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No entiendo retro - tributo a mi niña anterior


Ciertamente, no soy de las personas que creen que tenemos un niño interior, creo que màs bien es un niño anterior y que lo vamos re configurando a medida que jugamos a otros juegos y con otros juguetes.

Entonces me puse a tratar de recordar aquellos "no entiendo" lejanos, aquellos que en mi anterior infancia no entendía... 
Fueron tres los que más rápido llegaron a listarse, y los comparto, por si alguien quiere hacer el mismo ejercicio.... aquellas cositas que nos llamaban la atención, que despertaban nuestra curiosidad y nos llevaban a pensar el mundo, cuando estábamos recién llegados a él.

No entiendo retro 
(cosas que no entendía de chiquita)

De esta época de mi vida son estas preguntas

  • ¿Porque la gallina tiene dos patas y el pollo cuatro? (basado en que recordaba fotos de gallinas, y no tenia dudas de que tenían dos patas, pero como en  casa éramos cuatro y todos comiamos pata, el pollo debería tener cuatro)
  • ¿Porque Berugo Carámbula empezó el programa antes de que lleguemos del jardín? (siempre volvíamos del jardín y lo veíamos en la tele, pero un dia que nos quedamos charlando en la puerta con otra mamà y cuando llegamos a casa, ¡ya había empezado el programa! sin que nosotros lo estuviéramos viendo...)
  • ¿Porque cuando me hacia la muerta en la vereda, Dios no me llevaba al cielo? (muchas veces lo quise engañar, me acostaba en la vereda, quieta, inmóvil, y ni respiraba... el objetivo era llegar al cielo, conocerlo y decirle que en verdad, yo estaba viva, que me deje bajar, que era turista allá arriba...  y no funcionó)



No entiendo... desde hace mucho tiempo.


No entiendo el otoño



Otoño de hojitas crocantes  al transitar la vereda, otoño de sacarse las ojotas y volver a usar medias. Otoño de volver a tener ganas de frazadita, sillón, pantuflas y gato ronroneando. El otoño nos recuerda las cosas que el otoño pasado nos hizo amar.


Otoñal el momento de sentir el primer frío, el momento de ir guardando ropa que no nos va a acompañar en la nueva temporada…. Reencontrar aquel sweater viejo y deformado que nos abraza dentro de casa. Volver a las sopas instantáneas como snack de tardecita. Quizás reconciliarnos con la hornalla y aventurarnos a la alquimia de la gastronomía que el calor nos sacaba las ganas de ensayar. Para algunos será tiempo de retomar la costura o el tejido, o algún otro hobbie manual. Otoño de interiores y paseítos para agasajar las últimas tardes de sol. Momentos tibios en alguna esquina del patio y un rayito cálido que entra por la ventana y se hace querer más que las agobiantes invasiones solares que el verano nos brindó hasta el hartazgo.

Montañas de hojarasca prolijamente armadas por los vecinos màs aplicados a la que algún niño se atreve a patear. Lluvia de hojas que nos envuelve cuando sopla el viento y nos saca una sonrisa en plena vereda. Las hojas son la escarapela del otoño, su emblema indiscutido, su marca característica.

Otoño, tan ni fu ni fa que enamora. Tan dorado que encandila, tan extrañado que nos reencuentra, pero con nosotros. Con esos nosotros que estaban adentro de casa mientras nosotros salíamos a pasear para aprovechar el verano y disfrutar el calorcito.
El otoño nos amiga con los espacios cerrados y las reuniones hogareñas con amigos. El otoño nos regala momentos más íntimos y menos masivos, y quizás alguna escapadita al cine o al teatro.


No entiendo el otoño, no entiendo como no hay cientos de poetas escribiéndole odas o miles de cantantes entonando himnos en su honor, porque sin dudas el otoño es el momento privilegiado del encuentro con uno mismo.


No entiendo a diciembre




Cierres, balances, y caras diversas; alegría, ansiedad, expectativa y proyectos…. Diciembre esta re loco y nosotros le hacemos compañía. El fin del año productivo, del ciclo lectivo y la navidad, de este lado del mundo, llegan juntos…. Y nos encanta  potenciar el stress en medio de un clima humano y ambiental que no da lugar a casi más nada, toda la energía, está puesta en eso.


