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No entiendo cómo se forma un ecosistema en el arroz



No soy buena ama de casa. Odio la cocina, no soy prolija en las comidas, no le llevo el apunte a mi nutrición. He dicho.

Estas cuestiones repercuten en mi forma de encarar el supermercado. Prefiero ir picoteando chocolates y snacks hasta tener tiempo de algo más. Alfajores, galletitas, golosinas, papas fritas y claro, alimentos no perecederos para cuando hacen falta comiditas de verdad., o más o menos. 
Latas. Amo las latas. Principalmente atún, pero mucha caballa, arvejas, jardinera, choclo y hasta remolacha y verduras de hoja. Cuanta felicidad cabe en una lata. El contenido de una lata y tres huevos constituyen el "omelette de lata" que es casi la base de mi pirámide nutricional. 
También incluyo en mi lista de compras dos componentes tipo comodín que se alinean en mi religión de los no perecederos: arroz y fideos. Los fideos son como una mentira, me gusta comprarlos de diferentes formas y variedad de marcas para tener la ilusión que no es más de lo mismo, pero todos sabemos que son harina con agua por mas tallarines, tirabuzones o cabellos de ángel que los hagamos parecer.

Con el arroz, la relación es otra y no puede estar muy lejos del amor.
El arroz es plato principal, es guarnición, es frio y caliente, de hoy y de ayer, más crudito o bien pasado, con salsa o con manteca, el arroz es todo. Tiene historia, tiene mística, magia, carisma. Es aristócrata y popular… una comidita universal; el deber ser de toda alacena.

El arroz en casa no puede faltar. En bolsa, en caja, del mas berreta o el más aburguesado, siempre tengo arroz y como mis tiempos son caóticos y me cuesta agendar un momento para ir al súper, siempre me encargo de comprar mucho, pero mucho arroz.
Esto lleva (y no se horroricen) a que muchas veces mi arroz mágicamente se transforma en ecosistema ­{me parece ver caras de lectores horrorizados y ni quiero imaginar a la gente con la que he compartido arroces}. Abrir el paquete, encontrar movimiento, vida.


A mí siempre me sorprende la biodiversidad. Aun en mi comida. Pequeños bichitos negros e inquietos gusanitos rosados emergen y se sumergen entre los granos crudos de arroz.


Los miro, me pregunto como llegaron ahi.... me pregunto que hubiera pasado si no olvidaba durante tanto tiempo aquel paquete en la alacena. Me sorprendo de que puedan vivr en una bolsa hermeticamente cerrada. Somos lo que comemos. ¿Será que ellos son arroz?


No se cómo pasa, y no sé porque me gusta tanto. Soy feliz con la vida. No entiendo como se forma un ecosistema en el arroz, es mágico. Es un regalo.


No entiendo las ofrendas de los budistas



Las religiones son cosas de fe. Es por eso que cuando uno no es practicante, o no se ha criado entre personas con esa devoción, todas suenan un poco raras. Pero la fe es así… crees o no crees y en función de eso, actuas.

Estar viajando por un país budista es una sorpresa a cada paso, todo es tan profundamente extraño que no podía dejar de mencionarlo en este rincón de cosas que no entiendo. Lo primero que no entiendo es que muchos dicen que es una religión, pero lo cierto es que no (listo… asi empezamos).

De todas formas, de lo que quiero hablar es de la cantidad de donativos diferentes que los budistas llevan o compran en y para los templos y los monjes.


