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No entiendo las manchas limpias



¿Qué es una mancha?
Estamos muy acostumbrados a asociar esta palabra con la suciedad, con algo que se manchó. Pero lo cierto es que una mancha es una zona de un color diferente que generalmente se distingue del resto de la superficie sobre la que se encuentra… los leopardos tienen manchas y nadie va a tratar de lavarlos.

A mí me gusta buscar formas en las manchas, en las que se limpian como las de pintura, pero no solo en las manchas que manchan; me gusta encontrar formas en las manchas limpias, en esas que son como dibujitos del mundo, arte espontaneo en lugares donde usualmente de tanto verlas no las vemos, en las texturas y cicatrices de las cosas. 
En las imperfecciones hay formas… ahí me gusta buscar, o más que buscar; encontrar, descubrirlas en un descuido, casi sin saber cómo las vi… porque así empecé a jugar este juego, viendo cosas sin esperar verlas, pero sin poder dejar de hacerlo. Ahora si hay momentos en que las busco, pero mucho más seguido, solo las encuentro.

Por todas partes están las manchas limpias y te invitan a jugar. Ya una vez compartí un cuadro pintado por nubes. Las nubes son las manchas limpias más variadas y cambiantes, hay que atraparlas en una foto, porque no permanecen y nos dicen mucho sobre nuestro estado de ánimo…. Una tarde en Nueva Zelanda vi pasar un kiwi por el cielo.

Es un kiwi!

Las manchas limpias que forma el humo son incluso más inestables y no es posible fotografiarlas, hay que seguir el camino inverso y buscar formas en las fotos del humo. En las burbujas también puede haber algún reflejito, incluso en la espuma o en el fuego podemos hacer búsquedas.

También hay manchas limpias permanentes, donde las formas son estables y podemos verlas varias veces. Hace muchísimos años, varias civilizaciones en diferentes épocas y locaciones jugaron a encontrar formas entre las estrellas; las constelaciones, una vez identificadas siguen ahí par que las reencontremos. Igual que las geoformas, que se convierten en piedras o montañas con nombres de objetos que alguien creyó reconocer en ellos. 

Cuando yo era más chica encontré un árbol en la pintura descascarada del suelo de la bañera, cada vez que entraba a bañarme lo veía, una vez identificado, fue imposible dejar de verlo; el tronco, la copa frondosa y hasta un nido marcado en medio del follaje. Parece mentira que el resto de mi familia no lo vea.


En esa misma casa, desde antes que nosotros viviéramos ahí, había un ropero enorme y muy viejo, todas las noches, desde mi cama podía ver un lobito entre las vetas de la madera y cada vez que vuelvo a esa casa sigo explicando a los demás habitantes cómo verlo.


Otra vez, trabajando en un lugar con piso de microcemento encontré un leoncito, 


Una tarde de fiebre que pasé tirada en el sillón de mi casa encontré que la humedad había trazado un dinosaurios en la parte inflada de la pared y la cara de un lobo (si, otra vez veo lobos) en el faltante de pintura 


Mi último hallazgo fue hace poco, cuando descubrí que mi bebe tiene un delfín en la oreja.


Todavía me falta encontrar formas en un montón de manchas limpias como grietas del asfalto, marcas de óxido, la corteza de los árboles, la espalda de algún gato, las vetas del mármol… el mundo está lleno de mensajitos secretos que esperan en silencio ser descubiertos para robarnos una sonrisita cómplice, tesoritos sencillos para disfrutar la vida cotidiana.


No entiendo como no jugamos a buscar formas en las manchas limpias


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad



Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común, una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta escribir sobre nada de eso.


El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas. 
Estamos con los pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares, es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.


¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén.
Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que giran en torno al arbolito. 
De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.


Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.

Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel. 


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo.

Lo único valido es el buen deseo.

Feliz navidad a todos.


No entiendo las aristas



No me gustan los filos, los bordes, las aristas.
No me gustan los ángulos, las rectas, lo derecho. Tampoco me gusta el ideal de perfección que persiguen. Pero fundamentalmente, me abruma su connotación de agresividad.