Hace calor. Llega el verano. Terminan las clases. Las rutinas son muy raras, porque el año se está terminando y porque ya no tiene mucha onda ir a trabajar, porque son casi vacaciones o para muchos o para el del escritorio de al lado o para los chicos… pero se termina algo y algo hay que hacer y la decoración festiva invade la ciudad y hay nieve de mentira en todas las calles de 35º de sensación térmica y hay mamás sudando en la cocina de muchas casas que quieren festejar con pavos, pandulces y budines, en lugar de brindar con helado.

Las fiestas como algo programático y necesariamente feliz nos imponen la presión de la sonrisa, esa que muchas veces no queremos enarbolar, esa que quizás no sentimos y nos genera culpa. Muchas veces, mucha gente, no tiene ganas de sentir una noche de paz, una noche de amor. Muchas veces, mucha gente no tiene ganas cenar en familia, de despedir el año con los compañeros de la oficina, de ir a la pileta con los de la facultad. Muchas veces, mucha gente no quiere acordarse de la infancia a la que las fiestas remiten, no quiere acordarse del abuelo que no está más, no quiere acordarse de que no le alcanza para llenar de regalitos el maltrecho pino plástico que el ocho de diciembre otro ritual nos hizo armar en un rincón donde (lógicamente) molesta.

En diciembre la sociedad te pide que seas feliz, que estés contento porque se acaba algo (que no es cierto, pero no importa), que hagas el último esfuercito para llegar a la meta (que no está necesariamente al término del almanaque, pero no importa). Diciembre exige emociones que todos debemos  compartir y si no te parece, sos raro. Te falta espíritu.

Tranquilitos y mansos, pero a las corridas, las peatonales se vuelven hormigueros, el transito se desorganiza. Es tiempo de no tener tiempo y las despedidas dejan de ser actos sociales disfrutables, para ser horribles compromisos con los que cumplir, porque “viste como son estas fechas” y así estamos… diciéndole feliz navidad al taxista, mientras le azotamos la puerta del auto para correr a pisar gente en la fila de un comercio o llenamos de regalitos a los amigos mientras medimos y cuantificamos sus muestras de amor hacia nosotros, lejos, muy lejos de la generosidad y el acto de dar, todo pasa a un acto de cumplir, medir y reprochar, por dentro o a viva voz, mirar y analizar, cuestionar y sobrevivir… porque pronto llegara enero con su cara de chico nuevo al que no se le puede pedir nada.


Por todo eso y mucho más, a diciembre, no lo entiendo… pero no pasa nada, porque ya se termina el año.


No entiendo como no amar el transporte público (8)



Noche fría en el microcentro de la ciudad, noche helada a creer de Cecilia. El viento molestaba demasiado y la bucólica neblina completaba una imagen absolutamente desoladora. No era tarde, quizás las diez de la noche.

Cecilia salía de estudiar con la idea de caminar hasta su casa rápido y directo, tomar calles habitadas y apretar el paso para que el camino sea más llevadero. No era una gran distancia y su idea era de la de todos los días. Acomodó su bolso en el hombro, tironeo las mangas de su abrigo para cubrir sus dedos del frío y comenzó su recorrido cotidiano.

Pocos pasos había hecho cuando vio la luz, esa seductora lucecita roja aparecía entre la niebla de un día casi londinense tentándola a sucumbir ante su brillo hipnótico.
Lo primero que pensó fue NODEBO, lo primero que se le vino a la cabeza fue la importancia de ser responsable y no ceder a las tentaciones mundanas.

Minutos después y casi como automatizado, su brazo se levantaba hasta formar un ángulo recto con el resto de su cuerpo, y con un gustito amargo por haber perdido la batalla contra sí misma, Cecilia se descubrió sentada en el cálido asiento trasero del taxi al que no se pudo resistir.



Todo por esa sexi lucecita roja. 


No entiendo a octubre



No entender a octubre es algo que puede empezar desde su etimología…. Porque parece que se puede cambiar el calendario entero, pero no se pueden modificar los nombres de los meses.


Octubre se llama octubre, porque su nombre provienen del latín  “ocho meses”, aunque ahora sea el mes diez, las paradojas de la vida, lo corrieron del ser el octavo mes del calendario romano a ser el décimo del calendario gregoriano; el otro calendario empezaba en marzo, o sea…. donde ahora anda empezando fácticamente... digamos que octubre nos recuerda con su nombre que le metimos dos meses mentirosos a nuestros cortos años. ¿O no? (ver al respecto)

Octubre tiene el dolor de 1492, y nos trae el recuerdo de todos los charcos de sangre que puede hacer el ser humano a cambio de cosas a las que les atribuye un valor absolutamente simbólico, mientras el real valor de una vida, poco le importa a muchísimas generaciones de hombres sedientos de poder, prestigio, reconocimiento, sed de "vayaunoasaberqué", cosas que les resultan aun hoy interesantes y seguimos padeciendo en este recorrido que transitamos como especie en  auto exterminio a altísimos costos. 

