Ciertamente, no soy de las personas que creen que tenemos un niño interior, creo que màs bien es un niño anterior y que lo vamos re configurando a medida que jugamos a otros juegos y con otros juguetes.
Entonces me puse a tratar de recordar aquellos "no entiendo" lejanos, aquellos que en mi anterior infancia no entendía...
Fueron tres los que más rápido llegaron a listarse, y los comparto, por si alguien quiere hacer el mismo ejercicio.... aquellas cositas que nos llamaban la atención, que despertaban nuestra curiosidad y nos llevaban a pensar el mundo, cuando estábamos recién llegados a él.
No entiendo retro
(cosas que no entendía
de chiquita)
De esta época de mi vida son estas preguntas
¿Porque la gallina tiene dos patas y el
pollo cuatro? (basado en que recordaba fotos de gallinas, y no tenia dudas de que tenían dos patas, pero como en casa
éramos cuatro y todos comiamos pata, el pollo debería tener cuatro)
¿Porque Berugo Carámbula empezó el
programa antes de que lleguemos del jardín? (siempre volvíamos del jardín y lo veíamos en la tele, pero un dia que nos quedamos charlando
en la puerta con otra mamà y cuando llegamos a casa, ¡ya había empezado el programa! sin que nosotros lo estuviéramos viendo...)
¿Porque cuando me hacia la muerta en la
vereda, Dios no me llevaba al cielo? (muchas veces lo quise engañar, me acostaba en la vereda, quieta, inmóvil, y ni respiraba... el objetivo era llegar al cielo, conocerlo y decirle que en verdad, yo estaba viva, que me deje bajar, que era turista allá arriba... y no funcionó)
Estamos muy acostumbrados a asociar esta palabra con la
suciedad, con algo que se manchó. Pero lo cierto es que una mancha es una zona
de un color diferente que generalmente se distingue del resto de la superficie
sobre la que se encuentra… los leopardos tienen manchas y nadie va a tratar de
lavarlos.
A mí me gusta buscar formas en las manchas, en las que se
limpian como las de pintura, pero no solo en las manchas que manchan; me
gusta encontrar formas en las manchas limpias, en esas que son como dibujitos
del mundo, arte espontaneo en lugares donde usualmente de tanto verlas no las
vemos, en las texturas y cicatrices de las cosas.
En las imperfecciones hay
formas… ahí me gusta buscar, o más que buscar; encontrar, descubrirlas en un
descuido, casi sin saber cómo las vi… porque así empecé a jugar este juego,
viendo cosas sin esperar verlas, pero sin poder dejar de hacerlo. Ahora si hay
momentos en que las busco, pero mucho más seguido, solo las encuentro.
Por todas partes están las manchas limpias y te invitan a
jugar. Ya una vez compartí un cuadro pintado por nubes. Las nubes son las
manchas limpias más variadas y cambiantes, hay que atraparlas en una foto, porque
no permanecen y nos dicen mucho sobre nuestro estado de ánimo…. Una tarde en
Nueva Zelanda vi pasar un kiwi por el cielo.
Es un kiwi!
Las manchas limpias que forma el humo son incluso más inestables
y no es posible fotografiarlas, hay que seguir el camino inverso y buscar
formas en las fotos del humo. En las burbujas también puede haber algún
reflejito, incluso en la espuma o en el fuego podemos hacer búsquedas.
También hay manchas limpias permanentes, donde las formas
son estables y podemos verlas varias veces. Hace muchísimos años, varias
civilizaciones en diferentes épocas y locaciones jugaron a encontrar formas
entre las estrellas; las constelaciones, una vez identificadas siguen ahí par
que las reencontremos. Igual que las geoformas, que se convierten en piedras o montañas con nombres de objetos que alguien creyó reconocer en ellos.