Los monjes budistas son personas que dedican su vida a buscar la iluminación. Es común verlos 


pidiendo donaciones durante las mañanas con sus bolsos limosneros y resguardándose del sol con sus sombrillas igual de naranjas que todo en ellos. Durante los recorridos por los templos los encontramos ofreciendo oración o impartiendo “bendición”





 y cuando estamos en tránsito, en terminales y aeropuertos, los cruzamos, aunque suelen tener su espacio privado para esperar

Lugar de espera de los monjes en la terminal de buses
Monjes en el aeropuerto
Lo primero que le regalamos a Buda al entrar a su templo es la decencia. Desde ya, jamás vestiremos de manera impropia, sacarse los zapatos antes de ingresar y cubriste casi todo es la premisa. Además hay otras pautas de comportamiento asociadas al respeto por lo desconocido, que nunca está de más repasar 


Como en la mayoría de los templos, sin importar la religión está bien visto ofrendar flores; las más vistas, son las Flores de Loto, que son muy apreciadas por el culto budista, pero también podemos encontrar pulseras de flores o guirnaldas en los distintos lugares del templo.



También es común en los templos budistas ofrendar sahumerios y aplicar unos papelitos dorados sobre las imágenes de buda.



En otro templo se podían dejar campanas


Por supuesto, como toda estructura dedicada a los valores intangibles, los monjes deben enfocarse en la iluminación y no pueden trabajar, por lo que las alcancías aparecen en todas partes y de todas formas. 

Para cada día de la semana

Moneditas en los pies del buda reclinado
Billetes enganchados en los arbolitos junto al altar
...y toooodo tipo de reservorio, como se pueden ver en las demás fotos que ilustran este repaso de tradiciones. Hay que orar y colaborar. En los templos hay  alcancías, para mantenimiento de los religiosos y de las obras de caridad.

Pero, no solo se puede colaborar de este modo con los monjes, también existe la posibilidad de adquirir un kit de productos necesarios para la vida de un monje budista. No hace falta pensar que pueden necesitar, en la misma puerta del templo están disponibles las cajas promocionadas como “conjunto de batas y ofrendas a los monjes”  con artículos de higiene personal, linternas, alimentos, bebidas y las conocidas túnicas anaranjadas.





Las túnicas no solo están disponibles para lo monjes, también podemos donarle vestimenta a las representaciones de buda de los diferentes templos

Tienda de ropa para figuras de buda
Donantes vistiendo un buda gigante
Buda vestido, y con una estatuita de si mismo en la mano
Y si de cosas difíciles de entender hablamos... en algún templo aparecieron estas ofrendas con formato “gato azul” que sin dudas, no entiendo! 


Me puse a buscar en internet y aparece la historia de un restaurador que habría incorporado su fanatismo por Doraemons (el gato azul japones) a la nueva imagen de las pinturas del santuario, algo que pueden indagar en estos links, sin embargo, no es este el templo del que hablan aquellos artículos, la donación de peluches se fundamenta (al parecer) en que se trata de un templo erigido en memoria de un príncipe que murió siendo pequeño y muchos locales le agradecen con los juguetes preferidos de los niños tailandeses los favores concedidos.

Así nos encontramos con templos con lugar para las flores, los sahumerios, las túnicas de las imágenes, las ofrendas para los monjes y los donativos en efectivo… que dan como resultado unos alteares mas o menos así;



Claramente, no entiendo las ofrendas de los budistas, y cuando trato de buscar más información, veo que no soy la única que no las entiende.


No entiendo este baño de Krabi



Los baños en otros paises, siempre son diferentes. 
Ciertamente, los nuestros no son muy normales para los extranjeros. 
Particularmente en Asia, las letrinas son comunes y cada vez que entramos a un baño corremos riesgo de shock.
En este caso, en medio de la playa de Krabi, en Tailandia, entre el mar y la arena, nos aventuramos a llegar al baño, y si bien no fue de los peores, hubo dos cosas que nos parecieron merecedoras de un espacio entre cosas que #noentiendo

Agua, si... para no llevar arena en los pies, el baño de la playa, tiene una entrada llena de agua (estancada, sucia e inevitable)
Ausencia de puerta. Paredes bajitas. En ningún momentos perdemos contacto visual con la persona que està haciendo uso del servicio higiénico masculino
Hay mucho para decir sobre baños...
Por ahora, nos quedamos repitiendo que no entendemos este baño de Krabi.
Ampliaremos.