Eso nos dice octubre y para reconciliarse con nosotros (en términos de humanidad), un  24 de octubre de 1945, nace la Organización de las Naciones Unidas. O sea… una buena idea que no fue, un proyecto de paz mundial, de trabajo en equipo que ya sabemos que no es tal.

Así está octubre, tratando de dar explicaciones que no le corresponden. Es el décimo mes del año, y no tiene por qué dar explicaciones de nada, la culpa es tuya, que no encontrar tu lugar en el itinerario que cíclicamente vuelve a empezar y te va a volver a pasar. De hecho, sus 31 días lo hacen parecer eterno, pero mide lo que tiene que medir, mide lo mismo que enero, y nadie se lo reprocha al primogénito del año.

Rarísimo clima trae octubre, con sus lluvias y sus soles, su inestable forma de hacernos improvisar. Octubre hace lo que quiere, y nosotros, lo que podemos. Octubre de post-its en las paredes, imanes en la heladera y listitas en todos los bolsillos. Es octubre cada vez que pasamos las hojitas de la agenda para constatar que todavía falta mucho, pero ya vamos yendo a la librería a comprar la del año siguiente con la ilusión de que lo acercamos un poquito más. Octubre es ese ratito del año donde uno descubre que ya faltan las fuerzas, y sabemos que estamos en el segundo semestre, que ya se termina, pero igual falta un montón!

No entiendo a octubre que se llena de lapachos y los primeros jacarandás pero nos deja a todos con ganas de salir a la vereda, de perdonar al frío y encarar la intemperie. Confiados en las promesas de la primavera, decididos a romper el letargo, es octubre de no entender si hay que esperar navidad o cerrar proyectos mientras enlistamos los nuevos. Octubre que no entiendo más nada, que la rutina ya aburre y la reestructuración se hace esperar. Octubre de más de lo mismo, pero distinto, como si fuera culpa de octubre que tomemos malas decisiones. 

No entiendo a octubre, como si fuera culpa del calendario que no sepamos vivir bien cada día.


No entiendo el mes de julio



El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.

Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y encarar la segunda mitad. Felices de ellos.


Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo. La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa” y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.

Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.

Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio tiene  cara de preocupado y le mandamos una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas, estufa y gato.


Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de jornada, una campana que suena  a alerta y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos, sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito  y enfriarnos la nariz. Para eso está escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la magia.


No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la terrible importancia de revelarlo. 


No entiendo a los que se encierran en la vereda.



Iba caminando por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene, se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos, se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares, regresa a su burbuja y sigue su camino.

¡La pucha!


¿Cómo se puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad, perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un pedacito e inventar historias. 

¿Cómo andar por la vida con la necesidad de estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos y lugares compartidos con desconocidos, negando  toda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está ahí, para que tratemos de verlo.


Cada vez son más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen. Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca cosa.

¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?

Desde este humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle, porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.


No entiendo a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.


No entiendo la espiritualidad de Bali




Isla de playa, surf y noche... de adolescentes europeos viajando a conquistar el mundo... 
Bali se promete profana, pero es sagrada. 

Dice Wikipedia (y ¿quien se atreve a contradecirla?) que “La religión predominante entre los balineses es una mezcla entre el sivaísmo proveniente del hinduismo y la mitología balinesa (mitologías previas a la influencia hindú). Los balineses descendientes de los inmigrantes anteriores a la tercera ola, conocidos como bali aga en su mayoría no son seguidores del sivaísmo balinés y poseen sus propias tradiciones animísticas.

Y esto es bien curioso, porque el resto de Indonesia tiene predominancia de creyentes musulmanes, pero en esta isla no, en Bali se profesa una particular vertiente del hinduismo. Con toques de animismo y notas de budismo.

Uno de sus templos más reconocidos (incluso por UNESCO) es el Goa Gajah, nacido en el siglo IX, su ingreso representa la cabeza de un elefante y al acceder nos encontramos con Ganesha, la deidad de apariencia de paquidérmica. Esto marca la fuerza de la religión Hindú.

