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No entiendo el agua sin gas



Lo muy terrible es que si entiendo su existencia, pero no su aclaración.


Naturalmente el agua existe sin gas, ¿porque tienen que aclarar que permanece en ese estado?
¿Se imaginan agua mineral, natural con gas? seria raro ver la efervescencia correr por la montaña.... y es por eso que cuando le agregan gas, es válida la aclaración... pero no antes.


De por sí ya es raro que nos cobren el agua, o sea, asumamos que estamos pagando una botella y que esto es así porque en algún momento dejo de ser obvio que negar un vaso de agua es un crimen. 
Un buen día tomar agua paso a ser posible solo si la pagamos y para eso la botella (que en su proceso de producción contamina el agua). 
Y en medio de esto, el agua gasificada y la sutil diferencia con la soda (otro debate, otra fantochada).


El concepto de agua de mesa habilita la botella de vidrio en el bar (porque nadie pediría un vaso de agua corriente de red, por más potable que sea), esto da origen a la botella de plástico en el kiosco y la no solidaridad del vaso de agua, que nadie se atrevería a pedir (culturalmente)

O sea… la existencia del agua embotellada marca el declive de la humanidad de la raza humana (valga la paradoja y habilítenme la redundancia)… porque ya no podemos  contar con la solidaridad del desconocido y nada podemos esperar del otro si no hay dinero de por medio. Tocar cualquier timbre y pedir un poco de agua una tarde de calor, no existe, autoriza a desconfiar, a pensar en las peores intensiones del  extraño personaje que intenta obtener ese beneficio de manos de un perfecto fulano y seguro, algo malo está por pasar… mejor no se lo doy.

Bienvenida la ordenanza del agua sin cargo para acompañar la comida en los bares.
Bienvenidos los bebederos en vía publica que nos homogeneizan como sociedad, donde si hay algo en lo que nos parecemos, es en que necesitamos agua para estar vivos.

El agua es vida y dice mucho de nosotros.

El concepto de “agua sin gas” es el alerta que nos lleva a todo este recorrido por la historia del consumo de agua en situaciones no domésticas.  Y lo peor… es que si…. Lo entendemos…


No entiendo a los fanáticos de fútbol




Es jueves, y mientras trato de concentrarme en mis pensamientos sentada en la mesa de una heladería, se cuela la voz del chico de la caja relatándole un gol a otra empleada con un nivel de retórica y detalle que más de un crítico de arte envidiaría al momento de enunciar una obra.
A cada cliente que entró le hizo un comentario deportivo. A cada niño que vió le pregunto su preferencia futbolística. A cada uno de sus compañeros les hizo chistes y les habló de apuestas y hasta se interesó por saber dónde, cómo y con quien habían estado al momento del suceso. Todos le respondieron y todos hablan del tema.
Es jueves, el partido se jugó el domingo y era uno más del montón. Es jueves y él todavía saborea cada segundo de aquel retacito del fin de semana. Es jueves y su trabajo se reviste con la sonrisa que la contienda dominguera le dejo en los labios. Es jueves y no me imagino su lunes, o esas horas de domingo en que su vida tomó impulso.


Es lunes, el diario pregona en su tapa los resultados del encuentro, analiza las jugadas, cuestiona las actitudes, ensalza algunos apellidos y defenestra otros, comparte fotos, señala anécdotas, es lunes y el diario se suma a la radio, la tele y las redes sociales para seguir hablando de otro partido tan intrascendente como el anterior y como el próximo. Es lunes y todas las secciones del diario son pasadas por alto para llegar al suplemento deportivo, es lunes y todos los medios de comunicación amontonan su relato de nuestra realidad para dar más espacio al ritual futbolístico del domingo, la misa pagana, el místico encuentro de feligreses embanderados bajo la ingrata pasión.


Es miércoles y alguien en un bar cuenta orgulloso anécdotas de tiempos pasados vinculadas al club de sus amores. “El día que nació mi hijo yo estaba en la cancha”, “Aquella tarde me escapé de la escuela para ir a comprar las entradas del partido”, “Mi viejo vendió la moto para que vayamos a alentar cuando jugamos de visitantes en tal lado” y muchas que prefiero ni enunciar…está feliz de compartir en esos párrafos la magnitud de su desmedido amor por un equipo de futbol, como le enseñó su padre, como aprenderá su hijo. Lo exagerado de sus muestras de fidelidad con la institución lo jerarquiza en la mesa y le concede la atención y la admiración. Habla en primera persona del plural, ganamos, jugamos, clasificamos…. Cualquiera diría que es jugador de algún equipo. Pero no. Es uno más de los muchos que tributan a la causa.


