Febrero. El mes corto que cada cuatro años se hace un
poquito más largo, para seguir siendo el mes más corto. Pobre febrero. El
patito feo del calendario.
El mes bisagra entre no hacer y empezar.
El de las
vidrieras con salvavidas de colores y guardapolvos blancos.
Febrero de exámenes
decisivos que determinan el resto del año.
Febrero de rutinas de verano
aceitadas y llegando a su final.
Febrero con música de murga y carnaval. Ruido de
ventiladores cansados y charquitos de aire acondicionado. Febrero de mosquitos zumbando al oído cuando queremos dormir, interminables filas
en las heladerías y listas de pendientes que empiezan a engordar.
Y así llega
febrero, y así también se va.
Muchas fotos de playa y gente al sol, muchas
quejas por el calor y un poquito de ganas de que la rutina vuelva a rodar.
Febrero huele a cloro de la pile y tiene gusto a helado que
se pegotea en las manos mientras se derrite más rápido de lo que la lengua lo
puede saborear. Febrero de altas temperaturas y bajas expectativas… un mes que está
ahí, porque alguno tenía que estar.
No entiendo a febrero, me promete cosas que no dependen de
él.
La miré durante semanas anidar en una de las macetas del
patio. Ordenar hojitas, sobrevolar la zona, preparar todo y poner sus huevos.
Cuidarlos, calentarlos, cantarles, turnarse con el palomo para alimentarse.
Soportar el sol, permanecer bajo la lluvia, resistir el viento. Y un día bajo
sus plumas, apareció un pichón. Ya se veía grande, ya llevaba tiempo de nacido,
pero solo entonces pude verlo asomarse del nido.
Quise ser ovípara.
Esa paloma y todos los ovíparos del mundo, es sus múltiples
formatos y de las más variadas especies, hacen un terrible esfuerzo físico para
poner el huevo, pero también pasan el tiempo de esperar la eclosión recuperándose
y reciben al nuevo miembro con una madre en óptimas condiciones de oficiar de
madre.
Las personas no. El día que llega al mundo nuestro bebé,
estamos terriblemente castigados por el parto (en cualquiera de sus variantes);
con cansancio, dolores, secuelas y falta de energía. Esa es la primera imagen
que nuestros chiquitos tienen al nacer… una mami destruida, anestesiada y exhausta.
Pasé casi un mes mirando desde mi sillón y por arriba de mi
panza de futura mamá, como esta paloma hacia su incursión en la maternidad… y
solo puedo concluir que me encantaría haber nacido ovípara.
De todas formas, la explicación es absolutamente bíblica;
"A la mujer dijo: En gran
manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y
con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti".Génesis 3:16
El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de
avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta
vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.
Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad
académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y
encarar la segunda mitad. Felices de ellos.
Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que
abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia
gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen
cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo.
La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les
ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y
las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto
termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa”
y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos
semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en
las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina
no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un
deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es
otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.
Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones
felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos
otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que
es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.
Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos
de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio
tiene cara de preocupado y le mandamos
una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose
para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre
julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo
miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a
saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún
momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo
adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas,
estufa y gato.
Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de
jornada, una campana que suena a alerta
y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para
mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos,
sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la
gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo
de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y
que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la
bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio
a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito y enfriarnos la nariz. Para eso está
escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la
magia.
No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la
terrible importancia de revelarlo.
Viene de
aprilis, derivado del verbo aprire: "abrir, apertura". Es sinónimo de
"frescura, vigor, lozanía, juventud" La
etimología popular lo relaciona con Aperio: "abrir", porque la
primavera se abre. También se toma como un préstamo griego, de cuya raíz deriva
Afrodita. Significa la apertura, la amplitud, la luz que proviene del
ensanchamiento. Igual puede ser, metafóricamente, la alegría de la
primavera (claramente en otra parte del mundo)
Un poco
confuso. Abril, mes de transición y de indecisión.
