¿Cómo sabemos
que un bebé dejó de serlo? ¿Hasta cuándo un bebé es bebé? ¿Cuándo la cría de
sapiens pasa a ser un niño?
Algunas culturas
tienen rituales de pasaje, que marcan el cierre de un periodo en cada uno de
los individuos que completan el rito. Aunque todavía tampoco este claro el paso
de niño a adolescente o de adolescente a adulto (y que decir de adulto a viejo),
hoy me preocupa saber cuándo se considera que un bebé cerró esa etapa y egresó
a ser un niño.
¿Será que el
día que da su primer paso logró el
cambio de categoría? ¿Acaso cuando deja de ser lactante y se independiza definitivamente
del cuerpo de su mamá? ¿Cuándo come solo?
¿Cuándo consideramos
que ya sabe hablar? Del primer balbuceo al tratado de lingüística, ¿en qué
punto y quien decide que alguien ya sabe hablar? ¿Terminamos de aprender a hablar
en algún momento?
¿Se deja de
ser bebe cuando se abandona el uso de pañales? Esos accesorios casi universales
son el icono mismo de la bebesidad… ¿Cuándo el bebé va al baño solo, ya es un
niño?
¿Se hace
niño cuando duerme de corrido toda la noche? ¿O cuando empieza a dormir en su
camita? ¿Cuándo empieza el jardín (independientemente de su edad biológica)?
El bebé se
vuelve niño en muchos lugares cuando se establece que debe pagar entrada,
pasaje o boleto, cuando económicamente se lo ve como sujeto de disfrute de eso
que se cobra.
¿Hasta cuándo
debe una madre lavarle la ropa con jabón neutro? Si va al pediatra hasta los 18
años, y a esa edad ya es un sujeto que puede votar, en pocos años tendrá trabajo,
se irá de casa, tendrá sus hijos y dejará de ser deambulador para que nunca
hayamos sabido cuando dejó de ser bebé.
No entiendo
hasta cuando, y hay muchos grises en cada cambio de etapa…. Sera cuestión de
explicarle que siempre va a ser el bebé de mamá.
Ciertamente, no soy de las personas que creen que tenemos un niño interior, creo que màs bien es un niño anterior y que lo vamos re configurando a medida que jugamos a otros juegos y con otros juguetes.
Entonces me puse a tratar de recordar aquellos "no entiendo" lejanos, aquellos que en mi anterior infancia no entendía...
Fueron tres los que más rápido llegaron a listarse, y los comparto, por si alguien quiere hacer el mismo ejercicio.... aquellas cositas que nos llamaban la atención, que despertaban nuestra curiosidad y nos llevaban a pensar el mundo, cuando estábamos recién llegados a él.
No entiendo retro
(cosas que no entendía
de chiquita)
De esta época de mi vida son estas preguntas
¿Porque la gallina tiene dos patas y el
pollo cuatro? (basado en que recordaba fotos de gallinas, y no tenia dudas de que tenían dos patas, pero como en casa
éramos cuatro y todos comiamos pata, el pollo debería tener cuatro)
¿Porque Berugo Carámbula empezó el
programa antes de que lleguemos del jardín? (siempre volvíamos del jardín y lo veíamos en la tele, pero un dia que nos quedamos charlando
en la puerta con otra mamà y cuando llegamos a casa, ¡ya había empezado el programa! sin que nosotros lo estuviéramos viendo...)
¿Porque cuando me hacia la muerta en la
vereda, Dios no me llevaba al cielo? (muchas veces lo quise engañar, me acostaba en la vereda, quieta, inmóvil, y ni respiraba... el objetivo era llegar al cielo, conocerlo y decirle que en verdad, yo estaba viva, que me deje bajar, que era turista allá arriba... y no funcionó)
Algún día del año pasado me puse a escribir un cuentito sobre mamás... que en esta fecha, tiene sentido compartir. Porque de maternar y buscar, hay muchas formas.
