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No entiendo al paso (6)



No entiendo mucho a las escaleras mecánicas...
Son muy lentas y a diferencia de otros países, no hay códigos de uso para viajar en ellas


No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo como no amar el transporte público (9)



Hoy no entiendo como no somos más solidarios y pienso en lo que amé el transporte público de Perú…. No el turístico, sino el local, el que lleva chicos a la escuela y lleva doñas al mercado, el que es una combi compacta que se llena de gente con muchos bolsos.

En ese transporte público, la solidaridad hace que todo el pasaje se involucre en lograr que el espacio se potencie. Es la corporeización de la palabra “cooperación”.
Apenas subís, alguien te indica donde sentarte, otro te tiene de la mano para que no te caigas por el movimiento, alguno pone tu bolso bajo las piernas de alguien o sobre la falda de cualquiera. Así, llegas a hacerte parte de la masa compacta que constituye el pasaje, lo más cómodo que se pueda. Dentro de lo prensado que se viaja, todos te sonríen, todos somos compañeros de viaje. Alguno se baja, saluda. Otro hace una pregunta, varios ríen. Casi todos quieren saber porque no sos de ahí, a donde vas, como te pueden ayudar a llegar a tu destino.

En un punto del recorrido, sube una mujer con dos chicos y varios bolsos. Le alcanza un bolso enorme con verduras a un fulano con total naturalidad, se acomoda en un asiento y ubica uno de los niños sobre ella, el otro chico es agarrado de la cintura por un pasajero que en su falda lleva el bolso de la señora y lo deposita con total naturalidad sobre mis piernas. El niño ni lo nota. La coreografía no ensayada fluye con tanta naturalidad, que sonrío, trato de jugar con él y pienso…. ¿Cómo no amar el transporte público?

Viajar en estos medios compartidos es lo que más nos hermana dentro de la despersonalización de las grandes ciudades. Ser comunidad, ser en relación con otros seres, y celebrar que todavía pasa, aunque no sea en todas partes.


Cuando en mi ciudad veo gente parada en el pasillo del transporte público, bastante más amplio y cómodo que aquel de Perú, y veo niños pequeños ocupando asientos completos, siento que nos falta aprender de aquellas combis peruanas que nos invitan a hacernos familia para aprovechar el espacio disponible. 

No entiendo el “Miguelito”



Me gusta viajar, me gusta recibir extranjeros y me gusta probar cosas nuevas.

Hace un par de años, desarrollé una mini adicción por una golosina mexicana (hay muchas que me gustan, pero esta es especial por lo simple) y no entiendo de que se trata.


Lo primero que se hace difícil de entender es que en este país, le llamen “dulces” a sus golosinas que son curiosamente todo, menos dulces.

Se llama Miguelito y según su web oficial nace entre 1973 y 1974 cuando “Valente crea "Chamoy Miguelito Polvo Enchilado y de Sabores", gozando inmediatamente de gran popularidad. Cabe resaltar que éstos fueron envasados en la primera máquina para polvo diseñada por el propio Valente.”

¿Qué es un Miguelito?, ni más ni menos que como dice su pequeño sobrecito “azúcar salada, enchilada y acidulada”


¿Alguien entiende que es el azúcar salada? ¿acaso no suena absolutamente contradictorio?
Me parece que el secreto está en dejar de hacerle tantas preguntas, cortar una esquinita del sobre y permitir que el tradicional, original y orgulloso sabor mexicano haga fuegos artificiales contra el paladar.


El Miguelito tiene un gusto picantón, salado, dulce y acido que nadie sabe de qué se trata, pero enamora y fanatiza; Fiesta de sabores que sorprenden, pero no disgustan. Desorientan por la multiplicidad de sensaciones cuando la arenilla se desparrama por la boca haciendo gala de ese variado espectro. 
No hay mexicano que cruce la frontera sin su provisión de Miguelitos, o que no los nombre con el brillito en los ojos de quien evoca a un ser querido.


No entiendo el Miguelito, ¡pero como me gusta!


No entiendo como desconocemos la masacre camboyana



Así, como si hubieran tapado un país entero con una sábana, la historia reciente de nuestro planeta hizo desaparecer el capítulo en el que un tercio de Camboya fue masacrado.

