente
le interesa bastante poco), es impresionante.
Parece que todavía pesan los argumentos de la Iglesia Católica
en la Edad Media (por los que la mismisima iglesia ya se disculpó… y admitió su error),
cuando en la inquisición de finales del siglo XII se combatió la herejía y la
brujería. Fue en aquella época que se empezó a considerar al gato como un
animal sospechoso de confabular contra las autoridades y su imagen comenzó a
ser relacionada a la brujería y la maldad. A partir de estas falsas creencias
aparecieron muchas leyendas en las que se intentaba hacer creer que los gatos
eran, en realidad, brujas camufladas. El color negro, además, ha sido un color
que en muchas culturas se ha vinculado a lo misterioso, lo oculto, el lado
oscuro… Por ello, en seguida esta relación de temor a los gatos se vinculó
especialmente a los gatos negros.
La ciencia por su parte, no ayuda a desmitificar; un grupo
de científicos le puso fichas en contra a los gatos negros, porque dicen haber descubierto que producen más
cantidad de una sustancia en su piel, su saliva y sus glándulas sebáceas (la
proteína fel d1), que causa los síntomas de la alergia y provocan más estornudos
y problemas respiratorios a los pacientes con alergia que los gatos de color
claro.
Crease o no, el mundo sigue girando y los gatos negros aun
preocupan a los moradores de este incomprensible planeta.
No entiendo la gilada de discriminar al gato negro…
realmente no me cabe en la cabeza.
Cierres, balances, y caras diversas; alegría, ansiedad,
expectativa y proyectos…. Diciembre esta re loco y nosotros le hacemos
compañía. El fin del año productivo, del ciclo lectivo y la navidad, de este lado del mundo,
llegan juntos…. Y nos encanta potenciar
el stress en medio de un clima humano y ambiental que no da lugar a casi más
nada, toda la energía, está puesta en eso.
Hace calor. Llega el verano. Terminan las clases. Las rutinas
son muy raras, porque el año se está terminando y porque ya no tiene mucha onda
ir a trabajar, porque son casi vacaciones o para muchos o para el del
escritorio de al lado o para los chicos… pero se termina algo y algo hay que
hacer y la decoración festiva invade la ciudad y hay nieve de mentira en todas
las calles de 35º de sensación térmica y hay mamás sudando en la cocina de
muchas casas que quieren festejar con pavos, pandulces y budines, en lugar de
brindar con helado.
Las fiestas como algo programático y necesariamente feliz
nos imponen la presión de la sonrisa, esa que muchas veces no queremos
enarbolar, esa que quizás no sentimos y nos genera culpa. Muchas veces, mucha
gente, no tiene ganas de sentir una noche de paz, una noche de amor. Muchas
veces, mucha gente no tiene ganas cenar en familia, de despedir el año con los
compañeros de la oficina, de ir a la pileta con los de la facultad. Muchas
veces, mucha gente no quiere acordarse de la infancia a la que las fiestas
remiten, no quiere acordarse del abuelo que no está más, no quiere acordarse de
que no le alcanza para llenar de regalitos el maltrecho pino plástico que el
ocho de diciembre otro ritual nos hizo armar en un rincón donde (lógicamente)
molesta.
En diciembre la sociedad te pide que seas feliz, que estés
contento porque se acaba algo (que no es cierto, pero no importa), que hagas el
último esfuercito para llegar a la meta (que no está necesariamente al término
del almanaque, pero no importa). Diciembre exige emociones que todos debemos compartir y si no te parece, sos raro. Te falta espíritu.
Tranquilitos y mansos, pero a las corridas, las peatonales
se vuelven hormigueros, el transito se desorganiza. Es tiempo de no tener
tiempo y las despedidas dejan de ser actos sociales disfrutables, para ser
horribles compromisos con los que cumplir, porque “viste como son estas fechas”
y así estamos… diciéndole feliz navidad al taxista, mientras le azotamos la
puerta del auto para correr a pisar gente en la fila de un comercio o llenamos
de regalitos a los amigos mientras medimos y cuantificamos sus muestras de amor
hacia nosotros, lejos, muy lejos de la generosidad y el acto de dar, todo pasa
a un acto de cumplir, medir y reprochar, por dentro o a viva voz, mirar y
analizar, cuestionar y sobrevivir… porque pronto llegara enero con su cara de
chico nuevo al que no se le puede pedir nada.