Madres que buscan
Y un día me puse en sus zapatos, o en sus pañuelos. Me vi
espejada en la desoladora búsqueda de un hijo que no sabemos si algún día va a
aparecer, que no sabemos si estamos buscando bien, que no sabemos dónde puede
estar.
Un día me sentí como todas esas madres que buscan
insaciables ese amor que tienen a la maternidad, a la familia, al lazo de
sangre, a la transferencia de ADN. Las vi mirándome, me vi mirándolas, me descubrí
siéndolas.
Un día, entre tantos otros días, me compare con lo
incomparable y no me dio culpa. Me sentí como ellas, aunque nada que ver. Vi mi
lucha espejada en una de las más tristes luchas que alguien puede imaginarse
jamás.
Sé que no es correcta la metáfora, entiendo que no se puede
medir con la misma reglita, pero en mi angustia, pensé en la de ellas. Y
bastante poco me importa que se pueda decir que es una mezcla, un pastiche, una
sobre interpretación. No le pedí opinión a nadie. Ni opinión, ni ayuda, ni
contención, ni lastima. A nadie. Somos dos que te buscamos entre las sabanas, y
sabemos que quizás, ahí no estés. Somos dos que te buscamos en el dormitorio de
casa, cuando tal vez estés en la casa de otro, en algún espacio judicial frío,
en el seno de una familia sin amor. En el vientre de alguien que maldice
portarte. Pero con tu papa te buscamos casi como un ritual entre las sabanas de
nuestra cama, casi como una tarea más de la agenda con la que hay que cumplir
en las fechas que grita el almanaque más que la emoción. Y no sabemos si la
lucha tiene sentido, y no sabemos si es egoísta y narcisista. Y no sabemos si
te vamos a encontrar. Pero te buscamos. Y como el tiempo pasa, hay cosas que
van cambiando de color, hay matices en la mirada, hay palabras elegidas para no
dañar, y hay soledades elegidas porque la lastima no es nuestro juego.
Y como ellas buscan a sus hijos, nosotros buscamos el
nuestro. Los motivos son muy distintos, pero la desazón puede llegar a ser
comparable. Ellas tienen fotos, nosotros tenemos estudios, y pastillas. Ellas
tienen pañuelos, nosotros tenemos espermogramas y ecografías. Ellas tienen
valentía, nosotros una cobardía inmensa que nos da vergüenza admitir.
Ellas son madres, nosotros no. Pero es comparable.
No entiendo la angustia de buscar un hijo... no existen palabras para explicarla.
Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de
corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas
que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común,
una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta
escribir sobre nada de eso.
El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la
familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se
aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas.
Estamos con los
pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad
terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en
octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares,
es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares
del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a
esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.
¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo
entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes
de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era
cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén. Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los
primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de
Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad
cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de
Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino
adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y
las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El
árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol
nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que
giran en torno al arbolito. De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.
Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta
fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y
conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.
Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier
motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son
tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel.
No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo. Lo único valido es el buen deseo.
Hoy no entiendo como no somos más
solidarios y pienso en lo que amé el transporte público de Perú…. No el
turístico, sino el local, el que lleva chicos a la escuela y lleva doñas al
mercado, el que es una combi compacta que se llena de gente con muchos bolsos.
En ese transporte público, la
solidaridad hace que todo el pasaje se involucre en lograr que el espacio se
potencie. Es la corporeización de la palabra “cooperación”.
Apenas subís, alguien te indica donde
sentarte, otro te tiene de la mano para que no te caigas por el movimiento,
alguno pone tu bolso bajo las piernas de alguien o sobre la falda de
cualquiera. Así, llegas a hacerte parte de la masa compacta que constituye el
pasaje, lo más cómodo que se pueda. Dentro de lo prensado que se viaja, todos
te sonríen, todos somos compañeros de viaje. Alguno se baja, saluda. Otro hace
una pregunta, varios ríen. Casi todos quieren saber porque no sos de ahí, a
donde vas, como te pueden ayudar a llegar a tu destino.
