Mostrando entradas con la etiqueta quejas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta quejas. Mostrar todas las entradas

No entiendo la terapia intensiva




No entiendo a quien se le ocurrió que la persona que está físicamente deficiente tenga que estar afectivamente aislada.


Se entiende que en algún momento haya sonado lógico el aislar a la persona enferma de los males biológicos que exceden a las salas de resguardo, también se entiende que la cantidad de tubitos y cañitos que puede necesitar la persona que  posee debilidad en su sistema vital necesiten conectarse en un lugar calmo, libre de riesgos. Se entiende que para el facilitar el trabajo  y la circulación del personal médico que tiene a su cargo el restablecimiento de la salud del internado, también son óptimos estos lugares.
La terapia intensiva a hace del sujeto un objeto de estudio y lo analiza fuera de contexto, lo deshumaniza y lo ubica en una cama dentro de una rutina de exámenes y tratamientos con un huequito para que los seres queridos pasen a tener contacto y un breve informe de cómo fue la evolución en las horas de aislamiento.
Estandarización de procesos, rutinización de los cuerpos, burocratización de las familias y gestión de la vida íntima. 

No entiendo que con los avances de las investigaciones no se haya operado un cambio en los sistemas sanitarios, dado que está harto comprobado que el amor cura.
No entiendo la privación del apretón de  manos, de la palabra al oído, del contacto amoroso con los seres que sufren por él, que sufren a su par.
No entiendo cómo se puede aislar a una persona que puede estar atravesando sus últimos ratitos y no es justo ni para él, ni para sus afectos ese aislamiento.
Una hora de visita, un ratito de contacto con un ser pasado de fármacos para que trates de que se sienta acompañado.

La terapia intensiva me enoja. Nunca voy contenta a esa visita, porque nadie quiere estar en esa sala de espera, aguardando el apellido  del paciente, que además es tu pariente. No quiero que alguien regule la cantidad de mimos que se le puedan propinar. Me enoja porque llego triste y veo a mi persona querida sola, y veo a otros que no reciben visitas y veo angustia y veo procesos deshumanizados y gente que cumple con su trabajo con distintos grados y niveles de vocación y compromiso.
Me da miedo porque veo en la  sala de espera que algunos rostros dejan de asistir, veo que después del informe se multiplican las lágrimas de algunos grupos de afectos…  veo muchas cosas que no quiero ver… y duele un montón.

Termina el horario de visita, hay que irse, te obligan a irte, a dejarlo ahí solo, en ese lugar sin colores, sin nosotros, sin el cariño y sin el contacto… y te obligan y te dicen que es por su bien y uno se permite dudar y se merece llevarse a su ser querido al parque. La terapia intensiva tiene mucha intensidad para los que estamos afuera, sin drogas que nos hagan perder noción de lo que estamos atravesando (como si pasa con el que está adentro).

No entiendo la terapia intensiva, estoy convencida de que es de otra época, y que prontito va a cambiar sus reglas y a reconocer que los afectos sanan.


No entiendo al paso (6)



No entiendo mucho a las escaleras mecánicas...
Son muy lentas y a diferencia de otros países, no hay códigos de uso para viajar en ellas


No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo algunos rituales (3)



Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior. Oh sí.

Y no lo entendí nunca.

Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada se sabe, nada se puede aprender.

Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa y golpeándolo en la puerta de la universidad.


Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina, huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de rigor.


Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable. Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación y vejaciones.


Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas, universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo limpiar.


No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo. 


No entiendo algunas canciones infantiles



En el fondo, la verdadera  preocupación que tenemos, son las próximas generaciones. 
Y si… los chicos como presente y como futuro son la joyita más preciada que cada especie tiene para garantizar su continuidad, pero nos resulta muy complicado; los chicos vienen violentos y conflictivos, inexplicablemente.


Hay montones de cosas en relación a la crianza de niños que me generan dudas, muchas cosas de esas que no entiendo… pero una de las que más me preocupa es que como sociedad, hemos descubierto hace mucho tiempo que los chicos aprenden jugando, y para desarrollar habilidades de socialización y aprender a hacer distintas operaciones lógicas, aparecieron los Jardines de Infantes (esos que se metaforizan con el prado lleno de margaritas a regar para que crezcan sanas y derechitas). 

Como aprenden tan fácil y tan rápido, nos dimos cuenta que las canciones le suman pregnancia. Los chicos disfrutan las canciones y las repiten con facilidad abrumadora…. Sin embargo no somos muy estratégicos con lo que les hacemos repetir.