Tempranito
para botas, demasiado tarde para sandalias, ya no corresponden los soleritos,
pero la temperatura no habilita los abrigos pesados. Abril desordena el placar en busca de su propia mirada. Y también desordena el resto de la vida. No da
para playa, pero todavía no nos quedemos adentro. Los primeros fríos acobardan
y las lluvias invitan al cautiverio bucólico. Abril es un mes de lluvias,
algunos años más que otros, pero todos, nos esparce la mística del agua.
Abril
no tiene en claro a que te quiere convidar, no sabemos si a un heladito o
quizás a té con carbohidratos. Abril no está en el stress de que todo termina,
pero si en el caos de que la rutina empieza, esa rutina que heredó de marzo y
que hace que abril continúe subida a la ola de que todo el año ya está sobre la
mesa y con eso hay que jugar.
Abril es uno
de esos meses bisagra en donde la vida se permite respirar, nada es del todo
grave, ni el clima es extremo, ni la rutina es tan pesada. En abril todo está
bajo control, o al menos, estamos a tiempo de creer que vamos a poder
controlarlo. El tránsito no es inexistente como en enero, pero tampoco es
agresivo como en noviembre. En abril, la circulación vehicular
transcurre a escala humana, convivible.
Ni siquiera se
que es lo que no le entiendo…. Solo camino desorientada entre sus días esperando
el avance o temiendo el retroceso del almanaque. No se que me pasa en abril,
porque no se siente mal, ni tampoco se siente bien. Porque el año se hace el
que ya empezó, pero en muchas aspectos es mentira y en otros, es terriblemente
tarde.
No entiendo el
mes de abril… es tan mágico como imprevisible
Si tuviera que escribir un libro (y es casi un hecho que algún día lo
voy a hacer), seguramente sería un libro infantil. Me parece maravilloso poder
compartir lecturas con los chicos y armar historias para que ellos las escuchen
con la concentración que sus caras expresan. Sin embargo, estoy convencida de
que los chicos tienen mucha necesidad de hablar de cosas feas, de cosas tristes
y de escucharlas para desdramatizar, o al menos para saber que existen o que no
les pasan a ellos solos. Me encanta escribir cuentos infantiles, pero cuando
los cuentos son tristes, y en muchos de ellos (no en la mayoría, pero en
muchos), la melancolía, la pena y la tragedia se cuelan profundamente, no sé si
difiere en mucho que sean para chicos o para grandes. Todos nos ponemos igual
de tristes. Seguramente si tuviera que publicar un libro, sería de cuentos, no
me veo escribiendo una novela.
También me gusta que los cuentos nos recuerden cosas importantes de la
vida que muchas veces la vorágine cotidiana nos ayuda a olvidar. Un cuento
cortito que escribí en 2002 es este:
Y siguen ahí
Voy a contarles de ellos, solo porque los vi. Voy a contar lo que
pienso, solo porque sí.
Estuvieron en el cosmos desde antes que yo naciera y jugaron a ser
grandes hasta que lo fueron. Llegaron a tener familias, los que la tuvieron, y
soñaron vivir distinto, aunque no me lo dijeron.
Supe que fantasearon con la palabra abuelo, sé que están en el mundo,
esperando el llamado al cielo. Sentí que en cada mirada había un mudo
desconsuelo y que esas curtidas manos mil alas batían vuelo, igual escuche sus
risas, aunque hubo quienes no rieron, igual comprendí su pena, aunque no me lo
dijeron.
Estaban ahí, viendo pasar la vida de otros, como si la de ellos no
pasara más, viendo pasar los sueños de otros como si no soñaran más, sin
embargo, yo sé que sí, sé que sueñan con la realización de sus anhelo, anhelos
que tienen, que yo sé que tienen, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, sin hacer nada. Estaban sentados jugando a las cartas.
Estaban mirando las hojas en la vereda. Estaban esperando que la muerte
viniera. Estaban internados sin enfermedad. Estaban acompañados, llenos de
soledad. Estaban solos, siendo tantos.
Geriátrico, estaban ahí, yo sé que sí.
Y siguen ahí.