La puerta es el rostro del elefante y te recibe una representación ya sin cabeza, pero con ropa nueva.
Y los visitantes, siempre con las piernas cubiertas.
En ese, como el en la mayoría de los templos, el agua ocupa un lugar importante, y es que las ceremonias de purificación siempre la tienen como protagonista, ya sea para los feligreses u ocasionalmente para los turistas entusiastas.

Otro templo, en este caso, para bañarse en agua sagrada a la sombra de una serpiente coqueta
Dentro del agua, es posible ver peces koi , que en todo Asia se cree que traen buena suerte. Son peces de vida larga que alcanzan los noventa centímetros y pueden superar los ocho kilos.
La leyenda dice que los peces que conseguían nadar río arriba hasta la cascada y subirla, por su esfuerzo se transformaban en dragones, y alguien pensó que los peces Koi se parecen mucho a los dragones. También están asociados a la perseverancia ante las adversidades y se consideran un símbolo de paciencia y longevidad. El ascenso del koi a la cascada significa “triunfar en la vida“.


Por todo Bali es posible descubrir figuras de deidades y seres de culto a los que los locales se toman el trabajo de vestir con ropas y flores con total abnegación.  Es muy común que cada casa y cada comercio tenga un pequeño templo en la puerta o en el interior. Por esta razón las calles de Bali están envueltas en olor a incienso, una fina película de espiritualidad y mística que nos recubre en sus veredas mientras esquivamos las ofrendas que los balineses ubican en el suelo. 
Las ofrendas son variadas, mayormente son canastitas de algún material natural trenzadas para contener flores, comida, dulces y sahumerios para congraciar con los espíritus y los dioses




Cuando el local comercial no tiene puerta... pueden estar en cualquier parte
No entiendo la espiritualidad de Bali, pero es su huella, lo que la diferencia de las otras siete mil islas que componen Indonesia. Bali es la provincia más prospera de Indonesia. En Bali, se respira distinto.


No entiendo a los que no hablan con extraños



Querida gente del futuro:

Si están leyendo este mensaje, es porque la raza humana no se ha destruido, o porque otra especie decodificó la escritura humana. 
Aprovecho para contarles un poquito algunos errores nuestros, porque dicen que la historia es cíclica y estaría bueno que se ahorren estas incomodidades que estamos atravesando como sociedad. Acá en el año 2016 y desde hace muchos años, estamos todos muy preocupados por los problemas del mundo y nos pasamos la vida dándole vueltas a las mismas preguntas. Tenemos problemas de unidad, de solidaridad, de compañerismo y de empatía. No nos explicamos de donde salen, simplemente suceden. El racismo y la violencia simbólica en todas sus formas nos torturan y no la podemos detener.

No sabemos encontrarnos con el otro. Nos da miedo la gente, y somos gente. La culpa de todo la tiene un célebre mantra que se hereda desde hace muchas generaciones en el que cada mamá le repite a su hijo “no hables con extraños”. Tenemos muchos problemas por seguir ese consejo inventado por alguien que no entendía nada de la vida y decidió extender su doctrina. Nos aterra la Otredad. Todos los que no sé cómo se llaman son peligrosos. Esto está íntimamente vinculado con la apología del aislamiento tan común en nuestros días.


¿Por qué se ocupan primero los asientos individuales del colectivo? ¿Por qué van las personas escuchando música en su burbuja? ¿Por qué prefieren perderse a preguntar una dirección? ¿Por qué dejar un asiento vacio entre la persona que ya está y la que llega a un teatro, una sala de espera, un cine? ¿Por qué estar siempre pendiente de que el otro no esté cerca? Porque no sabemos convivir.

Desconfío de la gente que no habla con extraños, porque todos los amigos son extraños antes de ser familia. Desconfío de la continuidad de la especie en medio de la atomización que nos sacude y no entiendo a los que no hablan con extraños.


Si en el futuro alguien da con estar garabateadas letras, quiero decirles que se hablen, que se miren, que se abracen con fulanos, que se den la oportunidad de charlar en la fila del supermercado, reír a carcajadas con el taxista, conocer gente en una plaza, y dejar, permitir y fomentar que sus hijos hablen con extraños, porque las precauciones nos asustan y nos perdemos muchas cosas lindas. 

Esta publicación forma parte del proyecto “30 díasdeescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 28: estás preparando una cápsula del tiempo para enterrar en el jardín. La van a desenterrar en 500 años. Escribí una carta explicando cómo es la vida hoy.





No entiendo los olores.