No sé hasta cuando repetiremos que Sana sana colita de rana… si las ranas no tienen cola.
No me causa gracia admitir que si Mambrú se fue a la guerra no sé cuándo vendrá
No quiero que alguien me diga “Yo quería una de sus hijas, Mantantiru-Liru-Lá”
No quiero que Manuelita viaje hasta Paris sólo para ponerse linda para un tortugo
No estoy de acuerdo con la amenaza de la mamá de Trompita con hacerle chas chas en la colita.

No tengo ganas de que los chicos y sus permeables cabezas repitan estas estrofas robotizados. Porque podrían repetir otras cosas, mas poéticas, más profundas o más superficiales, pero más interesantes, y para ellos sería igual de divertido, sin ser taaaan hueco. ¿no?

No entiendo algunas canciones infantiles.


No entiendo el Nesquik Cereal



No lo entiendo. 

Estaba en oferta y mi última visita al supermercado tenía por objetivo recargar mis stocks de Nesquik. Siempre tengo en casa un par de kilos y otros muchos litros de leche para protagonizar desayunos y meriendas, acompañar jornadas de home office y reemplazar almuerzos y cenas. De todas formas, me pareció que no podía ser muy grave probar el nuevo, con agregado de cereal.


Entonces me compré montones de paquetitos de los amarillos de siempre, pero con una banda verde que advertía un 28% de cereal. 

La mayor de las frustraciones sobrevino cuando preparé la primera taza. En los días sucesivos, intenté mirarla con mejores ojos, probé otras veces por si se trababa de un primer impacto... pero nada, es completamente imposible de tomar. Horrible! y para colmo la página de Nestlé está orgullosa de contar que tiene el mismo sabor que el original (para leer esa patraña, clic aqui)

Nada más que agregar. No entiendo como alguien pudo haber inventado esta aberración, y no entiendo porque compré tantos antes de catarlo.


No entiendo carteles de Tailandia



La antigua Siam es tan bella, tan caótica y tan mágica a la vez, que desorienta.
Todos nos sentimos desorientados al llegar a Tailandia, y se ve que se nota, porque en todas partes, los carteles te explican cómo te tenes que comportar.

Entre las mayores dificultades que el tailandes afronta con el turista, podemos mencionar el respeto por la religión budista. Cuando un recién llegado invade templos con la sola intención de ametrallar la cámara de fotos, los carteles nos grafican algunas buenas practicas para tener en cuenta en lugares sagrados


Una  de las cosas que más nos impactan en los primeros días es el tránsito de los monjes, como seres mitológicos al principio, como parte del paisaje al final. Lo cierto es que nunca sabemos qué hacer ante ellos, y como los tailandeses lo entienden, nos dejan cartelitos para sugerir que les cedamos el asiento del metro, que no nos saquemos selfies con ellos y esas cosas.


No solo a los monjes hay que ofrecerles el asiento, también hay otros carteles para recordar quienes pueden necesitar viajar sentados, sobre todo en los asientos señalizados como de prioridad


Pero manejarse en el transporte público también implica otras muchas normas de convivencia, para las que hay carteles así de completos;


Tan completos que no terminé de leerlo y le saque la foto antes de ver que una de las prohibiciones era precisamente sacar fotos o tomar videos (algo que todos hacen, porque la selfie camino al trabajo ¡es casi un ritual tailandes!)

Hay buses que te dan la bienvenida con normas de convivencia, asi todo queda claro antes de empezar



Y cuando aplicamos todas esas reglas, viajar es tan placentero, que la empresa sospecha que uno no quiere olvidar esos viajes cotidianos y nos ofrece una amplia variedad de merchandising.


No entiendo algunos carteles de Tailandia, pero me gusta que todo esté pensado para educar y construir la convivencia.


No entiendo este baño de Krabi



Los baños en otros paises, siempre son diferentes. 
Ciertamente, los nuestros no son muy normales para los extranjeros. 
Particularmente en Asia, las letrinas son comunes y cada vez que entramos a un baño corremos riesgo de shock.
En este caso, en medio de la playa de Krabi, en Tailandia, entre el mar y la arena, nos aventuramos a llegar al baño, y si bien no fue de los peores, hubo dos cosas que nos parecieron merecedoras de un espacio entre cosas que #noentiendo

Agua, si... para no llevar arena en los pies, el baño de la playa, tiene una entrada llena de agua (estancada, sucia e inevitable)
Ausencia de puerta. Paredes bajitas. En ningún momentos perdemos contacto visual con la persona que està haciendo uso del servicio higiénico masculino
Hay mucho para decir sobre baños...
Por ahora, nos quedamos repitiendo que no entendemos este baño de Krabi.
Ampliaremos.


No entiendo la relación de occidente con los abuelos.