Todos sabemos que las sociedades orientales rinden culto a sus
ancestros y a sus ancianos, No entiendo cómo nos podemos olvidar de los
abuelos. No entiendo cuando un nieto deja de tener ganas de ir a visitarlo, de
pasear juntos, de compartir tiempo. No entiendo, pero seguro es una idea fuerza
que pasa por adentro de muchos de mis cuentos, porque hacer que las
generaciones florecientes se acerquen a las bibliotecas parlantes que
constituyen sus ramas más altas en el árbol genealógico, me parece una tarea
colectiva a encarar como civilización.
No entiendo como no hay más y más estrategias para recuperar ese
vínculo que los occidentales estamos descuidando con los adultos mayores, que
estuvieron ahí para nosotros, para nuestros padres y siguen ahí.
Esta publicación forma parte del
proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos
invitados a jugar!)
En uno de los
primeros apuntes de mi carrera universitaria, estaba el texto de Roberto
Fontanarrosa “La inspiración”. Estaba en la materia Redacción 1, entre las
primeras lecturas, y el trabajo que se nos pedía era trabajar con esa noción.
Desde entonces, fue más que claro que el término “inspiración” no tendría
cabida en el hacer profesional que se proponía para nosotros.
Desde entonces,
me quedó grabado y no por eso dejo de esperar que de algún universo paralelo,
envuelta en trapos y luces, llegue una musa con aquella frase que estoy
necesitando para terminar un texto, una planificación, una propuesta.
Y es que
desde pequeños la magia nos da ese lugar cómodo en el que esperar que las cosas
sucedan. Entonces, esperar, y en algún momento, llega el vencimiento del plazo, entonces, empezar... que es algo se produce medio así:
Bueno, ahora,
prender la computadora porque hay mucho que escribir. Si, ahora. Bueno, pero
para poder enfocarnos en esa escritura, vamos a terminar los pequeños
pendientes que reclaman atención en las pestañas del navegador. Oh y dado el
horario, habría que hacer un par de llamados, porque se puede escribir de
madrugada, pero hablar con recepcionistas de reparticiones públicas,
definitivamente no.
Ahora sí,
empecemos, pero primero, la chocolatada y algunas galletitas, porque con la
panza vacía no se puede escribir nada con sentido. ¿Y esa notificación? Seguro
es algo importante, y quizás esté pasando algo importante en alguna de esas
redes sociales donde tengo cuenta, pero no entro seguido. No debería dejar de
fijarme, así ya me pongo de lleno con la tarea de escribir. Uy, la taza de la
chocolatada, mínimo la pondré en remojo, bueno, mejor la lavo, y ya que vine
hasta la cocina, puedo lavar le resto de las cosas que hay dando vueltas por
ahí. ¿Y si para optimizar el tiempo voy poniendo el lavarropas? Son dos
segundos, ¿claro u oscuro? ¿Habrá algo más para lavar en otra parte? Mejor lo busco.
Capaz sea mejor hacer antes la foto para ilustrar el texto, ¿o ya tengo una buena foto para eso? Me parece que si, la busco y mientras, voy escribiendo algo para perfeccionar más adelante.
No se puede escribir algo lindo en medio de este desorden, vamos a apilar papeles, pero mientras lo hago, voy redactando en mi cabeza lo que después voy a tipear.
Ahora tengo una idea, pero se parece a algo que ya escribí, o eso creo. ¿Lo tendré archivado? mejor lo busco. ¿En que carpeta?. Uy! Encontré mi tesis de licenciatura.... hace mucho que no la releo. Que nostalgia... cuantos borradores sin terminar en esta carpetita!
Uy, el plazo. Si ahora a escribir. Pero antes...
Y así sigue la charla por horas, hasta que en plena madrugada, en medio del sueño, algo te abre los ojos y en el papelito arrugado de la mesita de luz se plasman las ideas que todo el día no dejamos emerger.
No entiendo la inspiración, pero no descarto su existencia.
