Febrero. El mes corto que cada cuatro años se hace un
poquito más largo, para seguir siendo el mes más corto. Pobre febrero. El
patito feo del calendario.
El mes bisagra entre no hacer y empezar.
El de las
vidrieras con salvavidas de colores y guardapolvos blancos.
Febrero de exámenes
decisivos que determinan el resto del año.
Febrero de rutinas de verano
aceitadas y llegando a su final.
Febrero con música de murga y carnaval. Ruido de
ventiladores cansados y charquitos de aire acondicionado. Febrero de mosquitos zumbando al oído cuando queremos dormir, interminables filas
en las heladerías y listas de pendientes que empiezan a engordar.
Y así llega
febrero, y así también se va.
Muchas fotos de playa y gente al sol, muchas
quejas por el calor y un poquito de ganas de que la rutina vuelva a rodar.
Febrero huele a cloro de la pile y tiene gusto a helado que
se pegotea en las manos mientras se derrite más rápido de lo que la lengua lo
puede saborear. Febrero de altas temperaturas y bajas expectativas… un mes que está
ahí, porque alguno tenía que estar.
No entiendo a febrero, me promete cosas que no dependen de
él.
Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de
corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas
que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común,
una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta
escribir sobre nada de eso.
El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la
familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se
aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas.
Estamos con los
pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad
terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en
octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares,
es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares
del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a
esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.
¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo
entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes
de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era
cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén. Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los
primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de
Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad
cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de
Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino
adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y
las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El
árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol
nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que
giran en torno al arbolito. De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.
Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta
fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y
conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.
Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier
motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son
tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel.
No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo. Lo único valido es el buen deseo.
Para entenderlos, encontré un lugar donde los explican.
En
Mozambique el océano índico es el anfitrión y dentro de este país, para visitar
los delfines en su hábitat natural, es necesario alojarse en la localidad de
Ponta do Ouro, una pequeña ciudad que fue declarada Área Marina Protegida por
Unesco, considerado un sitio clave de biodiversidad de importancia mundial en
el África oriental. Ese titulo le confiere a la ciudad la responsabilidad de
preservar concienzudamente el medio natural.
Llegar a Ponta do Ouro no es tarea
sencilla. Desde Maputo (la capital de Mozambique) el primer paso es tomar un
ferry a Katembe, allí se buscará un chapa (transporte local), un taxi o en el
mejor de los casos algún vehículo con tracción 4×4. No hay ruta y si bien no
son muchos kilómetros, sí son muchas horas. Después de andar un buen rato por
carreteras de asfalto deteriorado e invadido por pozos, el camino se vuelve
arena y aun seguirá faltando un buen rato de rebotar por el medio de la nada para
llegar a destino.
Una vez en la ciudad todo es arena, ni calles ni vereda: solo
arena. Hasta acá no suena para nada tentador, sin embargo llegar a la playa
hace que todo haya valido la pena.
Probablemente pensar en Mozambique no sea
sinónimo de playa para mucha gente, sin embargo, el paisaje que nos interpela
será una verdadera sorpresa: una pequeña bahía enmarcada por montañas bajas, y
coronada por una ancha playa de arenas claras con una paleta de colores de agua
imposible de describir con predominancia de matices turquesa.
Esta bahía, en la que el sol nace para atardecer sobre el
poblado, es el hogar de múltiples especies marinas, pero los protagonistas
indiscutidos del ecoturismo son los delfines.
El tour para el encuentro con
los delfines puede durar tres o cinco días; se inicia con prácticas de snorkel
en la playa y una charla con videos instructivos para estar capacitados sobre
la forma de acceder a una buena experiencia e interiorizarnos sobre sus hábitos
y conductas para comprenderlos y lograr una armoniosa interacción con ellos.
A partir del segundo día, las
jornadas comienzan a las seis de la mañana en la playa, donde entre todos
empujamos el bote al agua y nos trepamos con torpeza para comenzar la
navegación. Las olas son enormes y la sensación de inmensidad del océano nos
atraviesa a medida que nos adentramos en él y dejamos la tierra atrás
cabalgando sobre las olas.
A los pocos minutos, sucede la
magia: divisamos delfines y ellos nos divisan a nosotros. Con total
naturalidad, como si se tratara de perros junto a un auto, los vemos saltar y
acercarse, seguir el barco y saludar con piruetas. No es fácil saber cuantos
son, pero siempre son grupos. Es el momento de ponerse las patas de rana, tomar
una máscara de snorkel y saltar al agua, a mar abierto. En cuestión de minutos
estamos en el agua nadando con las bellas criaturas hasta que ellos consideran
que ya fue suficiente socialización inter especial y se marchan, entonces
volvemos al bote a compartir nuestro asombro y agudizamos la mirada buscando
otro grupo para nadar un ratito más.