Cuando yo era más chica encontré un árbol en la pintura
descascarada del suelo de la bañera, cada vez que entraba a bañarme lo veía,
una vez identificado, fue imposible dejar de verlo; el tronco, la copa frondosa
y hasta un nido marcado en medio del follaje. Parece mentira que el resto de mi
familia no lo vea.
En esa misma casa, desde antes que nosotros viviéramos ahí, había
un ropero enorme y muy viejo, todas las noches, desde mi cama podía ver un
lobito entre las vetas de la madera y cada vez que vuelvo a esa casa sigo explicando a los demás habitantes cómo verlo.
Otra vez, trabajando en un lugar con piso de microcemento encontré
un leoncito,
Una tarde de fiebre que pasé tirada en el sillón de mi casa encontré
que la humedad había trazado un dinosaurios en la parte inflada de la pared y la cara de un lobo (si, otra vez veo lobos) en el faltante de pintura
Mi último hallazgo fue hace poco, cuando descubrí que
mi bebe tiene un delfín en la oreja.
Todavía me falta encontrar formas en un montón de manchas
limpias como grietas del asfalto, marcas de óxido, la corteza de los árboles,
la espalda de algún gato, las vetas del mármol… el mundo está lleno de mensajitos
secretos que esperan en silencio ser descubiertos para robarnos una sonrisita cómplice,
tesoritos sencillos para disfrutar la vida cotidiana.
No entiendo como no jugamos a buscar formas en las manchas
limpias
Además no se
junta con cualquiera, para producir sonido, solo acepta la E o la I.
En el idioma español, solo
funciona con dos de las cinco vocales y con la pretensión de ser ayudada por la
U... Claramente
es una letra que trabaja muy bien en equipo, pero carece de autonomía. También es
una letra preguntona, casi todas las palabras que se usan para preguntar la
necesitan.
Y así, como
no la entendía, me puse a jugar con ella… aquí van algunos resultados
(actividad válida para tardes de lluvia junto a la ventana)
La misma letra los invita a jugar este juego.. ¿Quien quiere? Quizás quieras...
La peluquera
en el parque quiebra croquetas con la raqueta chiquita y después se maquilla con
un líquido químico. En cada quincena, alquila un quincho al que va quebrantada y quejumbrosa, con su quirquincho, y allí quietamente queman la quena en una quijotesca hazaña que quienquiera puede
hacer quinientas veces.
¿Quebradizo?,
poco importa cuando la quebradora hace la quebradura así de quebrajosa que no te deja quebrantar, porque
evitar el quejido es una quijotería que
quiero querer en mi paquetería.
Los
mosquitos de la esquina hacen cosquillas e inquietaron al chiquillo quisquilloso
que quiebra galletas untando mantequilla hasta que alguno lo pique y lloriquee.
El arquitecto busca el parquímetro, quisiera que no aparquen allí, pero su hija
chiquita está inquieta y quejosamente quiere de esas croquetas
enmantequilladas.
¿Qué quiere
un esquimal en el bosque? Presenta el tiquet y se quita la tranquera, aparecen quilómetros
para esquiar, lejos de casa es su quincenal quitapesares. Pero un quebracho quemado
en medio de la esquiada le quiebra la quijada y el pequeño esquimal queda
quieto y quejilloso. En el quirófano querellante
se resuelve el quilométrico expediente de quebrantadora inquietud.
Un maniquí
vestido de etiqueta, otro pequeñín de cacique y quince de arlequín. Inquieto loquero maquillado en la pequeñez de
una quinta quimérica. Pequeña y maquillada Raquel muy quieta está cumpliendo
años; es la quintaesencia de la quimera.