Por todo eso y mucho más, a diciembre, no lo entiendo… pero
no pasa nada, porque ya se termina el año.
Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de
corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas
que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común,
una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta
escribir sobre nada de eso.
El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la
familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se
aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas.
Estamos con los
pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad
terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en
octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares,
es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares
del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a
esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.
¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo
entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes
de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era
cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén. Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los
primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de
Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad
cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de
Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino
adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y
las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El
árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol
nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que
giran en torno al arbolito. De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.
Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta
fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y
conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.
Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier
motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son
tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel.
No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo. Lo único valido es el buen deseo.
Hoy no entiendo como no somos más
solidarios y pienso en lo que amé el transporte público de Perú…. No el
turístico, sino el local, el que lleva chicos a la escuela y lleva doñas al
mercado, el que es una combi compacta que se llena de gente con muchos bolsos.
En ese transporte público, la
solidaridad hace que todo el pasaje se involucre en lograr que el espacio se
potencie. Es la corporeización de la palabra “cooperación”.
Apenas subís, alguien te indica donde
sentarte, otro te tiene de la mano para que no te caigas por el movimiento,
alguno pone tu bolso bajo las piernas de alguien o sobre la falda de
cualquiera. Así, llegas a hacerte parte de la masa compacta que constituye el
pasaje, lo más cómodo que se pueda. Dentro de lo prensado que se viaja, todos
te sonríen, todos somos compañeros de viaje. Alguno se baja, saluda. Otro hace
una pregunta, varios ríen. Casi todos quieren saber porque no sos de ahí, a
donde vas, como te pueden ayudar a llegar a tu destino.
En un punto del recorrido, sube una mujer con dos
chicos y varios bolsos. Le alcanza un bolso enorme con verduras a un fulano con
total naturalidad, se acomoda en un asiento y ubica uno de los niños sobre
ella, el otro chico es agarrado de la cintura por un pasajero que
en su falda lleva el bolso de la señora y lo deposita con total naturalidad
sobre mis piernas. El niño ni lo nota. La coreografía no ensayada fluye con
tanta naturalidad, que sonrío, trato de jugar con él y pienso…. ¿Cómo no
amar el transporte público?
Viajar en estos medios compartidos es lo
que más nos hermana dentro de la despersonalización de las grandes ciudades. Ser
comunidad, ser en relación con otros seres, y celebrar que todavía pasa, aunque
no sea en todas partes.
Cuando en mi ciudad veo gente parada en
el pasillo del transporte público, bastante más amplio y cómodo que aquel de
Perú, y veo niños pequeños ocupando asientos completos, siento que nos falta
aprender de aquellas combis peruanas que nos invitan a hacernos familia para
aprovechar el espacio disponible.
Nuestro lenguaje es dueño de una riqueza de la que hacemos caso omiso.
Usamos muy pocas de las muchísimas palabras de nuestro léxico y
desconocemos incuso el significado de otras que si usamos, pero mal.
En esta sección le regalamos cuentitos a las palabras cargadas de
sentido y nos permitimos amar lo necesarias que resultan. Quizás con un poquito
de esfuerzo podamos sacar de adentro del diccionario algunas de las muchas
combinaciones silábicas que no entiendo cómo nos olvidamos ahí.
Se levantó
sigiloso en medio de la noche y abandonó la cama que compartían tratando de no
despertarla.
Bajó las
escaleras a oscuras y con la claridad que se filtraba por la ventana escrudiñó
los lomos de sus libros hasta encontrar el diccionario.
Revisó las
primeras páginas y encontró la definición que buscaba
“luz
sonrosada que aparece en el oriente inmediatamente antes de la salida del sol”
Sonrió satisfecho
y volvió a la cama.