Hoy llueve. Es febrero, hace calor, toda la tarde el sol del domingo sofocó la ciudad. Se vaciaron los parques, se malhumoraron las señoras, transpiraron los señores y hubo dolores de cabeza, bajones de presión e hinchazón de pies, como mínimo. Hizo calor, pero calor del bueno, de ese que no te deja caminar rápido, por más apurado que estés. De ese que no te deja llevar a cabo una conversación sin que haya que estar mencionando el calor. De ese que no te deja saludar con un beso sin disculparte por estar patinoso. Hizo calor.

De repente, en mitad de la tarde, cayeron las primeras gotas, tímidas y bienvenidas, no llegaban a mojar el suelo. El suelo estaba caliente, caliente de verdad, caliente en serio. Por suerte siguió más agua y con el agua, el olor a lluvia. Lo primero que escuché al respecto, fue a un amigo decir “¡Que petricor!” y traducirlo orgulloso como “Olor a tierra mojada”. Es curioso, no tenemos muchas palabras para hablar de olores, y las pocas que tenemos, no  las conocemos o simplemente no las usamos.

Desde hace mucho me preocupan los olores. Pase un tiempo dedicada a una mini investigación que fue mi ponencia en un congreso, en ella me pregunto entre otras cosas  por el léxico aromático empobrecido de nuestra lengua. A continuación... un resumen.

“Siento, luego existo” dice David Le Bretón (2007) parafraseando a Descartes (1637), para hablar de la importancia de los cinco sentidos en la configuración de la identidad del ser humano, vinculado a todo cuanto percibe.
Antes del pensamiento están las sensaciones, el sentir. No sabemos nombrar al nacer las sensaciones que nuestro cuerpo ya experimenta aún antes de salir al mundo. Los sentidos se desarrollan y se afinan con el tiempo, pero son cualidades innatas que nos ayudan a conectarnos con el mundo, aún prescindiendo de la educación que como sociedad elegimos transmitir a las nuevas generaciones. Es mas humano, entonces, el sentir que el pensar, y sin embargo, la cultura en la que nacemos se toma el trabajo de hacer un cambio en este paradigma logrando seres que racionalizan el entorno relegando los sentidos.
La condición humana es ante todo corporal, aunque como seres sociales configuremos desde la cultura las percepciones empíricas; somos seres encarnados y de esto parte la antropología de los sentidos como apoyo para la idea de que las percepciones sensoriales no surgen solo de una fisiología, sino ante todo de una orientación cultural que deja un margen a la sensibilidad individual; de esto queremos hablar.

Dijo Le Breton: “en la jerarquía de los sentidos, el olfato no tiene ningún peso”. Este autor, explica que en occidente el olor es mal visto y eliminarlo es el objetivo de estas sociedades. Esta ligado en la mayoría de los casos a displaceres y por eso, se busca neutralizar los olores y uniformarlos. Una forma simple de comprobarlo; si le pedimos a alguien que dibuje una cara lo mas rápido que le sea posible, lo mas probable es que obtengamos un resultado similar a este : ) , dos puntitos y un línea curva, la representación simplificada de un rostro, evade la existencia de la nariz.

Dice Bourdieu (1996)  que nominar implica hacer que algo exista: el lenguaje tiene carácter preformativo, ya que el valor social de los usos de la lengua surge a partir de su tendencia a organizarse como sistema de diferencias. Estos sistemas, reproducen el orden simbólico de aquello socialmente establecido, a saber, el sistema de diferencias sociales. Con el aroma pasa exactamente igual.
Cuando configuramos la experiencia, lo hacemos con auxilio del lenguaje. Sin embargo, en la generación de términos para nombrar las cosas que configuramos, para darle identidad, y entidad a los olores, es muy escueta. No hemos generado palabras que sean propias al orden de asuntos que hacen al olfato y sus derivados.
Hablamos de que poner en palabras un olor es pedir léxico prestado a otros sentidos (dulce: gusto, suave: tacto, floral: vista, estridente: oído). Cuando queremos describir un aroma nos encontramos con que el rechazo por este proceso físico es tal, que no tenemos vocabulario para hacerlo. Necesitamos tomar términos de otros sentidos o usar comparaciones con olores o experiencias compartidas. Esto, hace que nos sea imposible relatar una descripción acertada de un aroma.