Así, como si fuera una anécdota que alguien se olvidó de contar, una foto que nadie tuvo tiempo de sacar o un ratito absurdo para los miles de años de humanidad en la tierra. Así, desapareció el régimen de los jemeres rojos de los medios de comunicación que ya existían todos. Porque en el año 1975 ya había tele, había radio y estaba la imprenta, pero nada.

Cráneos en el memorial de un campo de exterminio

¿Quién sabe algo de Camboya? ¿A quién le importa? Los adalides de la solidaridad internacional se saltearon ese rengloncito finito y nadie dijo nada. Ni los comunistas ni los capitalistas, los de la derecha o los de la izquierda, los que ven la vida color rosa ni los que la entienden siempre negra, nada dijeron los que eligen el invierno ni los que prefieren verano, todos, pero todos, miraron para otro lado cuando en Camboya mataron a muchísimas personas.


Hoy a la distancia (cortita, pero distancia) esas personas son estadísticas, parrafitos bucólicos. Pero si le ponemos un poco de sentimiento a la noticia que nos llega tarde, esos números de muchas cifras, esos datos con varios pares de ceros, esos relatos con centenares de víctimas inocentes, todo eso, es gente, como vos, como yo, gente que siente, que sufre y que muere, por delirio ajeno, por capricho despótico, por ideas raras.

Algunos restos humanos que siguen apareciendo cuando llueve en lo que fueron las fosas comunes

Se llamó Pol Pot y era petiso, nada amenazador a simple vista. Creía en la vida agraria como camino y destino del comunismo puro y tenía pánico a los saboteadores de su proyecto. Durante los setenta, estuvo a cargo del gobierno y del ejército de los jemeres rojos, su organización guerrillera. En proporción, supero a Hitler, pero en marketing, nadie lo conoce; nadie en nuestra zona habla de él… nadie en la escuela de occidente estudia las consecuencias que aun hoy ese país padece como secuelas de esos años no tan lejanos.

Entre 1975 y 1979 el país perdió hasta su nombre, se empezó a llamar Kampuchea Democrática. Al año 1975 lo nombraron año cero, y desde ahí, comenzarían a escribir la nueva historia, lejos del capitalismo, y la monarquía, incomunicados del resto del mundo, alejados de las fábricas, las escuelas, la moneda, los hospitales, el mercado, el concepto de familia y todo lo que no fuera de los orígenes del hombre y su cultivo de la tierra. 

Todo comenzó, tras la Guerra de Vietnam, la salida de los Estados Unidos y el derrocamiento del general Lon Nol (que regía una dictadura militar desde 1970), el 17 de abril de 1975, cuando la población estaba esperanzada porque se acababa la guerra civil y nada podía ser peor. 

Los disciplinados e inexpresivos guerrilleros adolescentes que entraron, impermeables a todo soborno o ruego, esa misma tarde supervisaron la evacuación de toda la población de las grandes ciudades. Los que se negaron a seguir las órdenes fueron inmediatamente fusilados. Los heridos, operados convalecientes, desnutridos y enfermos fueron forzados a vaciar los hospitales. Los muertos eran abandonados donde caían. Se destruyeron todos los documentos y archivos, los libros fueron arrojados al río Mekong y se incineró el papel moneda. Todo el que admitía ser un burócrata, empresario, profesor, médico o ingeniero era fusilado, incluso usar gafas con cristales gruesos se volvió peligroso. En una semana vaciaron las ciudades, se aniquilaron las clases propietarias, intelectuales y comerciantes para poner fin a las diferencias sociales.

Árbol de matar. Contra él, los verdugos golpeaban a los chicos más chiquitos

La voluntad del régimen para conseguir el poder total, se lograría acabando con los vínculos familiares e interpersonales que se suponían fuentes de valores morales y defensas grupales naturales frente al poder estatal; algo que no podía permitirse. El gobierno también monopolizó el acceso a cualquier fuente de alimentos, se llegaron a destruir árboles frutales, para eliminar fuentes no controladas de nutrición y cualquier intento de mejorar la dieta era mortal, aunque fueran lombrices, sapos y lagartijas atrapados en los campos. Todos los sospechados de desacuerdo con el régimen eran eliminados, junto con sus familias, sin importar la edad de sus miembros.

