Mostrando entradas con la etiqueta año. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta año. Mostrar todas las entradas

No entiendo a febrero



Febrero. El mes corto que cada cuatro años se hace un poquito más largo, para seguir siendo el mes más corto. Pobre febrero. El patito feo del calendario. 


El mes bisagra entre no hacer y empezar. 
El de las vidrieras con salvavidas de colores y guardapolvos blancos. 
Febrero de exámenes decisivos que determinan el resto del año. 
Febrero de rutinas de verano aceitadas y llegando a su final.

Febrero con música de murga y carnaval. Ruido de ventiladores cansados y charquitos de aire acondicionado. Febrero de mosquitos zumbando al oído cuando queremos dormir, interminables filas en las heladerías y listas de pendientes que empiezan a engordar. 

Y así llega febrero, y así también se va. 
Muchas fotos de playa y gente al sol, muchas quejas por el calor y un poquito de ganas de que la rutina vuelva a rodar.

Febrero huele a cloro de la pile y tiene gusto a helado que se pegotea en las manos mientras se derrite más rápido de lo que la lengua lo puede saborear. Febrero de altas temperaturas y bajas expectativas… un mes que está ahí, porque alguno tenía que estar.


No entiendo a febrero, me promete cosas que no dependen de él.


No entiendo a diciembre




Cierres, balances, y caras diversas; alegría, ansiedad, expectativa y proyectos…. Diciembre esta re loco y nosotros le hacemos compañía. El fin del año productivo, del ciclo lectivo y la navidad, de este lado del mundo, llegan juntos…. Y nos encanta  potenciar el stress en medio de un clima humano y ambiental que no da lugar a casi más nada, toda la energía, está puesta en eso.


Hace calor. Llega el verano. Terminan las clases. Las rutinas son muy raras, porque el año se está terminando y porque ya no tiene mucha onda ir a trabajar, porque son casi vacaciones o para muchos o para el del escritorio de al lado o para los chicos… pero se termina algo y algo hay que hacer y la decoración festiva invade la ciudad y hay nieve de mentira en todas las calles de 35º de sensación térmica y hay mamás sudando en la cocina de muchas casas que quieren festejar con pavos, pandulces y budines, en lugar de brindar con helado.

Las fiestas como algo programático y necesariamente feliz nos imponen la presión de la sonrisa, esa que muchas veces no queremos enarbolar, esa que quizás no sentimos y nos genera culpa. Muchas veces, mucha gente, no tiene ganas de sentir una noche de paz, una noche de amor. Muchas veces, mucha gente no tiene ganas cenar en familia, de despedir el año con los compañeros de la oficina, de ir a la pileta con los de la facultad. Muchas veces, mucha gente no quiere acordarse de la infancia a la que las fiestas remiten, no quiere acordarse del abuelo que no está más, no quiere acordarse de que no le alcanza para llenar de regalitos el maltrecho pino plástico que el ocho de diciembre otro ritual nos hizo armar en un rincón donde (lógicamente) molesta.

En diciembre la sociedad te pide que seas feliz, que estés contento porque se acaba algo (que no es cierto, pero no importa), que hagas el último esfuercito para llegar a la meta (que no está necesariamente al término del almanaque, pero no importa). Diciembre exige emociones que todos debemos  compartir y si no te parece, sos raro. Te falta espíritu.

Tranquilitos y mansos, pero a las corridas, las peatonales se vuelven hormigueros, el transito se desorganiza. Es tiempo de no tener tiempo y las despedidas dejan de ser actos sociales disfrutables, para ser horribles compromisos con los que cumplir, porque “viste como son estas fechas” y así estamos… diciéndole feliz navidad al taxista, mientras le azotamos la puerta del auto para correr a pisar gente en la fila de un comercio o llenamos de regalitos a los amigos mientras medimos y cuantificamos sus muestras de amor hacia nosotros, lejos, muy lejos de la generosidad y el acto de dar, todo pasa a un acto de cumplir, medir y reprochar, por dentro o a viva voz, mirar y analizar, cuestionar y sobrevivir… porque pronto llegara enero con su cara de chico nuevo al que no se le puede pedir nada.


Por todo eso y mucho más, a diciembre, no lo entiendo… pero no pasa nada, porque ya se termina el año.


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad



Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común, una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta escribir sobre nada de eso.


El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas. 
Estamos con los pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares, es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.


¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén.
Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que giran en torno al arbolito. 
De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.


Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.

Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel. 


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo.

Lo único valido es el buen deseo.

Feliz navidad a todos.