Empezamos a
quemar panqueques con queso en La Quiaca. Hay un paquete de quesillo de Quito en
aquel anaquel y quilogramos de Quínoa de la Quebrada querida. En Neuquén se quejan
del quinto quiste que quiere quitar un quechua. Quedará quemada la quesería del querido quesero, un quintal de
quinielas quintuplica el quitamanchas…
de La Quiaca a Neuquén… un quiróptero pequeñito enloquece al querubín que saca
de quicio a su quejosa querendona y los quelonios a quemarropa quintuplicaron su
velocidad, olvidando la quietud. Todos quieren blanquear quince quejidos quejosos. Orquesta de quejidos. Mucha química; es un quilombo quincenal. Quinientos químicos en quimono quirúrgico
quebrajan el silencio. Todos por los panqueques de queso quemado por Roque.
¡Que letra especial!
Queda
quejarse de su insolencia y quererla como quizás quiere que quienes la quieran
puedan quererla.
Es jueves, y
mientras trato de concentrarme en mis pensamientos sentada en la mesa de una
heladería, se cuela la voz del chico de la caja relatándole un gol a otra
empleada con un nivel de retórica y detalle que más de un crítico de arte
envidiaría al momento de enunciar una obra.
A cada
cliente que entró le hizo un comentario deportivo. A cada niño que vió le
pregunto su preferencia futbolística. A cada uno de sus compañeros les hizo
chistes y les habló de apuestas y hasta se interesó por saber dónde, cómo y con
quien habían estado al momento del suceso. Todos le respondieron y todos hablan
del tema.
Es jueves,
el partido se jugó el domingo y era uno más del montón. Es jueves y él todavía
saborea cada segundo de aquel retacito del fin de semana. Es jueves y su
trabajo se reviste con la sonrisa que la contienda dominguera le dejo en los
labios. Es jueves y no me imagino su lunes, o esas horas de domingo en que su
vida tomó impulso.
Es lunes, el
diario pregona en su tapa los resultados del encuentro, analiza las jugadas,
cuestiona las actitudes, ensalza algunos apellidos y defenestra otros, comparte
fotos, señala anécdotas, es lunes y el diario se suma a la radio, la tele y las
redes sociales para seguir hablando de otro partido tan intrascendente como el
anterior y como el próximo. Es lunes y todas las secciones del diario son
pasadas por alto para llegar al suplemento deportivo, es lunes y todos los
medios de comunicación amontonan su relato de nuestra realidad para dar más
espacio al ritual futbolístico del domingo, la misa pagana, el místico
encuentro de feligreses embanderados bajo la ingrata pasión.
Es miércoles
y alguien en un bar cuenta orgulloso anécdotas de tiempos pasados vinculadas al
club de sus amores. “El día que nació mi hijo yo estaba en la cancha”, “Aquella
tarde me escapé de la escuela para ir a comprar las entradas del partido”, “Mi
viejo vendió la moto para que vayamos a alentar cuando jugamos de visitantes en
tal lado” y muchas que prefiero ni enunciar…está feliz de compartir en esos
párrafos la magnitud de su desmedido amor por un equipo de futbol, como le
enseñó su padre, como aprenderá su hijo. Lo exagerado de sus muestras de
fidelidad con la institución lo jerarquiza en la mesa y le concede la atención y
la admiración. Habla en primera persona del plural, ganamos, jugamos,
clasificamos…. Cualquiera diría que es jugador de algún equipo. Pero no. Es uno
más de los muchos que tributan a la causa.
Es martes,
si, martes en la ciudad y martes en el planeta del que ya no forma parte un
hincha que murió en el partido del fin de semana. Causas dudosas, muchas
versiones y otra familia destrozada después de un encuentro deportivo que no
pudo terminar en paz. Es martes en la vida de los que siguen vivos y en la casa
donde el domingo empezó a faltar un
padre, en la mesa donde empezó a faltar un hermano, en el barrio donde empezó a
faltar un amigo. Es en muchos lugares, otro martes. Y punto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol, porque si bien hay narraciones y canciones y libros
enteros que tratan de explicar esa pasión, me parece sobredimensionada y hasta
perversa. Porque gente que no tiene nada deja todo, porque los valores se
retuercen en nombre de un equipito de futbol.
