Mostrando entradas con la etiqueta verano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta verano. Mostrar todas las entradas

No entiendo a febrero



Febrero. El mes corto que cada cuatro años se hace un poquito más largo, para seguir siendo el mes más corto. Pobre febrero. El patito feo del calendario. 


El mes bisagra entre no hacer y empezar. 
El de las vidrieras con salvavidas de colores y guardapolvos blancos. 
Febrero de exámenes decisivos que determinan el resto del año. 
Febrero de rutinas de verano aceitadas y llegando a su final.

Febrero con música de murga y carnaval. Ruido de ventiladores cansados y charquitos de aire acondicionado. Febrero de mosquitos zumbando al oído cuando queremos dormir, interminables filas en las heladerías y listas de pendientes que empiezan a engordar. 

Y así llega febrero, y así también se va. 
Muchas fotos de playa y gente al sol, muchas quejas por el calor y un poquito de ganas de que la rutina vuelva a rodar.

Febrero huele a cloro de la pile y tiene gusto a helado que se pegotea en las manos mientras se derrite más rápido de lo que la lengua lo puede saborear. Febrero de altas temperaturas y bajas expectativas… un mes que está ahí, porque alguno tenía que estar.


No entiendo a febrero, me promete cosas que no dependen de él.


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad



Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común, una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta escribir sobre nada de eso.


El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas. 
Estamos con los pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares, es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.


¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén.
Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que giran en torno al arbolito. 
De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.


Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.

Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel. 


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo.

Lo único valido es el buen deseo.

Feliz navidad a todos.


No entiendo al paso (5)



No entiendo como se prenden estos ventiladores de techo....



No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo a los delfines




Para entenderlos, encontré un lugar donde los explican. 


En Mozambique el océano índico es el anfitrión y dentro de este país, para visitar los delfines en su hábitat natural, es necesario alojarse en la localidad de Ponta do Ouro, una pequeña ciudad que fue declarada Área Marina Protegida por Unesco, considerado un sitio clave de biodiversidad de importancia mundial en el África oriental. Ese titulo le confiere a la ciudad la responsabilidad de preservar concienzudamente el medio natural. 

Llegar a Ponta do Ouro no es tarea sencilla. Desde Maputo (la capital de Mozambique) el primer paso es tomar un ferry a Katembe, allí se buscará un chapa (transporte local), un taxi o en el mejor de los casos algún vehículo con tracción 4×4. No hay ruta y si bien no son muchos kilómetros, sí son muchas horas. Después de andar un buen rato por carreteras de asfalto deteriorado e invadido por pozos, el camino se vuelve arena y aun seguirá faltando un buen rato de rebotar por el medio de la nada para llegar a destino. 

Una vez en la ciudad todo es arena, ni calles ni vereda: solo arena. Hasta acá no suena para nada tentador, sin embargo llegar a la playa hace que todo haya valido la pena. 


Probablemente pensar en Mozambique no sea sinónimo de playa para mucha gente, sin embargo, el paisaje que nos interpela será una verdadera sorpresa: una pequeña bahía enmarcada por montañas bajas, y coronada por una ancha playa de arenas claras con una paleta de colores de agua imposible de describir con predominancia de matices turquesa.
Esta bahía, en la que el sol nace para atardecer sobre el poblado, es el hogar de múltiples especies marinas, pero los protagonistas indiscutidos del ecoturismo son los delfines.

El tour para el encuentro con los delfines puede durar tres o cinco días; se inicia con prácticas de snorkel en la playa y una charla con videos instructivos para estar capacitados sobre la forma de acceder a una buena experiencia e interiorizarnos sobre sus hábitos y conductas para comprenderlos y lograr una armoniosa interacción con ellos.


A partir del segundo día, las jornadas comienzan a las seis de la mañana en la playa, donde entre todos empujamos el bote al agua y nos trepamos con torpeza para comenzar la navegación. Las olas son enormes y la sensación de inmensidad del océano nos atraviesa a medida que nos adentramos en él y dejamos la tierra atrás cabalgando sobre las olas.

A los pocos minutos, sucede la magia: divisamos delfines y ellos nos divisan a nosotros. Con total naturalidad, como si se tratara de perros junto a un auto, los vemos saltar y acercarse, seguir el barco y saludar con piruetas. No es fácil saber cuantos son, pero siempre son grupos. Es el momento de ponerse las patas de rana, tomar una máscara de snorkel y saltar al agua, a mar abierto. En cuestión de minutos estamos en el agua nadando con las bellas criaturas hasta que ellos consideran que ya fue suficiente socialización inter especial y se marchan, entonces volvemos al bote a compartir nuestro asombro y agudizamos la mirada buscando otro grupo para nadar un ratito más.