Una de las slides del pps del Congreso en el que expuse este delirio

Dijo Italo Calvino; “Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles.”
Acaso sabemos siquiera ¿Que nos movilizan? Cuando Rousseau (1979) llama a la olfacción el sentido de la imaginación, esta hablando de esto. “Cada sociedad dibuja una organización sensorial que le es propia” (Le Breton 2007) . El mundo está hecho con la tela de nuestros sentidos, pero se entrega a través de los significados que las percepciones modulan. 

Hoy llueve y todo en la ciudad huele a petricor, muy poca gente lo nombra así, muy poca gente quiere llenarse de él. Muy poca gente presta atención al olfato, a los aromas, a los olores. Pero hoy llueve y eso se respira hondo.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 27: salí a dar una vuelta por el barrio y hacé un mapa de sonidos y olores

No entiendo la basura



Me preocupa la voracidad del consumo, no creo que debamos descartar con tanta liviandad.

En algún momento, prometo explayarme sobre por qué no entiendo a los que no aplican las 3R, y en algún momento ya hable de que no entiendo a los que no reutilizan, pero puntualmente ahora, quiero decir que la semana pasada saqué esta foto.


Me llenó de nostalgia verla ahí, en el piso, entre dos contenedores de basura, como si el dueño hubiera querido abandonarla, pero que alguien la salve de su aparente final.

Tuve que sacar la foto para contener mis ganas de adoptarla, pensé en su trayectoria y su actual obsolescencia, la vi como una abuelita que deja de estar saludable para cocinar y sus conversaciones van perdiendo energía y los nietos no quieren ir a su casa y los hijos piensan que hacer con ella. Triste.
Pensé en el momento que la compraron, el lujo que la revistió, las funciones que cumpliría, la vi como una abuela con collares importantes, sentada muy derecha en un sillón de estilo de un salón con techos altos y arañas de caireles, dispuesta a cuidar nietos los fines de semana.
Mientras yo le sacaba la foto, los autos me despeinaban a toda velocidad, la gente apuraba el paso en la vereda de enero, tratando de llegar a algún lugar cerrado, climatizado artificialmente, la gente... apurada por evadir la realidad.
Mientras yo sacaba la foto, cientos de abuelos estaban tan solos como ella, y la artificialidad seduciendo a hijos y nietos que no pueden parar para mirar y verlos, y darles ese abrazo que la historia se merece.

No entiendo a la sociedad de consumo, pero es muy claro como sus valores se traducen en prácticas. Objetos y personas… descartables, por igual.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 8: buscá una foto en un cajón y escribí lo que está pasando fuera del cuadro

(estaba de viaje, y solo tenía a mano las fotos de mi cámara)



No entiendo si son pesadillas



No los llamaría pesadillas, pero no sé qué son las pesadillas. En mi caso creo que son cosas que me pesan, y lo que más me pesa, es sin duda la perdida de seres queridos.

Este año mi abuelo, el año pasado mi gata. Seres fundamentales a lo largo y lo ancho de vida que abandonaron el plano físico de la existencia y se amontonaron en otros espacios, visitan mis sueños y me dejan una rara sensación a la mañana.



Cuando  después de ser mi mejor amiga durante casi 19 años, mi gata dejo de poder caminar, la acompañamos todos en sus últimas horas, estuvimos con ella en los últimos minutos y la enterramos en el jardín cuando dejó de respirar. Fueron muchísimas las veces que soñé que la encontraba en el jardín, que acababa de cavar hacia arriba para desenterrarse, que estaba confundida, sucia, pero parecía saludable. Muchas noches me levante angustiada con la mezcla de sensaciones que la duda creada por la negación me proveía. Desde mis nueve años, es casi toda mi vida, y ella siempre había estado ahí, dándome la increíble sensación de que siempre estaría, y la tristeza de que ya no era así me evocaba esa maravillosa negación en la que me suelo refugiar con más frecuencia de la necesaria. El jardín de casa, el pozo emergente a pasitos del lugar donde la habíamos enterrado y ella, unos cuantos años más joven, parada, con un poco de tierra, mirándome casi sin expresión.

Este año, con mi abuelo, también fueron algunas noches, pero solo anoté una de ellas, con palabras que paso a trascribir.