No entiendo a octubre



No entender a octubre es algo que puede empezar desde su etimología…. Porque parece que se puede cambiar el calendario entero, pero no se pueden modificar los nombres de los meses.


Octubre se llama octubre, porque su nombre provienen del latín  “ocho meses”, aunque ahora sea el mes diez, las paradojas de la vida, lo corrieron del ser el octavo mes del calendario romano a ser el décimo del calendario gregoriano; el otro calendario empezaba en marzo, o sea…. donde ahora anda empezando fácticamente... digamos que octubre nos recuerda con su nombre que le metimos dos meses mentirosos a nuestros cortos años. ¿O no? (ver al respecto)

Octubre tiene el dolor de 1492, y nos trae el recuerdo de todos los charcos de sangre que puede hacer el ser humano a cambio de cosas a las que les atribuye un valor absolutamente simbólico, mientras el real valor de una vida, poco le importa a muchísimas generaciones de hombres sedientos de poder, prestigio, reconocimiento, sed de "vayaunoasaberqué", cosas que les resultan aun hoy interesantes y seguimos padeciendo en este recorrido que transitamos como especie en  auto exterminio a altísimos costos. 

Eso nos dice octubre y para reconciliarse con nosotros (en términos de humanidad), un  24 de octubre de 1945, nace la Organización de las Naciones Unidas. O sea… una buena idea que no fue, un proyecto de paz mundial, de trabajo en equipo que ya sabemos que no es tal.

Así está octubre, tratando de dar explicaciones que no le corresponden. Es el décimo mes del año, y no tiene por qué dar explicaciones de nada, la culpa es tuya, que no encontrar tu lugar en el itinerario que cíclicamente vuelve a empezar y te va a volver a pasar. De hecho, sus 31 días lo hacen parecer eterno, pero mide lo que tiene que medir, mide lo mismo que enero, y nadie se lo reprocha al primogénito del año.

Rarísimo clima trae octubre, con sus lluvias y sus soles, su inestable forma de hacernos improvisar. Octubre hace lo que quiere, y nosotros, lo que podemos. Octubre de post-its en las paredes, imanes en la heladera y listitas en todos los bolsillos. Es octubre cada vez que pasamos las hojitas de la agenda para constatar que todavía falta mucho, pero ya vamos yendo a la librería a comprar la del año siguiente con la ilusión de que lo acercamos un poquito más. Octubre es ese ratito del año donde uno descubre que ya faltan las fuerzas, y sabemos que estamos en el segundo semestre, que ya se termina, pero igual falta un montón!

No entiendo a octubre que se llena de lapachos y los primeros jacarandás pero nos deja a todos con ganas de salir a la vereda, de perdonar al frío y encarar la intemperie. Confiados en las promesas de la primavera, decididos a romper el letargo, es octubre de no entender si hay que esperar navidad o cerrar proyectos mientras enlistamos los nuevos. Octubre que no entiendo más nada, que la rutina ya aburre y la reestructuración se hace esperar. Octubre de más de lo mismo, pero distinto, como si fuera culpa de octubre que tomemos malas decisiones. 

No entiendo a octubre, como si fuera culpa del calendario que no sepamos vivir bien cada día.


No entiendo el día del blog



Hoy es treintayunodeagosto y festejamos el día del Blog. Es curioso saber por qué.


No hay acontecimiento histórico, razón trascendente ni hito memorable que nos invite a celebrar esta fecha…. Es solo una similitud entre letras y números, un jueguito divertido que se ganó un lugar entre las efemérides incontables que proliferan sin que muchos se pregunten porque,  o para qué. 
Desde este humilde espacio, aprovechamos para decir que no entendemos para que sirve que exista un “diadelblog”, pero ya que está… les contamos porque el calendario lo proclama hoy.

La razón es que los números que componen la convención de la fecha de hoy; 31.08 se asemejan a la palabra "Blog" (usen la imaginación.... intenten) y es por eso que los blogueros más influyentes coincidieron en celebrar su día el 31 de agosto de cada año.


Celebrar, que se yo… homenajear… no lo sé… no se bien que se hace este dia, mínimamente, desde #noentiendo lo mencionamos. Y obviamente no entiendo para que necesitamos tener “el día de” de tantas cosas.