Todo se ejecuta con un perfecto respeto por la naturaleza y tratando de molestar lo menos posible el normal desarrollo de las especies, los paseos de nado con delfines son dirigidos por un equipo de conservacionistas apasionados que promueven un estricto código de conducta que se ha desarrollado sobre la base de consejos y directrices de los expertos marinos internacionales y locales de mamíferos, lo que resulta en un programa que permite una estrecha interacción en términos de los delfines. Y si… según dicen; donde fueres haz lo que vieres.


No entiendo a los delfines, pero compartir con ellos en la libertad de su hogar, es màgico.

Éste artículo fue publicado en http://revistaelviajero.com/ponta-do-ouro/


No entiendo este baño de Krabi



Los baños en otros paises, siempre son diferentes. 
Ciertamente, los nuestros no son muy normales para los extranjeros. 
Particularmente en Asia, las letrinas son comunes y cada vez que entramos a un baño corremos riesgo de shock.
En este caso, en medio de la playa de Krabi, en Tailandia, entre el mar y la arena, nos aventuramos a llegar al baño, y si bien no fue de los peores, hubo dos cosas que nos parecieron merecedoras de un espacio entre cosas que #noentiendo

Agua, si... para no llevar arena en los pies, el baño de la playa, tiene una entrada llena de agua (estancada, sucia e inevitable)
Ausencia de puerta. Paredes bajitas. En ningún momentos perdemos contacto visual con la persona que està haciendo uso del servicio higiénico masculino
Hay mucho para decir sobre baños...
Por ahora, nos quedamos repitiendo que no entendemos este baño de Krabi.
Ampliaremos.


No entiendo los helados del sudeste asiático



No entendí muchos helados durante las vacaciones en el sudeste asiático, y como soy una abnegada investigadora, tuve que catarlos para compartirles mi experiencia.

Desde las presentaciones, las combinaciones y las locaciones, los helados eran, sin dudas, especiales... Me disculpo por lo doméstico de las fotografías y procedo a enumerar las invitaciones a refrescar el calor de aquellas latitudes.


Esta vez, las imágenes hablan mejor que las palabras.

Bangkok - Tailandia
Helado de coco, en un coco.

Entre templo y templo, para resistir el calor.

Siem Reap-Camboya
Nieve helada, o sea… agua con crema saborizada y topping

El sabor no era tan místico como la preparación

Bali-Indonesia
El helado era como todos, pero la heladería le sumaba mil puntos 

Tomar helado sentada en un hipopótamo, es genial





Bali-Indonesia
La base del helado, era otra vez la nieve saborizada, a eso le agregaban porotos y algo de helado de máquina, frutas y crema, raro 


La heladería con budas, elefantes y colores 

Materiales para el armado de los helados


Kuala Lumpur-Malasia
Pot Ice Cream, conquistó mi corazón. Helado en una maceta con tierra de oreo molida, flor de malvaviscos y hojitas de menta. Belleza. 




Siem Reap-Camboya
Fried Ice Cream Rolls, crema, frutas o galletas y el helado se hace en el momento con la agilidad de un par de espátulas y según dicen, fritos.

El momento de la preparación

Así queda

Siem Reap-Camboya
Magic stick ice cream, una J rellena con helado de máquina, el sabor de siempre, pero practico para compartir.



No entiendo los helados del sudeste asiático... pero incursioné en todas sus variantes!


No entiendo los olores.



Hoy llueve. Es febrero, hace calor, toda la tarde el sol del domingo sofocó la ciudad. Se vaciaron los parques, se malhumoraron las señoras, transpiraron los señores y hubo dolores de cabeza, bajones de presión e hinchazón de pies, como mínimo. Hizo calor, pero calor del bueno, de ese que no te deja caminar rápido, por más apurado que estés. De ese que no te deja llevar a cabo una conversación sin que haya que estar mencionando el calor. De ese que no te deja saludar con un beso sin disculparte por estar patinoso. Hizo calor.

De repente, en mitad de la tarde, cayeron las primeras gotas, tímidas y bienvenidas, no llegaban a mojar el suelo. El suelo estaba caliente, caliente de verdad, caliente en serio. Por suerte siguió más agua y con el agua, el olor a lluvia. Lo primero que escuché al respecto, fue a un amigo decir “¡Que petricor!” y traducirlo orgulloso como “Olor a tierra mojada”. Es curioso, no tenemos muchas palabras para hablar de olores, y las pocas que tenemos, no  las conocemos o simplemente no las usamos.