Si tuviera que escribir un libro (y es casi un hecho que algún día lo voy a hacer), seguramente sería un libro infantil. Me parece maravilloso poder compartir lecturas con los chicos y armar historias para que ellos las escuchen con la concentración que sus caras expresan. Sin embargo, estoy convencida de que los chicos tienen mucha necesidad de hablar de cosas feas, de cosas tristes y de escucharlas para desdramatizar, o al menos para saber que existen o que no les pasan a ellos solos. Me encanta escribir cuentos infantiles, pero cuando los cuentos son tristes, y en muchos de ellos (no en la mayoría, pero en muchos), la melancolía, la pena y la tragedia se cuelan profundamente, no sé si difiere en mucho que sean para chicos o para grandes. Todos nos ponemos igual de tristes. Seguramente si tuviera que publicar un libro, sería de cuentos, no me veo escribiendo una novela.
También me gusta que los cuentos nos recuerden cosas importantes de la vida que muchas veces la vorágine cotidiana nos ayuda a olvidar. Un cuento cortito que escribí en 2002 es este:

Y siguen ahí
Voy a contarles de ellos, solo porque los vi. Voy a contar lo que pienso, solo porque sí.
Estuvieron en el cosmos desde antes que yo naciera y jugaron a ser grandes hasta que lo fueron. Llegaron a tener familias, los que la tuvieron, y soñaron vivir distinto, aunque no me lo dijeron.
Supe que fantasearon con la palabra abuelo, sé que están en el mundo, esperando el llamado al cielo. Sentí que en cada mirada había un mudo desconsuelo y que esas curtidas manos mil alas batían vuelo, igual escuche sus risas, aunque hubo quienes no rieron, igual comprendí su pena, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, viendo pasar la vida de otros, como si la de ellos no pasara más, viendo pasar los sueños de otros como si no soñaran más, sin embargo, yo sé que sí, sé que sueñan con la realización de sus anhelo, anhelos que tienen, que yo sé que tienen, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, sin hacer nada. Estaban sentados jugando a las cartas. Estaban mirando las hojas en la vereda. Estaban esperando que la muerte viniera. Estaban internados sin enfermedad. Estaban acompañados, llenos de soledad. Estaban solos, siendo tantos.
Geriátrico, estaban ahí, yo sé que sí.
Y siguen ahí.


Todos sabemos que las sociedades orientales rinden culto a sus ancestros y a sus ancianos, No entiendo cómo nos podemos olvidar de los abuelos. No entiendo cuando un nieto deja de tener ganas de ir a visitarlo, de pasear juntos, de compartir tiempo. No entiendo, pero seguro es una idea fuerza que pasa por adentro de muchos de mis cuentos, porque hacer que las generaciones florecientes se acerquen a las bibliotecas parlantes que constituyen sus ramas más altas en el árbol genealógico, me parece una tarea colectiva a encarar como civilización.
No entiendo como no hay más y más estrategias para recuperar ese vínculo que los occidentales estamos descuidando con los adultos mayores, que estuvieron ahí para nosotros, para nuestros padres y siguen ahí.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 29: escribí un párrafo de tu futuro libro




No entiendo a los que no hablan con extraños



Querida gente del futuro:

Si están leyendo este mensaje, es porque la raza humana no se ha destruido, o porque otra especie decodificó la escritura humana. 
Aprovecho para contarles un poquito algunos errores nuestros, porque dicen que la historia es cíclica y estaría bueno que se ahorren estas incomodidades que estamos atravesando como sociedad. Acá en el año 2016 y desde hace muchos años, estamos todos muy preocupados por los problemas del mundo y nos pasamos la vida dándole vueltas a las mismas preguntas. Tenemos problemas de unidad, de solidaridad, de compañerismo y de empatía. No nos explicamos de donde salen, simplemente suceden. El racismo y la violencia simbólica en todas sus formas nos torturan y no la podemos detener.

No sabemos encontrarnos con el otro. Nos da miedo la gente, y somos gente. La culpa de todo la tiene un célebre mantra que se hereda desde hace muchas generaciones en el que cada mamá le repite a su hijo “no hables con extraños”. Tenemos muchos problemas por seguir ese consejo inventado por alguien que no entendía nada de la vida y decidió extender su doctrina. Nos aterra la Otredad. Todos los que no sé cómo se llaman son peligrosos. Esto está íntimamente vinculado con la apología del aislamiento tan común en nuestros días.


¿Por qué se ocupan primero los asientos individuales del colectivo? ¿Por qué van las personas escuchando música en su burbuja? ¿Por qué prefieren perderse a preguntar una dirección? ¿Por qué dejar un asiento vacio entre la persona que ya está y la que llega a un teatro, una sala de espera, un cine? ¿Por qué estar siempre pendiente de que el otro no esté cerca? Porque no sabemos convivir.