Esta
publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el
blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 22: escribí el monólogo interno
que experimentás cada vez que te sentás a escribir
Otra vez abrió los ojos con
calma y los posó en la rítmica enredadera de la pared que asomaba a su ventana,
manoteó torpemente el teléfono y comprobó el horario horrorizada mientras
saltaba de la cama y mantenía precario equilibrio al bajar la escalera. Cepilló enérgicamente sus dientes y simbólicamente su cabello. Mientras circulaba,
incorporó las prendas de vestir que la noche anterior había dejado listas sobre
la mesa de luz. Arrancó las llaves del colgador y renegó con las tres
cerraduras que la separaban del mundo exterior. Ya estaba en órbita, una vez más.
Mi ventana
Y son tantas las cosas que no les entiendo a las mañanas que esta vez, será un compiladito de noentienditos. Algunas cosas que no entiendo de mis mañanas...
No entiendo como viví tanto tiempo sin ventana
Desde la cama, la ventana deja ver la enredadera que se
extiende a lo largo de la pared del vecino. Es la última imagen que me guardo
antes de dormir, y la primera que colecto al despertar. Hace poco que tengo esa
ventana, y no dejo de mirar el cielo. No es que antes no tuviera, es
que la de mi dormitorio anterior tenia persiana, y por alguna razón antes de
dormir la bajábamos y no era posible ver a través al despertar.
No entiendo a los que se bañan de mañana
Primero no entiendo que no quieran bañarse de noche, con lo
lindo que es irse a dormir limpito y renovado, pero después no entiendo que
quieran empezar el día a los baldazos, y menos que menos lo entiendo en
invierno.
No entiendo a la gente que desayuna
Se me hace imposible pensar en comer apenas me levanto. Dormida
y torpe, circulo por la casa juntando los objetos que me acompañaran en la
rutina y tras los rituales higiénicos básicos, salgo corriendo al lugar que
sea, al que seguro estoy llegando tarde, y será a media mañana cuando un apetito
voraz me invada ineludiblemente. No entiendo a los que tienen complejas rutinas mañaneras Con lo lindo que es dormir, no me cabe en la cabeza resignar un solo minuto de sueño por hacer nada. Imposible lograr que me levante de alguna forma que no sea "porque ya no queda otra opción",
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publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el
blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 19: Describí tus
rituales matutinos en tercera persona
Estoy
tratando de pensar si alguna vez sentí nacer esa sensación, y creo que no. Siempre
estuvo allí. Estoy tratando de recordar cuando la sentí con más fuerza, y sin
dudas, fue cuando me mudé a mi casa actual.
No entiendo las casas sin mascotas. Y
es claro que esta afirmación se basa en el hecho de que comparto el criterio de
la definición de la palabra mascota; “es un término que procede del francés
mascotte y que se utiliza para nombrar al animal de compañía. Estos animales,
por lo tanto, acompañan a los seres humanos en su vida cotidiana, por lo que no
son destinados al trabajo ni tampoco son sacrificados para que se conviertan en
alimento”.
Siempre en mi casa hubo
animales, variaditos, pero constantes. No sabría vivir en una casa sin ellos, y
me cuesta mucho visitar u hospedarme en casas que no cuentan con la energía
mágica que una mascota irradia. Cientos de estudios demuestran la cuantiosa
lista de virtudes que la convivencia con animales reporta a ambas especies,
físicas, emocionales, energéticas… es una relación muy recomendada.
Una de las casas que recuerdo sin mascotas,
es la de mis primas. Cuando éramos más chicas, tenían algunos caracoles en el
patio, a los que se acercaban con temor, y gatos que pasaban por la cornisa,
pero no cumplían tareas afectivas. Cuando ellas venían a casa solían jugar con
mis gatos y siempre estuvo latente el pedido de un perro. Incluso hubo varias
negativas tajantes de mis tíos para la adopción de un perro en la casa. Sin
embargo, en algún momento, algo pasó… nunca supe bien cuáles eran los
argumentos por la negativa, ni mucho menos cuando se volvieron positivos ante
la propuesta, pero de buenas a primeras, un verano de nuestra adolescencia, a
la casa de mis primas, llegó Mandy, una bretona divina.
A partir de ahí, tengo solo
maravillosos recuerdos de ella, incluso, Mandy carga con el honor de ser el
único perro en el mundo que alguna vez me mordió (ella estaba asustada y yo
insistí en interactuar, después de todo, la cachorra tenía razón). Ahora
que lo pienso, el recuerdo más lindo que tengo, no es precisamente “de” o “con”
Mandy… sino que se trata de un gestito de una de mis primas (y la involucra a sus espaldas).