Desde hace mucho me preocupan los olores. Pase un tiempo dedicada a una mini investigación que fue mi ponencia en un congreso, en ella me pregunto entre otras cosas  por el léxico aromático empobrecido de nuestra lengua. A continuación... un resumen.

“Siento, luego existo” dice David Le Bretón (2007) parafraseando a Descartes (1637), para hablar de la importancia de los cinco sentidos en la configuración de la identidad del ser humano, vinculado a todo cuanto percibe.
Antes del pensamiento están las sensaciones, el sentir. No sabemos nombrar al nacer las sensaciones que nuestro cuerpo ya experimenta aún antes de salir al mundo. Los sentidos se desarrollan y se afinan con el tiempo, pero son cualidades innatas que nos ayudan a conectarnos con el mundo, aún prescindiendo de la educación que como sociedad elegimos transmitir a las nuevas generaciones. Es mas humano, entonces, el sentir que el pensar, y sin embargo, la cultura en la que nacemos se toma el trabajo de hacer un cambio en este paradigma logrando seres que racionalizan el entorno relegando los sentidos.
La condición humana es ante todo corporal, aunque como seres sociales configuremos desde la cultura las percepciones empíricas; somos seres encarnados y de esto parte la antropología de los sentidos como apoyo para la idea de que las percepciones sensoriales no surgen solo de una fisiología, sino ante todo de una orientación cultural que deja un margen a la sensibilidad individual; de esto queremos hablar.

Dijo Le Breton: “en la jerarquía de los sentidos, el olfato no tiene ningún peso”. Este autor, explica que en occidente el olor es mal visto y eliminarlo es el objetivo de estas sociedades. Esta ligado en la mayoría de los casos a displaceres y por eso, se busca neutralizar los olores y uniformarlos. Una forma simple de comprobarlo; si le pedimos a alguien que dibuje una cara lo mas rápido que le sea posible, lo mas probable es que obtengamos un resultado similar a este : ) , dos puntitos y un línea curva, la representación simplificada de un rostro, evade la existencia de la nariz.

Dice Bourdieu (1996)  que nominar implica hacer que algo exista: el lenguaje tiene carácter preformativo, ya que el valor social de los usos de la lengua surge a partir de su tendencia a organizarse como sistema de diferencias. Estos sistemas, reproducen el orden simbólico de aquello socialmente establecido, a saber, el sistema de diferencias sociales. Con el aroma pasa exactamente igual.
Cuando configuramos la experiencia, lo hacemos con auxilio del lenguaje. Sin embargo, en la generación de términos para nombrar las cosas que configuramos, para darle identidad, y entidad a los olores, es muy escueta. No hemos generado palabras que sean propias al orden de asuntos que hacen al olfato y sus derivados.
Hablamos de que poner en palabras un olor es pedir léxico prestado a otros sentidos (dulce: gusto, suave: tacto, floral: vista, estridente: oído). Cuando queremos describir un aroma nos encontramos con que el rechazo por este proceso físico es tal, que no tenemos vocabulario para hacerlo. Necesitamos tomar términos de otros sentidos o usar comparaciones con olores o experiencias compartidas. Esto, hace que nos sea imposible relatar una descripción acertada de un aroma.

Una de las slides del pps del Congreso en el que expuse este delirio

Dijo Italo Calvino; “Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles.”
Acaso sabemos siquiera ¿Que nos movilizan? Cuando Rousseau (1979) llama a la olfacción el sentido de la imaginación, esta hablando de esto. “Cada sociedad dibuja una organización sensorial que le es propia” (Le Breton 2007) . El mundo está hecho con la tela de nuestros sentidos, pero se entrega a través de los significados que las percepciones modulan. 

Hoy llueve y todo en la ciudad huele a petricor, muy poca gente lo nombra así, muy poca gente quiere llenarse de él. Muy poca gente presta atención al olfato, a los aromas, a los olores. Pero hoy llueve y eso se respira hondo.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 27: salí a dar una vuelta por el barrio y hacé un mapa de sonidos y olores

No entiendo la dependencia al aire acondicionado.




Otro enero en el que hace calor. Si, en enero en el hemisferio sur, hace calor. Desde siempre… las conversaciones, las noticias de los medios, los problemas, los humores…. Todo lo que pasa, pasa por culpa o a pesar del calor. La gente tienen el chip instalado… en tiempos de calor… hay que hablar del calor. Hacerlo protagonista de todos nuestros encuentros y dejarlo en el medio de la escena, no sea cosa que nos olvidemos de que está presente.