Viviría en un mundo redondo, ovalado, acolchonado, donde las puntas nunca sean puntudas, ni pinchudas, ni aristosas. Donde los bordes no estén muy definidos, porque las definiciones son siempre mentirosas y las líneas rectas no se sentirían cómodas y dejarían de existir, ocupando un lugar en la mitología cunado algún nostálgico las recupere evocativamente.


Geometría blandita, formas imperfectas, perfectamente imperfectas. Ennubesitada geometría de las curvas que conservaron el anonimato cuando todas las figuras con lados y ángulos recibieron su nombre; porque todas las figuras con lados rectos tienen ángulos y tienen  nombre. Están rotuladas y encasilladas. Las formas curvas, no. Se escaparon del afán clasificatorio y del dominio del lenguaje, se filtraron de los estándares y se pusieron a bailar.

Coreografía de curvas, sintonía de bucles y vueltas, girando o cayendo torpemente, saltando o solo quietas, pero con la rotunda sensación de movimiento que contagia su presencia.


Las formas erráticas, las formas deformes en toda su contradicción. Esas quiero.


No entiendo el bidet




Algunas palabritas, girar las manijitas, mostrar agua fría, agua caliente, posibilidad de usar un tapón y para el gran final; la manijita del medio haciendo emerger un enérgico conjunto de chorritos, cual aguas danzantes, en pleno baño de casa.

Todo comenzó una tarde, en la que un trío de huéspedes extranjeras, juntaron valor y aventuraron la pregunta que llevaba meses sobrevolando su imaginación; “¿para qué es la segunda taza del baño?”. Esa tarde, di una charla teórico práctica sobre los usos y aplicaciones de este entrañable objeto y su polisémica lectura.


Para todos nosotros es muy común encontrar en cada casa y aun en baños de uso colectivo el bidet al lado del inodoro, sin embargo esta pieza constitutiva de nuestros cuartos de higiene poco tiene de universal. Es más... No es de lo más habitual. Tanto en Estados Unidos como en Europa solo están en hoteles de alta gama, en España o México cada vez se usan menos. En Inglaterra lo consideran cosa de franceses; en Alemania, dicen que es poco higiénico; y en Italia, lo ven como un accesorio de lujo. Argentina es uno de los pocos lugares del mundo en los que forma parte del equipamiento ideal y hasta básico de lo que llamamos baño completo: inodoro, bidet, bañera y lavatorio.


Su nombre es bidé o bidet  y viene del vocablo francés “caballito” que hace alusión a la postura que se emplea durante su uso. Consiste en un recipiente de porcelana bajo, ovalado con agua corriente, desagüe y lluvia invertida para higiene íntima. 
Al parecer se inventó en Francia en el siglo XVIII, en el período en el que la limpieza corporal se llevaba a cabo una vez por semana. Fue inventado para asear las áreas "privadas" del cuerpo, entre baños regularmente programados. 
Una curiosidad es que su lugar era el dormitorio hasta el 1900 en que se mudó al baño. Generalmente se asemeja a la forma del inodoro. Existe una amplia variedad de estilos de bidets, todos ellos combinan con el correspondiente retrete. y se ponen al lado este en el cuarto de baño. Para su uso, se puede escoger sentarse viendo hacia los controles de agua del mismo o dándoles la espalda.

También cabe aclarar que estamos mucho más acostumbrados a verlo que a usarlo, o al menos esas son las estadísticas que arroja mi somero relevamiento de campo en casas de amigos que lo han mutado en revistero, lavapiés, espacio para lavar ropa a mano o cortardero de uñas, depósito de rollitos de papel higiénico agotados (si… el relevamiento fue breve, seguro hay miles de datos que a todos nos sorprendería conocer).

Más allá del uso o la falta de uso, nadie concibe construir un baño sin incluirlo en los planos, incluso en lugares de uso público en los que nadie sentiría necesario darle utilidad. Es uno de esos muchos orgullitos pavotes que ensalzamos los argentinos.      


No entiendo de qué color son las burbujas



¿Como saber que hay una realidad exterior a nuestras percepciones? ¿Como pensar un mundo  preexistente a nuestra experiencia de él? ¿Como entender los matices que la subjetividad le imprime a todo?