Sujetadores para los tobillos de los prisioneros

Los padecimientos terminaron el día 9 de enero, cuando los vietnamitas entraron en Nom Pen y nacía la República Popular de Kampuchea. Para ese entonces, con la dureza del régimen polpotista, la mayoría de los camboyanos anhelaban la victoria vietnamita.
Pol Pot y sus seguidores habían gobernado Camboya durante menos de cuatro años, de abril de 1975 a enero de 1979, y su único legado fue matar entre un quinto y un tercio de sus compatriotas, por cuatro años, que suena a poquito, pero en cantidad de víctimas, es un tiempo desolador. 

Antecedentes personales del acusado Kaing Guek Eav, alias Duch, el ex jefe de la prisión S21

Todos los líderes de aquel moviemiento salieron impunes para las Naciones Unidas y muchos de los altos mandos, formaron parte del nuevo parlamento. Pol Pot, jamás mostró arrepentimiento alguno. Siempre creyó que la salvación de Camboya estuvo en su mano, faltándole tiempo en su mandato para concluirla. Murió consumido sólo por la vejez, sin ser juzgado como rebelde de una causa sin sentido.

No entiendo como tampoco la historia presente se toma el trabajo de juzgarlo.

No entiendo como no amar el transporte público (8)



Noche fría en el microcentro de la ciudad, noche helada a creer de Cecilia. El viento molestaba demasiado y la bucólica neblina completaba una imagen absolutamente desoladora. No era tarde, quizás las diez de la noche.

Cecilia salía de estudiar con la idea de caminar hasta su casa rápido y directo, tomar calles habitadas y apretar el paso para que el camino sea más llevadero. No era una gran distancia y su idea era de la de todos los días. Acomodó su bolso en el hombro, tironeo las mangas de su abrigo para cubrir sus dedos del frío y comenzó su recorrido cotidiano.

Pocos pasos había hecho cuando vio la luz, esa seductora lucecita roja aparecía entre la niebla de un día casi londinense tentándola a sucumbir ante su brillo hipnótico.
Lo primero que pensó fue NODEBO, lo primero que se le vino a la cabeza fue la importancia de ser responsable y no ceder a las tentaciones mundanas.

Minutos después y casi como automatizado, su brazo se levantaba hasta formar un ángulo recto con el resto de su cuerpo, y con un gustito amargo por haber perdido la batalla contra sí misma, Cecilia se descubrió sentada en el cálido asiento trasero del taxi al que no se pudo resistir.



Todo por esa sexi lucecita roja. 


No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja



En otro capítulo puede ser que pase a explicar la negación que tengo con destinos impuestos para el turismo nacional como Mar del Plata o Villa Carlos Paz, pero por ahora, elijo empezar en positivo. Quiero decir que no entiendo como hay lugares mucho más bonitos que esos dos que no reciben el tránsito de visitas que se merecen.

La Rioja, en términos turísticos, “es” el Parque Nacional Talampaya. Para la mayoría de los argentinos, ese es el atractivo de la provincia cuyana, para la mayoría de los extranjeros, La Rioja es un punto que pasan de largo entre Mendoza o la Patagonia y provincias más turísticas como Salta y Jujuy o Misiones. Sin embargo, muy cerquita de este Parque y muy al alcance de nuestros sentidos, La Rioja tiene mucho para compartir; atractivos como Chilecito, Famatina y Cuesta de Miranda, invitan a ingresar en estas tierras y dejarse encantar.


Llegar a la Rioja desorienta, su capital es una ciudad de apariencia moderna pero respetuosa de la pausa a la hora de la siesta. Al recorrerla nos perdemos en una populosa peatonal o nos deleitamos ante un espejo de agua que refleja el entorno montañoso, como es el dique Los Sauces; responsable de embalsar las aguas del río homónimo y proveer el escenario ideal para actividades recreativas como el camping, la pesca y las actividades náuticas.