Para eso, la siempre predispuesta industria del consumo ha generado innumerables elementos para hacer frente a las inclemencias de la naturaleza, y el calor, no podía escapar a la producción de objetos. El abanico, el ventilador, la piscina y hasta las vacaciones… inventos modernos para combatir el aumento de la temperatura. Sin embargo, ninguno más perverso y adictivo que el aire acondicionado.


Esos dichosos aparatitos que en su momento solicitaban la semi destrucción de una pared del domicilio para acomodar sus enormes estructuras y hoy se conforman con pedir instalaciones de mangueritas, para sus nuevas versiones de dos partes.
El aire acondicionado se destaca por crear una atmosfera de profunda irrealidad. A diferencia de los inventos anti calor antes mencionados, que se limitaban a refrescarnos, o mover el aire existente, el ya encumbrado gladiador de las temperaturas, acondiciona el aire, le dice a nuestro combustible vital (¡el aire!) como ser. Nos eleva a la artificialidad más irreal y nos condena a que salir de esa atmósfera mentirosa sea aún más duro que antes de entrar en ella. Y creo que eso es lo que no entiendo y hasta me enoja.

Soy una persona viviendo en un clima cálido, donde hace fuertes calores y no tengo aire acondicionado. No tengo. No soy indigente, elijo  no tenerlo. Me rehúso a acceder a la generación de climas falsos que mientras inventan un bienestar contribuyen con el calentamiento climático global que potencia en el corto plazo las temperaturas de las que nos quejaremos y para las que la industria volverá a traernos soluciones que hagan mayores daños al planeta.
En enero tengo calor, porque hace calor. Tomo agua, me apantallo, tengo ventilador, me mojo un poco, como fresco y paso el verano. Vida normal, con las rutinas de siempre (a excepción de la disminución en la cantidad de amigos que me visitan… y prefieren encuentros en casas con “aire”)

Si tuviera que diseñar el clima del mundo, o de algún mundo… posiblemente no se trataría de un entorno en el que impere el calor. Creo que preferiría oscilar entre la primavera y el otoño. Agregaría muchos días de lluvia, de lluvia de la buena, esa que deja charcos gordos y chapoteables, pero con poco viento, como para que se pueda pasear bajo una constante cortina de agua previsible y vertical. Podría hacer un poco de frío, sin nieve, sin bajar de los 0º, pero un poco de frío, como para dormir con muchas frazadas y caminar con guantes gorditos. Con sol tímido, que haga falta descubrirlo detrás de las nubes, que proyecte poca sombra, pero que rebote contra el río. 


Que increíble sensación es estar vivo. Sentirse vivo. Entrar en contacto con un sentir y un fluir. Enredarse en el devenir. Ser piel. Sentirse cubierto de piel y dejar escuchar a la piel. El frío, el calor, las texturas y hasta el dolor son la vida a través de la piel. Dejarse tocar por la vida. Ser un cuerpo. No me parece mal tener sensaciones tan reales como incomodas.


No entiendo la dependencia al aire acondicionado.  


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 16: describí el clima de tu mundo imaginario


No entiendo el verano



Mis quince primeros veranos…


Me acuerdo de un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)

Me acuerdo de un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)

Me acuerdo de un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal, caminando descalzas, solo porque sonaba divertido

Me acuerdo de un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano, las tres veces.

Me acuerdo de un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.

Me acuerdo de un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los que compartí toda la temporada de pileta.

Me acuerdo de un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después

Me acuerdo de un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar durante esos meses los contenidos del año anterior

Me acuerdo de un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningún  día usamos calzado

Me acuerdo de un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó hasta ver lo chiquitas que éramos

Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”

Me acuerdo de un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.

Me acuerdo de un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el primer día de las vacaciones

Me acuerdo de un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.

Me acuerdo de un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la foto en la que estoy upa de Frutillitas

Me acuerdo de un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo, jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.

Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.

Me acuerdo de un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy asustada

Me acuerdo de un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser aplastada por un colectivo…. Tendría seis años

Me acuerdo de un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995

Me acuerdo de un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del mar

Me acuerdo de un verano que hice snorkel  a mar abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores

Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.

Me acuerdo de un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.

Me acuerdo de un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí, le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.

Me acuerdo de un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 11: Empezá con “me acuerdo de”