En un punto del recorrido, sube una mujer con dos
chicos y varios bolsos. Le alcanza un bolso enorme con verduras a un fulano con
total naturalidad, se acomoda en un asiento y ubica uno de los niños sobre
ella, el otro chico es agarrado de la cintura por un pasajero que
en su falda lleva el bolso de la señora y lo deposita con total naturalidad
sobre mis piernas. El niño ni lo nota. La coreografía no ensayada fluye con
tanta naturalidad, que sonrío, trato de jugar con él y pienso…. ¿Cómo no
amar el transporte público?
Viajar en estos medios compartidos es lo
que más nos hermana dentro de la despersonalización de las grandes ciudades. Ser
comunidad, ser en relación con otros seres, y celebrar que todavía pasa, aunque
no sea en todas partes.
Cuando en mi ciudad veo gente parada en
el pasillo del transporte público, bastante más amplio y cómodo que aquel de
Perú, y veo niños pequeños ocupando asientos completos, siento que nos falta
aprender de aquellas combis peruanas que nos invitan a hacernos familia para
aprovechar el espacio disponible.
Nuestro lenguaje es dueño de una riqueza de la que hacemos caso omiso.
Usamos muy pocas de las muchísimas palabras de nuestro léxico y
desconocemos incuso el significado de otras que si usamos, pero mal.
En esta sección le regalamos cuentitos a las palabras cargadas de
sentido y nos permitimos amar lo necesarias que resultan. Quizás con un poquito
de esfuerzo podamos sacar de adentro del diccionario algunas de las muchas
combinaciones silábicas que no entiendo cómo nos olvidamos ahí.
Se levantó
sigiloso en medio de la noche y abandonó la cama que compartían tratando de no
despertarla.
Bajó las
escaleras a oscuras y con la claridad que se filtraba por la ventana escrudiñó
los lomos de sus libros hasta encontrar el diccionario.
Revisó las
primeras páginas y encontró la definición que buscaba
“luz
sonrosada que aparece en el oriente inmediatamente antes de la salida del sol”
Sonrió satisfecho
y volvió a la cama.
Horas más
tarde ambos desayunaban en la cocina. Ella hablaba sobre las cortinas para el dormitorio
o el suavizante para ropa que tenía previsto comprar. Él la miraba circular por
la cocina con la cabeza llena de ideas y los ojos rebalsados de ilusiones.
Ambos compartían
largas horas tratando de poner en palabras sus proyectos, pero había una
palabra en la que aún no habían logrado coincidir.
Ella descubrió su silencio y
le sostuvo la mirada. Él le devolvió una sonrisa tímida y movió la cabeza hacia
los lados. El silencio
se prolongó algunos segundos más, hasta que el decidió arriesgar una respuesta.
“Tengo el
nombre”, le dijo sonriendo, pero con tono serio. Ella lo miro sin muchas
expectativas. “Se llama Aurora”, dijo él. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas
y tomando su panza de siete meses con ambas manos se acercó a su marido sin disimular
la emoción. “Es verdad”, dijo ella, “se llama Aurora”.
No entiendo a la primavera. No entiendo como no se queda,
como se hace extrañar, como nos invita a redescubrir. No entiendo cómo logra
que hasta los más apurados sonrían delante de una flor, como sucede que nos
enamoramos de las enredaderas que se habían pelado hace meses y de los
arbolitos callejeros que parecían huesudos y espectrales apenas unas semanas
atrás. No entiendo como la primavera de manera despiadada nos hace extrañarla
para reaparecer petulante y presumida rondando el 21 de septiembre en este lado
del mundo.
No entiendo como de las ramas brotan hojas, como de los
pimpollos empiezan las flores, como cantan los pajaritos, como mutan los insectos… no entiendo como pasa
y la mejor explicación que encuentro son las hadas haciendo magia por las
madrugaditas para que todo eso aparezca así, de la nada, así, dejándonos a
todos extasiados; es de un nivel de perfección que solo la mitología puede explicar.