Gracias a sus recursos naturales, esta provincia hace gala de una excelente producción vitivinícola que logra magníficos resultados al combinar los factores geográficos con la mutación genética de las cepas, alcanzando productos de excelencia como el destacado Torrontés Riojano (cepaje característico de la región). Para profundizar la experiencia en torno a los vinos de la provincia, será mejor trasladarnos hasta el departamento Chilecito, cuya superficie se encuentra ocupada por viñedos en un 78% (y también olivas). Llegar hasta aquí, amerita pasar por el mirador que nos pone frente a la Cuesta de Miranda, un cuadro con predominancia de tonos rojizos, salpicados con vegetación de climas áridos y ocasionales florcitas silvestres.

Chilecito entraña una historia querida para la república Argentina desde los tiempos de la colonia; su riqueza metalífera le ha representado hasta el día de hoy una belleza peligrosa. Esta localidad se encuentra inmersa en el Valle de Famatina, un espacio que actualmente corre riesgo de ser sede de emprendimientos de mega minería a cielo abierto (un proyecto codicioso que ocasionaría grandes daños a la salud de la población local). Chilecito invita a conocer su museo minero, emblemático de la historia regional, ubicado al pie del cable carril que trasladaba el personal y los frutos de su trabajo hacia la mina La Mexicana, rica en oro y plata.

A dos kilómetros del centro de esta ciudad encontramos la finca que perteneció al Dr. Joaquín V. González (polifacética personalidad de nuestra historia), a la que su dueño llamó “Samay Huasi”, que en idioma quechua significa “lugar de reposo”. Hoy, el lugar alberga el Museo Regional Mis Montañas, que comprende una pinacoteca con importantes obras de pintores de renombre nacional, y la Sala de Ciencias Naturales, Mineralogía y Arqueología y además funciona como hotel de la Universidad Nacional de La Plata. En el interior de la casa, dos cuartos fueron destinados a reflejar la vida y obra de González.

Para finalizar, es paso obligado citar a la perlita más buscada de la provincia; el Parque Nacional al que la UNESCO tituló Patrimonio Natural de la Humanidad. En Talampaya, nos transportamos a muchos miles de años en la historia de la tierra y nos dejamos envolver por murallones con los más sorprendentes rastros del plegamiento orogénico que dio forma a los continentes. El valor patrimonial de este Parque está dado por su herencia arqueológica y paleontológica, además del claro predominio de lo geológico.


El paisaje es imponente y los altos muros rojizos cortan el cielo hasta donde ya no nos alcanza la vista. Algunas formas de piedra, fueron nombradas como el Monje, el Rey Mago, La Torre, entre otras. Doscientas quince mil hectáreas de cañadones y paredones en los que también podemos encontrar marcas del paso de los hombres como morteros y petroglifos (grabados figurativos y abstractos, realizados hace miles de años).



La majestuosidad de Talampaya, constituye un destino obligado al visitar La Rioja; la majestuosidad de La Rioja, constituye un destino obligado para quienes estamos en Argentina de manera permanente o transitoria.

No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja... tomenlo como una super recomendación.


No entiendo al paso (3)



No entiendo que en el auto llueva para arriba





No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.

No entiendo la escapadita



Viene un fin de semana largo y empieza a resonar la palabrita en los pasillos laborales, en los buses de transporte urbano, en las conversaciones de vereda y en las charlas de bar. Las semanas de rutina se descubren interrumpidas por una seguidilla de días que para un alto porcentaje de la gente prometen ser no laborales, y para que la desconexión sea total las cabecitas de los compatriotas se estremecen asociando las nociones de “Finde largo” y “escapadita”.


¡La pucha! ¿De qué se estará escapando la raza humana? Si lo que hacen en sus ciudades de origen es solo el resultado de la elección de vida que les compete y el deber de mutarla solo les cabe a ellos. 

¿De qué? ¿De quién? O ¿hasta cuándo se estarán escapando?

Si la escapadita tiene una duración en el tiempo de tres, cuatro o en más generoso caso de cinco días ¿para qué? ¿Por dónde? ¿Y cuánto nos estamos escapando en función de que tanto nos estamos engañando?.


¿Y si en el escape los alcanzan?