Todo se ejecuta con un perfecto
respeto por la naturaleza y tratando de molestar lo menos posible el normal
desarrollo de las especies, los paseos de nado con delfines son dirigidos por
un equipo de conservacionistas apasionados que promueven un estricto código de
conducta que se ha desarrollado sobre la base de consejos y directrices de los
expertos marinos internacionales y locales de mamíferos, lo que resulta en un
programa que permite una estrecha interacción en términos de los delfines. Y
si… según dicen; donde fueres haz lo que vieres.
No entiendo a los delfines, pero compartir con ellos en la libertad de su hogar, es màgico. Éste artículo fue publicado en http://revistaelviajero.com/ponta-do-ouro/
Los baños en otros paises, siempre son diferentes. Ciertamente, los nuestros no son muy normales para los extranjeros. Particularmente en Asia, las letrinas son comunes y cada vez que entramos a un baño corremos riesgo de shock. En este caso, en medio de la playa de Krabi, en Tailandia, entre el mar y la arena, nos aventuramos a llegar al baño, y si bien no fue de los peores, hubo dos cosas que nos parecieron merecedoras de un espacio entre cosas que #noentiendo
Agua, si... para no llevar arena en los pies, el baño de la playa, tiene una entrada llena de agua (estancada, sucia e inevitable)
Ausencia de puerta. Paredes bajitas. En ningún momentos perdemos contacto visual con la persona que està haciendo uso del servicio higiénico masculino
Hay mucho para decir sobre baños...
Por ahora, nos quedamos repitiendo que no entendemos este baño de Krabi.
Ampliaremos.
No entendí muchos helados durante las vacaciones en el sudeste asiático, y como soy una abnegada investigadora, tuve que catarlos para compartirles mi experiencia. Desde las presentaciones, las combinaciones y las locaciones, los helados eran, sin dudas, especiales... Me disculpo por lo doméstico de las fotografías y procedo a enumerar las invitaciones a refrescar el calor de aquellas latitudes.
Esta vez, las imágenes hablan mejor que las palabras.
Bangkok - Tailandia
Helado de coco, en un coco.
Entre templo y templo, para resistir el calor.
Siem Reap-Camboya
Nieve helada, o sea… agua con crema saborizada y topping
El sabor no era tan místico como la preparación
Bali-Indonesia
El helado era como todos, pero la heladería le sumaba mil puntos
Tomar helado sentada en un hipopótamo, es genial
Bali-Indonesia
La base del helado, era otra vez la nieve saborizada, a eso le agregaban porotos y algo de helado de máquina, frutas y crema, raro
La heladería con budas, elefantes y colores
Materiales para el armado de los helados
Kuala Lumpur-Malasia
Pot Ice Cream, conquistó mi corazón. Helado en una maceta con tierra de oreo molida, flor de malvaviscos y hojitas de menta. Belleza.
Siem Reap-Camboya
Fried Ice Cream Rolls, crema, frutas o galletas y el helado se hace en el momento con la agilidad de un par de espátulas y según dicen, fritos.
El momento de la preparación
Así queda
Siem Reap-Camboya
Magic stick ice cream, una J rellena con helado de máquina, el sabor de siempre, pero practico para compartir.
No entiendo los helados del sudeste asiático... pero incursioné en todas sus variantes!
Hoy llueve. Es febrero, hace calor, toda la
tarde el sol del domingo sofocó la ciudad. Se vaciaron los parques, se
malhumoraron las señoras, transpiraron los señores y hubo dolores de cabeza,
bajones de presión e hinchazón de pies, como mínimo. Hizo calor, pero calor del
bueno, de ese que no te deja caminar rápido, por más apurado que estés. De ese
que no te deja llevar a cabo una conversación sin que haya que estar
mencionando el calor. De ese que no te deja saludar con un beso sin disculparte
por estar patinoso. Hizo calor.
De repente, en mitad de la tarde, cayeron las primeras
gotas, tímidas y bienvenidas, no llegaban a mojar el suelo. El suelo estaba
caliente, caliente de verdad, caliente en serio. Por suerte siguió más agua y
con el agua, el olor a lluvia. Lo primero que escuché al respecto, fue a un
amigo decir “¡Que petricor!” y traducirlo orgulloso como “Olor a tierra mojada”. Es
curioso, no tenemos muchas palabras para hablar de olores, y las pocas que
tenemos, no las conocemos o simplemente no las usamos.