Nadie entiende la primavera, que aparece solita y justo
cuando estábamos distraídos. Que nos saca suspiros y nos reconcilia con lo sencillo y simple. La primavera nos encanta como en
los cuentos contados por abuelas, como en las canciones de la seño del jardín y
como las voces de la infancia en la que por primera vez descubrimos al bicho bolita, a la vaquita de san Antonio o la mariposa monarca. Cada vez que
aparecen, es un nuevo milagro que nos roba el aliento.
De nada sirve entender a la primavera, a sus perfumes y sus
regalos, a sus pausas y sus recuerdos. Nos trae la niñez bien vivida y nos
invita a la calle. Rompe el letargo del frio y nos saca de la madriguera. Quiebra
la rutina de lo inevitable para armarnos la agenda de lo deseable, lo
disfrutable y lo real. En el afuera, donde está la vida, lejos del sillón y de
la tele, cerca de la picadura de bicho y del yuyito que pincha cuando nos
sentamos en él. Lejos del artificio urbano y entretejido con la verdad de lo
que somos y a donde pertenecemos.
Te esperaba que llegaras, te esperaba primavera. Y lo mejor
es cuando no te espero, y venís caminando despacito a sorprenderme en un
rincón, de mi patio, de la plaza, del mundo. La sorpresa de que la vida da la
vuelta y los ciclos están para dejarse maravillar.
El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de
avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta
vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.
Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad
académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y
encarar la segunda mitad. Felices de ellos.
Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que
abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia
gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen
cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo.
La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les
ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y
las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto
termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa”
y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos
semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en
las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina
no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un
deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es
otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.
Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones
felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos
otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que
es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.
Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos
de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio
tiene cara de preocupado y le mandamos
una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose
para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre
julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo
miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a
saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún
momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo
adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas,
estufa y gato.
Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de
jornada, una campana que suena a alerta
y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para
mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos,
sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la
gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo
de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y
que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la
bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio
a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito y enfriarnos la nariz. Para eso está
escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la
magia.
No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la
terrible importancia de revelarlo.
En el fondo,
la verdadera preocupación que tenemos,
son las próximas generaciones.
Y si… los chicos como presente y como futuro son
la joyita más preciada que cada especie tiene para garantizar su continuidad,
pero nos resulta muy complicado; los chicos vienen violentos y conflictivos,
inexplicablemente.
Hay montones
de cosas en relación a la crianza de niños que me generan dudas, muchas cosas
de esas que no entiendo… pero una de las que más me preocupa es que como
sociedad, hemos descubierto hace mucho tiempo que los chicos aprenden jugando,
y para desarrollar habilidades de socialización y aprender a hacer distintas
operaciones lógicas, aparecieron los Jardines de Infantes (esos que se
metaforizan con el prado lleno de margaritas a regar para que crezcan sanas y
derechitas).
Como
aprenden tan fácil y tan rápido, nos dimos cuenta que las canciones le suman
pregnancia. Los chicos disfrutan las canciones y las repiten con facilidad
abrumadora…. Sin embargo no somos muy estratégicos con lo que les hacemos
repetir.
No sé hasta
cuando repetiremos que Sana sana colita de rana… si las ranas no tienen cola.
No me causa
gracia admitir que si Mambrú se fue a la guerra no sé cuándo vendrá
No quiero
que alguien me diga “Yo quería una de sus hijas, Mantantiru-Liru-Lá”
No quiero
que Manuelita viaje hasta Paris sólo para ponerse linda para un tortugo
No estoy de
acuerdo con la amenaza de la mamá de Trompita con hacerle chas chas en la
colita.