-1 dic-
Iba en un colectivo en una dirección, sabiendo que era la opuesta a la que quería ir, me bajaba la esquina de Colon y Montevideo y caminaba a Ayacucho y Montevideo, pera tomar el mismo colectivo, pero en sentido contrario.
En esa esquina estaba el abuelo, vendiendo flores (mi abuelo no vendió flores nunca), cuando yo trataba de agarrar algunas, me decía que no agarre esas, salía corriendo a una escalera que tenía apoyada sobre un árbol de rosas blancas en la vereda de la escuela que está sobre Ayacucho (el árbol existe, pero las rosas blancas no nacen de los árboles, esa imagen, me hace acordar a los rosales de “Alicia en el País de las Maravillas”, cuando los naipes pintan las rosas de carmín). El empezaba a arrancar ramas secas, para llegar a las flores, que estaban más altas (y no las alcanzaba) y se lo veía cansado, enojado y un poco frustrado y me hablaba de un viaje a Madrid con “la vieja” y a Francia... y me seguía hablando desde la escalera, junto al árbol de rosas blancas.


Me desperté y me costó un montón recordar que él ya no estaba haciendo uso de su cuerpo. La angustia me re-habita cuando lo pongo en palabras. Busque un papeilito entre mis hojas a reutilizar y anoté las palabras que recién transcribí. Muchas semanas después, ordenando papeles, me volví a encontrar con ese sueño en la mano, y cuando giré sin querer la hojita en la que lo había anotado, descubrí que el azar (o no…), había hecho que anote el sueño en una planilla de autorización de tomografía a su nombre, con todos sus datos (todavía me sorprende).


Dice Wikipedia que las pesadillas son “un ensueño que puede causar una fuerte respuesta emocional, comúnmente miedo o terror, aunque también puede provocar depresión, ansiedad y una profunda tristeza. La pesadilla puede contener situaciones de peligro, malestar o pánico físico o psicológico. Regularmente, las personas que la sufren o las sufren, se despiertan en un estado de angustia y con imposibilidad de regresar al sueño por un prolongado periodo de tiempo”, si es así… supongo que son pesadillas, porque en ambas hay mucha tristeza y angustia, a los dos los veo cansados y contrariados, aunque me gusta verlos… no están bien, y cuando me levanto, me siento muy rara y muy vacía. 

No entiendo los sueños, pero estos, me resultan mucho más confusos y me ahogan.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 6: escribí tu pesadilla recurrente




No entiendo a los que no viajan



…y no lo digo desde la concepción burguesa del viaje como turismo para los sectores felices.

Lo digo entendiendo al viaje como algo que se construye de una manera única. No tiene que ver con kilómetros ni con itinerarios, es un desplazamiento ligado a lo emocional y siempre relacionado al aprendizaje. Implica una predisposición interna a absorber lo que el viaje nos depara.
El viaje nos transforma porque le damos permiso para que nos modifique. En nada influye el destino, la magia está en el camino. Es por eso que no importa si al viajar cruzamos océanos o viajamos hasta la verdulería. Podemos hacer un gran viaje con la ayuda de un avión, o con solo tomar un taxi.
Siempre y cuando abramos la puerta al aprendizaje para la transformación, estaremos viajando en el camino correcto.


«No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa» dice David Le Breton y en esta frase resume la potencia del viaje como mecanismo interior. “El viajar es un placer que nos suele suceder” dice pipo pescador, mientras nos recuerda que tampoco importa hacerlo en un auto feo, porque la experiencia pasa por otro lado. “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos.” Dice Marcel Proust y en eso vemos que el trayecto diario puede ser re-mirado para descubrir y descubrirnos.


En ese momento en el que el mundo nos da batalla, elegimos buscar una tregua que nos aparte de la rutina y elegimos conocer. Conocer un lago remoto o conocer la colonia de hormigas que cruza la plaza de la otra cuadra.
La mirada configura el objeto observado, y es precisamente eso lo que ponemos en acto al momento de emprender un viaje, le damos a la mirada el poder de embellecer los sitios que vamos descubriendo y nos permitimos detenernos en cosas a las que atribuimos potencialidades mágicas.
Cuando viajamos nos damos la posibilidad de contemplar, y eso es lo más relajante y novedoso que tiene el viaje, y a la vez es la clave que tenemos que incorporar para la felicidad cotidiana. En el momento en que nos damos la posibilidad de sorprendernos estamos haciendo una actividad que nos vincula a la idea misma de viaje.
Cuando vamos a la playa y nos tomamos el tiempo de mirar el mar para descubrirnos pequeños, o en la montaña analizamos la forma en la que corre el viento y nos sentimos más vivos, incluso en las ciudades, cuando reflexionamos sobre la forma de vida de otras personas y nos juzgamos por vivir de la forma en que lo hacemos. Así es que opera sobre nosotros el efecto “viaje”.