Es martes, si, martes en la ciudad y martes en el planeta del que ya no forma parte un hincha que murió en el partido del fin de semana. Causas dudosas, muchas versiones y otra familia destrozada después de un encuentro deportivo que no pudo terminar en paz. Es martes en la vida de los que siguen vivos y en la casa donde el domingo empezó  a faltar un padre, en la mesa donde empezó a faltar un hermano, en el barrio donde empezó a faltar un amigo. Es en muchos lugares, otro martes. Y punto.

No entiendo a los fanáticos de futbol, porque si bien hay narraciones y canciones y libros enteros que tratan de explicar esa pasión, me parece sobredimensionada y hasta perversa. Porque gente que no tiene nada deja todo, porque los valores se retuercen en nombre de un equipito de futbol.
Amar un equipo de futbol, es un signo vacío (perdón-perdón a cientos de amigos); el equipo de futbol cambia de jugadores, técnicos, personas, y lo que prevalece es una combinación de colores, que no encuentra ninguna continuidad más que sus fanáticos.
Son pasiones hereditarias, y cientos de personas se llenan de orgullo al enunciar cosas ilógicas que han hecho en nombre de su equipo.
Y para peor, en mi país, en mi ciudad, este fanatismo lleva a la muerte.
Las canciones de las tribunas incitan a la violencia, les suena natural decir  que pueden dar la vida por esos colores, y es cierto.


No entiendo a los fanáticos de futbol… pero somos pocos los que no entendemos… para la mayoría, lo que no se entiende es que yo piense así.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro



Hola… aquí reportando desde el año 2017; creemos (no estamos seguros) que el hombre llego a la luna, nos comunicamos de manera inalámbrica a lo largo y ancho del globo terráqueo, podemos sobrevivir a cientos de enfermedades otrora calificadas de letales peeeeeero, queridos compañeros de la especie humana, todavía nos parece que nuestro futuro y sus  peripecias se pueden basar en que un felinito de color oscuro se cruce en nuestro paso.


Ah, sí! En los tiempos que corren y con los avances de la ciencia tradicional, las ciencias paralelas y las miles de revelaciones de todo tipo que nos circunvalan, siguen existiendo seres humanos que están dispuestos a responsabilizar a los gatos negros de la mala suerte de uno o más días. Genial. Estamos listos.


Mala suerte, ya que exista tal cosa es raro, pero asociarla a un pobre gato que no tiene ni la menor idea de cómo hacer para abrir una puerta, y mucho menos aún para arruinar tu vida (que, por cierto, seguramente le interesa bastante poco), es impresionante.

Parece que todavía pesan los argumentos de la Iglesia Católica en la Edad Media (por los que la mismisima iglesia ya se disculpó… y admitió su error), cuando en la inquisición de finales del siglo XII se combatió la herejía y la brujería. Fue en aquella época que se empezó a considerar al gato como un animal sospechoso de confabular contra las autoridades y su imagen comenzó a ser relacionada a la brujería y la maldad. A partir de estas falsas creencias aparecieron muchas leyendas en las que se intentaba hacer creer que los gatos eran, en realidad, brujas camufladas. El color negro, además, ha sido un color que en muchas culturas se ha vinculado a lo misterioso, lo oculto, el lado oscuro… Por ello, en seguida esta relación de temor a los gatos se vinculó especialmente a los gatos negros.


La ciencia por su parte, no ayuda a desmitificar; un grupo de científicos le puso fichas en contra a los gatos negros, porque dicen haber descubierto que producen más cantidad de una sustancia en su piel, su saliva y sus glándulas sebáceas (la proteína fel d1), que causa los síntomas de la alergia y provocan más estornudos y problemas respiratorios a los pacientes con alergia que los gatos de color claro.

Crease o no, el mundo sigue girando y los gatos negros aun preocupan a los moradores de este incomprensible planeta.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro… realmente no me cabe en la cabeza.


No entiendo el mal marketing de los sapos



Hay algunos bichitos sobre los cuales el consenso general resuelve hacer mala cara. Por alguna razón, los anfibios son los favoritos para el bulling zoológico.


Yo no lo entiendo. Me resulta fascinante el aspecto irreal y mitológico de sus pieles duras con texturas de hace miles de años.


Pienso en la magia de la metamorfosis que implica su proceso reproductivo, imagino lo que sienten mientras sus cuerpos atraviesan las diversas etapas de la fecundación externa para alcanzar el estado adulto.