No tengo
ganas de que los chicos y sus permeables cabezas repitan estas estrofas
robotizados. Porque podrían repetir otras cosas, mas poéticas, más profundas o
más superficiales, pero más interesantes, y para ellos sería igual de divertido,
sin ser taaaan hueco. ¿no?
Seguimos destacando pedacitos de la vida cotidiana de algunos países asiáticos. En este caso, en Camboya, una propuesta para entretenimiento que funcionaba en la planta alta de un shopping con casi ningún local en actividad. Al subir la escalera mecánica, te recibe un grupo de figuras de cuatro patas; animales y personajes como Mickey y Kitty de estructura cuadrada con ruedas al final de sus patas, luces en sus rostros y extremidades, globos en la parte posterior y una diabólica musiquita que se acciona cuando alguien lo monta.
La primera vez que los vi, pensé que eran un emprendimiento infortunado sin éxito aparente, pero en una visita posterior, encontré a los animalejos merodeando entre los tobillos de la gente de manera preocupante y sobre ellos, viajaban niños a los que los padres ametrallaban con flashes desde diferentes dispositivos e incluso niños que montaban estos artefactos en compañía de sus entusiastas padres que no perdían ocasión de gatillar una selfie. Mientras tanto, en el aire, las canciones de cada bicho en movimiento se mezclaban y superponían como en una pesadilla dadaista.
Selfie!
Cuidado con el tránsito
¿No está grande como para pilotear ese gato sola?
No entiendo estos extraños juegos para niños, peeeero... si no es bizarro, no es Asia.
Si tuviera que escribir un libro (y es casi un hecho que algún día lo
voy a hacer), seguramente sería un libro infantil. Me parece maravilloso poder
compartir lecturas con los chicos y armar historias para que ellos las escuchen
con la concentración que sus caras expresan. Sin embargo, estoy convencida de
que los chicos tienen mucha necesidad de hablar de cosas feas, de cosas tristes
y de escucharlas para desdramatizar, o al menos para saber que existen o que no
les pasan a ellos solos. Me encanta escribir cuentos infantiles, pero cuando
los cuentos son tristes, y en muchos de ellos (no en la mayoría, pero en
muchos), la melancolía, la pena y la tragedia se cuelan profundamente, no sé si
difiere en mucho que sean para chicos o para grandes. Todos nos ponemos igual
de tristes. Seguramente si tuviera que publicar un libro, sería de cuentos, no
me veo escribiendo una novela.
También me gusta que los cuentos nos recuerden cosas importantes de la
vida que muchas veces la vorágine cotidiana nos ayuda a olvidar. Un cuento
cortito que escribí en 2002 es este:
Y siguen ahí
Voy a contarles de ellos, solo porque los vi. Voy a contar lo que
pienso, solo porque sí.
Estuvieron en el cosmos desde antes que yo naciera y jugaron a ser
grandes hasta que lo fueron. Llegaron a tener familias, los que la tuvieron, y
soñaron vivir distinto, aunque no me lo dijeron.
Supe que fantasearon con la palabra abuelo, sé que están en el mundo,
esperando el llamado al cielo. Sentí que en cada mirada había un mudo
desconsuelo y que esas curtidas manos mil alas batían vuelo, igual escuche sus
risas, aunque hubo quienes no rieron, igual comprendí su pena, aunque no me lo
dijeron.
Estaban ahí, viendo pasar la vida de otros, como si la de ellos no
pasara más, viendo pasar los sueños de otros como si no soñaran más, sin
embargo, yo sé que sí, sé que sueñan con la realización de sus anhelo, anhelos
que tienen, que yo sé que tienen, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, sin hacer nada. Estaban sentados jugando a las cartas.
Estaban mirando las hojas en la vereda. Estaban esperando que la muerte
viniera. Estaban internados sin enfermedad. Estaban acompañados, llenos de
soledad. Estaban solos, siendo tantos.
Geriátrico, estaban ahí, yo sé que sí.
Y siguen ahí.