Asumir la imposibilidad de objetividad es desafiar toda intensión de certeza, es animarnos a habitar la incertidumbre y coexistir desde ahí.


¿De qué color es una burbuja?
Todo depende de cómo refleje y refracte la luz


Así nuestro mundo iridiscente. El ángulo de observación es el que crea los colores de la vida. Inquietos arcoíris bailando para pintar confusión y que la producción de sentido sea tan múltiple como los perceptores que la interpelan


Iridiscente cosmos de dimensiones múltiples. Curiosos indicios, piezas raras para crear. Divertido eclipse de verdades que nos atraviesan y nos enojan mientras nos invitan a jugar.
Mundo iridiscente, burbuja mística inevitable que nos hace creer que nos rodea, cuando claramente nos habita. Mundo de apariencia externa que solo aparece desde nuestro interior.


Iridiscencias policromáticas en la polisemia de nuestra cotidianidad. Lo dado y lo construido, enigmas de la eternidad.
Cada vez es más fácil entender el silencio de la caída de una rama de árbol en el bosque en soledad.

No entiendo de que color son las burbujas... capaz que del color de la realidad.


No entiendo la ropa de playa en el Sudeste Asiático



Todos en algún momento quedamos sorprendidos por las abismales diferencias culturales entre oriente y occidente. En verdad, tenemos formas muy distintas de pensar algunas cuestiones. Siempre nos llama la atención la forma en que se visten los asiáticos, pero sería un posteo muy largo si tuviéramos que incluir la multiplicidad de prendas que combinan y superponen, sólo vamos a hacer referencia a su ropa de playa.

Algo que no deja de sorprenderme, es la manera en la que a ambos lados del mundo se nos ocurrió mostrar status a partir del color de la piel, aunque exactamente al revés. Así como para nosotros estar “bronceados” indica una buena posición porque se supone que tenemos tiempo para estar al sol, para tomar vacaciones en lugares de playa o para dedicarnos a estar panza arriba, del otro lado del meridiano de Greenwich es absolutamente al revés,  si tu piel es más blanca, da cuenta de que no tenes la necesidad de pasar largas jornadas laborales al sol y eso indica una mejor situación social. 
Por supuesto que así como occidente toma sol en terrazas, ventanas de oficinas y patios de escuelas para no perderse un solo rayito y lograr el color que hay que tener, o usa autobronceantes y va a máquinas cancerígenas para cambian de color, oriente va a lugares con sol y evita por todos los medios que queden evidencias de eso en su dermis. 
Muchas son las formas, desde cremas blanqueadoras disponibles en todos los kioscos hasta cubrirse con sombrillas para caminar por la ciudad. Aquí, un ejemplo de cómo protegerse del sol.




Es sólo un ejemplo, las artimañas para huir del sol son tan variadas como graciosas, para hombres y para mujeres. Se venden todo tipo de cosméticos, guantes largos hasta los hombros, máscaras para cubrir el rostro e infinidad de viseras, gorros, sombrillas y parafernalia protectora para evitar el encuentro con Febo. La piel oscura remite a la clase baja y nadie quiere estar asociado a eso.

Otra cosa muy interesante de algunos lugares de “por allá” es que la religión (además de las ganas de marcar status) les indica que deben estar cubiertos, por lo que los atuendos de playa en regiones con población musulmana lucen más o menos así


Y la pluralidad de indumentaria acuática es verdaderamente amplia...



Por último, también existe entre las mujeres musulmanas una imposibilidad de practicar deportes (no está prohibido, pero está mal visto y les genera cierto rechazo de su comunidad), esto hace que muchas le tengan terror al agua y nos encontremos con grupos de nadadores de orilla, equipados como para sobrevivir a mar abierto (con chaleco y a los gritos en una playa en la que el mar no les cubre las rodillas)


Sé que la imagen no tiene sonido, pero créanme, estaban muy asustadas de estar en el agua, y muchos optaron por quedarse en la arena.

En fin... no entiendo la ropa de playa en un lugar que presume las aguas más hermosas y las playas más bellas de todo el mundo.


No entiendo carteles de Malasia



Algunas  costumbres hay que recordar que cambian y otras, hay que procurar que sigan
De eso Malasia sabe.  

