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No entiendo por qué no somos ovíparos.



La miré durante semanas anidar en una de las macetas del patio. Ordenar hojitas, sobrevolar la zona, preparar todo y poner sus huevos. Cuidarlos, calentarlos, cantarles, turnarse con el palomo para alimentarse. Soportar el sol, permanecer bajo la lluvia, resistir el viento. Y un día bajo sus plumas, apareció un pichón. Ya se veía grande, ya llevaba tiempo de nacido, pero solo entonces pude verlo asomarse del nido.


Quise ser ovípara.

Esa paloma y todos los ovíparos del mundo, es sus múltiples formatos y de las más variadas especies, hacen un terrible esfuerzo físico para poner el huevo, pero también pasan el tiempo de esperar la eclosión recuperándose y reciben al nuevo miembro con una madre en óptimas condiciones de oficiar de madre.

Las personas no. El día que llega al mundo nuestro bebé, estamos terriblemente castigados por el parto (en cualquiera de sus variantes); con cansancio, dolores, secuelas y falta de energía. Esa es la primera imagen que nuestros chiquitos tienen al nacer… una mami destruida, anestesiada y exhausta.

Pasé casi un mes mirando desde mi sillón y por arriba de mi panza de futura mamá, como esta paloma hacia su incursión en la maternidad… y solo puedo concluir que me encantaría haber nacido ovípara.

De todas formas, la explicación es absolutamente bíblica;
"A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti". Génesis 3:16
(o quizás no https://goo.gl/5aLTiA)


No entiendo porque no somos ovíparos, pero creo la culpa, la tiene Eva.


No entiendo las aristas



No me gustan los filos, los bordes, las aristas.
No me gustan los ángulos, las rectas, lo derecho. Tampoco me gusta el ideal de perfección que persiguen. Pero fundamentalmente, me abruma su connotación de agresividad.


Viviría en un mundo redondo, ovalado, acolchonado, donde las puntas nunca sean puntudas, ni pinchudas, ni aristosas. Donde los bordes no estén muy definidos, porque las definiciones son siempre mentirosas y las líneas rectas no se sentirían cómodas y dejarían de existir, ocupando un lugar en la mitología cunado algún nostálgico las recupere evocativamente.


Geometría blandita, formas imperfectas, perfectamente imperfectas. Ennubesitada geometría de las curvas que conservaron el anonimato cuando todas las figuras con lados y ángulos recibieron su nombre; porque todas las figuras con lados rectos tienen ángulos y tienen  nombre. Están rotuladas y encasilladas. Las formas curvas, no. Se escaparon del afán clasificatorio y del dominio del lenguaje, se filtraron de los estándares y se pusieron a bailar.

Coreografía de curvas, sintonía de bucles y vueltas, girando o cayendo torpemente, saltando o solo quietas, pero con la rotunda sensación de movimiento que contagia su presencia.


Las formas erráticas, las formas deformes en toda su contradicción. Esas quiero.


No entiendo el mito de la estabilidad



Que no nos roben la utopía.
Crecemos escuchando sobre las prioridades de los seres humanos en términos de estabilidad. 



Crecemos o lo que es peor; la gente considera que hemos crecido, cuando nos ponemos serios, abandonamos lo que nos hace bien y nos disponemos a hacer lo que todos hacen.

Un hito en la vida de un joven es lograr las ocho horas de oficina, en ese momento, se lo considera un afortunado. Si proviene de una familia en la que hay pocos oficinistas, se lo llamara privilegiado y si proviene de una familia con muchos oficinistas se lo llamara exitoso. Pensaremos que está en la buena senda y brindaremos felices por su estabilidad. Probablemente, de pequeño ha querido ser payaso, quizás artesano o incluso actor. En el total de los casos, de pequeño fue soñador. Pero ahora creció, y trabaja en una oficina para orgullo de todos, incluso, quizás, de sí mismo. Si está contento con sus ocho horas diarias y quince días de vacaciones al año, el joven pasará automáticamente a convertirse en uno del montón. Otro puntito en una estadística gris que señala que es parte de un algo más grande en lo que felizmente se pudo insertar.

Lo mismo sucede con cualquier otro trabajo de los que “hay que tener”; sueldo en blanco, quince gloriosos días de vacaciones, ocho horas de labor cuidadas por algún sindicato, la cosa es llegar puntual, hacer la tareita más o menos bien y aguantar a que llegue el franco para pasarla bien. No durante, siempre después.


Pero hay otros. Hay otros jóvenes (¡y no tanto!) llamados inmaduros, vagos, atorrantes, delirantes y quizás también fracasados; esos son los que nunca aspiraron al placebo de la estabilidad (o si, pero ya no). Son los que no se consideran lo suficientemente grises como para dejar de soñar, son los que no se conforman con quince días al año para la felicidad.
Y quizás desde la misma oficina, o desde donde les toca estar, esos otros están buscando la forma de seguir su sueño o de ir soñándolo en el camino. Y cuando la gente los mira raro, se preocupan un poquito hasta que se dan cuenta de que cada vez hay más personas tan raras como ellos, que deciden caminar por el costadito de esa cosa grande en la que habría que insertarse, y con la creatividad como principal recurso, se envalentonan a ser lo que de chiquitos quisieron, o lo que de más grandes eligieron. 

Generalmente, lo que buscan, es definido como felicidad (que comparte muchas letras con estabilidad, pero no se le parece en casi nada). 

Para todos ellos, el viaje se comparte. Viaje empírico o metafórico. Viaje tan largo o corto como sea necesario. Viaje como medio o como fin en sí mismo.
Los que entendemos el viaje (en el sentido enorme de la palabra) como algo mucho más profundo que un paréntesis de quince días, nos mantenemos en la senda de no dejar que nos roben la utopía.
(Porque; la utopía sirve para caminar)



No entiendo el mito de la estabilidad, pero tiene muchos feligreses.