Amar un
equipo de futbol, es un signo vacío (perdón-perdón a cientos de amigos); el
equipo de futbol cambia de jugadores, técnicos, personas, y lo que prevalece es
una combinación de colores, que no encuentra ninguna continuidad más que sus
fanáticos.
Son pasiones
hereditarias, y cientos de personas se llenan de orgullo al enunciar cosas
ilógicas que han hecho en nombre de su equipo.
Y para peor,
en mi país, en mi ciudad, este fanatismo lleva a la muerte.
Las
canciones de las tribunas incitan a la violencia, les suena natural decir que pueden dar la vida por esos colores, y es
cierto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol… pero somos pocos los que no entendemos… para la mayoría,
lo que no se entiende es que yo piense así.
Hola… aquí reportando desde el año 2017; creemos (no estamos
seguros) que el hombre llego a la luna, nos comunicamos de manera inalámbrica a
lo largo y ancho del globo terráqueo, podemos sobrevivir a cientos de
enfermedades otrora calificadas de letales peeeeeero, queridos compañeros de la
especie humana, todavía nos parece que nuestro futuro y sus peripecias se pueden basar en que un felinito
de color oscuro se cruce en nuestro paso.
Ah, sí! En los tiempos que corren y con los avances de la
ciencia tradicional, las ciencias paralelas y las miles de revelaciones de todo
tipo que nos circunvalan, siguen existiendo seres humanos que están dispuestos
a responsabilizar a los gatos negros de la mala suerte de uno o más días.
Genial. Estamos listos.
Mala suerte, ya que exista tal cosa es raro, pero asociarla
a un pobre gato que no tiene ni la menor idea de cómo hacer para abrir una
puerta, y mucho menos aún para arruinar tu vida (que, por cierto, seguramente
le interesa bastante poco), es impresionante.
Parece que todavía pesan los argumentos de la Iglesia Católica
en la Edad Media (por los que la mismisima iglesia ya se disculpó… y admitió su error),
cuando en la inquisición de finales del siglo XII se combatió la herejía y la
brujería. Fue en aquella época que se empezó a considerar al gato como un
animal sospechoso de confabular contra las autoridades y su imagen comenzó a
ser relacionada a la brujería y la maldad. A partir de estas falsas creencias
aparecieron muchas leyendas en las que se intentaba hacer creer que los gatos
eran, en realidad, brujas camufladas. El color negro, además, ha sido un color
que en muchas culturas se ha vinculado a lo misterioso, lo oculto, el lado
oscuro… Por ello, en seguida esta relación de temor a los gatos se vinculó
especialmente a los gatos negros.
La ciencia por su parte, no ayuda a desmitificar; un grupo
de científicos le puso fichas en contra a los gatos negros, porque dicen haber descubierto que producen más
cantidad de una sustancia en su piel, su saliva y sus glándulas sebáceas (la
proteína fel d1), que causa los síntomas de la alergia y provocan más estornudos
y problemas respiratorios a los pacientes con alergia que los gatos de color
claro.
Crease o no, el mundo sigue girando y los gatos negros aun
preocupan a los moradores de este incomprensible planeta.
No entiendo la gilada de discriminar al gato negro…
realmente no me cabe en la cabeza.
La miré durante semanas anidar en una de las macetas del
patio. Ordenar hojitas, sobrevolar la zona, preparar todo y poner sus huevos.
Cuidarlos, calentarlos, cantarles, turnarse con el palomo para alimentarse.
Soportar el sol, permanecer bajo la lluvia, resistir el viento. Y un día bajo
sus plumas, apareció un pichón. Ya se veía grande, ya llevaba tiempo de nacido,
pero solo entonces pude verlo asomarse del nido.
Quise ser ovípara.