Sin embargo, no se trata de una acción que esté relacionada con el espacio y la lejanía, sino que es una forma de posicionarnos frente a lo que nos rodea de modo que nos encontremos predispuestos al disfrute de las cosas simples (o quizá tremendamente complejas).
Podemos hacer de esta, una actitud cotidiana, podemos sentirnos a gusto en nuestra propia tierra si cultivamos el espíritu flâneur, de vagar por las calles sin rumbo, abierto a las vicisitudes y las impresiones que nos salgan al paso.
De esta forma podemos ser turistas incluso dentro de nuestro propio dormitorio.

No entiendo como no disfrutamos de la vida con un Buen Viaje!








No entiendo a María Elena Walsh



Me encanta escuchar sus canciones, leer sus cuentos, repasar su maravillosa obra. María Elena es uno de los iconos de mi vida (aunque casi escribo “de mi infancia”, no sería justo… trasciende ese pedacito y la abarca toda).

Cuentos como “La Plapla", o “Morrongato del zapato”, canciones como “El twist de Mono Liso” o “La reina Batata”, “La canción de tomar el té” o “Don Enrique del Meñique”, me llevaron de la mano en mis primeros años, pero ya más grandecita, “Un elefante ocupa mucho espacio”, como cuento y “La cigarra” o “El país de NoMeAcuerdo” como canciones me hicieron pensarla desde otra mirada, más centrada en la historia nacional, en las desgracias de mi tierra y las prohibiciones de sus obras en los años oscuros de mi Argentina.

Sin embargo, aunque tuve tortugas toda mi vida y la canción de “Manuelita” me llegara entrañablemente, una canción que me acompañaba mucho era la “Canción del Jacarandá”…


Este árbol significa mucho para mi… es uno de los primeros a los que le aprendí el nombre y en mi imaginario actual, me remite a la puerta de la casa de mi abuela Isabel, a juntar florcitas del suelo mientras mis papás se despedían de ella y mis tíos. 
Durante años, el único jacarandá que podía identificar era el de la puerta de la casa de mi abuela. Y durante muchos años, ver esas florcitas aparecer en noviembre evocó su recuerdo nítido y cotidiano, tan simple como aquellas flores que nadie esquivaba pisar.



De todas formas, no comparto la mirada de mi autora querida… no termino de entender si lo suyo fue exceso de patriotismo, pero no puedo ver como ella que este árbol proporcione 
“…una flor y otra flor celeste…” 
No puedo evitar ver las flores de un incuestionable color lila! 

No entiendo porque María Elena ve posible hacer escarapelas con las flores del Jacarandá.






No entiendo como no amar las calles de Lima


(alguna vez escribí sobre esto en otro blog...)

Las calles de Lima están llenas de gente y eso me encanta. Tienen personas de todas las edades y el movimiento las ha hace bellas. Por eso el comercio anida en ellas de manera armoniosa, los variados ofrecimientos al paso causan al peatón satisfacción acorde a la cantidad de horas en vía pública que resuelve pasar. Nos habla de las costumbres de la gente ver tantos vendedores en las calles.

El turista también se integra a esa coreográfica marea y el abastecimiento de las veredas es parte constitutiva del viaje. Al principio con sorpresa, después con desconfianza y al poco tiempo, ya con total y obligada naturalidad, el de afuera, entra al corazón de Lima por sus veredas generosas.

Las calles de Lima y su comercio informal proveen alimento, ornamento y entretenimiento; desde frutas hasta globos y de remedios hasta artesanías, Lima se comparte en la vereda, se muestra, predispuesta y hospitalaria para que la ciudad SEA y no solo se convierta en trayecto ENTRE.

En semana santa se ofrecen artesanías de palmas con crucifijos


Los picarones son roscas fritas a base de harina de mandioca y miel, del tiempo de la colonia

El anticucho es su plato más representativo, corazón de vaca y papas como base de la brochet

Esto no está en venta, pero es muy curioso 

Carteles para el buen uso del espacio público. Las calles son para la gente.

Si, tengo una extraña adicción a los carteles... y son parte de la vida en las veredas




El vendedor de huevos

Algunos juegos que se ofrecen con premios


Rodajitas de Ananá y caricaturas al paso.

Muchos carros con frutas

Tarritos, cajitas y bolsitas de medicina natural

Las calles de Lima se dejan habitar, se brindan amables y nos invitan a quererla.
No entiendo como no amar las calles de Lima