Después de mi boda, hice
algunas reunioncitas en casa para celebrar la mudanza y presentar mi vivienda
en sociedad. Nos mudamos en julio y teníamos previsto un viaje en diciembre,
por lo tanto, a la decisión de no mudar mi gata de mi casa de soltera, se sumó
la decisión de no tener mascotas hasta la vuelta del viaje (que de paso, le
ahorraría el stress de los últimos albañiles y los cambios de paisaje propios
de nuestra adaptación de la casa a su modo “hogar”). Cuestión; mi casa no tenía
ninguna animal… y eso era como si mi casa no tuviera alma, así nomas.
El recuerdo es claro; estoy en una
de estas reunioncitas de recién mudados (2009). Los invitados son mis papás, mis
abuelos, mis tíos y mis primas. Vienen a
conocer el nuevo domicilio y compartir las fotos y el vídeo de la boda. Todos están
llegando, entre abrazos y felicitaciones,
con mucha alegría, ruidosa alegría. Entre los besos y las palabras amables en relación
a la pequeña casa en proceso de habitabilidad, me saluda mi prima menor y me entrega
una bolsita. Estamos en el patio, cerca de la puerta de la cocina. Claramente y
sin que yo me lo imaginara, mi prima sabía que ese vacío (que nunca confesé)
estaba en el aire y me trajo un regalo tan simple como maravilloso; una foto de
su Mandy en un portarretratos decorado por ella misma y me lo entregó con la idea de que sea mi
mascota provisoria. Y eso fue… mi primer
mascota de casada… una Mandy bidimensional que aun hoy atesoro con toda
la ternura con la que llegó.
Estoy segura de que mi vida
mascotera está casi legislada por gatos, pero amo esa foto y lo que representa, porque... no entiendo las casas sin mascotas, ¡y yo viví nueve meses en una!
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Día 15: escribí acerca de un perro que haya formado parte de tu vida (y
aprendé a recordar en imágenes)
Estaba
trabajando en la exposición de obras de un reconocido artista emergente. Un
joven talentosísimo cuyas imágenes no dejaron de sorprenderme a lo largo de los
dos meses que conviví con ellas. A dos cuadras de donde yo trabajaba, en el
Museo de Bellas Artes de mi ciudad, se estaba desarrollando mi graduación como
Técnica en Conservación de Museos. Me dieron la posibilidad de estar ahí, pero
no me resultó atractivo. Estaba en pleno ejercicio de mi flamante profesión, en
el momento más feliz (hasta hoy) de mi tarea museológica. Los títulos se
dignifican en la práctica, no en las fotos con los diplomas.
Casi un año
antes, había rendido mi última materia de la tecnicatura, sin mucha
rimbombancia, solo fui, me presenté y di mi examen como había hecho con las
otras treinta instancias evaluativas que conformaron los tres años del
recorrido académico. Al salir alguien me preguntó si me faltaba rendir mucho más.
Le conté que ya ninguna. Algunas felicitaciones, otros abrazos y palabras
lindas de un par de docentes que andaban por ahí. Me fui a cenar con mi
familia, celebrábamos el aniversario de bodas de mis padres, y metimos un
brindis por el fin de mi carrera
El año
anterior había tenido una crisis vocacional, no me gustaba casi ninguna
materia, me aburría mucho, me parecía que nada de eso tenía sentido y evaluaba
abandonar el trayecto formativo. Algunas charlitas de catarsis y seguí
estudiando.
Cuando empecé
la carrera, me quedé fascinada por la diversidad de edades y motivaciones que había
en el grupo de ingresantes, me parecía increíble que esas cabezas tan distintas
estén congregadas con un interés en común, fue lo que más me cautivó. Un lujo
de experiencias múltiples que me incluía.