No entiendo a los que no hablan con extraños



Querida gente del futuro:

Si están leyendo este mensaje, es porque la raza humana no se ha destruido, o porque otra especie decodificó la escritura humana. 
Aprovecho para contarles un poquito algunos errores nuestros, porque dicen que la historia es cíclica y estaría bueno que se ahorren estas incomodidades que estamos atravesando como sociedad. Acá en el año 2016 y desde hace muchos años, estamos todos muy preocupados por los problemas del mundo y nos pasamos la vida dándole vueltas a las mismas preguntas. Tenemos problemas de unidad, de solidaridad, de compañerismo y de empatía. No nos explicamos de donde salen, simplemente suceden. El racismo y la violencia simbólica en todas sus formas nos torturan y no la podemos detener.

No sabemos encontrarnos con el otro. Nos da miedo la gente, y somos gente. La culpa de todo la tiene un célebre mantra que se hereda desde hace muchas generaciones en el que cada mamá le repite a su hijo “no hables con extraños”. Tenemos muchos problemas por seguir ese consejo inventado por alguien que no entendía nada de la vida y decidió extender su doctrina. Nos aterra la Otredad. Todos los que no sé cómo se llaman son peligrosos. Esto está íntimamente vinculado con la apología del aislamiento tan común en nuestros días.


¿Por qué se ocupan primero los asientos individuales del colectivo? ¿Por qué van las personas escuchando música en su burbuja? ¿Por qué prefieren perderse a preguntar una dirección? ¿Por qué dejar un asiento vacio entre la persona que ya está y la que llega a un teatro, una sala de espera, un cine? ¿Por qué estar siempre pendiente de que el otro no esté cerca? Porque no sabemos convivir.

Desconfío de la gente que no habla con extraños, porque todos los amigos son extraños antes de ser familia. Desconfío de la continuidad de la especie en medio de la atomización que nos sacude y no entiendo a los que no hablan con extraños.


Si en el futuro alguien da con estar garabateadas letras, quiero decirles que se hablen, que se miren, que se abracen con fulanos, que se den la oportunidad de charlar en la fila del supermercado, reír a carcajadas con el taxista, conocer gente en una plaza, y dejar, permitir y fomentar que sus hijos hablen con extraños, porque las precauciones nos asustan y nos perdemos muchas cosas lindas. 

Esta publicación forma parte del proyecto “30 díasdeescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 28: estás preparando una cápsula del tiempo para enterrar en el jardín. La van a desenterrar en 500 años. Escribí una carta explicando cómo es la vida hoy.





No entiendo la dependencia al aire acondicionado.




Otro enero en el que hace calor. Si, en enero en el hemisferio sur, hace calor. Desde siempre… las conversaciones, las noticias de los medios, los problemas, los humores…. Todo lo que pasa, pasa por culpa o a pesar del calor. La gente tienen el chip instalado… en tiempos de calor… hay que hablar del calor. Hacerlo protagonista de todos nuestros encuentros y dejarlo en el medio de la escena, no sea cosa que nos olvidemos de que está presente.

Para eso, la siempre predispuesta industria del consumo ha generado innumerables elementos para hacer frente a las inclemencias de la naturaleza, y el calor, no podía escapar a la producción de objetos. El abanico, el ventilador, la piscina y hasta las vacaciones… inventos modernos para combatir el aumento de la temperatura. Sin embargo, ninguno más perverso y adictivo que el aire acondicionado.


Esos dichosos aparatitos que en su momento solicitaban la semi destrucción de una pared del domicilio para acomodar sus enormes estructuras y hoy se conforman con pedir instalaciones de mangueritas, para sus nuevas versiones de dos partes.
El aire acondicionado se destaca por crear una atmosfera de profunda irrealidad. A diferencia de los inventos anti calor antes mencionados, que se limitaban a refrescarnos, o mover el aire existente, el ya encumbrado gladiador de las temperaturas, acondiciona el aire, le dice a nuestro combustible vital (¡el aire!) como ser. Nos eleva a la artificialidad más irreal y nos condena a que salir de esa atmósfera mentirosa sea aún más duro que antes de entrar en ella. Y creo que eso es lo que no entiendo y hasta me enoja.

Soy una persona viviendo en un clima cálido, donde hace fuertes calores y no tengo aire acondicionado. No tengo. No soy indigente, elijo  no tenerlo. Me rehúso a acceder a la generación de climas falsos que mientras inventan un bienestar contribuyen con el calentamiento climático global que potencia en el corto plazo las temperaturas de las que nos quejaremos y para las que la industria volverá a traernos soluciones que hagan mayores daños al planeta.
En enero tengo calor, porque hace calor. Tomo agua, me apantallo, tengo ventilador, me mojo un poco, como fresco y paso el verano. Vida normal, con las rutinas de siempre (a excepción de la disminución en la cantidad de amigos que me visitan… y prefieren encuentros en casas con “aire”)