Esa paloma y todos los ovíparos del mundo, es sus múltiples
formatos y de las más variadas especies, hacen un terrible esfuerzo físico para
poner el huevo, pero también pasan el tiempo de esperar la eclosión recuperándose
y reciben al nuevo miembro con una madre en óptimas condiciones de oficiar de
madre.
Las personas no. El día que llega al mundo nuestro bebé,
estamos terriblemente castigados por el parto (en cualquiera de sus variantes);
con cansancio, dolores, secuelas y falta de energía. Esa es la primera imagen
que nuestros chiquitos tienen al nacer… una mami destruida, anestesiada y exhausta.
Pasé casi un mes mirando desde mi sillón y por arriba de mi
panza de futura mamá, como esta paloma hacia su incursión en la maternidad… y
solo puedo concluir que me encantaría haber nacido ovípara.
De todas formas, la explicación es absolutamente bíblica;
"A la mujer dijo: En gran
manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y
con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti".Génesis 3:16
Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de
corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas
que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común,
una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta
escribir sobre nada de eso.
El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la
familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se
aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas.
Estamos con los
pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad
terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en
octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares,
es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares
del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a
esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.
¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo
entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes
de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era
cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén. Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los
primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de
Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad
cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de
Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino
adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y
las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El
árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol
nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que
giran en torno al arbolito. De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.
Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta
fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y
conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.
Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier
motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son
tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel.
No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo. Lo único valido es el buen deseo.
No me gustan los ángulos, las rectas, lo derecho. Tampoco me
gusta el ideal de perfección que persiguen. Pero fundamentalmente, me abruma su
connotación de agresividad.
Viviría en un mundo redondo, ovalado, acolchonado, donde las
puntas nunca sean puntudas, ni pinchudas, ni aristosas. Donde los bordes no
estén muy definidos, porque las definiciones son siempre mentirosas y las
líneas rectas no se sentirían cómodas y dejarían de existir, ocupando un lugar
en la mitología cunado algún nostálgico las recupere evocativamente.
Geometría blandita, formas imperfectas, perfectamente
imperfectas. Ennubesitada geometría de las curvas que conservaron el anonimato
cuando todas las figuras con lados y ángulos recibieron su nombre; porque todas
las figuras con lados rectos tienen ángulos y tienen nombre. Están rotuladas y encasilladas. Las
formas curvas, no. Se escaparon del afán clasificatorio y del dominio del
lenguaje, se filtraron de los estándares y se pusieron a bailar.
Coreografía de curvas, sintonía de bucles y vueltas, girando
o cayendo torpemente, saltando o solo quietas, pero con la rotunda sensación de
movimiento que contagia su presencia.
Las formas erráticas, las formas deformes en toda su contradicción.
Esas quiero.
Nunca entendí los días de la semana, ni de donde salen, ni
quien los inventó, ni porque son siete…. No sé... nunca los entendí. No entendía
que se llamen como planetas, porque no me cerraba el número de planetas con la cantidad
de días ni con la inclusión de otros astros, tampoco veo lógica la proporción
de trabajar cinco y descansar dos, no sé de donde sale, y porque todos
trabajamos y descansamos los mismos.
Nunca entendí nada de eso, o no entiendo desde cuándo y porque quedó así
establecido… pero estoy subida a esta rueda y rodeada de gente que naturaliza
la existencia de estos nombres que hablan de los días.
Entonces, la curiosidad me llevo a leer un poquito de
historia, y lo cierto es que nombramos a los días de la semana desde hace mucho
tiempo (muchísimo, tal vez). La palabra semana, incluso, hace alusión al número siete y parece que
no es tan arbitrario. La humanidad descubrió el ciclo solar y midió el tiempo
en cantidad de primaveras, más tarde delimitó las cuatro estaciones y por ahí
descubrió las fases de la luna; llena, menguante, nueva y creciente, que resulta
que duran aproximadamente siete días. Ok, de ahí sale el formato de semana de
siete días, aunque varias religiones definen el origen de la semana como el
tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en
ellos (Génesis 1:1 - 2:4).