Horas más
tarde ambos desayunaban en la cocina. Ella hablaba sobre las cortinas para el dormitorio
o el suavizante para ropa que tenía previsto comprar. Él la miraba circular por
la cocina con la cabeza llena de ideas y los ojos rebalsados de ilusiones.
Ambos compartían
largas horas tratando de poner en palabras sus proyectos, pero había una
palabra en la que aún no habían logrado coincidir.
Ella descubrió su silencio y
le sostuvo la mirada. Él le devolvió una sonrisa tímida y movió la cabeza hacia
los lados. El silencio
se prolongó algunos segundos más, hasta que el decidió arriesgar una respuesta.
“Tengo el
nombre”, le dijo sonriendo, pero con tono serio. Ella lo miro sin muchas
expectativas. “Se llama Aurora”, dijo él. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas
y tomando su panza de siete meses con ambas manos se acercó a su marido sin disimular
la emoción. “Es verdad”, dijo ella, “se llama Aurora”.
La famosa "sala de proferes", ese lugar que en nuestra infancia implicaba misterio y prohibición, que abría un mundo de especulaciones sobre lo que pasaba al cruzar esa puerta. Pasaron los años... y pude estar del otro lado. Nada mágico. No tengo
gran experiencia en esos lugares. Mis recorridos docentes se centran en
espacios para adultos y voy de un lugar a otro, sin que pasar a la sala de profesores sea posible, o necesario.
En los pocos
reemplazos que hice escuela media (secundaria) y las inevitables visitas que
tuve que hacer en ocasión del dictado de talleres en escuelas primarias, he alcanzado la
saturación de entender que los peores vicios del estereotipo docente se dan
cita en ese recinto lamentable de intercambio profesional.
Entre las
temáticas destacadas en los temas de conversación podemos citar;
·Familia y familia política
·Clima y su inconveniencia
·Maternidad y sus cosas feas
·Los alumnos y su no futuro
·La directora y su
bipolaridad
·Los otros docentes y su
incompetencia
·Medicamentos; usos e
intercambio
·Vida cotidiana, stress
·Sí mismas, la mejor versión
posible
También las
prácticas frecuentes son limitadas y repetitivas, casi como si hubiera un
manual estricto de que hacer en esas salitas que congregan repartidores de
saberes:
·Mate-café-te-infusiones
varias-generalmente de marcas innotas
·Ingesta continua,
generalmente harinas y grasas
·Intercambio de catálogos
para hacer compras y datos de profesionales (desde médicos hasta carpinteros)
·Lectura y comentario de
material sindical, artículos, licencias…
En verdad,
tener a parte del personal docente de una escuela compartimentada y
fragmentaria en un solo cuartito podría ser bastante más aprovechado, sin
embargo, lo cierto es que son recintos relegados a las peores expresiones del
cuerpo docente del correspondiente establecimiento educativo, refugio de
catarsis y exhalación, madriguera donde evadir el afuera del espacio escolar
ignorando la existencia de los educandos.
No tengo un
gran recorrido por estos espacios, pro me da la sensación de que son el lugar
en el que la alienación laboral se expresa.
Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció
equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más
festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior.
Oh sí.
Y no lo entendí nunca.
Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho
propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República
Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no
arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada
se sabe, nada se puede aprender.
Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo
profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa
y golpeándolo en la puerta de la universidad.
Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a
narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial
egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a
cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina,
huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú
puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes
creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como
espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré
de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del
flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en
tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o
transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con
el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste
en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este
mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el
modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha
mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele
extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de
rigor.
Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable.
Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se
ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo
de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea
de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación
y vejaciones.
Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de
agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta
tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas,
universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen
fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo
limpiar.
No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo.
Posta que nunca entendí los cementerios. Me parece muy
metafórico (y una metáfora bastante desafortunada) la idea de “enterrar”
literalmente a una persona que deja de habitar su cuerpo carnal. Ver que esa
caja se hunde en las profundidades y la tierra le cubre sus restos.