No entiendo dónde o como nació el mal marketing de los sapos. Los miro comer bichitos con la  velocidad invisible de sus lenguas. 
Los miro saltar pesadamente y caminar con torpeza inexplicable. 
Los miro a los ojos amarillos de pupilas verticales igualitas a las de tantos seres prehistóricos (me tomo un recreo mental para pensar quien habrá inventado la forma de las pupilas de los dinosaurios, si es imposible que haya restos materiales o relatos orales al respecto). 
Miro sus parpados, veo tres: el transparente, el de arriba y el de abajo (si, los anfibios tienen esa cosa mágica de vivir en la tierra y en el agua… y vienen perfectamente equipados para estas funciones)


No sé cómo todavía nadie los quiere, si tantos bichitos menos estéticos han logrado una pizca de reconocimiento, no sé cómo este anuro popular no logra llegar a los corazones. Habría que hacer una campaña para mejorar la imagen pública de este animalito noble y discriminado que es el sapo.


Mitos y leyendas han desprestigiado desde tiempos inmemoriales a este ser y la falta de información ha hecho que estas criaturas padezcan un rechazo injusto e inmerecido.
Dar a conocer las virtudes y atributos de los sapos, contagiar afición a observar los misteriosos dibujos que tienen tatuados en la piel y popularizar de su rol ecológico y su belleza natural, quizás sea el camino para iniciar el camino al entendimiento (?) de la belleza de los sapos.


No entiendo cómo hacer que los sapos ganen el rinconcito que se merecen en nuestros corazones.


No entiendo a los que se encierran en la vereda.



Iba caminando por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene, se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos, se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares, regresa a su burbuja y sigue su camino.

¡La pucha!


¿Cómo se puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad, perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un pedacito e inventar historias. 

¿Cómo andar por la vida con la necesidad de estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos y lugares compartidos con desconocidos, negando  toda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está ahí, para que tratemos de verlo.


Cada vez son más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen. Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca cosa.

¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?

Desde este humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle, porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.


No entiendo a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.


No entiendo la ropa de playa en el Sudeste Asiático



Todos en algún momento quedamos sorprendidos por las abismales diferencias culturales entre oriente y occidente. En verdad, tenemos formas muy distintas de pensar algunas cuestiones. Siempre nos llama la atención la forma en que se visten los asiáticos, pero sería un posteo muy largo si tuviéramos que incluir la multiplicidad de prendas que combinan y superponen, sólo vamos a hacer referencia a su ropa de playa.

Algo que no deja de sorprenderme, es la manera en la que a ambos lados del mundo se nos ocurrió mostrar status a partir del color de la piel, aunque exactamente al revés. Así como para nosotros estar “bronceados” indica una buena posición porque se supone que tenemos tiempo para estar al sol, para tomar vacaciones en lugares de playa o para dedicarnos a estar panza arriba, del otro lado del meridiano de Greenwich es absolutamente al revés,  si tu piel es más blanca, da cuenta de que no tenes la necesidad de pasar largas jornadas laborales al sol y eso indica una mejor situación social. 
Por supuesto que así como occidente toma sol en terrazas, ventanas de oficinas y patios de escuelas para no perderse un solo rayito y lograr el color que hay que tener, o usa autobronceantes y va a máquinas cancerígenas para cambian de color, oriente va a lugares con sol y evita por todos los medios que queden evidencias de eso en su dermis. 
Muchas son las formas, desde cremas blanqueadoras disponibles en todos los kioscos hasta cubrirse con sombrillas para caminar por la ciudad. Aquí, un ejemplo de cómo protegerse del sol.




Es sólo un ejemplo, las artimañas para huir del sol son tan variadas como graciosas, para hombres y para mujeres. Se venden todo tipo de cosméticos, guantes largos hasta los hombros, máscaras para cubrir el rostro e infinidad de viseras, gorros, sombrillas y parafernalia protectora para evitar el encuentro con Febo. La piel oscura remite a la clase baja y nadie quiere estar asociado a eso.

Otra cosa muy interesante de algunos lugares de “por allá” es que la religión (además de las ganas de marcar status) les indica que deben estar cubiertos, por lo que los atuendos de playa en regiones con población musulmana lucen más o menos así


Y la pluralidad de indumentaria acuática es verdaderamente amplia...



Por último, también existe entre las mujeres musulmanas una imposibilidad de practicar deportes (no está prohibido, pero está mal visto y les genera cierto rechazo de su comunidad), esto hace que muchas le tengan terror al agua y nos encontremos con grupos de nadadores de orilla, equipados como para sobrevivir a mar abierto (con chaleco y a los gritos en una playa en la que el mar no les cubre las rodillas)


Sé que la imagen no tiene sonido, pero créanme, estaban muy asustadas de estar en el agua, y muchos optaron por quedarse en la arena.