Desconfío de la gente que no habla con extraños, porque todos los amigos son extraños antes de ser familia. Desconfío de la continuidad de la especie en medio de la atomización que nos sacude y no entiendo a los que no hablan con extraños.


Si en el futuro alguien da con estar garabateadas letras, quiero decirles que se hablen, que se miren, que se abracen con fulanos, que se den la oportunidad de charlar en la fila del supermercado, reír a carcajadas con el taxista, conocer gente en una plaza, y dejar, permitir y fomentar que sus hijos hablen con extraños, porque las precauciones nos asustan y nos perdemos muchas cosas lindas. 

Esta publicación forma parte del proyecto “30 díasdeescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 28: estás preparando una cápsula del tiempo para enterrar en el jardín. La van a desenterrar en 500 años. Escribí una carta explicando cómo es la vida hoy.





No entiendo a los hiperconectados



Mis papas me enseñaron a no mentir, pero a la hora de la cena o durante el almuerzo, papá nos pedía que cuando sonaba el teléfono digamos que él no estaba. Eran momentos en los que no quería estar disponible para quien sea que lo buscara, porque era la hora de la comida, y eso era motivo suficiente para que en la casa en la que no se mentía, se diga que papá no estaba.

Años más tarde papa se compró un teléfono celular, era enorme, carísimo y súper novedoso. Muy pocos había en la ciudad cuando el de papá llegó a casa y si había algo que teníamos en claro desde el momento inicial, era que el número del celular de papa no había que dárselo a nadie, pero a nadie. Si lo buscaban en casa, a lo sumo le podíamos dar el teléfono de la fábrica para que intentaran  ubicarlo ahí, o quizás ofrecer un horario tentativo en que podían encontrarlo en casa, pero el  celular de papá era para emergencias, y solo unos pocos representábamos algo importante como para usar esa información.

Un día, mi hermana y yo habíamos sacado en la mesa de un restaurante nuestros videojuegos de mano, los teníamos pausados en el nivel en el que habíamos quedado y cada segundo estábamos mas cerca de batir una marca, era la tecnología del momento, y nos tenía enloquecidas. Mi hermanito aún era un bebe y estaba sentado en una sillita alta. Nuestros videojuegos, por pedido paterno siempre estaban en modo “mute”, a papá no le gustaba el ruido y quizás sea por eso que aun hoy se me hace insoportable. Fueron algunos segundos de Tetris, yo tendría once años, el enojo de papa fue breve pero entendible, en la mesa se comparte. Volvimos a poner en pausa nuestros juegos y nos dispusimos a cenar.

Ya pasaron muchos años de aquellos fragmentos de vida, pero dicen que la infancia es el momento de aprender lo importante, y al menos, a mí me sigue pareciendo importante respetar esas cosas. Me molesta, y me pasa muy seguido que estén dando prioridad a lo que pasa en la pantalla postergando al que está presente. Y no hablo de atender llamadas urgentes (de esas que para mi papá estaban tomadas con pinzas y contadas con los dedos de una mano)
Y no, no tengo mil años, ni soy anticuada, ni quiero que vuelvan los teléfonos a disco, ni vivo sin electricidad. Solo quiero que la gente que con la que hablo me mire a los ojos y no interrumpa la charla por un ruidito o porque alguien en otro lugar quiere hablar cuando la palabra la estoy ejerciendo yo. No quiero que estén escribiéndole a otro mientras trato de hilar una conversación, ni quiero que lleguen a mi casa y me pidan la clave de wi fi como si fueran a permanecer tantas horas allí.
No quiero que las charlas giren en torno a lo que pasa en la pantalla, a un like de Facebook o una noticia de twitter, no quiero que nos encontremos para que se entere instagram ni que los grupos de WhatsApp sean interlocutores válidos durante el encuentro. No quiero que haya chicos buscando atención de los padres mientras ellos están inmersos en sus dispositivos táctiles, no quiero que los perros solo jueguen para ser filmados. No quiero que comer sea solo para compartir la foto del menú en redes, no quiero deshumanizar los vínculos en el intento de hipervincular.
No quiero, pero nadie me pidió mi opinión.

Mientras los padres hacen compras, los sientan, en otra dimensión
Por un momento pensé que algo raro estaba operando en el mundo, porque antes los papás pedían que estemos en momentos compartidos y ahora son los padres los que evitan conectar y no los hijos. Me siento como se sentirían mis padres cada vez que tengo que pedir o resignar la atención de un amigo, porque le están escribiendo, porque le llegó una foto, porque le mandaron un chiste, que no puede esperar para ser atendido (y la persona que está presente, si puede)
Pero pensándolo con mayor claridad, en verdad son padres los que en ese momento de mi infancia eran hijos. Y quizás no le dieron el mismo valor que yo a esos intentos por respetar los espacios y momentos presenciales.