El origen de los nombres, por su parte, tiene que ver con lo
que del cielo veían aquellos; el Sol, la Luna, y los cinco planetas que pueden
verse a simple vista: Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno (podemos ver
etimologías interesantes en los distintos idiomas que cambian la evocación de
deidades grecorromanas por germánicas o toman bíblicamente vocablos hebreos).
Sin embargo, estos ciclos lunares no coinciden estrictamente con los siete días, y el inicio de la semana se relaciona con una convención internacional (si, si… para eso si el planeta se pone de acuerdo)
desde 1988, mediante la norma ISO 8601, se indica el orden de los días de la
semana. Esta norma establece que la semana comienza el lunes y finaliza el
domingo, siendo la reglamentación que se sigue en la inmensa mayoría de los países del
mundo (aunque algunos prefieren comenzar el domingo).
¿Para qué nombramos los días? ¿Y les ponemos número? ¿Y los
agrupamos en meses? Qué necesidad de andar clasificándolo todo. Entonces me di cuenta de que por alguna
extraña razón había cosas que le quedaban muy bien a algunos días y no muy bien
a otros. Por una razón no tan extraña, porque en el fondo, todos estigmatizamos
a los días de la semana y les hacemos cumplir nuestros presagios, como a los
meses del año, como a las nomenclaturas del horóscopo…. Y así… le hacemos cargo
a los miércoles de estar en el medio y a los domingos a la noche los culpamos
de la tristeza y a los lunes los llenamos de energía mal querida por el inicio
de la rutina y vamos por el mundo preguntando quien es de Aries o de Libra,
para achacarle estereotipos que alguien trazó culpando a las estrellas… entonces
es pura casualidad… o no… que se yo.
Me gusta viajar, me gusta recibir extranjeros y me gusta
probar cosas nuevas.
Hace un par de años, desarrollé una mini adicción por una
golosina mexicana (hay muchas que me gustan, pero esta es especial por lo
simple) y no entiendo de que se trata.
Lo primero que se hace difícil de entender es que en este
país, le llamen “dulces” a sus golosinas que son curiosamente todo, menos
dulces.
Se llama Miguelito y según su web oficial nace entre 1973 y
1974 cuando “Valente crea "Chamoy Miguelito Polvo Enchilado y de
Sabores", gozando inmediatamente de gran popularidad. Cabe resaltar que
éstos fueron envasados en la primera máquina para polvo diseñada por el propio
Valente.”
¿Qué es un Miguelito?, ni más ni menos que como dice su
pequeño sobrecito “azúcar salada, enchilada y acidulada”
¿Alguien entiende que es el azúcar salada? ¿acaso no suena
absolutamente contradictorio?
Me parece que el secreto está en dejar de hacerle tantas
preguntas, cortar una esquinita del sobre y permitir que el tradicional,
original y orgulloso sabor mexicano haga fuegos artificiales contra el paladar.
El Miguelito tiene un gusto picantón, salado, dulce y acido
que nadie sabe de qué se trata, pero enamora y fanatiza; Fiesta de sabores que
sorprenden, pero no disgustan. Desorientan por la multiplicidad de sensaciones
cuando la arenilla se desparrama por la boca haciendo gala de ese variado
espectro.
No hay mexicano que cruce la frontera sin su provisión de Miguelitos,
o que no los nombre con el brillito en los ojos de quien evoca a un ser
querido.
Hay algunos bichitos sobre los cuales el consenso general
resuelve hacer mala cara. Por alguna razón, los anfibios son los favoritos para
el bulling zoológico.
Yo no lo entiendo. Me resulta fascinante el aspecto irreal y
mitológico de sus pieles duras con texturas de hace miles de años.