Es por eso que se venden carteles luminosos (con la potencia de lo bizarro que solo el sudeste asiático puede ofrecer) en los que se pueden ver diversas deidades del budismo y el hinduismo que hibridan la población malaya.


También se invita a cuidar la conducta en espacios de culto, como las cuevas de Batu, en las que las deidades hindúes tienen su espacio de exposición, pero los vicios y los deportes no están bien vistos.


Por otro lado, es necesario repasar las reglas del natatorio, solo ropa de nadar, aunque el criterio es plural y eso implica una amplitud fabulosa, solo nadaremos con lo que indica el cartel


En los espacios públicos las reglas son muchas, algunas apuntan al cuidado de la higiene, o a las demostraciones de afecto, otras, ni idea! Son muchas y están en su alfabeto… esperamos no haber transgredido nada.


Ya hablamos un poco de baños en esta región, lo característico años atrás era utilizar letrinas, ahora que los servicios sanitarios en muchos lugares se occidentalizaron, todavía hace falta aclarar que deben usarse de una manera diferente  los anteriores.


Y por último nos despedimos de Malasia con un cartel de su aeropuerto, donde nos cuentan cuanto falta para llegar caminando de un lugar al otro.


No entiendo los carteles de Malasia, pero los comparto, por si andan por ahi...


No entiendo los olores.



Hoy llueve. Es febrero, hace calor, toda la tarde el sol del domingo sofocó la ciudad. Se vaciaron los parques, se malhumoraron las señoras, transpiraron los señores y hubo dolores de cabeza, bajones de presión e hinchazón de pies, como mínimo. Hizo calor, pero calor del bueno, de ese que no te deja caminar rápido, por más apurado que estés. De ese que no te deja llevar a cabo una conversación sin que haya que estar mencionando el calor. De ese que no te deja saludar con un beso sin disculparte por estar patinoso. Hizo calor.

De repente, en mitad de la tarde, cayeron las primeras gotas, tímidas y bienvenidas, no llegaban a mojar el suelo. El suelo estaba caliente, caliente de verdad, caliente en serio. Por suerte siguió más agua y con el agua, el olor a lluvia. Lo primero que escuché al respecto, fue a un amigo decir “¡Que petricor!” y traducirlo orgulloso como “Olor a tierra mojada”. Es curioso, no tenemos muchas palabras para hablar de olores, y las pocas que tenemos, no  las conocemos o simplemente no las usamos.

Desde hace mucho me preocupan los olores. Pase un tiempo dedicada a una mini investigación que fue mi ponencia en un congreso, en ella me pregunto entre otras cosas  por el léxico aromático empobrecido de nuestra lengua. A continuación... un resumen.

“Siento, luego existo” dice David Le Bretón (2007) parafraseando a Descartes (1637), para hablar de la importancia de los cinco sentidos en la configuración de la identidad del ser humano, vinculado a todo cuanto percibe.
Antes del pensamiento están las sensaciones, el sentir. No sabemos nombrar al nacer las sensaciones que nuestro cuerpo ya experimenta aún antes de salir al mundo. Los sentidos se desarrollan y se afinan con el tiempo, pero son cualidades innatas que nos ayudan a conectarnos con el mundo, aún prescindiendo de la educación que como sociedad elegimos transmitir a las nuevas generaciones. Es mas humano, entonces, el sentir que el pensar, y sin embargo, la cultura en la que nacemos se toma el trabajo de hacer un cambio en este paradigma logrando seres que racionalizan el entorno relegando los sentidos.
La condición humana es ante todo corporal, aunque como seres sociales configuremos desde la cultura las percepciones empíricas; somos seres encarnados y de esto parte la antropología de los sentidos como apoyo para la idea de que las percepciones sensoriales no surgen solo de una fisiología, sino ante todo de una orientación cultural que deja un margen a la sensibilidad individual; de esto queremos hablar.

Dijo Le Breton: “en la jerarquía de los sentidos, el olfato no tiene ningún peso”. Este autor, explica que en occidente el olor es mal visto y eliminarlo es el objetivo de estas sociedades. Esta ligado en la mayoría de los casos a displaceres y por eso, se busca neutralizar los olores y uniformarlos. Una forma simple de comprobarlo; si le pedimos a alguien que dibuje una cara lo mas rápido que le sea posible, lo mas probable es que obtengamos un resultado similar a este : ) , dos puntitos y un línea curva, la representación simplificada de un rostro, evade la existencia de la nariz.