No entiendo el vínculo con la ropa



Son muchas las cosas que me cuesta entender de la ropa.
Cuándo dejar de usarla es una de ellas. Por lo general, la ropa que yo uso no padece grandes flagelos, llevo una vida tranquila. Entonces, solo se adhiere a ella un halo de sacralidad, se le estampan los momentos, se le contornean las palabras, se llenan de vida, de mí, de lo que me rodea, de lo que me acompaña.

Es por eso que me cuesta tanto dejarla.
Pero no sería lo más grave del caso…
Lo terrible es que a muchos miembros de mi entorno, les resulta muy fácil dar de baja sus aliadas textiles y proceden a cederme sus ropas amparados en el cambio de temporada, los colores de este verano o la llegada un nuevo estilo para sus vidas. 

Esto, sumado a mi falta de descarte hace que tenga muchas, pero muchas prendas.

Parte de mi antiguo guardarropas, hoy llegaron los dos nuevos... se puede acumular más.

Todo esto derivo en la idea de que la ropa tenia que se puesta en donación. Entonces, decidí que cada tres prendas donadas, recién podría comprar una nueva. Lo puse en práctica. Podríamos pensar que fue un éxito, porque llevo aproximadamente seis años sin comprar ropa de verano (navidad y mi cumpleaños hacen que no precise nada mas). 
Fue así que esta abundancia de prendas de las que no me quería deshacer, pero colapsaban mi hábitat, me llevo a otra práctica (que ciertamente me resulta mágica); cada vez que tomo vacaciones, lo hago con prendas que no vuelven. Liberador y funcional. Durante el año, la ropa interior feita, las mallas que han cumplido su ciclo, las prendas que ya me han acompañado lo suficiente, se suben a la mochila y se disponen a vivir su última aventura, a sonreír para sus últimas fotos (es una linda despedida).
Como ventaja complementaria, no hay más problemas con pagar exceso de equipage y está buena la cosa de dejar donaciones en los lugares que visitamos, aunque solo sean las prendas de los veinte días de vacaciones anuales. Otro “bonus” es obviar la ceremonia de lavarropas post viaje.

Alguna vez mis amigos se sorprendieron de esta práctica, muchos creen más acertado comprar ropa pre viaje para estrenar en destino. Es por eso que no entiendo la ropa, porque es algo que cada uno de nosotros entiende a su manera. Paletas cromáticas, largos de faldas, marcas, escotes, es un mundo interior lo que llevamos puesto.

Si tuviera que hablar de cómo llegó a mi cada una de las prendas que visto cuando escribo, en casi todos los casos, es ropa de mi hermana, o de mi mamá, que está en mi sección “entre casa”. Es muy habitual que a excepción del calzado y algunos accesorios, todo tenga este origen. En otras oportunidades son regalos, en muchos casos legados de amigas, y hasta indumentaria institucional de voluntariados y trabajos temporales. Lo cierto es que también elijo algunas prenditas en viaje, a las que quiero mostrarles mi ciudad, y con el tiempo, son las más difíciles de liberar.

Una linda reflexión sobre la vida, que toma como eje la ropa es "Zapatos Nuevos", se las dejo, porque es bueno escucharla más o menos, una vez por semana:

Otra reflexión mucho menos profunda, pero mía, es la que alguna vez publiqué acá: link

Ecología-economía-sentido común... la vida y la ropa (ponele)


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 26: escribí acerca de la ropa que estás usando ahora mismo. Cómo cada prenda llegó a tu vida



No entiendo el calentamiento global.




Resulta que hace unos cuantos años, en alguna tarde de delirio (perfectamente tengo ubicado que era de tarde, porque no es de mis ideas trasnochadas, ni de las mañaneras), se me dio por pensar en el calentamiento global, pensé en la contaminación y el rastreo genealógico de las causas, y llegué al título "M`ijo el dotor. Historia del calentamiento global"
Y si, aunque no suene coherente, creo que en los años más agrarios de nuestra historia, la benevolente mirada cargada de orgullo a los profesionales otrora escasos es la raíz de que cada vez sean necesarios más aires acondicionados.