Pienso en la magia de la metamorfosis que implica su proceso
reproductivo, imagino lo que sienten mientras sus cuerpos atraviesan las
diversas etapas de la fecundación externa para alcanzar el estado adulto.
No entiendo dónde o como nació el mal marketing de los
sapos. Los miro comer bichitos con la
velocidad invisible de sus lenguas.
Los miro saltar pesadamente y
caminar con torpeza inexplicable.
Los miro a los ojos amarillos de pupilas
verticales igualitas a las de tantos seres prehistóricos (me tomo un recreo
mental para pensar quien habrá inventado la forma de las pupilas de los
dinosaurios, si es imposible que haya restos materiales o relatos orales al
respecto).
Miro sus parpados, veo tres: el transparente, el de arriba y el de
abajo (si, los anfibios tienen esa cosa mágica de vivir en la tierra y en el
agua… y vienen perfectamente equipados para estas funciones)
No sé cómo todavía nadie los quiere, si tantos bichitos
menos estéticos han logrado una pizca de reconocimiento, no sé cómo este anuro
popular no logra llegar a los corazones. Habría que hacer una campaña para
mejorar la imagen pública de este animalito noble y discriminado que es el
sapo.
Mitos y leyendas han desprestigiado desde tiempos
inmemoriales a este ser y la falta de información ha hecho que estas criaturas
padezcan un rechazo injusto e inmerecido.
Dar a conocer las virtudes y atributos de los sapos,
contagiar afición a observar los misteriosos dibujos que tienen tatuados en la
piel y popularizar de su rol ecológico y su belleza natural, quizás sea el camino para iniciar el camino al entendimiento (?) de la belleza de los sapos.
No entiendo cómo hacer que los sapos ganen el rinconcito que
se merecen en nuestros corazones.
¿Como saber que hay una realidad exterior a nuestras percepciones? ¿Como pensar un mundo preexistente a nuestra experiencia de él? ¿Como entender los matices que la subjetividad le imprime a todo?
Asumir la imposibilidad de objetividad es desafiar toda intensión de certeza, es animarnos a habitar la incertidumbre y coexistir desde ahí.
¿De qué color es una burbuja?
Todo depende de cómo refleje y refracte la luz
Así nuestro mundo iridiscente. El ángulo de observación es el que crea los colores de la vida. Inquietos arcoíris bailando para pintar confusión y que la producción de sentido sea tan múltiple como los perceptores que la interpelan
Iridiscente cosmos de dimensiones múltiples. Curiosos indicios, piezas raras para crear. Divertido eclipse de verdades que nos atraviesan y nos enojan mientras nos invitan a jugar.
Mundo iridiscente, burbuja mística inevitable que nos hace creer que nos rodea, cuando claramente nos habita. Mundo de apariencia externa que solo aparece desde nuestro interior.
Iridiscencias policromáticas en la polisemia de nuestra cotidianidad. Lo dado y lo construido, enigmas de la eternidad.
Cada vez es más fácil entender el silencio de la caída de una rama de árbol en el bosque en soledad.
No entiendo de que color son las burbujas... capaz que del color de la realidad.
No entiendo a las palomas, me parecen seres especiales.
Las miro caminar con su aspecto de señor gordito paseando
con las manos en la espalda, miro sus pasitos cortos y ligeros, sus caminares
errantes y zigzagueantes. Me pregunto dónde van cuando no parecen ir a ningún
lugar.
Palomas de Rosario
Las miro tratando de individualizarlas y me fuerzo a inventar
sus conversaciones. Me entretiene compartirles galletitas en todos los países
que me las encuentro; no hay itinerario de vacaciones que prescinda de su
ratito para jugar con las palomas. Me maravilla la universalidad de la especie,
la posibilidad de encontrarlas en casi todas las ciudades. Leí que están en
todas partes, excepto la Antártida y el Ártico. Tiene que haber un motivo supra
humano para que eso sea así.
Palomas de Auckland
Me atraen, me hipnotizan, me maravillan. Son bichos simples.