Entonces nos escapamos rápido, corremos para que nuestra vida no nos vea.  Vamos a lugares, hacemos cosas y compartimos con gente que no nos haga acordar a quienes somos, porque, técnicamente, nos escapamos de eso. De lo que somos/hacemos/vivimos/sentimos todos los días. De eso que nos agobia y nos cansa, y nos desmotiva y nos hace saltar de alegría de tan solo imaginar que por un puñadito de días no nos va a acechar. Y en su descuido nos escapamos.


Y así vamos…. Rápido a huir de nosotros, sin saber que allá, nos encontramos más. Porque el viaje es encuentro con uno, porque en la distancia solo nos tenemos a nosotros. Y porque a donde vayas, te llevas. Aunque te escapes…


No entiendo el concepto de “escapadita”. Cuidado. Es una trampa.


No entiendo a los que no buscan tesoros.



Desde chicos, todos esperamos hacer grandes descubrimientos, jugamos a encontrar a nuestros amigos, encontramos lo que esconde la seño, mezclamos ingredientes para revelar misterios que todavía son desconocidos y buscamos al grillo en las noches de campamento, amamos encontrar tesoros.

Sorpresa en el hueco del árbol

De más grandecitos, queremos encontrar un amor, descifrar una fórmula de alguna materia de la escuela, develar nuestro estilo y nuestra personalidad.

Cuando seguimos creciendo experimentamos el mismo placer al hallar un libro muy querido en el anaquel de alguna librería, o las proporciones perfectas de una receta de cocina nueva, e incluso nos fascina descubrir un conocido en la vereda por pura casualidad.

Al señor le tuvimos que explicar nuestra actitud sospechosa

La cosa cambia, la esencia sigue intacta. El placer de encontrar algo, lo que sea, nos maravilla a todos. De esto se dio cuenta un grupo de gente hace un tiempo y crearon un juego enorme, tan grande que sus participantes están en muchísimos países, tan grande que su tablero es el mundo entero.

Se llama Geocaching y se juega con el teléfono, el GPS o las pistas on line. Hay tesoros físicos, pero lo verdaderamente importante, es la magia de encontrar algo. Los lugares son remotos o cercanos, difíciles o recontra fáciles, muchos están escondidos a la vista de todos, y nadie sabe que están ahí. Son cosas de todos los tamaños o simples contenedores de dimensiones mínimas con algún papelito adentro para firmar que lo encontramos. 
Es una genialidad.


Jeremy Irish, se llama el creador… y somos cientos de miles los que creemos que él nos hizo un regalo mágico. Jeremy y su juego nos permiten jugar a lo grande. Con el teléfono o el GPS en reemplazo del ajado mapa del tesoro de las películas, nos aventuramos en nuestra ciudad, en nuestras vacaciones, o en escapaditas de un par de horas o algunos días… nos vemos en una misión secreta, intentando que nadie sepa que estamos en mitad de una búsqueda, nos trepamos a un árbol, nos tiramos al suelo a revolver entre las hojas, nos pasamos horas mirando el tronco de una palmera o nos adentramos por caminos de tierra que nunca hubiéramos caminado sin esta motivación. Releemos las pistas, consultamos informantes claves y metemos las manos entre bichos y objetos que mejor ni mirar.


Cuando por fin el contenedor aparece, todo valió la pena. Sonrisa, satisfacción, tarea realizada, alegría inmensa. Y no  estamos frente al cofre de monedas de oro, ni nada que se le asemeje. Estamos ante una tapita de gaseosa, un burbujero viejo o una cajita de pastillitas que en su interior preservan algún papelito doblado en el que pondremos nuestro nombre y la fecha del hallazgo, mientras leemos cuando fue descubierto por última vez y cuanto hace que está oculto en ese lugar. En ese lugar de cualquiera de los países de nuestro ancho mundo.

Al pie de las torres Petronas


No entiendo como no están todos los seres humanos del mundo sumados a esta movida.


No entiendo a los delfines




Para entenderlos, encontré un lugar donde los explican. 


En Mozambique el océano índico es el anfitrión y dentro de este país, para visitar los delfines en su hábitat natural, es necesario alojarse en la localidad de Ponta do Ouro, una pequeña ciudad que fue declarada Área Marina Protegida por Unesco, considerado un sitio clave de biodiversidad de importancia mundial en el África oriental. Ese titulo le confiere a la ciudad la responsabilidad de preservar concienzudamente el medio natural. 