Ante todo, una declaración de principios; no tengo, no pretendo tener, no uso y no hago prender aires acondicionados. Sospecho que aumentar el uso de energía potencia el calentamiento global y sospecho también que mi cuerpo no tiene que acostumbrarse a las bajas temperaturas artificiales, sino adaptarse a las temperaturas de su nuevo medio. ¿La conclusión? No la paso excesivamente mal, tomo agua más fría y refrigero de adentro hacia afuera, uso ropas más holgadas en verano y resisto, porque mis convicciones me lo piden (no, no tienen que abrir su propio blog para contar que lo que no entienden es a la autora de este).


Las generaciones de campesinos que se esforzaron por garantizar a sus hijos una educación de nivel superior usaron su libertad para asignar a las profesiones un valor superior al de los oficios. Sus hijos se volvieron profesionales. Con muchos profesionales provenientes de clases postergadas en los lugares de toma de decisión, se democratizó el acceso a las universidades. Los oficios caen en desprestigio, muchos más padres fomentan en sus hijos el deber de acceder a la educación superior. Quedan pocos seres humanos con intenciones de aprender a reparar cosas que se rompen y esos pocos aumentan sus tarifas. Las cosas se rompen y los precios de las cosas nuevas hacen que no sea rentable pagar a esos pocos reparadores. Los profesionales prefieren comprar otra vez las cosas que ya tenían y se han roto, en lugar de pagar por su reparación. Se produce el descarte de las cosas rotas que han sido reemplazadas por nuevas porque los pocos que las podían arreglar aumentaron sus tarifas y la industria con sus máquinas bajó los costos de reponer ese objeto. Aumenta el descarte de objetos que no se intenta arreglar. Crecen los factores que tienden al calentamiento global.

La libertad bienintencionada de aquellos padres que prefirieron la educación de nivel superior a los oficios pone en riesgo la sustentabilidad de nuestro planeta

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 25: escribí acerca de un tema del que no tenés ni idea. Inventá todo.

Esta consigna me resultó particularmente irónica, porque siempre escribo de cosas que no sé, como si supiera!


No entiendo los shoppings



Hace poco un hombre me agradeció por correrlo del prejuicio de que todas las mujeres aman ir de compras. A mí no  me gusta. Pero más que el sustantivo compras, , lo que me pone de malhumor es la exaltación del consumo en sí. El sustantivo hecho verbo, ir de compras, y para que ese verbo se desarrolle, aquí lo hemos vuelto sustantivo de nuevo, porque en Argentina llamamos shopping ("compras", en ingles) al edificio donde se pueden hacer compras (en otros países se conocen como centro comercial, tienda departamental, o mall), unificando el lugar y la acción.
En todo el mundo ya existen lugares pensados para hacer compras. técnicamente eso no es nuevo, porque los mercados existen desde el Mercado Trajano del Siglo II, la diferencia que la posmodernidad le adosa es el eje de la actividad; al mercado se va a buscar algo que necesito, al shopping se va a ver que se puede necesitar. No es el producto la motivación, es la acción de comprar.


El mundo hecho necesidad; debés comprar porque querés comprar y tenés que querer todo lo que está a la venta, porque es un fin en sí mismo, y no ya un medio para un fin. Es una actividad recreativa, divertida, las compras, como objeto en sí mismo son lo que te hace bien, no el producto, la actividad de mirar la vidriera, entrar elegir y pagar, eso es lo satisfactorio (¿?)

Pisar un shopping es algo que no me gusta hacer.
Entrar por la puerta y sentir que el clima difiere en mucho del que hay en el mundo exterior, saber que alguna mentecita calculó el volumen del sonido y el tipo de música que van a estimular mi consumo, ver los carteles y leer las frases con las que convocan las marcas a definir estilos de vida, como si de un objeto dependiera, ver las miradas de los vendedores y sentir el peso con el que cuentan los minutos para dejar el puesto que cubren.  Hace tanto que no voy a uno de esos lugares, que me cuesta evocar figuras concretas, pero recuerdo algunas ideas generales que fundamentan mi desagrado;

En los shoppings hay gente que hace grandes sacrificios por pagar cosas que no necesita o marcas que le darán el status que pretende (me hace perder la fe en la humanidad).