Cementerio de Epecuen
Me parece aún peor el rito de la visita. A un panteón, a un
pedazo de tierra donde sabemos que no hay nadie, para hablar con alguien que
nos escucha desde todas partes, para poner flores en un lugar frío y desolador,
para caminar entre lapidas abandonadas en busca del nombre que evocamos en
nuestra visita. No lo entendí nunca.
Cementerio de RapaNui
Esa cantidad de tiempo dedicada a un culto contradictorio de
saber que si hablamos con la persona en nuestros pensamientos es porque no
creemos que este verdaderamente bajo tierra, sino que es solo un envase que ya
no usa lo que ahí sepultamos, pero igual, hay gente que va… no sé a qué… agarra
y va… que decir…
Claramente ya hay muchas ofertas distintas (que el mercado hábilmente se encargó de preparar para quienes no entendemos los cementerios) y supongo que en no muchos años van a ser entendidos como algo terrible que solo a gente muy prehistórica se le pudo haber ocurrido. Porque eso de andar sembrando cadáveres bajo mármol, verdaderamente no puede ser muy lógico para casi ningún antropólogo del futuro que decida mirar con un poquito de distancia nuestros ritos.
No entiendo los cementerio, no sé hasta cuándo van a seguir
existiendo.
Ya escribí sobre pérdidas, ya escribí sobre duelos, y tengo
bastante entendido el tema de las ausencias biológicamente inevitables.
Hace poco me preguntaba ¿para qué voy a un velatorio?.
Siempre me pareció que eran rituales necesarios para
elaborar la pèrdida del un ser querido, para tomar conciencia, para convencernos de que esa verdad
tan dura como inevitable es real. Siempre me pareció importante cumplir con los
ritos de la sociedad y los entendí.
Hace poquito me toco atravesar el
tristísimo momento de perder una amiga. Ya tenía muchos velatorios en mi trayectoria por este mundo y sus rituales, pero todos de familiares o familiares de amigos, era la primera vez que perdía a una
amiga. Y ese dolor era tan nuevo como raro.
Era la primera vez que no tenía
gran sentido abrazar a los parientes, porque no sabía quiénes eran, era la
primera vez que llegaba a una sala velatoria a no conocer a nadie, más que a
quien no me iba a poder abrazar.
Y no lo entendí.
Y todavía no lo entiendo.
Y fui, porque creo en los rituales y los siento
verdaderamente necesarios… pero hay casos en los que no termino de entender
cómo funcionan. Tal vez son solo espacios para llorar en el momento y en el
lugar que el rito pide, como si eso hiciera que no nos sorprendieran las lagrimitas
en el cordón de la vereda o en la fila del supermercado, cuando se nos cruza un
recuerdito de esas personas que nos quedan impregnadas en el cuerpo apenas
dejan en la tierra el suyo.
No entiendo algunos rituales, los sigo, los interpelo, los cumplo... pero no los entiendo.
En otro capítulo puede ser que
pase a explicar la negación que tengo con destinos impuestos para el turismo
nacional como Mar del Plata o Villa Carlos Paz, pero por ahora, elijo empezar
en positivo. Quiero decir que no entiendo como hay lugares mucho más bonitos
que esos dos que no reciben el tránsito de visitas que se merecen. La Rioja, en términos turísticos,
“es” el Parque Nacional Talampaya. Para la mayoría de los argentinos, ese es el
atractivo de la provincia cuyana, para la mayoría de los extranjeros, La Rioja
es un punto que pasan de largo entre Mendoza o la Patagonia y provincias más
turísticas como Salta y Jujuy o Misiones. Sin embargo, muy cerquita de este
Parque y muy al alcance de nuestros sentidos, La Rioja tiene mucho para
compartir; atractivos como Chilecito, Famatina y Cuesta de Miranda, invitan a
ingresar en estas tierras y dejarse encantar.