Llegar a Ponta do Ouro no es tarea sencilla. Desde Maputo (la capital de Mozambique) el primer paso es tomar un ferry a Katembe, allí se buscará un chapa (transporte local), un taxi o en el mejor de los casos algún vehículo con tracción 4×4. No hay ruta y si bien no son muchos kilómetros, sí son muchas horas. Después de andar un buen rato por carreteras de asfalto deteriorado e invadido por pozos, el camino se vuelve arena y aun seguirá faltando un buen rato de rebotar por el medio de la nada para llegar a destino. 

Una vez en la ciudad todo es arena, ni calles ni vereda: solo arena. Hasta acá no suena para nada tentador, sin embargo llegar a la playa hace que todo haya valido la pena. 


Probablemente pensar en Mozambique no sea sinónimo de playa para mucha gente, sin embargo, el paisaje que nos interpela será una verdadera sorpresa: una pequeña bahía enmarcada por montañas bajas, y coronada por una ancha playa de arenas claras con una paleta de colores de agua imposible de describir con predominancia de matices turquesa.
Esta bahía, en la que el sol nace para atardecer sobre el poblado, es el hogar de múltiples especies marinas, pero los protagonistas indiscutidos del ecoturismo son los delfines.

El tour para el encuentro con los delfines puede durar tres o cinco días; se inicia con prácticas de snorkel en la playa y una charla con videos instructivos para estar capacitados sobre la forma de acceder a una buena experiencia e interiorizarnos sobre sus hábitos y conductas para comprenderlos y lograr una armoniosa interacción con ellos.


A partir del segundo día, las jornadas comienzan a las seis de la mañana en la playa, donde entre todos empujamos el bote al agua y nos trepamos con torpeza para comenzar la navegación. Las olas son enormes y la sensación de inmensidad del océano nos atraviesa a medida que nos adentramos en él y dejamos la tierra atrás cabalgando sobre las olas.

A los pocos minutos, sucede la magia: divisamos delfines y ellos nos divisan a nosotros. Con total naturalidad, como si se tratara de perros junto a un auto, los vemos saltar y acercarse, seguir el barco y saludar con piruetas. No es fácil saber cuantos son, pero siempre son grupos. Es el momento de ponerse las patas de rana, tomar una máscara de snorkel y saltar al agua, a mar abierto. En cuestión de minutos estamos en el agua nadando con las bellas criaturas hasta que ellos consideran que ya fue suficiente socialización inter especial y se marchan, entonces volvemos al bote a compartir nuestro asombro y agudizamos la mirada buscando otro grupo para nadar un ratito más.


Todo se ejecuta con un perfecto respeto por la naturaleza y tratando de molestar lo menos posible el normal desarrollo de las especies, los paseos de nado con delfines son dirigidos por un equipo de conservacionistas apasionados que promueven un estricto código de conducta que se ha desarrollado sobre la base de consejos y directrices de los expertos marinos internacionales y locales de mamíferos, lo que resulta en un programa que permite una estrecha interacción en términos de los delfines. Y si… según dicen; donde fueres haz lo que vieres.


No entiendo a los delfines, pero compartir con ellos en la libertad de su hogar, es màgico.

Éste artículo fue publicado en http://revistaelviajero.com/ponta-do-ouro/


No entiendo las Cataratas del Iguazú



Al norte de Argentina y al sur de Brasil se encuentra, sobre la frontera entre ambos e inmerso en el magnífico entorno de selva subtropical, el parque natural Iguazú.

Este jardín binacional es un verdadero show de la naturaleza y, según los habitantes de la zona, el espectáculo tiene por escenario el lado argentino y como platea el lado brasilero.


Las cataratas, se originaron hace 200 mil años donde se juntan los ríos Iguazú y Paraná, en el lugar que hoy se conoce como la Triple Frontera por ser un punto de convergencia entre Brasil, Paraguay y Argentina, sin embargo, actualmente se encuentran a 22 kilómetros de aquella desembocadura en la que se formaron.