Desde hace
mucho me preocupan los olores. Pase un tiempo dedicada a una mini investigación que fue
mi ponencia en un congreso, en ella me pregunto entre otras cosas por el
léxico aromático empobrecido de nuestra lengua. A continuación... un resumen.
“Siento, luego existo” dice David Le Bretón (2007) parafraseando a
Descartes (1637), para hablar de la importancia de los cinco sentidos en la
configuración de la identidad del ser humano, vinculado a todo cuanto percibe.
Antes del pensamiento están las sensaciones, el sentir. No sabemos
nombrar al nacer las sensaciones que nuestro cuerpo ya experimenta aún antes de
salir al mundo. Los sentidos se desarrollan y se afinan con el tiempo, pero son
cualidades innatas que nos ayudan a conectarnos con el mundo, aún prescindiendo
de la educación que como sociedad elegimos transmitir a las nuevas
generaciones. Es mas humano, entonces, el sentir que el pensar, y sin embargo,
la cultura en la que nacemos se toma el trabajo de hacer un cambio en este
paradigma logrando seres que racionalizan el entorno relegando los sentidos.
La condición humana es ante todo corporal, aunque como seres
sociales configuremos desde la cultura las percepciones empíricas; somos seres
encarnados y de esto parte la antropología de los sentidos como apoyo para la
idea de que las percepciones sensoriales no surgen solo de una fisiología, sino
ante todo de una orientación cultural que deja un margen a la sensibilidad
individual; de esto queremos hablar.
Dijo Le Breton: “en la jerarquía de los sentidos, el olfato no
tiene ningún peso”. Este autor, explica que en occidente el olor es mal visto y
eliminarlo es el objetivo de estas sociedades. Esta ligado en la mayoría de los
casos a displaceres y por eso, se busca neutralizar los olores y uniformarlos. Una forma simple de comprobarlo; si le pedimos a alguien que
dibuje una cara lo mas rápido que le sea posible, lo mas probable es que
obtengamos un resultado similar a este : ) , dos puntitos y un línea curva, la
representación simplificada de un rostro, evade la existencia de la nariz.
Dice Bourdieu (1996) que nominar implica hacer que algo
exista: el lenguaje tiene carácter preformativo, ya que el valor social de los
usos de la lengua surge a partir de su tendencia a organizarse como sistema de
diferencias. Estos sistemas, reproducen el orden simbólico de aquello
socialmente establecido, a saber, el sistema de diferencias sociales. Con el
aroma pasa exactamente igual.
Cuando configuramos la experiencia, lo hacemos con auxilio del
lenguaje. Sin embargo, en la generación de términos para nombrar las cosas que
configuramos, para darle identidad, y entidad a los olores, es muy escueta. No
hemos generado palabras que sean propias al orden de asuntos que hacen al
olfato y sus derivados.
Hablamos de que poner en palabras un olor es pedir léxico prestado
a otros sentidos (dulce: gusto, suave: tacto, floral: vista, estridente: oído).
Cuando queremos describir un aroma nos encontramos con que el rechazo por este
proceso físico es tal, que no tenemos vocabulario para hacerlo. Necesitamos
tomar términos de otros sentidos o usar comparaciones con olores o experiencias
compartidas. Esto, hace que nos sea imposible relatar una descripción acertada
de un aroma.
Una de las slides del pps del Congreso en el que expuse este delirio
Dijo Italo Calvino; “Olvidado elalfabetodel
olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes
permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles.”
Acaso sabemos siquiera ¿Que nos movilizan? Cuando Rousseau (1979)
llama a la olfacción el sentido de la imaginación, esta hablando de esto. “Cada
sociedad dibuja una organización sensorial que le es propia” (Le Breton 2007) . El mundo está hecho con
la tela de nuestros sentidos, pero se entrega a través de los significados que
las percepciones modulan.
Hoy llueve y todo en la ciudad huele a petricor, muy poca gente lo
nombra así, muy poca gente quiere llenarse de él. Muy poca gente presta
atención al olfato, a los aromas, a los olores. Pero hoy llueve y eso se
respira hondo.
Esta
publicación forma parte del proyecto “30 días
deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 27: salí a dar una vuelta por el barrio y hacé un mapa
de sonidos y olores
Otro enero en el que hace calor. Si, en enero en el
hemisferio sur, hace calor. Desde siempre… las conversaciones, las noticias de
los medios, los problemas, los humores…. Todo lo que pasa, pasa por culpa o a
pesar del calor. La gente tienen el chip instalado… en tiempos de calor… hay
que hablar del calor. Hacerlo protagonista de todos nuestros encuentros y
dejarlo en el medio de la escena, no sea cosa que nos olvidemos de que está
presente.