No entiendo cómo se desconectan los hiperconectados. Yo trato de estar acá. No me dejen sola.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 23: cómo te parecés a tu mamá

Gracias papá y mamá por enseñarme cosas importantes.

No entiendo los shoppings



Hace poco un hombre me agradeció por correrlo del prejuicio de que todas las mujeres aman ir de compras. A mí no  me gusta. Pero más que el sustantivo compras, , lo que me pone de malhumor es la exaltación del consumo en sí. El sustantivo hecho verbo, ir de compras, y para que ese verbo se desarrolle, aquí lo hemos vuelto sustantivo de nuevo, porque en Argentina llamamos shopping ("compras", en ingles) al edificio donde se pueden hacer compras (en otros países se conocen como centro comercial, tienda departamental, o mall), unificando el lugar y la acción.
En todo el mundo ya existen lugares pensados para hacer compras. técnicamente eso no es nuevo, porque los mercados existen desde el Mercado Trajano del Siglo II, la diferencia que la posmodernidad le adosa es el eje de la actividad; al mercado se va a buscar algo que necesito, al shopping se va a ver que se puede necesitar. No es el producto la motivación, es la acción de comprar.


El mundo hecho necesidad; debés comprar porque querés comprar y tenés que querer todo lo que está a la venta, porque es un fin en sí mismo, y no ya un medio para un fin. Es una actividad recreativa, divertida, las compras, como objeto en sí mismo son lo que te hace bien, no el producto, la actividad de mirar la vidriera, entrar elegir y pagar, eso es lo satisfactorio (¿?)

Pisar un shopping es algo que no me gusta hacer.
Entrar por la puerta y sentir que el clima difiere en mucho del que hay en el mundo exterior, saber que alguna mentecita calculó el volumen del sonido y el tipo de música que van a estimular mi consumo, ver los carteles y leer las frases con las que convocan las marcas a definir estilos de vida, como si de un objeto dependiera, ver las miradas de los vendedores y sentir el peso con el que cuentan los minutos para dejar el puesto que cubren.  Hace tanto que no voy a uno de esos lugares, que me cuesta evocar figuras concretas, pero recuerdo algunas ideas generales que fundamentan mi desagrado;

En los shoppings hay gente que hace grandes sacrificios por pagar cosas que no necesita o marcas que le darán el status que pretende (me hace perder la fe en la humanidad).

En los shoppings siempre hay niños llorando y padres remolcándolos, porque si el padre quiere una máquina que haga café como el del bar es una necesidad, pero si el niño quiere un helado es un capricho.

En los shoppings siempre hay familias con sonrisas de estereotipo de publicidad de producto ontológico, ancianas con miradas de estereotipo de publicidad de AFJP (se acuerdan?) chicas rubias con tonada de estereotipo de publicidad de universidad privada y guardias mirando acusatoriamente a los chicos con cara de estereotipo peligroso.

En los shoppings siempre hay tachos de basura repletos de cosas que se producen para los shoppings, cuya vida útil no logró traspasar las puertas del establecimiento, y a todo el mundo le parece normal. Comprarusartirarcomprarmás.

En los shoppings hay vidrieras que imitan la vida y vidas que imitan las vidrieras, todos exhibidos para ser consumidos con la misma fragilidad y frialdad que el vidrio implica.

En los shoppings hace frío en verano y hace calor en invierno, hay irrealidad, hay comida de plástico, chicos queriendo juguetes de plástico y chicas con mucha cirugía plástica, pero no hay plasticidad, todos siguen reglas rígidas que te hacen sentir en lo correcto y salirse de esas marcas es impensable y está mal, y te deja afuera de eso a lo que hay que entrar. 

Y yo no quiero entrar… quiero estar muy afuera.

Estar en esos lugares te hace sentir que te despersonalizas, te sentís un cliente, nunca una persona, un cliente quisquilloso que mira con superioridad a un empleado sonriente a la fuerza junto al que vanaglorian (cliente y empleado) un producto de calidad cuestionable pero incuestionada. ¿Se entiende? Lo único que están convencidos ambos que vale la pena, es el objeto que los enfrenta, objeto ropa, objeto comida, objeto entretenimiento, ofrecido por una empresa que exalta tus sentidos para que no sientas fuera de los márgenes trazados.

Pisar un shopping es algo que no me gusta hacer.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 17: escribí acerca de algo que no te gusta hacer



No entiendo la dependencia al aire acondicionado.