El Río Iguazú alimenta los 275 saltos de hasta 80 metros de altura por los que fluyen un promedio de 1.500 metros cúbicos de agua por segundo, que  en temporada de lluvias (de noviembre a marzo) ascienden a más de 12.700. 
El nombre de este río y de las cataratas (Iguazú) viene del idioma guaraní y significa “agua grande”, de hecho, estas cataratas son las más grandes del mundo (cuatro veces más extensas que las del Niágara, en Estados Unidos)


En Argentina, las pasarelas permiten recorrer los saltos de agua con una gran proximidad, experimentando de cerca el ruido y la sensación que el agua genera en el ambiente, de este lado se encuentran dos tercios de las Cataratas del Iguazú. En Brasil, es posible obtener las mejores fotografías, ya que la vista es más amplia y se pueden apreciar los saltos y la caída del agua que con su fuerza, da origen a una nube de llovizna de 30 metros de altura.

Se trata de un destino dotado de una variada oferta hotelera en ambos países, dispuesta para recibir a los miles de turistas de las más diversas nacionalidades que lo visitan anualmente; una de las nuevas siete maravillas del mundo que fue declarada por la UNESCO como parte del patrimonio de la humanidad.

El salto de mayor renombre es la Garganta del Diablo, con más de 70 metros de altura, es uno de los favoritos de los viajantes por su impacto, ya que deja caer cerca de tres millones de litros de agua por minuto.


La visita a este destino constituye una experiencia altamente sensorial, ya que al recorrerlo se ponen en juego nuestros cinco sentidos;

El gusto encuentra en esta región una infinidad de nuevos sabores dulces y salados, exaltados en preparaciones a base de ingredientes naturales de este ecosistema selvático. Además de las carnes asadas, lo más típico son los pescados como el dorado, el surubí, el pacú, el paty y el manguruyú. En horas de la tarde, no puede faltar una ronda de mate acompañado de chipá, una tradición que une las culturas de los tres países que allí convergen. También es posible acompañar la merienda con mermeladas y dulces provenientes de la flora local.

El olfato se desorienta en medio de tantos aromas ancestrales, y nos parece respirar algo que, más allá de las pasarelas para recorrerlo, no fue intervenido por el hombre,  sencillamente huele a planeta tierra. La humedad de la zona en contacto con la tierra colorada se mezcla con el viento tibio que nos llena de vahos provenientes de la frondosa vegetación reinante.


El sentido del tacto se pone en acción al recibir la humedad que los saltos comparten con los cuerpos de los turistas, ya que el agua está en el aire y su caricia, merece ser celebrada (aunque se venden pilotos en las tiendas de la zona para quienes prefieran no mojarse). Se puede también realizar un tour en bote hasta las cataratas, donde no se podrá evitar quedar impregnado de ellas.

El oído se encuentra estimulado por el canto de las aves de la selva y el ruidoso bramido del agua en constante caída, que estremece con su fuerza y sonoridad. El agua produce un choque contra las piedras que se convierte en sinfonía para el oído, aquel estruendo que escucharon los habitantes de los pueblos originarios y que le valió al mayor salto el nombre de “garganta del diablo” hace que perderse en esas pasarelas se vuelva un momento místico.


A nivel de la vista la escena es una fiesta que incluye todos los colores jugando a formar paisajes con muchos contrastes conformados por el río Iguazú y la selva misionera, ideales para un sinfín de fotografías que nadie quiere dejar de tomar. Los saltos caudalosos forman nubes de espuma en la caída y el agua suspendida origina magníficos arco íris. La fauna se hace presente en forma de monos y coatíes que deleitan con sus travesuras.
En esta ubicación tropical de majestuosa belleza, no podemos dejar de sentirnos protagonistas del estallido de naturaleza más fascinante de América.


No entiendo como hay gente que viviendo tan cerca, todavía no se aventura a una experiencia sumamente completa

Este texto, hace unos años formò parte de una publicaciòn on line


No entiendo como no amar el transporte público (7)



Pasear en transporte urbano por la ciudad es algo que muchos sienten rutinario, inexistente, incomodo, odioso y hasta me atrevería a pensar que muchos no registran ese momento tan cotidiano de sus vidas.

Como ya escribí muchas veces, para mí el transporte público es una experiencia genial  y llena de sorpresas. Subirse al colectivo sin saber quiénes están arriba, descubrir alguna cara conocida, escuchar una conversación ajena, espiar la actitud de las personas y cada tanto, algún personaje, me resultan pequeños regalos esparcidos en la rutina.