Había llegado
ahí casi por casualidad, un día,
caminando, levanté la cabeza, y en lo alto de un poste semi borrado, se
anunciaba en letras pequeñas “Escuela Superior de Museología”. Yo acababa de
terminar mi licenciatura, y necesitaba volver a las aulas. Me sonó como una invitación
y al día siguiente me inscribí con el propósito de cursar solo algunas materias, a modo de hobby. No
funcionó.
De chiquita había
tenido varias colecciones, una de las que recuerdo horrorizada es la de “mosquitos
muertos”. Trataba de cazarlos mientras me picaban y conservarlos en una cajita
sin que se dañen. Además coleccionaba lápices y biromes de muchas formas, y mis
vacaciones eran el momento predilecto para engrosar el acopio. Ver museos, me
gustó siempre.
Quizás fue en
la casa de fin de semana donde se expresó la vocación, no encontré a nadie con
la misma actividad… pero para mí era muy común jugar a armar museos. Recorría la
casa y sus alrededores juntando cositas de la naturaleza; nidos de pájaros,
huevos de mosquito, caracoles de zanja, plumas, bichitos muertos, plantitas
raras… todo lo que me llamara la atención. Entre dos arbustos del jardín de aquella casa, se formaba una
especie de cueva, y me parecía evidente que ese era el mejor lugar para armar
un Museo de Ciencias Naturales. Inventaba historias para mis hallazgos y toda
mi familia debía visitar mi muestra.
No entiendo
como nacen los museólogos. En mi caso fue así.
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publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el
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Día 14: escribí un evento
de tu vida de atrás para adelante
Me acuerdo de
un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo
devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de
vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)
Me acuerdo de
un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos
anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le
pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)
Me acuerdo de
un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal,
caminando descalzas, solo porque sonaba divertido
Me acuerdo de
un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano,
las tres veces.
Me acuerdo de
un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá
manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron
de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.
Me acuerdo de
un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a
leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los
que compartí toda la temporada de pileta.
Me acuerdo de
un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado
era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después
Me acuerdo de
un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar
durante esos meses los contenidos del año anterior
Me acuerdo de
un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningúndía usamos calzado
Me acuerdo de
un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la
terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó
hasta ver lo chiquitas que éramos
Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”
Me acuerdo de
un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una
tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.
Me acuerdo de
un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el
primer día de las vacaciones
Me acuerdo de
un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del
hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.
Me acuerdo de
un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la
foto en la que estoy upa de Frutillitas
Me acuerdo de
un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo,
jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella
con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.
Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.
Me acuerdo de
un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy
asustada
Me acuerdo de
un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser
aplastada por un colectivo…. Tendría seis años
Me acuerdo de
un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no
teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995
Me acuerdo de
un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y
también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del
mar
Me acuerdo de
un verano que hice snorkel a mar
abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me
separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores
Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.
Me acuerdo de
un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo
tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.
Me acuerdo de
un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí,
le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.
Me acuerdo de
un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más
tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo
desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo
del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus
momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos
tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve
a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de
los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante
todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
No lo entiendo, porque está muy lejos de mi experiencia personal.... que fue algo, màs o menos... así;
Primera vista
Federación gremial
de Comercio e Industria
Córdoba 1868 –
Rosario – 2003 – Subsuelo
A minutos de
empezar la reunión ordinaria de Rotaract Club Rosario a la que pensaba asistir
como visitante. Entrando a la oficina
correspondiente, veo solo una persona; Fede.
Era aspirante
a socio, y su poca antigüedad parecía ser el motivo de su puntualidad. Aprovechamos
el tiempo hablando sobre la institución, mientras esperábamos al resto de los
miembros del club.
Al final de
la reunión (diez en punto de la noche) retomamos la charla y me pidió ayuda
para la planificación de un proyecto. Definimos un encuentro de trabajo en mi
casa para ese viernes, 9 de julio, aprovechando el feriado.
De eso se
trató nuestro primer encuentro.
(2005) Tres años
después empezaríamos una relación.
(2006) Un año
después nos comprometimos
(2009) Tres años
después nos casamos
Y así…
seguimos…
Claramente,
el amor a primera vista no es lo nuestro.
Esta semana, en uno de los encuentros juveniles de los que solíamos participar hace más de diez años.