Dice Bourdieu (1996)  que nominar implica hacer que algo exista: el lenguaje tiene carácter preformativo, ya que el valor social de los usos de la lengua surge a partir de su tendencia a organizarse como sistema de diferencias. Estos sistemas, reproducen el orden simbólico de aquello socialmente establecido, a saber, el sistema de diferencias sociales. Con el aroma pasa exactamente igual.
Cuando configuramos la experiencia, lo hacemos con auxilio del lenguaje. Sin embargo, en la generación de términos para nombrar las cosas que configuramos, para darle identidad, y entidad a los olores, es muy escueta. No hemos generado palabras que sean propias al orden de asuntos que hacen al olfato y sus derivados.
Hablamos de que poner en palabras un olor es pedir léxico prestado a otros sentidos (dulce: gusto, suave: tacto, floral: vista, estridente: oído). Cuando queremos describir un aroma nos encontramos con que el rechazo por este proceso físico es tal, que no tenemos vocabulario para hacerlo. Necesitamos tomar términos de otros sentidos o usar comparaciones con olores o experiencias compartidas. Esto, hace que nos sea imposible relatar una descripción acertada de un aroma.

Una de las slides del pps del Congreso en el que expuse este delirio

Dijo Italo Calvino; “Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles.”
Acaso sabemos siquiera ¿Que nos movilizan? Cuando Rousseau (1979) llama a la olfacción el sentido de la imaginación, esta hablando de esto. “Cada sociedad dibuja una organización sensorial que le es propia” (Le Breton 2007) . El mundo está hecho con la tela de nuestros sentidos, pero se entrega a través de los significados que las percepciones modulan. 

Hoy llueve y todo en la ciudad huele a petricor, muy poca gente lo nombra así, muy poca gente quiere llenarse de él. Muy poca gente presta atención al olfato, a los aromas, a los olores. Pero hoy llueve y eso se respira hondo.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 27: salí a dar una vuelta por el barrio y hacé un mapa de sonidos y olores

No entiendo un mejor lugar



Frío puede sonar si digo mármol
Aburrido puede sonar si digo histórico
Vacío puede sonar si digo icono

Por eso trato de no decir nada. Solamente yo sé lo que significa pasar por ahí, sentarme, mirar, comer, escribir, sacar fotos, charlar, conectar con el río. El Monumento Nacional a la Bandera es mucho más que un emblema de la ciudad de Rosario, mucho más que el dibujito del billete de diez pesos, mucho más que un lugar turístico. Es mi lugar en el mundo. Tan céntrico que siempre me queda cerca, tan parque que siempre invita a quedarse, tan en el río que siempre hace suspirar.


Sentarse en el mármol travertino proveniente de la cantera del Albardón, provincia de San Juan (como repetía en las visitas guiadas que solía hacer por trabajo o por couchsurfing), es un deleite para el tacto que se permite recorrer los pozitos y acariciar la rugosidad. Al oído, el monumento es políglota si se llena de turistas que le rinden homenaje, y a veces es musical, cuando los espectáculos lo habitan como escenario, aunque también suena triste los días de protesta, que equilibran con las veces que suena a fiesta porque también vamos al Monumento a festejar. A la vista le brinda una polisémica sinfonía de alegorías en cada una de sus secciones, como un resumen de la historia y el futuro nacional. Las esculturas verdes y blancas son de Fioravanti y Bigatti sumando en el fondo las de Lola Mora. También las nubes, el cielo y el río, a menudo arman banderas Argentinas para quien quiera metaforizar. Al olfato, olor a río, a humedad rosarina, a gas en la zona de la llama votiva. Para el gusto, suele ser pochoclo o en mi caso alfajor, o algunas veces sandwichitos, porque es un lugar picnickeable.

En todos los momentos de mi vida, hay un recuerdo en el Monumento a la Bandera, buscado y elegido como protagonista de lo que soy.