Si tuviera que diseñar el clima del mundo, o de algún mundo… posiblemente no se trataría de un entorno en el que impere el calor. Creo que preferiría oscilar entre la primavera y el otoño. Agregaría muchos días de lluvia, de lluvia de la buena, esa que deja charcos gordos y chapoteables, pero con poco viento, como para que se pueda pasear bajo una constante cortina de agua previsible y vertical. Podría hacer un poco de frío, sin nieve, sin bajar de los 0º, pero un poco de frío, como para dormir con muchas frazadas y caminar con guantes gorditos. Con sol tímido, que haga falta descubrirlo detrás de las nubes, que proyecte poca sombra, pero que rebote contra el río. 


Que increíble sensación es estar vivo. Sentirse vivo. Entrar en contacto con un sentir y un fluir. Enredarse en el devenir. Ser piel. Sentirse cubierto de piel y dejar escuchar a la piel. El frío, el calor, las texturas y hasta el dolor son la vida a través de la piel. Dejarse tocar por la vida. Ser un cuerpo. No me parece mal tener sensaciones tan reales como incomodas.


No entiendo la dependencia al aire acondicionado.  


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 16: describí el clima de tu mundo imaginario


No entiendo el verano



Mis quince primeros veranos…


Me acuerdo de un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)

Me acuerdo de un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)

Me acuerdo de un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal, caminando descalzas, solo porque sonaba divertido

Me acuerdo de un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano, las tres veces.

Me acuerdo de un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.

Me acuerdo de un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los que compartí toda la temporada de pileta.

Me acuerdo de un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después

Me acuerdo de un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar durante esos meses los contenidos del año anterior

Me acuerdo de un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningún  día usamos calzado

Me acuerdo de un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó hasta ver lo chiquitas que éramos

Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”

Me acuerdo de un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.

Me acuerdo de un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el primer día de las vacaciones

Me acuerdo de un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.

Me acuerdo de un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la foto en la que estoy upa de Frutillitas

Me acuerdo de un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo, jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.

Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.

Me acuerdo de un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy asustada

Me acuerdo de un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser aplastada por un colectivo…. Tendría seis años

Me acuerdo de un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995

Me acuerdo de un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del mar

Me acuerdo de un verano que hice snorkel  a mar abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores

Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.

Me acuerdo de un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.

Me acuerdo de un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí, le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.

Me acuerdo de un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 11: Empezá con “me acuerdo de”


No entiendo el amor a primera vista



No lo entiendo, porque está muy lejos de mi experiencia personal.... que fue algo, màs o menos... así; 

Primera vista
Federación gremial de Comercio e Industria
Córdoba 1868 – Rosario – 2003 – Subsuelo

A minutos de empezar la reunión ordinaria de Rotaract Club Rosario a la que pensaba asistir como visitante. Entrando  a la oficina correspondiente, veo solo una persona; Fede.
Era aspirante a socio, y su poca antigüedad parecía ser el motivo de su puntualidad. Aprovechamos el tiempo hablando sobre la institución, mientras esperábamos al resto de los miembros del club.

Al final de la reunión (diez en punto de la noche) retomamos la charla y me pidió ayuda para la planificación de un proyecto. Definimos un encuentro de trabajo en mi casa para ese viernes, 9 de julio, aprovechando el feriado.

De eso se trató nuestro primer encuentro.
(2005) Tres años después empezaríamos una relación.
(2006) Un año después nos comprometimos
(2009) Tres años después nos casamos
así… seguimos…

Claramente, el amor a primera vista no es lo nuestro.

Esta semana, en uno de los encuentros juveniles de los que solíamos participar hace más de diez años.

No entiendo el amor a primera vista…. Y cada día se pone mejor.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 9: escribí acerca de la primera vez que viste a una persona de la que te enamoraste 



No entiendo mi obsesión por la agenda



Tengo un montón de obsesiones, y parece mentira que al tratar de enlistarlas no se me vengan a la mente. En una mini encuesta, consulté a mi marido que dijo que mis obsesiones son “combinar, el gato y estudiar” (esas tres?). Estoy convencida de que tiene razón, y que además, hay cientos que ya desarrollé o vendrán en lo sucesivo a hacerse letras en este espacio (no entiendo las obsesiones…. Pero hoy no me explayo al respecto)

Elegí una… Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes (incluso en enero, incluso cuando viajo, incluso mientras duermo…), me fascina anotar cosas para hacer, no confío en mi memoria, pero esto va más allá. Me gusta anotar y más me gusta tachar.

