El sudeste asiático es sin dudas, tierra de gatos.
Pocos lo
recuerdan, pero Siam es el antiguo nombre de Tailandia, o sea que allí nacieron
los populares gatos siameses, que son algo así como la única raza muy nombrada
por estos lares. Otras razas felinas también son oriundas de aquella región,
como los Sagrados de Birmania, procedentes de la ahora llamada Myanmar, o los
gatos balineses, con sede en aquella isla de Indonesia, pero derivados de la
cruza del siamés con genes de pelo largo. Los persas y los de angora también
son de ahí cerca.
En este lugar tan querido por los felinos, también tienen
cabida los Cat cafe, una modalidad de barcito en el que con tu café tenes
acceso a mimar gatos a tu alrededor (mágico).
En medio de este furor felino, me llamo mucho la atención
ver gatos con cola rara.
Ante los primeros sospeche accidentes, pero pronto me
explicaron que gozan de muy buena salud, sus colas, son así y listo.
O cortas,
o mochas o escalonaditas… una verdadera locura.
Esa forma tiene el hueso de la cola, doblada, en àngulo
Mientras la “cola media” de un gato tiene entre 13 y 21
vertebras, algunos gatos, sobre todo en Asia (según leí, especialmente en el archipiélago
Malayo), nacen sin cola, por distintas razones que suelen ser atribuidas a la contaminación
o a la genética, hasta existen teorías que propone que se trata de algún tipo de ventaja evolutiva, entreotras variables, y logran desde una simple torcedura hasta nada de cola o una mini cola en
forma de pompón.
Ciertamente, no entiendo las colas de los gatos del sudeste asiatico, me dan mucha risa!
Si están leyendo este mensaje, es
porque la raza humana no se ha destruido, o porque otra especie decodificó la
escritura humana.
Aprovecho para contarles un poquito algunos errores nuestros, porque dicen que la historia es cíclica y estaría bueno que se ahorren estas incomodidades que estamos atravesando como sociedad. Acá en el año 2016 y desde hace muchos años, estamos todos
muy preocupados por los problemas del mundo y nos pasamos la vida dándole vueltas
a las mismas preguntas. Tenemos problemas de unidad, de solidaridad, de
compañerismo y de empatía. No nos explicamos de donde salen, simplemente suceden.
El racismo y la violencia simbólica en todas sus formas nos torturan y no la
podemos detener.
No sabemos encontrarnos con el otro.
Nos da miedo la gente, y somos gente. La culpa de todo la tiene un célebre
mantra que se hereda desde hace muchas generaciones en el que cada mamá le
repite a su hijo “no hables con extraños”. Tenemos muchos problemas por seguir
ese consejo inventado por alguien que no entendía nada de la vida y decidió
extender su doctrina. Nos aterra la Otredad. Todos los que no sé cómo se llaman
son peligrosos. Esto está íntimamente vinculado con la apología del aislamiento
tan común en nuestros días.
¿Por qué se ocupan primero los
asientos individuales del colectivo? ¿Por qué van las personas escuchando música
en su burbuja? ¿Por qué prefieren perderse a preguntar una dirección? ¿Por qué dejar
un asiento vacio entre la persona que ya está y la que llega a un teatro, una
sala de espera, un cine? ¿Por qué estar siempre pendiente de que el otro no
esté cerca? Porque no sabemos convivir.
Desconfío de la gente que no habla
con extraños, porque todos los amigos son extraños antes de ser familia. Desconfío
de la continuidad de la especie en medio de la atomización que nos sacude y no
entiendo a los que no hablan con extraños.
Si en el futuro alguien da con estar
garabateadas letras, quiero decirles que se hablen, que se miren, que se
abracen con fulanos, que se den la oportunidad de charlar en la fila del
supermercado, reír a carcajadas con el taxista, conocer gente en una plaza, y dejar, permitir y fomentar que sus hijos hablen con extraños, porque las
precauciones nos asustan y nos perdemos muchas cosas lindas.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 díasdeescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día
28: estás preparando una cápsula del tiempo para enterrar en el jardín. La van
a desenterrar en 500 años. Escribí una carta explicando cómo es la vida hoy.
Amo tanto a los perritos que voy a hacer que me traigan uno
nacido en una fábrica, modificado genéticamente para que sea estéticamente
adecuado, nacido de una madre obligada a procrear a nivel industrial, pagado
como cualquier otra mercancía, rentable para otro ser humano y de la raza de
moda, como un par de zapatos o una cartera.
Uno tiene un status que sostener, o
que inventar.
No tengo perro, y si bien alguna vez les conté que admiro a la gente que tiene perros, hay un amplio grupo de gente que creo se me hace difícil de entender. Para ellos, en algún momento de sus vidas, los animales, las mascotas, fundamentalmente los perros; se
vuelven objetos al servicio de un sistema que nuestra especie eligió y el resto
de las especies acata;
¿Queremos un perro o queremos al perro?.
Querer un perro es como querer una heladera, es atribuirle una función que viene a ejecutar en nuestra vida, es una necesidad nuestra por la que hay que pagar. Querer al perro es muy diferente, consiste en pensarlo como un ser, saber que está vivo y muchas veces nos necesita más que nosotros a él.
Elegirlo
en una vidriera, comprarlo por internet, pedir la garantía de que no venga
“fallado”, que tenga papeles, que sea cachorro de esos que salen bien en las
fotos, razas ideales para departamentos, razas aptas para convivir con niños
como juguetes sin batería, razas de cuidado como agentes de seguridad sin
sueldo con caras de malos (a esos, por lo general les toca dormir afuera), raza juguetona que saben traer el palito o la
pelotita los días que queremos jugar en el parque (pero deberían aprender a no querer hacerlo cuando estamos ocupados), razas tranquilas y pequeñas para que adornen el regazo de alguna señora mayor.
Como salidos de un
catálogo, como pedidos a un delivery, como cualquiera de las muchas mercancías
que hemos sabido generar en las patéticas sociedades de consumo que encarnamos.
Así… pero peor. Pagamos por
un amor fotogénico para desfilar nuestra hipocresía, en lugar de ofrecer amor a un cuzquito. Después será tiempo de decorar con buenas intenciones la
selección de raza y justificar la incompatibilidad de un mestizo con nuestra cotidianidad.
La palabra raza que nos trajo tantos problemas, que evoca a
Alemania y al exterminio del pueblo americano, entre otras muchas barbaridades, esa es la palabra terrible. Hablar de raza es hablar de
discriminación, sea de la especie que sea y hablar de comprar seres vivos es
hablar de trata, esclavitud y cinismo, sin eufemismos.
Y así vamos… de shopping a pagar amigos, mientras cientos de
bichitos trabajan para ese negocio en infinidad de criaderos, mientras cientos
de bichitos sufren de abandono en todas las ciudades, mientras el valor de la
vida lo pone un vendedor y no un corazón misericordioso. Así vamos, pagando por
amor.
Lo que sigue ya es peor, porque cuando el foco está en las personas y se desconoce la razón de ser de la otra especie, los finales pueden ser diversos... desde una eutanasia por hiperactividad, hasta un paseo permanente al campo porque es muy grande y en casa no va a ser feliz (¿?)
Lo cierto es que los amigos no tienen precio, lo cierto es que los amigos no tienen color, ni raza, ni carácter... son como son, aparecen en nuestras vidas en momentos clave y necesitan de nosotros en momentos que no siempre son los más oportunos, y ahí estamos para ellos. Por supuesto que lo que recibimos a cambio es invaluable y maravilloso. ¡De eso se trata!
De verdad y desde siempre; no entiendo a los que compran perros.