Puedo pasar horas mirando por mi ventana como entran y salen de la enredadera y
parecen desaparecer dentro de la pared. Disfruto de verlas interactuar en la
plaza, jugar con los chicos, prestar oídos a los viejos y ser ignoradas por un montón
de gente. Las palomas son de los pocos animales que han logrado adaptarse
exitosamente al entorno urbano. Eso habla muy bien de ellas, bah, de su
capacidad de resiliencia. Hay que ser muy buena onda para adecuarte a la nueva
silueta de un espacio que ya era tuyo y lo invadieron entre miles para
cambiarle por completo la esencia.
Palomas de Arequipa
Me preocupa saber que piensan cuando se detienen estáticas
en el medio de un espacio vacío, y me intriga saber que sienten, que sueñan,
que creen de nosotros. Me gustan las
palomas, aunque no entiendo su rutina ni sus miradas, ni la forma en la que
trazan sus itinerarios, me gusta la forma en la que hablan de paz de los remotos tiempos de Noé y lo que representan cuando se las libera masivamente (detesto
cuanto entristece verlas confinadas a una jaula). Me devuelven la sonrisa, me
sacan de la rutina, me regalan el presente.
Palomas de Santiago de Chile
Me pone nostálgica pensar en que fueron uno de los primeros
medios de comunicación, imagino historias de amor y destinos de guerra
enroscados en sus patas, con la esperanza de quien las envía al cielo anudada
en el gran sentido de la orientación que esta especie supone.
No soy estrictamente colombófila, pero no entiendo a la
gente que no las quiere.
No entiendo a la primavera. No entiendo como no se queda,
como se hace extrañar, como nos invita a redescubrir. No entiendo cómo logra
que hasta los más apurados sonrían delante de una flor, como sucede que nos
enamoramos de las enredaderas que se habían pelado hace meses y de los
arbolitos callejeros que parecían huesudos y espectrales apenas unas semanas
atrás. No entiendo como la primavera de manera despiadada nos hace extrañarla
para reaparecer petulante y presumida rondando el 21 de septiembre en este lado
del mundo.
No entiendo como de las ramas brotan hojas, como de los
pimpollos empiezan las flores, como cantan los pajaritos, como mutan los insectos… no entiendo como pasa
y la mejor explicación que encuentro son las hadas haciendo magia por las
madrugaditas para que todo eso aparezca así, de la nada, así, dejándonos a
todos extasiados; es de un nivel de perfección que solo la mitología puede explicar.
Nadie entiende la primavera, que aparece solita y justo
cuando estábamos distraídos. Que nos saca suspiros y nos reconcilia con lo sencillo y simple. La primavera nos encanta como en
los cuentos contados por abuelas, como en las canciones de la seño del jardín y
como las voces de la infancia en la que por primera vez descubrimos al bicho bolita, a la vaquita de san Antonio o la mariposa monarca. Cada vez que
aparecen, es un nuevo milagro que nos roba el aliento.
De nada sirve entender a la primavera, a sus perfumes y sus
regalos, a sus pausas y sus recuerdos. Nos trae la niñez bien vivida y nos
invita a la calle. Rompe el letargo del frio y nos saca de la madriguera. Quiebra
la rutina de lo inevitable para armarnos la agenda de lo deseable, lo
disfrutable y lo real. En el afuera, donde está la vida, lejos del sillón y de
la tele, cerca de la picadura de bicho y del yuyito que pincha cuando nos
sentamos en él. Lejos del artificio urbano y entretejido con la verdad de lo
que somos y a donde pertenecemos.
Te esperaba que llegaras, te esperaba primavera. Y lo mejor
es cuando no te espero, y venís caminando despacito a sorprenderme en un
rincón, de mi patio, de la plaza, del mundo. La sorpresa de que la vida da la
vuelta y los ciclos están para dejarse maravillar.