Todos sabemos que las sociedades orientales rinden culto a sus
ancestros y a sus ancianos, No entiendo cómo nos podemos olvidar de los
abuelos. No entiendo cuando un nieto deja de tener ganas de ir a visitarlo, de
pasear juntos, de compartir tiempo. No entiendo, pero seguro es una idea fuerza
que pasa por adentro de muchos de mis cuentos, porque hacer que las
generaciones florecientes se acerquen a las bibliotecas parlantes que
constituyen sus ramas más altas en el árbol genealógico, me parece una tarea
colectiva a encarar como civilización.
No entiendo como no hay más y más estrategias para recuperar ese
vínculo que los occidentales estamos descuidando con los adultos mayores, que
estuvieron ahí para nosotros, para nuestros padres y siguen ahí.
Esta publicación forma parte del
proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos
invitados a jugar!)
Estaba
trabajando en la exposición de obras de un reconocido artista emergente. Un
joven talentosísimo cuyas imágenes no dejaron de sorprenderme a lo largo de los
dos meses que conviví con ellas. A dos cuadras de donde yo trabajaba, en el
Museo de Bellas Artes de mi ciudad, se estaba desarrollando mi graduación como
Técnica en Conservación de Museos. Me dieron la posibilidad de estar ahí, pero
no me resultó atractivo. Estaba en pleno ejercicio de mi flamante profesión, en
el momento más feliz (hasta hoy) de mi tarea museológica. Los títulos se
dignifican en la práctica, no en las fotos con los diplomas.
Casi un año
antes, había rendido mi última materia de la tecnicatura, sin mucha
rimbombancia, solo fui, me presenté y di mi examen como había hecho con las
otras treinta instancias evaluativas que conformaron los tres años del
recorrido académico. Al salir alguien me preguntó si me faltaba rendir mucho más.
Le conté que ya ninguna. Algunas felicitaciones, otros abrazos y palabras
lindas de un par de docentes que andaban por ahí. Me fui a cenar con mi
familia, celebrábamos el aniversario de bodas de mis padres, y metimos un
brindis por el fin de mi carrera
El año
anterior había tenido una crisis vocacional, no me gustaba casi ninguna
materia, me aburría mucho, me parecía que nada de eso tenía sentido y evaluaba
abandonar el trayecto formativo. Algunas charlitas de catarsis y seguí
estudiando.
Cuando empecé
la carrera, me quedé fascinada por la diversidad de edades y motivaciones que había
en el grupo de ingresantes, me parecía increíble que esas cabezas tan distintas
estén congregadas con un interés en común, fue lo que más me cautivó. Un lujo
de experiencias múltiples que me incluía.
Había llegado
ahí casi por casualidad, un día,
caminando, levanté la cabeza, y en lo alto de un poste semi borrado, se
anunciaba en letras pequeñas “Escuela Superior de Museología”. Yo acababa de
terminar mi licenciatura, y necesitaba volver a las aulas. Me sonó como una invitación
y al día siguiente me inscribí con el propósito de cursar solo algunas materias, a modo de hobby. No
funcionó.
De chiquita había
tenido varias colecciones, una de las que recuerdo horrorizada es la de “mosquitos
muertos”. Trataba de cazarlos mientras me picaban y conservarlos en una cajita
sin que se dañen. Además coleccionaba lápices y biromes de muchas formas, y mis
vacaciones eran el momento predilecto para engrosar el acopio. Ver museos, me
gustó siempre.
Quizás fue en
la casa de fin de semana donde se expresó la vocación, no encontré a nadie con
la misma actividad… pero para mí era muy común jugar a armar museos. Recorría la
casa y sus alrededores juntando cositas de la naturaleza; nidos de pájaros,
huevos de mosquito, caracoles de zanja, plumas, bichitos muertos, plantitas
raras… todo lo que me llamara la atención. Entre dos arbustos del jardín de aquella casa, se formaba una
especie de cueva, y me parecía evidente que ese era el mejor lugar para armar
un Museo de Ciencias Naturales. Inventaba historias para mis hallazgos y toda
mi familia debía visitar mi muestra.