En los shoppings siempre hay niños llorando y padres remolcándolos, porque si el padre quiere una máquina que haga café como el del bar es una necesidad, pero si el niño quiere un helado es un capricho.

En los shoppings siempre hay familias con sonrisas de estereotipo de publicidad de producto ontológico, ancianas con miradas de estereotipo de publicidad de AFJP (se acuerdan?) chicas rubias con tonada de estereotipo de publicidad de universidad privada y guardias mirando acusatoriamente a los chicos con cara de estereotipo peligroso.

En los shoppings siempre hay tachos de basura repletos de cosas que se producen para los shoppings, cuya vida útil no logró traspasar las puertas del establecimiento, y a todo el mundo le parece normal. Comprarusartirarcomprarmás.

En los shoppings hay vidrieras que imitan la vida y vidas que imitan las vidrieras, todos exhibidos para ser consumidos con la misma fragilidad y frialdad que el vidrio implica.

En los shoppings hace frío en verano y hace calor en invierno, hay irrealidad, hay comida de plástico, chicos queriendo juguetes de plástico y chicas con mucha cirugía plástica, pero no hay plasticidad, todos siguen reglas rígidas que te hacen sentir en lo correcto y salirse de esas marcas es impensable y está mal, y te deja afuera de eso a lo que hay que entrar. 

Y yo no quiero entrar… quiero estar muy afuera.

Estar en esos lugares te hace sentir que te despersonalizas, te sentís un cliente, nunca una persona, un cliente quisquilloso que mira con superioridad a un empleado sonriente a la fuerza junto al que vanaglorian (cliente y empleado) un producto de calidad cuestionable pero incuestionada. ¿Se entiende? Lo único que están convencidos ambos que vale la pena, es el objeto que los enfrenta, objeto ropa, objeto comida, objeto entretenimiento, ofrecido por una empresa que exalta tus sentidos para que no sientas fuera de los márgenes trazados.

Pisar un shopping es algo que no me gusta hacer.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 17: escribí acerca de algo que no te gusta hacer



No entiendo la basura



Me preocupa la voracidad del consumo, no creo que debamos descartar con tanta liviandad.

En algún momento, prometo explayarme sobre por qué no entiendo a los que no aplican las 3R, y en algún momento ya hable de que no entiendo a los que no reutilizan, pero puntualmente ahora, quiero decir que la semana pasada saqué esta foto.


Me llenó de nostalgia verla ahí, en el piso, entre dos contenedores de basura, como si el dueño hubiera querido abandonarla, pero que alguien la salve de su aparente final.

Tuve que sacar la foto para contener mis ganas de adoptarla, pensé en su trayectoria y su actual obsolescencia, la vi como una abuelita que deja de estar saludable para cocinar y sus conversaciones van perdiendo energía y los nietos no quieren ir a su casa y los hijos piensan que hacer con ella. Triste.
Pensé en el momento que la compraron, el lujo que la revistió, las funciones que cumpliría, la vi como una abuela con collares importantes, sentada muy derecha en un sillón de estilo de un salón con techos altos y arañas de caireles, dispuesta a cuidar nietos los fines de semana.
Mientras yo le sacaba la foto, los autos me despeinaban a toda velocidad, la gente apuraba el paso en la vereda de enero, tratando de llegar a algún lugar cerrado, climatizado artificialmente, la gente... apurada por evadir la realidad.
Mientras yo sacaba la foto, cientos de abuelos estaban tan solos como ella, y la artificialidad seduciendo a hijos y nietos que no pueden parar para mirar y verlos, y darles ese abrazo que la historia se merece.