Llegar a la Rioja
desorienta, su capital es una ciudad de apariencia moderna pero respetuosa de
la pausa a la hora de la siesta. Al recorrerla nos perdemos en una populosa
peatonal o nos deleitamos ante un espejo de agua que refleja el entorno
montañoso, como es el dique Los Sauces; responsable de embalsar las aguas del
río homónimo y proveer el escenario ideal para actividades recreativas como el
camping, la pesca y las actividades náuticas. Gracias a sus
recursos naturales, esta provincia hace gala de una excelente producción
vitivinícola que logra magníficos resultados al combinar los factores
geográficos con la mutación genética de las cepas, alcanzando productos de
excelencia como el destacado Torrontés Riojano (cepaje característico de la
región). Para profundizar la experiencia en torno a los vinos de la provincia,
será mejor trasladarnos hasta el departamento Chilecito, cuya superficie se
encuentra ocupada por viñedos en un 78% (y también olivas). Llegar hasta aquí,
amerita pasar por el mirador que nos pone frente a la Cuesta de Miranda, un
cuadro con predominancia de tonos rojizos, salpicados con vegetación de climas
áridos y ocasionales florcitas silvestres. Chilecito entraña
una historia querida para la república Argentina desde los tiempos de la
colonia; su riqueza metalífera le ha representado hasta el día de hoy una
belleza peligrosa. Esta localidad se encuentra inmersa en el Valle de Famatina,
un espacio que actualmente corre riesgo de ser sede de emprendimientos de mega
minería a cielo abierto (un proyecto codicioso que ocasionaría grandes daños a
la salud de la población local). Chilecito invita a conocer su museo minero,
emblemático de la historia regional, ubicado al pie del cable carril que
trasladaba el personal y los frutos de su trabajo hacia la mina La Mexicana,
rica en oro y plata. A dos kilómetros
del centro de esta ciudad encontramos la finca que perteneció al Dr. Joaquín V.
González (polifacética personalidad de nuestra historia), a la que su dueño
llamó “Samay Huasi”, que en idioma quechua significa “lugar de reposo”. Hoy, el
lugar alberga el Museo Regional Mis Montañas, que comprende una pinacoteca con
importantes obras de pintores de renombre nacional, y la Sala de Ciencias
Naturales, Mineralogía y Arqueología y además funciona como hotel de la
Universidad Nacional de La Plata. En el interior de la casa, dos cuartos fueron
destinados a reflejar la vida y obra de González. Para finalizar, es
paso obligado citar a la perlita más buscada de la provincia; el Parque
Nacional al que la UNESCO tituló Patrimonio Natural de la Humanidad. En
Talampaya, nos transportamos a muchos miles de años en la historia de la tierra
y nos dejamos envolver por murallones con los más sorprendentes rastros del
plegamiento orogénico que dio forma a los continentes. El valor patrimonial de
este Parque está dado por su herencia arqueológica y paleontológica, además del
claro predominio de lo geológico.
El paisaje es
imponente y los altos muros rojizos cortan el cielo hasta donde ya no nos
alcanza la vista. Algunas formas de piedra, fueron nombradas como el Monje, el
Rey Mago, La Torre, entre otras. Doscientas quince mil hectáreas de cañadones y
paredones en los que también podemos encontrar marcas del paso de los hombres
como morteros y petroglifos (grabados figurativos y abstractos, realizados hace
miles de años).
La majestuosidad
de Talampaya, constituye un destino obligado al visitar La Rioja; la
majestuosidad de La Rioja, constituye un destino obligado para quienes estamos
en Argentina de manera permanente o transitoria. No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja... tomenlo como una super recomendación.
Iba caminando
por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la
velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene,
se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la
cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos,
se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares,
regresa a su burbuja y sigue su camino.
¡La pucha!
¿Cómo se
puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda
sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el
viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad,
perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un
pedacito e inventar historias.
¿Cómo andar por la vida con la necesidad de
estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante
triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos
y lugares compartidos con desconocidos, negandotoda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está
ahí, para que tratemos de verlo.
Cada vez son
más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda
belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y
se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen.
Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas
que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus
nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca
cosa.
¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?
Desde este
humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle,
porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.
No entiendo
a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.