Para eso, la siempre predispuesta industria del consumo ha
generado innumerables elementos para hacer frente a las
inclemencias de la naturaleza, y el calor, no podía escapar a la producción de
objetos. El abanico, el ventilador, la piscina y hasta las vacaciones… inventos
modernos para combatir el aumento de la temperatura. Sin embargo, ninguno más
perverso y adictivo que el aire acondicionado.
Esos dichosos aparatitos que en su momento solicitaban la
semi destrucción de una pared del domicilio para acomodar sus enormes estructuras
y hoy se conforman con pedir instalaciones de mangueritas, para sus nuevas
versiones de dos partes.
El aire acondicionado se destaca por crear una atmosfera de
profunda irrealidad. A diferencia de los inventos anti calor antes mencionados,
que se limitaban a refrescarnos, o mover el aire existente, el ya encumbrado
gladiador de las temperaturas, acondiciona el aire, le dice a nuestro
combustible vital (¡el aire!) como ser. Nos eleva a la artificialidad más
irreal y nos condena a que salir de esa atmósfera mentirosa sea aún más duro
que antes de entrar en ella. Y creo que eso es lo que no entiendo y hasta me
enoja.
Soy una persona viviendo en un clima cálido, donde hace
fuertes calores y no tengo aire acondicionado. No tengo. No soy indigente, elijo no tenerlo. Me rehúso a acceder a la generación
de climas falsos que mientras inventan un bienestar contribuyen con el calentamiento
climático global que potencia en el corto plazo las temperaturas de las que nos
quejaremos y para las que la industria volverá a traernos soluciones que hagan
mayores daños al planeta.
En enero tengo calor, porque hace calor. Tomo agua, me
apantallo, tengo ventilador, me mojo un poco, como fresco y paso el verano.
Vida normal, con las rutinas de siempre (a excepción de la disminución en la
cantidad de amigos que me visitan… y prefieren encuentros en casas con “aire”)
Si tuviera que diseñar el clima del mundo, o de algún mundo… posiblemente
no se trataría de un entorno en el que impere el calor. Creo que preferiría oscilar
entre la primavera y el otoño. Agregaría muchos días de lluvia, de lluvia de la
buena, esa que deja charcos gordos y chapoteables, pero con poco viento, como
para que se pueda pasear bajo una constante cortina de agua previsible y vertical. Podría hacer un poco de frío, sin nieve, sin bajar de los 0º, pero un
poco de frío, como para dormir con muchas frazadas y caminar con guantes gorditos.
Con sol tímido, que haga falta descubrirlo detrás de las nubes, que proyecte
poca sombra, pero que rebote contra el río.
Que increíble sensación es estar vivo. Sentirse vivo. Entrar
en contacto con un sentir y un fluir. Enredarse en el devenir. Ser piel.
Sentirse cubierto de piel y dejar escuchar a la piel. El frío, el calor, las
texturas y hasta el dolor son la vida a través de la piel. Dejarse tocar por la
vida. Ser un cuerpo. No me parece mal tener sensaciones tan reales como
incomodas.
No entiendo la dependencia al aire acondicionado.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”,
propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Me acuerdo de
un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo
devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de
vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)
Me acuerdo de
un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos
anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le
pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)
Me acuerdo de
un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal,
caminando descalzas, solo porque sonaba divertido
Me acuerdo de
un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano,
las tres veces.
Me acuerdo de
un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá
manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron
de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.
Me acuerdo de
un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a
leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los
que compartí toda la temporada de pileta.
Me acuerdo de
un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado
era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después
Me acuerdo de
un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar
durante esos meses los contenidos del año anterior
Me acuerdo de
un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningúndía usamos calzado
Me acuerdo de
un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la
terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó
hasta ver lo chiquitas que éramos
Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”
Me acuerdo de
un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una
tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.
Me acuerdo de
un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el
primer día de las vacaciones
Me acuerdo de
un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del
hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.
Me acuerdo de
un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la
foto en la que estoy upa de Frutillitas
Me acuerdo de
un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo,
jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella
con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.
Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.
Me acuerdo de
un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy
asustada
Me acuerdo de
un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser
aplastada por un colectivo…. Tendría seis años
Me acuerdo de
un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no
teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995
Me acuerdo de
un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y
también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del
mar
Me acuerdo de
un verano que hice snorkel a mar
abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me
separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores
Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.
Me acuerdo de
un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo
tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.
Me acuerdo de
un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí,
le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.
Me acuerdo de
un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más
tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo
desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo
del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus
momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos
tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve
a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de
los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante
todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)