Las últimas tres

Mis agendas son medianas, tienen que entrar en todas las carteras, pero a la vez tener espacio para anotar muchas cosas; desde reuniones y exámenes, hasta ordenar el escritorio y ducharme. Todo lo anoto ahí, y no importa cuán urgente o prescindible sea, no importa cuántas veces tenga que trasladar los pendientes de una hojita a la otra. Películas que me recomiendan, tareas impostergables, turnos con médicos, almuerzos con amigos. Sin jerarquizar, va todo.   

Mis agendas son “semana a la vista”, tengo que poder dimensionar en esa frecuencia el paso del tiempo y poder contar páginas para saber cuántas semanas me separan de algún hito, cuando se termina el año, llegan las vacaciones o algún evento y poder acomodar mis rutinas a golpe de vista.

Mis agendas son descartables, a medida que pasan los días, arranco las hojas y al final del año, suelo guardar sus tapas, pero todo lo que pasó, primero bien tachado, después bien trozado (casi como un ritual) y al final, al cesto de papeles (aunque a veces se trasforman en grulla).

Mis agendas son espiraladas, para arrancar las hojas, darlas vuelta, manipularlas, pararlas como "carpitas", usarlas de portarretrato momentáneo (abriéndola en alguna foto), y para engancharles biromes

Mis agendas son habitadas, siempre tienen fotos, que se mudan de un año al otro, tienen frases, tienen listas de lugares  a los que viajar en el futuro, tienen stickers, tienen colores y dibujos, tienen sobres para guardar papelitos, tienen post-it por todas partes, tienen señaladores en muchas páginas y tienen una hojita para agendar proyectos para el año siguiente…

Mis agendas son mi refugio, en clases aburridas, en los momentos que no me acuerdo como sigue mi día, para hacer la lista del súper, o el borrador de un artículo, son parte de mi desde 1997, cuando recibí la primera (que seguramente integraría un eventual museo de las obsesiones). 

Sin embargo, tenerla no evita que llene sus hojas de tareas y guarde dentro de ellas listitas, papelitos y pequeños retacitos con más datos y cosas por hacer. Porque me gusta, me da seguridad y me obsesiona hacer nóminas de pendientes todo el tiempo, de todo tipo, con cualquier pretexto.



Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes. 

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 4: exponé una de tus obsesiones



No entiendo cuándo empieza el año



Nunca me gustó enero.... es un mes en el que no pasa nada.... No le tengo gran cariño.... es un mes de retorcida inactividad.


Febrero tiene potencial, pero no lo dejan.... hay gente con ganas de arrancar el año, y la vida comienza a calentar motores, pero tampoco pasa nada.
En marzo el ciclo lectivo empieza a marcar el pulso de la ciudad y mientras las familias se acomodan a los nuevos horarios, se va consolidando la bienaventurada rutina.


 Entre una cosa y la otra me pone de muy mal humor que hasta abril el mundo esté en piloto automático mientras la gente se sigue sacando vitel toné y garrapiñadas de entre los dientes.
Mayo y junio son meses bien plantados, pujantes, prometedores, hasta que julio le pone freno por un ratito y la gente cae en la cuenta de que medio año ya desapareció, entonces llegan agosto, septiembre y octubre, el trío de la superproducción, donde todo está por hacerse y el levantamiento de la temperatura se suma a esto para que sean meses intensos y geniales, llenos de todo. En el trabajo, en el estudio, en la familia, en los compromisos sociales, en las programaciones culturales y en las reuniones de amigos, en esos meses, todo tiene lugar y nos vamos cansando para empezar a pedir que se termine el año.


 Entonces llega noviembre con su cara de “paciencia que ya estamos” y llena de navidad las vidrieras con una increíble capacidad de hacer que estemos convencidos de que es la recta final, pero todavía quedan dos meses, que es ni más ni menos que un sexto del año!


Todos nos preocupamos mucho por saber cómo cerrar las puertas que fuimos abriendo y corremos desorientados a lo largo y a lo ancho del calendario hasta que diciembre nos recibe con su voz cansada para contarnos que ya es demasiado tarde para un montón de cosas. Los feriados se acomodan en este mes para confirmar que el que no se escondió, se embromó… todo lo que haya que hacer, tendrá que esperar, en todos lados la gente estará pensando en sus vacaciones, en bajar la persiana, en dar el portazo y toooooodo lo que no haya sucedido, problema del año que viene (que empezará otra vez… más o menos, cuando lo dejemos empezar.)



No entiendo cuándo empieza el año, pero estoy segura de que no lo dejamos emerger con facilidad.