No entiendo
como nacen los museólogos. En mi caso fue así.
Esta
publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el
blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 14: escribí un evento
de tu vida de atrás para adelante
Que te vayas
corriendo a la plaza y te subas a esa hamaca de madera, que parece el invento más
maravilloso del mundo, incapaz de ser perfectible, porque ya es perfecto.
Disfrutala,
con fuerza, con energía, con envión, como si estuviera por desaparecer. Porque
va a desaparecer.
Una de las
cosas más bellas de la visita a la plaza, pasó por los controles de vaya uno a
saber quién y decidieron que la madera era peligrosa, o cara, o incorrecta, y
de buenas a primeras, sin mucho preámbulo, ya no existen. Al principio
probaremos con las nuevas, después buscaremos las de siempre en plazas
postergadas, a las que la innovación demoró en llegar, pero en algún momento, llegará
y ya no tendremos en Rosario una hamaca como las que nos gustan tanto.
Te escribo
para pedirte que te subas y remontes vuelo, que te eleves hasta ver debajo de
tus pies el cielo lleno de nubes; eso que aunque sea solo cuestión de
perspectiva, nos pone el corazón al galope. No es para siempre.
Acá, en el
futuro, cuando nos sentamos en una hamaca, de esas que están en el mismo lugar
en que vos las usas, pero están hechas de goma; las caderas se te apachurran y sentís
que algo quiere que te bajes. Es una lástima. Ya nadie podrá hamacarse parado o
de a varios (uno parado y otro sentado; ¡nos encantaba hacer eso!), o
simplemente cómodo.
Quizás sea
por eso que ahora los chicos tienen hamacas en sus casas (dobles, de plástico, de soga, nunca es lo mismo), como una de esas
muchas formas de privatizar la vida en el espacio público, ese lugar tan mágico
que es la plaza, y se está mudando a las casas, donde los toboganes no se
comparten y hamacarse no conoce de esperar el turno o interactuar con chicos de los
que no sabemos su nombre. Eso está pasando mucho, porque los papás creen que
eso es bueno… que se yo…
Yo las extraño.
Y mirá que
hay un montón de cosas para modificar, pero se metieron con las hamacas, y
ahora ya no son lo que eran. Sin ánimos de volverme una de esas personas rígidas
que se resisten al paso del tiempo y repiten patéticamente que en el pasado era
mejor, me veo en la obligación de escribirte para que te hamaques, porque más
allá de la valoración que se pueda hacer del cambio… no será lo mismo.
Eso es
un hecho.
Esta
publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el
blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Y hay un montón de
animales australianos que no entiendo, pero desde que yo era muy chica (esta
semana estoy evocativa), siempre el ornitorrinco me pareció un bichito
sorprendente.
Es muy probable que
nombrar a este complejo animal (y su complejo nombre), para muchos implique
remitirse a Perry El Ornitorrinco, un genial personaje de la serie animada
(igual de genial) Phineas y Ferb, pero no… voy mucho más atrás… la película que
me presentó al Ornitorrinco es de 1977 (según googleo, basada en un libro homónimo,
que saldré desesperadamente a buscar, de 1899)
Cuando tenía la
rededor de cuatro años, solía ir con mi mamá al videoclub a elegir películas para
ver en casa (eran tiempos de pocos
canales, sin netflix y esas cosas que muchos recordaran y para otros, será
impensado), tenía dos favoritas; “Frutillitas” y “Dot y el Canguro Mamá”. Sacaba una y devolvía otra. Incluso un día el
señor del video me explicó que podía elegir alguna otra, para darles la
oportunidad a otros chicos de ver esas. Creo que no me convenció.