En esta oportunidad les comparto estas fotitos que robe de uno de mis compañeros de viaje.


Montones de preguntas se me ocurren para hacerme sobre él y su vida... No sé que estaba haciendo en ese trecho de mi recorrido semanal en el que nunca nos cruzamos.

Absolutamente prolijo, con su traje pintado a mano, sombrero de ala y pañuelo al cuello. Un homenaje fuera de fecha al día de la tradición, pero mutando el caballo que uno le imagina por el bus que nos contiene a todos.



No entiendo como no amar el transporte público, cuando lo urbano y lo rural pasean en colectivo.


No entiendo el culto a los penes en Tailandia



Así como suena, sin eufemismos ni metáforas, cuando los pobladores de esta remota porción del mundo decidieron agradecer los favores del espíritu femenino que habita la cueva Phra Nang, les pareció que llevarle penes era una buena opción.




La Playa Phra Nang es un paraíso turístico protagonizado por una cueva que permite que sus estalagmitas y estalactitas sean acariciadas por el mar turquesa. Cantidades de locales y extranjeros llegan a sus aguas en visitas relámpago de esas que los tours ofrecen para conocer varias islitas y seguir viaje hasta la siguiente casi sin pestañear. 

Sin embargo en este hito del recorrido hay algo muy particular, en una cueva del sur de Tailandia existe un enorme santuario con penes tallados en todos los tamaños.  La cueva está repleta de esculturas fálicas que según explican tienen un ancestral significado de culto. De madera y de piedra, pequeñitos y gigantescos, con detalles de pintura y lacitos atados alrededor, sobre el altar, sobre la arena, entre las formaciones rocosas de la cueva; penes.




Las leyendas hablan del poderoso espíritu de la cueva, y las versiones difieren en la finalidad de estas ofrendas. Desde relatos de pescadores que le atribuyen a la princesa moradora de la cueva la gracia de volver  sanos del mar o la abundancia en la pesca, hasta mujeres que le imploran fertilidad durante la luna llena, o viudos que ofrendan estos amuletos para evitar apariciones de sus difuntas esposas.


No entiendo el culto  a los penes en Tailandia, es una de esas cosas bizarras que tiene Asia.


No entiendo la ausencia de ardillas



No entiendo que hicimos para quedar afuera del reparto de ardillas.


Desde siempre veía las ardillitas en los dibujitos y entre Chip y Dale y los animalitos de los bosques de todos reinos en los que las princesas cantaban sentadas sobre el césped, se me hacían casi seres mitológicos.

Fue de grande cuando las vi en vivo y en directo, tan bellas como en los cuentos, tan rápidas y escurridizas como en las comedias. Las ardillas de la vida real se paseaban por los parques enclavados en las más modernas ciudades y nadie se molestaba en prestarles atención. Como a las palomas, o como a los arboles de las veredas, que de tanto estar ahí, parece que no estuvieran.
Mi cámara y yo las perseguíamos (ayudados por alimentos de variada índole) para convencerlas de posar para las fotos, para capturar sus imágenes como entrañables recuerdos de mi encuentro con ellas. Y la gente nada. Como si fueran invisibles y solo yo hubiera recibido el don de poder verlas (así como en muchas historias algunos elegidos logran poder comunicarse con los animales de la pradera).

Entonces, me pregunto porque en mi país no hay ardillas…. 

Ardillita londinense
Y es que las primeras que vi estaban en Londres, por lo que supuse que les gustaba el norte, pero después encontré más en Cape Town, Sudáfrica, que comparte muchos rasgos geográficos con la Patagonia argentina (ver articulo)

Ardillita sudafricana
Entonces, lo que tenían en común era elegir climas relativamente fríos. Sin embargo, el mes pasado me crucé con ardillas igual de silvestres que las anteriores, igual de naturalizadas por todos sus conciudadanos, igual de increíblemente mitológicas para mi... pero en Chiang Mai,Tailandia... 

Ardillita tailandesa
No entiendo por que en Argentina no hay ardillas, pero me encanta  descubrirlas  por ahí...