En fin... no entiendo la ropa de playa en un lugar que presume las aguas más hermosas y las playas más bellas de todo el mundo.


No entiendo la apología del aislamiento



Y nótese que no estoy poniendo en tela de juicio la existencia de esta conducta. No entiendo los cuantiosos esfuerzos que hace la gente por no estar con otra gente.
Desde que las mamás nos enseñaron a no hablar con extraños hasta la proliferación de barrios privados, todo eso me parece medio terrible.
Los seres humanos somos gregarios por naturaleza y aprendemos en medio de las experiencias que ligamos  a la grupalidad… sin embargo, el Otro en nuestras sociedades capitalistas, molesta.

Hay una sobrevaloración del espacio privado y un desprestigio inmerecido al desconocido, al vecino, al que no sé cómo se llama, ni quien es, pero debe ser malo, y por las dudas voy a mantener la distancia y quedarme a salvo de sus casi seguras malas intenciones para conmigo.



De esa manera, es mejor tener una casa con pileta de lona que caer a un club y tener que compartir las instalaciones con cientos de fulanos y sus respectivas pestes y riesgos; la mía es más chica, pero es exclusiva, mía, no la comparto. Entonces comenzamos a blindarnos. A tener a escala todo lo que hay en una ciudad, pero para el circulito con el que decido relacionarme.

Y así como las ciudades tienen policía, yo tengo vigilador en mi edificio. Las ciudades tienen clubes, yo tengo club house en mi barrio privado. Las ciudades tienen Concejo Deliberante, yo armo una reunión de consorcio. Las ciudades tienen escuelas, yo pago maestros particulares. Las ciudades tienen comercios, yo compro desde casa por internet. Las ciudades tienen iglesias, yo prendo velitas a los santos de casa. Las ciudades tienen plazas, yo compro hamacas y toboganes para que mis hijos jueguen en mi patio. Y así…. todo lo que el espacio público tenga para compartir, yo lo quiero para mí. El aro de básquet del club está alto… el de casa es más bajito, pero es mio, y no espero turno y no tengo horario. Es de plástico y se cae, pero no lo usa nadie más que yo. Lo increíblemente social del pool, o del metegol, ahora está en casa… y de que sirve trabar el arco para que no se vaya la pelotita, si ahora puedo jugar el tiempo que yo quiera. Hay algo de la mística que se perdió. O la mismísima mística, se privatizó.

De esto se trata la apología del aislamiento. El cine tiene una pantalla enorme y un sonido increíble, pero el cine en casa me evita estar con otros durante la película, por eso, el mercado me prepara un gran precio para que yo decida hacer la mía, lejos de los que me molestan, me preocupan o me hacen compañía.


Así, crecen nuestros chicos, así, sin abrir la puerta para ir a jugar. Así crecemos nosotros, haciendo de lo público el lugar del que hay que huir. Así nos aterra cruzarnos con otros seres, nos cuesta vincularnos en la diversidad y nos paraliza el riesgo de caminar entre dos puntos de nuestra sacrosantarutina. Entonces nos emburbujamos en autos que nos llevan de un lugar al otro, haciendo que en el medio, entre el garaje de casa y el garaje de la casa de un amigo, no corramos riesgos innecesarios (¡un asco estar con Otros arriba de un colectivo!). Porque en la calle, nunca se sabe, ¿viste?, está jodida la mano, ya no es como era antes.

No entiendo, no creo que sepan lo mucho que se están perdiendo en esa soledad.


No entiendo los prejuicios



Y al afirmarlo, me siento una hipócrita.


Seguramente yo estoy llena de prejuicios que todavía no sé que tengo, eso es casi una obviedad. Tuve muchos que pude desarmar, y trato de rastrear los que aún no salieron a la luz. Sin embargo no entiendo los prejuicios, o sea, los juicios previos, que son un acto de sentencia anterior al crimen o algo así.
Un prejuicio es una opinión estandarizada y generalizante de cosas o gente a los que se encasilla desde la ignorancia y el desconocimiento.

Visto así, creo que nadie puede entender los prejuicios, pero si hay algo más incomprensible que esta injusticia contra las cosas o gente indefensa y sentenciada, es el individuo que se enorgullece, justifica y proclama sus prejuicios con el pecho henchido de orgullo, ese sí que es un papa frita importante.
Ese abre el discurso  legitimando los motivos de su juicio y ensalzando lo bueno de saber que es ley general que se aplica a todos los que enmarca en ese rotulo.


¡Que actitud flojita! Y cuanto nos perdemos por actuar así
En fin…. No los entiendo, y espero poder descubrir y combatir los prejuicios que me habiten.