No entiendo el amor a primera vista…. Y cada día se pone mejor.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 9: escribí acerca de la primera vez que viste a una persona de la que te enamoraste
… pero hace un buen
tiempo me había vuelto fanática de ellos.
Hace unos muchos
años, cuando participaba de un voluntariado de promoción de la lectura que incluía narración de cuentos en
radio, necesité cuentos cortos, muy cortos, como para una aparición entre las
pautas publicitarias, y allí, me encontré con los microrrelatos…. Ni más ni
menos que de la mano de Ana María Shua. Cuando googleaba para las grabaciones,
y a apreció su nombre, me fue fácil asociarlo a las historias que leía de
chica; era una de las más renombradas escritoras de cuentos de terror para
chicos, al menos así la recuerdo.
Busqué mucho por las
librerías, y conseguí “Casa de Geishas”, muchos años después, y buscando otra
cosa, pude comprar “La Sueñera”.
Las tapas son feas
En ambos libros, todas las historias tienen
uno odos párrafos, como mucho. Antes de
hacer la prueba, contar cosas en seis palabras sonaba difícil, pero ¡hasta
cinco fueron suficientes!
Seis de seis
Nacer, ser, devenir,
negar, reconfigurar, fluir.
Saladas, calladas, tornasoladas,
pero todas; lágrimas.
Lo llamó, él suspiró…
era tarde.
Sol, siesta, otoño…
amo ser gato.
Un ángel negro besó
su cuna.
Debió ser gusano para devenir mariposa.
Cinco de cinco
El intento es el logro.
Otra vez, era esa
hora.
Está despido. Oportunidad
para recomenzar.
El siempre igual; ella iridiscente.
Cuando sonríe,
florece el mundo.
No entiendo porque
no lo intentas ;)
Esta publicación
forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog
escribir.me (todos invitados a jugar!)
Nunca me gustó enero.... es un mes en el que no pasa
nada.... No le tengo gran cariño.... es un mes de retorcida inactividad.
Febrero tiene potencial, pero no lo dejan.... hay gente con
ganas de arrancar el año, y la vida comienza a calentar motores, pero tampoco
pasa nada.
En marzo el ciclo lectivo empieza a marcar el pulso de la ciudad y mientras las familias se acomodan a los nuevos horarios, se va consolidando la bienaventurada rutina.
Entre una cosa y la otra me pone de muy mal humor que hasta abril el mundo esté en piloto automático mientras la gente se sigue sacando vitel toné y garrapiñadas de entre los dientes.
Mayo y junio son meses bien plantados, pujantes, prometedores, hasta que julio le pone freno por un ratito y la gente cae en la cuenta de que medio año ya desapareció, entonces llegan agosto, septiembre y octubre, el trío de la superproducción, donde todo está por hacerse y el levantamiento de la temperatura se suma a esto para que sean meses intensos y geniales, llenos de todo. En el trabajo, en el estudio, en la familia, en los compromisos sociales, en las programaciones culturales y en las reuniones de amigos, en esos meses, todo tiene lugar y nos vamos cansando para empezar a pedir que se termine el año.
Entonces llega noviembre con su cara de “paciencia que ya estamos” y llena de navidad las vidrieras con una increíble capacidad de hacer que estemos convencidos de que es la recta final, pero todavía quedan dos meses, que es ni más ni menos que un sexto del año!
Todos nos preocupamos mucho por saber cómo cerrar las puertas que fuimos abriendo y corremos desorientados a lo largo y a lo ancho del calendario hasta que diciembre nos recibe con su voz cansada para contarnos que ya es demasiado tarde para un montón de cosas. Los feriados se acomodan en este mes para confirmar que el que no se escondió, se embromó… todo lo que haya que hacer, tendrá que esperar, en todos lados la gente estará pensando en sus vacaciones, en bajar la persiana, en dar el portazo y toooooodo lo que no haya sucedido, problema del año que viene (que empezará otra vez… más o menos, cuando lo dejemos empezar.)
No entiendo cuándo empieza el año, pero estoy segura de que
no lo dejamos emerger con facilidad.