Otro enero en el que hace calor. Si, en enero en el hemisferio sur, hace calor. Desde siempre… las conversaciones, las noticias de los medios, los problemas, los humores…. Todo lo que pasa, pasa por culpa o a pesar del calor. La gente tienen el chip instalado… en tiempos de calor… hay que hablar del calor. Hacerlo protagonista de todos nuestros encuentros y dejarlo en el medio de la escena, no sea cosa que nos olvidemos de que está presente.

Para eso, la siempre predispuesta industria del consumo ha generado innumerables elementos para hacer frente a las inclemencias de la naturaleza, y el calor, no podía escapar a la producción de objetos. El abanico, el ventilador, la piscina y hasta las vacaciones… inventos modernos para combatir el aumento de la temperatura. Sin embargo, ninguno más perverso y adictivo que el aire acondicionado.


Esos dichosos aparatitos que en su momento solicitaban la semi destrucción de una pared del domicilio para acomodar sus enormes estructuras y hoy se conforman con pedir instalaciones de mangueritas, para sus nuevas versiones de dos partes.
El aire acondicionado se destaca por crear una atmosfera de profunda irrealidad. A diferencia de los inventos anti calor antes mencionados, que se limitaban a refrescarnos, o mover el aire existente, el ya encumbrado gladiador de las temperaturas, acondiciona el aire, le dice a nuestro combustible vital (¡el aire!) como ser. Nos eleva a la artificialidad más irreal y nos condena a que salir de esa atmósfera mentirosa sea aún más duro que antes de entrar en ella. Y creo que eso es lo que no entiendo y hasta me enoja.

Soy una persona viviendo en un clima cálido, donde hace fuertes calores y no tengo aire acondicionado. No tengo. No soy indigente, elijo  no tenerlo. Me rehúso a acceder a la generación de climas falsos que mientras inventan un bienestar contribuyen con el calentamiento climático global que potencia en el corto plazo las temperaturas de las que nos quejaremos y para las que la industria volverá a traernos soluciones que hagan mayores daños al planeta.
En enero tengo calor, porque hace calor. Tomo agua, me apantallo, tengo ventilador, me mojo un poco, como fresco y paso el verano. Vida normal, con las rutinas de siempre (a excepción de la disminución en la cantidad de amigos que me visitan… y prefieren encuentros en casas con “aire”)

Si tuviera que diseñar el clima del mundo, o de algún mundo… posiblemente no se trataría de un entorno en el que impere el calor. Creo que preferiría oscilar entre la primavera y el otoño. Agregaría muchos días de lluvia, de lluvia de la buena, esa que deja charcos gordos y chapoteables, pero con poco viento, como para que se pueda pasear bajo una constante cortina de agua previsible y vertical. Podría hacer un poco de frío, sin nieve, sin bajar de los 0º, pero un poco de frío, como para dormir con muchas frazadas y caminar con guantes gorditos. Con sol tímido, que haga falta descubrirlo detrás de las nubes, que proyecte poca sombra, pero que rebote contra el río. 


Que increíble sensación es estar vivo. Sentirse vivo. Entrar en contacto con un sentir y un fluir. Enredarse en el devenir. Ser piel. Sentirse cubierto de piel y dejar escuchar a la piel. El frío, el calor, las texturas y hasta el dolor son la vida a través de la piel. Dejarse tocar por la vida. Ser un cuerpo. No me parece mal tener sensaciones tan reales como incomodas.


No entiendo la dependencia al aire acondicionado.  


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 16: describí el clima de tu mundo imaginario


No entiendo a los odontólogos



“Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo 
separa las mandíbulas y desnuda sus colmillos amarillos. Un curioso zumbido 
perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista también”.


Sé que somos muchos los que no podemos controlar el pavor frente a la situación y tenemos razón, es sumamente medieval. Me aterra.


Sucede que la escena es completamente vertiginosa; Recostarse como si fuera en una reposera para que en pocos minutos te baje una luz sobre el rostro y una o dos personas se asomen a tu boca con elementos cortopunzantes y “electrodomésticos”.
Lo que sigue es variadito, pero seguro incluye escupir partes de dientes con sangre y baba, ver ojos que nos miran sin mirarnos, tratar de responder alguna pregunta con todo ese circo en la boca, tolerar forcejeos propios de un gabinete de tortura clandestino y babear desagradablemente con los ojos hinchados de lágrimas.


Ciertamente no entiendo como nadie invento un método más moderno, menos invasivo y más efectivo de desarrollar la odontología y todavía espero anuncios como este;

“La revolución odontológica está aquí;

-Jugo removedor de caries
En sus tres variedades, pera, sandia y mango. Acompañar las comidas con un vasito de este jugo elimina las caries existentes, debiendo recurrir luego de un mes de tratamiento a su odontólogo amigo para rellenar el espacio resultante, ya libre del agente infeccioso.