No entiendo a la sociedad de consumo, pero es muy claro como sus valores se traducen en prácticas. Objetos y personas… descartables, por igual.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 8: buscá una foto en un cajón y escribí lo que está pasando fuera del cuadro

(estaba de viaje, y solo tenía a mano las fotos de mi cámara)



No entiendo los microrrelatos



… pero hace un buen tiempo me había vuelto fanática de ellos.

Hace unos muchos años, cuando participaba de un voluntariado de promoción de la  lectura que incluía narración de cuentos en radio, necesité cuentos cortos, muy cortos, como para una aparición entre las pautas publicitarias, y allí, me encontré con los microrrelatos…. Ni más ni menos que de la mano de Ana María Shua. Cuando googleaba para las grabaciones, y a apreció su nombre, me fue fácil asociarlo a las historias que leía de chica; era una de las más renombradas escritoras de cuentos de terror para chicos, al menos así la recuerdo.
Busqué mucho por las librerías, y conseguí “Casa de Geishas”, muchos años después, y buscando otra cosa, pude comprar “La Sueñera”. 

Las tapas son feas

En ambos libros, todas las historias tienen uno o  dos párrafos, como mucho. Antes de hacer la prueba, contar cosas en seis palabras sonaba difícil, pero ¡hasta cinco fueron suficientes!

Seis de seis
Nacer, ser, devenir, negar, reconfigurar, fluir.
Saladas, calladas, tornasoladas, pero todas; lágrimas.
Lo llamó, él suspiró… era tarde.  
Sol, siesta, otoño… amo ser gato.
Un ángel negro besó su cuna.
Debió  ser gusano para devenir mariposa.

Cinco de cinco
El intento es el logro.
Otra vez, era esa hora.
Está despido. Oportunidad para recomenzar.
El siempre igual; ella iridiscente.
Cuando sonríe, florece el mundo.

No entiendo porque no lo intentas ;)  


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 7: escribí una historia en 6 palabras



No entiendo como no amar el transporte público (5)



Siempre el transporte público regala momentos amorosos, de esos que te hacen sonreír en plena rutina. Hoy... otra vez, no entiendo como no amar el transporte público.


Subir al cole una mañana de sábado, medio dormida, algo contrariada. 
Ver que suben dos chicos en la terminal, recién llegados, cargados de equipaje.
Verme espejada en mis paseos a otras latitudes. 
Ellos piden permiso al chofer para comprar boletos a otros pasajeros que tengan saldo en las tarjetas recargables que usamos los locales para pagar el viaje. 
Sentí la fuertísima necesidad de regalarles el tramo. Rápida y ansiosa, me ofrezco a pagar sus pasajes y ellos se empeñan en abonarme el monto correspondiente. No acepto, los convenzo con el argumento de que alguien, algún día, lo haría por mí. Ellos entienden mi concepto. De repente les nace la idea, buscan en sus mochilas y mi mañana potencia su brillo cuando recibo un fanzine de producción propia a cambio del gesto (no quiero leer que fue a cambio del pago, quiero confiar en que los humanos nos vinculamos a través de gestos, actitudes). 
Aqui pueden leer a la autora del fanzine.

Y allá voy... otra vez en los viajes cotidianos por mi ciudad... descubriendo el espíritu humano que se filtra entre los bloques de cemento y nos muestra que la sociedad de mercado nunca hará que dejemos de ser personas.


Como siempre... no entiendo como no amar el transporte público.





No entiendo a los que no reutilizan; Paraguas o paraloqueyoquiera



Puedo jactarme abiertamente y sin temor a equivocarme, de ser una persona con conciencia ecológica, no sé si soy todo lo responsable que debería, pero sin dudas, estoy en la senda. Un poquito de esto se trata esta nueva línea de “Noentiendos” que inauguramos hoy e irán apareciendo cada tanto.
Todo lo que pierde su función puede terminar triste e injustamente, por convertirse en basura, supongo, que a esta altura del calentamiento global, todos sabemos que hay que evitar a toda costa la generación de residuos. En eso estamos.
Las tres “R” nos orientan a reducir el consumo de elementos desechables, reutilizar los que ya fueron utilizados para su finalidad inicial y reciclar los que tienen materia prima capaz de ser reinsertada en el ciclo productivo.