Dot y el canguro mamá (enlace a la peli completa) es la película con la que conocí Australia, una película ambientalista, con la que aprendí su fauna y con la que me
enamoré de sus particularidades. Gracias a esa película me compré mi primer
mapa, lo pegué en mi dormitorio y tracé una raya de Argentina a Australia, tuve
que entender que la tierra era redonda y aprendí el nombre de los océanos que
nos separaban. Gracias a esa película entré a chats en ingles en mi
adolescencia, solo para tener amigos por correspondencia en Australia, y
gracias a esa película, en 2009 pasé una increíble luna de miel en el país
con el que había soñado toda mi vida. Dot me cantaba que no había nada mejor
que saltar en la bolsa del Canguro Mamá y yo solo quería estar allá.
Pero además de
canguros, en la peli de Dot había Ornitorrincos, y ahí (además de una pegadiza canción
que solo encontré en inglés) aprendí mucho sobre ellos, aquí se los presento, como yo los conocí;
Y aquí las canciones;
Es un animalito
pequeño, que solo habita en Australia, es nocturno y está en extinción, aunque no está declarado como tal, por falta de datos concretos. Tiene pico
de pato, cuerpo de castor y nadie puede entender que sea un mamífero que pone
huevos (sólo él y el Equidna tienen esta característica). Son carnívoros y
venenosos. Son nadadores, pero terrestres (aunque sus patas están mejor
preparadas para nadar que para caminar; Mini Documental aquí)
Cuentan
que cuando a Europa llegó el primer ornitorrinco (proveniente de los viajes de los descubridores) no estaba vivo, y al principio, se creyó que era una broma de los taxidermistas, que habían ensamblado
un pato y un castor… lo cierto es que la broma la hizo la madre naturaleza
cuando creó el animalejo más extraño y sorprendente que puedo enunciar.
De aquel viaje de
2009, lo mínimo que podía hacer era traer como recuerdo una pequeña versión plástica
de mi animalito consentido (también traje uno de tela, pero no es tan genial). Este
muñequito está desde hace ya seis años en mi escritorio y me recuerda el
encuentro con mi infancia, y uno de los viajes que más esperé (¡como veinte años
de expectativa!)
Mi ornitorrinco,
comprado en Australia, pero con una inscripción en su panza que afirma que es
made in China, representa todo eso que aprendí de chica y todas las ganas de
viajar que me generó de grande. Sintetiza muchas de mis inquietudes y evoca uno
de los viajes más bellos y soñados de mi vida.
Esta publicación forma parte del proyecto
“30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a
jugar!)
Día 12: elegí un objeto de tu
casa. Escribí su historia.
Me acuerdo de
un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo
devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de
vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)
Me acuerdo de
un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos
anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le
pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)
Me acuerdo de
un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal,
caminando descalzas, solo porque sonaba divertido
Me acuerdo de
un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano,
las tres veces.
Me acuerdo de
un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá
manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron
de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.
Me acuerdo de
un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a
leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los
que compartí toda la temporada de pileta.
Me acuerdo de
un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado
era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después
Me acuerdo de
un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar
durante esos meses los contenidos del año anterior
Me acuerdo de
un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningúndía usamos calzado
Me acuerdo de
un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la
terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó
hasta ver lo chiquitas que éramos
Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”
Me acuerdo de
un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una
tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.
Me acuerdo de
un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el
primer día de las vacaciones
Me acuerdo de
un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del
hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.
Me acuerdo de
un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la
foto en la que estoy upa de Frutillitas
Me acuerdo de
un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo,
jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella
con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.
Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.
Me acuerdo de
un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy
asustada
Me acuerdo de
un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser
aplastada por un colectivo…. Tendría seis años
Me acuerdo de
un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no
teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995
Me acuerdo de
un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y
también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del
mar
Me acuerdo de
un verano que hice snorkel a mar
abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me
separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores
Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.
Me acuerdo de
un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo
tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.
Me acuerdo de
un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí,
le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.
Me acuerdo de
un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más
tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo
desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo
del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus
momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos
tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve
a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de
los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante
todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.
Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)