-Chicles extractores de muelas (8 unidades)
Su efecto analgésico, evita dolores, mientras sus componentes estimulan el desprendimiento de la pieza de la mandíbula de manera paulatina. Al cabo de una semana de masticación de los siete chicles azules, la muela defectuosa se habrá ablandado lo suficiente, como para proceder (en su casa, relajado) a la masticación del chicle verde, por aproximadamente dos horas, obteniendo como resultado el desprendimiento de la pieza con el cual el proceso culmina. No olvide consultar a su odontólogo para confirmar la óptima remoción del molar.

-Masajeador de encías para enderezar dientes
Solo apoyar el masajeador sobre las encías generando movimientos circulares durante veinte minutos cada noche en la zona donde los dientes no cumplen con la disposición deseada contribuye a estimular la reacomodación de las piezas en la cavidad bucal de manera placentera”.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 10: escribí el anuncio de un producto o servicio que te gustaría que existiera


Otra cosa que hubiera querido que exista, pero parece que ya se inventó;



No entiendo las tristezas tontas



Y no hablo de las grandes angustias que nos ofrece la vida (esas las entiendo, las respeto y las transito), sino de esos momentos amargos causados por cosas que no valen la pena, pero nos apenan.


Son tristezas incomodas, e incluso nos da culpa contarlas. Nacen chiquitas, pero se ponen gordas, te embargan desde el pecho y te aprietan la garganta desde adentro. Son esas a las que no queremos dar lugar, pero se empeñan en invadirlo todo.

Esas que no te dejan pensar, que no te dejan seguir, pero tampoco te dejan llorar y se quedan en los lagrimales sin poder mover nada. Te dejan trabado en una situación tensa que puede salir para cualquier lado. Te amontonan el alma hasta hacerla un bollito y no hay forma de tironear los músculos de la boca para convertirlos en sonrisa (aunque busquemos argumentos)

Son tristezas agudas que no te dejan ni estar triste, solo te congelan. Son causadas por los pequeños infiernitos cotidianos que racionalmente sabemos que no valen la pena, pero emocionalmente nos destruyen un ratito.

Son tristezas que no elegimos y batallamos por minimizar y más se quedan, y las queremos correr, pero ahí se quedan y las queremos superar pero no se puede.

Son tristezas egocéntricas que no se corren del primer plano, aunque no les dé el talle, que no se mueven del lugar que nadie les dio y ahí se plantan… quizás solo para demostrarnos con una risa socarrona nuestra insoslayable humanidad.


No entiendo las tristezas tontas, solo espero a que se vayan.



No entiendo como no amar el transporte público (3)



Me levanté tranquila para ir caminando con tiempo, pero… algo hizo que de todas formas se me hiciera tarde y tuve que apelar al costoso recurso de tomar un taxi… me gustan los taxis, pero estoy intentando no gastar el 90% de mis ingresos en sus honorarios. No tuve opción, la vida me arrastraba a las fauces de un taxista (o a pagar el alimento que sus fauces digieren a diario).

Levanté la mano ante la luz roja con la palabra “libre”, apenas me subo y lo siento ¡viene fumando!, me llamo a la templanza y trato de no enojarme, es temprano… no da empezar el día con quejas. Le digo donde voy, me hace un chistecito sexista, sonrío como si hubiera sido gracioso, o por lo menos eso intento.

Veníamos mal, pero el viaje finalmente valió la pena; la charla emerge y a las pocas cuadras lo dice; “te voy a contar algo, que te juro que es verdad”, lo que sigue es su historia, pocas pruebas tengo de la verosimilitud del relato, solo me dejé llevar por el guión y logré encontrar un lindo momento en la calidez de la confidencia.


La historia de Néstor

Según relata, el año pasado (2014) tenía muchas ganas de viajar a Brasil a ver la semi final de Argentina con Holanda, aquel partido que nuestra selección ganó y desembocó en la final que le valió la derrota ante Alemania. Con estas ganas y mucha certeza de que era la forma de viajar, fue a jugar cien pesos a la quiniela. Su plan era simple; jugar, ganar y viajar.