De a poquito y cada tanto, vamos viendo ideas maravillosas (y no tanto) para alcanzar estos ideales… no existe ninguna intención de transformar las reflexiones de siempre en un blog DYS, sólo descubrí algunos usos para cosas que me parecen tan interesantes, que no entiendo como no se le ocurrió a otra gente.
En el relato de hoy, quiero hablar de los Paraguas! Y si…. Muchas veces leemos que hacer con botellas, latas y cartones, pero después de cada lluvia, los basureros de vía publica muestran la cantidad de honguitos portátiles que los peatones han dejado sin utilidad, entregados a un destino cruel (¿?)

De chiquita siempre me resultaron muy atractivos los paraguas, solía pasar horas jugando con el que venía instalado en mi cochecito, bailando, haciéndolo girar, armando campamentos bajo su reparo (dentro del living de mi casa). Más adelante, en la escuela primaria, compré uno compacto y lo alojé (por sugerencia de mi mamá) en el fondo de la mochila, por si el agua se precipitaba a la salida de la escuela. En el secundario, descubrí el placer de caminar bajo la lluvia y prescindí de sus servicios por muchos años. 
Mucho después empecé a viajar, y parecía interesante retomar el hábito de llevarlo, pero fundamentalmente (y casi como mandato familiar) como cábala para que no llueva. Un día en Australia fue más útil abrirlo en una parada de colectivo para protegernos del sol y hoy creo que es el uso que más le damos (a modo de sombrilla).

Con esta multiplicidad de aplicaciones, los paraguas lograron un lugarcito especial en mi corazón, y cuando un viento o un desperfecto mecánico los sacaba de servicio, por alguna razón, no podía tirarlos (confieso que me pasa con un montón de otros objetos… pero hoy hablamos de paraguas). Así… necesité encontrarles un uso (escribiría que “no entiendo a los que me dicen acumuladora”, pero no tiene sentido, tienen razón).



Un día de lluvia, post caminata a la oficina en discusión con el viento, me encontré con una chata jornada laboral, un paraguas roto y una tijera. Lo que se me ocurrió fue pensar en que lo que se había dañado era el armazón metálico y comencé a liberar los hilitos que amarraban la tela impermeable. Esa tarde tomé la merienda sobre mantelito nuevo, ¡descubrí un súper aliado! 
Doblado al medio, se convierte en un semicírculo que encaja perfecto en el borde de la mesa redonda del comedor y nos permite merendar (o incluso cenar) a los dos (sin tener que vaciar toda la mesa, o ensuciar un mantel más grande). El tipo de material hace que sea resistente a todo tipo de manchas, suele bastar sacudirle las migas, o pasarle un trapo húmedo, incluso al momento de sacarlo del lavarropas, está casi seco. También lo uso muchísimo para inventar mesitas de apoyo, o en una versión más honesta, tapar banquitos para transformarlos en mesas. Son muy geniales para trabajar con materiales que manchan y proteger la mesa (no hay grandes problemas con descartarlos en caso de que se arruinen y queden impresentables) y además les doy mucho uso como lonitas de pic-nic para parques y playas (incluso tengo uno al que le dejé unos centímetros de alambre en cada punta para clavarlos en la tierra o la arena), ocupan muy poco espacio en el bolso.

Los banquitos del fondo y los del frente son iguales, pero si tienen mantel, están disfrazados de mesa.

¿Con el armazón del paraguas? Ni idea… lo único que se me ocurrió fue donarlo a una amiga artesana con la ilusión de que arme arañas de cartapesta (hasta ahora, sin resultados).

¡No entiendo como no amar los manteles de paraguas!


No entienden mi heladera.




Hablo de mi marido, mi familia y mis amigos. Hablo de todos cuando digo que no entienden mi heladera… pero yo la amo.

Hay algunas cosas que la vida moderna no me va a poder sacar. Algunas comodidades que no me serian cómodas y algunas actividades retro que me hacen muy feliz.

Cuando yo era chica, no tuve grandes hazañas con la heladera familiar de mi casa. Poco es lo que recuerdo de la heladera de mi abuela; solo que era petisa y estaba siempre excesivamente llena, tanto que mirar a su interior equivalía a no ver nada… barroca por dentro, pero súper minimalista por fuera, con muy poquitos imanes que había elegido ella, siempre en el mismo orden que hasta hoy (en una heladera más grande y moderna) conservan, nunca accede a agregar ninguno más. Menos recuerdos tengo de la heladera de mi bisabuela; enorme, aparatosa y pesada, con una manija muy dura y agarrada como “refuerzo” con una cámara de bicicleta (quizás por temor a que se le escape la manteca ¿?), cuando me pedía que le alcance algo, nunca la podía abrir.

No, las heladeras de la familia no han sido pieza clave en mi vida. No soy una apasionada de la cocina y las mujeres de mi árbol genealógico tampoco. Cuando me casé, mis suegros nos ofrecieron una heladera; habían cerrado una sucursal comercial y tenían en algún deposito una heladera sencilla, de supervivencia, casi sin uso. Sin freezer, sin mucho espacio, sin el estante de vidrio de abajo y la mejor parte; sin costo. Por supuesto, como toda parejita que se casa joven y sin muchas pretensiones, aceptamos felices y la adoptamos.

Después pasaron los años, crecimos, nuestros empleos mejoraron,  nuestros ingresos también (bah… ponele), fuimos mejorando la casa, cambiando algunos muebles, agregando otros, y la heladera sigue ahí. Empecé el relato explicando que no guardo gran nostalgia por electrodomésticos de esta línea, y no fue un legado con una fuerte carga emotiva, nada de eso. Tampoco me conmueve demasiado el título de “mi primera heladera”, el amor que le tengo no viene por ahí; sencillamente la amo porque me invita a jugar.

Esta heladera, a diferencia de las que seguramente ustedes tienen en casa, no está ni cerca de ser no frost, casi diríamos que es recontra frost (porque los años la pusieron ñañosa y hace más escarcha que ninguna) y gracias a eso, me veo en la obligación de jugar con estalactitas y estalagmitas en la comodidad de mi hogar de vez en cuando.


Descongelar la heladera (algo completamente pasado de moda) es para mí un juego fabuloso, en invierno o en verano, con lluvia o con sol, de día o de noche, en el stress y en el relax, me encanta!!!
Desenchufarla, y empieza el juego. Dejarla bien abierta y bastante vacía. Trapos, toallas y repasadores en todos lados para cuando comience a gotear. Llenarla de baldes y tarritos para cuando gotee más fuerte.

Ahora; música! Plik, plak, plik, plak. Gotas sobre plástico y gotas sobre metal, varía el ritmo según el clima y va aumentando la frecuencia a medida que el proceso avanza.
Peeeeeeero, no solo es música, también recreamos la vista. Muñecas, muñequitos, objetos muchos, luz, cámara, acción! Book de fotos en la escarcha! Miles de personajes aparecen en escena; princesas de hielo, monstruos de las nieves y seres varios posan para mi cámara y los flashes rebotan en el brillo de las chorreaduras de mi vieja heladera re-frost















Y como si todo esto fuera poco, más adelante, aparecen los derrumbes. Los pedazones de hielo de techo y paredes del congelador comienzan a ceder y se pueden liberar trozos grandes que amo reventar contra el piso del patio y verlos estallar en montones de astillitas brillantes, como vidrios que no cortan y que en pocos minutos serán agua corriendo en dirección a la rejilla, o evaporándose si el sol quema las lajas.



Verdaderamente, no entiendo a la gente que me insiste para que cambie mi heladera.