Una tarde de frío, lo detiene una pasajera que tiene que ir lejos, al parecer el frío hace que ella decida invertir en el servicio de taxi para no esperar el colectivo, se la escucha contrariada y le cuenta al taxista que quiere ir a Brasil a ver la semifinal del mundial de fútbol, pero ninguna de sus amigas está interesada en acompañarla. Néstor propone: “Si me gano la quiniela nos vamos a ver el mundial, flaca”. Y ella acepta “Tachero te tomo la palabra!” Se desvían en el recorrido y van juntos a conocer el resultado de la casa de juegos. Néstor, el taxista,  se ganó $50.000
Cuando ante la sorpresa él le dice que le paga el viaje, ella le invita un café. Comparten una larguísima charla y se conocen un poco más… ella está por recibirse de psicóloga, tiene un buen trabajo y vive con sus padres. Él le pide que lo acompañe a ver si podía cobrar el monto ese día y con lo que le pagan se van juntos a la empresa de turismo. Pasaje en mano, Néstor averigua “¿Tenes parrilla en tu casa?”
La noche termina de asado en la casa de ella y esa madrugada el taxista comía pastelitos con los padres de su pasajera. Como despedida, de una increíble jornada, el conductor recibe un "piquito" de quien fue su compañera de viaje en aquel sueño que se concretó una semana en Brasil y es actualmente su novia.


No entiendo como no amar el transporte público… y, seguramente, ella lo entiende menos que yo.



No entiendo a la gente colgada


Y los padezco.

Me molesta un montón que se oculten detrás de este título que les denota una cierta inmunidad.

Decir “soy re colgado” es una especie de declaración de principios, un atenuante que significa que puede hacer un montón de cosas mal, de las cuales no es culpable, porque es innato en ese sujeto, porque “es así” y el mundo tiene que tolerarlo y vivir con eso.

Soy re colgado, no hice, dije, llamé, escribí, terminé… en todas estas afirmaciones, la culpa es tuya por no haber tenido en cuenta que con este individuo la cosa es así. 
No sé si queda claro el nivel de perversión oculto en esas palabras. El ser colgado infiere que no puede combatir esta realidad y que son los demás los que tienen que aprender a coexistir con su chistecito.


Generalmente esta declaración ontológica se acompaña con gestitos amistosos (sonrisas, movimiento de manos o revoleo de ojos), un claro indicio de complicidad que por alguna extrañísima razón tendría que significar que todo está bien, que ni da enojarse con un colgado por que se colgó, y era obvio… pobre, es así.


Me desespera. Aunque suene intolerante, no entiendo a la gente colgada, y me parece, que tampoco lo intento.

No entiendo las jaulas



No las entiendo, pero además me parten el corazón. Y lo digo después de ver lo increíblemente simpático que a muchos les resulta usarlas en decoración, estampados, vidrieras, accesorios, paredes, en eventos, de papel, de metal, de madera, llenas, vacías, con pajaritos, con mariposas, con corazones ¡no lo entiendo!


No puedo apartarlas de lo que su existencia implica, no puedo dejar de asociarlas a la falta de libertad. La sola presencia de los barrotes, siempre me generó angustia. 




Algunas jaulas que no entiendo

De chiquita me enseñaron a no tener pajaritos, ni pececitos, ni ningún animalito que tenga que estar en un espacio reducido para siempre por obligación. En eso encuentro un egoísmo especial (de especie) y una automentira naif en la construcción de un vinculo sentimental con la mascota a la que se tiene sometida a esa vida y en el discurso "le damos amor", ¡la pucha! cuantas patrañas suceden en nombre del amor. 

También me ponen muy triste los zoológicos, y tengo que confesar con bastante vergüenza que estuve en muchos hasta prometerme no volver a financiar esos espacios de encierro perpetuo de seres vivos en pos del entretenimiento de un puñado de personas que justifican estas prácticas con argumentos educativos, recreativos y hasta creen que pueden implicar amor hacia los animales. Aplica perfectamente para acuarios y oceanarios que en su magnífica estructura jamás podrán asemejarse al hábitat natural que la biodiversidad merece.


En esta misma lógica, y con gran parte de la sociedad en contra, tampoco entiendo las cárceles. No me explico que todavía como sociedad sigamos creyendo que la mejor forma de explicar a los miembros descarrilados que deben replantear su actitud, sea una jaulita. Estoy convencida de que este método solo enfatiza el resentimiento y el rencor, y estamos muy lejos de aprovechar el tiempo de privación de libertad para reeducar y reinsertar esas personas en nuestras comunidades.

Pero últimamente (quizás ligado al incremento en la tasa de maternidad entre mis amigas), la jaula que menos entiendo es la cuna. María Montessori tampoco lo entendía y como ella era pedagoga, la miraron con menos cara rara que a mí (o quizás no, pero me gusta creer que sí). Pueden leer algunos de sus motivos acá. ¿Cómo se puede poner a un hijo entre barrotes?


Definitiva y enfáticamente, no entiendo las jaulas, en ninguna de sus formas, usos o variantes.