“Lo interesante de este Monumento, esta vinculado a las distintas formas de consumo simbólico que de él se hacen. Al ahondar en su historia y su actualidad, se intentara destacar la significación de este espacio. En este monumento, emblemático de la ciudad de Rosario, tienen lugar distintos eventos, tardes soleadas en familia, espectáculos artísticos, actos cívico militares, expresiones culturales de las más diversas, paseos con amigos, izamientos de distintas banderas en fechas trascendentes, cacerolazos y manifestaciones”.

Dice mi tesis de licenciatura, que lo tuvo como objeto de estudio.

Mi lugar en el mundo.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 20: escribí acerca de un lugar que amás



No entiendo la basura



Me preocupa la voracidad del consumo, no creo que debamos descartar con tanta liviandad.

En algún momento, prometo explayarme sobre por qué no entiendo a los que no aplican las 3R, y en algún momento ya hable de que no entiendo a los que no reutilizan, pero puntualmente ahora, quiero decir que la semana pasada saqué esta foto.


Me llenó de nostalgia verla ahí, en el piso, entre dos contenedores de basura, como si el dueño hubiera querido abandonarla, pero que alguien la salve de su aparente final.

Tuve que sacar la foto para contener mis ganas de adoptarla, pensé en su trayectoria y su actual obsolescencia, la vi como una abuelita que deja de estar saludable para cocinar y sus conversaciones van perdiendo energía y los nietos no quieren ir a su casa y los hijos piensan que hacer con ella. Triste.
Pensé en el momento que la compraron, el lujo que la revistió, las funciones que cumpliría, la vi como una abuela con collares importantes, sentada muy derecha en un sillón de estilo de un salón con techos altos y arañas de caireles, dispuesta a cuidar nietos los fines de semana.
Mientras yo le sacaba la foto, los autos me despeinaban a toda velocidad, la gente apuraba el paso en la vereda de enero, tratando de llegar a algún lugar cerrado, climatizado artificialmente, la gente... apurada por evadir la realidad.
Mientras yo sacaba la foto, cientos de abuelos estaban tan solos como ella, y la artificialidad seduciendo a hijos y nietos que no pueden parar para mirar y verlos, y darles ese abrazo que la historia se merece.

No entiendo a la sociedad de consumo, pero es muy claro como sus valores se traducen en prácticas. Objetos y personas… descartables, por igual.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 8: buscá una foto en un cajón y escribí lo que está pasando fuera del cuadro

(estaba de viaje, y solo tenía a mano las fotos de mi cámara)



No entiendo este sueño



Y no es metafórico, hablo de los sueños de estar dormida, no de anhelos y propósitos. 
Hoy, vamos con un ejemplo. Ciertamente, no creo en las lecturas lineales de los sueños, pero hay algún mensaje que viene muy bien cifrado. La siguiente descripción no tiene ningún sentido aparente, la lectura azarosa de mi mundo interno, queda a libre disposición de los lectores.


Soñé que salía de mi casa, y encontraba una tortuga perdida (en la esquina de España y Córdoba, muy centro de la ciudad), entonces me la llevaba para sacarle una foto y buscar su dueño en Facebook. Como no iba para mi casa, seguí mi camino (con ella) y fuimos a la oficina en la que desde hace un año ya no trabajo (este sueño es de la noche que cumplía un año de desvinculación con esa empresa, ¿creer o sobreinterpretar?). Llegaba a la oficina, en la que no tenía que estar, sabiendo que había cámaras de seguridad, y me ponía a envolver mis regalos de navidad, tratando de evadir las cámaras que transmitían a Buenos Aires mi presencia (cuando yo trabajaba ahí, no había cámaras, pero era un proyecto en marcha), y cada tanto, limpiaba lo que la tortuga ensuciaba. En el medio, llegaron mi antiguo compañero de trabajo (a quien vi felizmente la semana pasada) y un muchacho, que en mi imaginación es mi reemplazo (pero no lo sé, porque nunca lo vi).  Yo sabía y sentía que estaba en esa oficina, aunque su apariencia era como la de las habitaciones de mi casa, tenía la misma sensación de incomodidad que cuando trabajaba ahí. En un momento del sueño, saqué $300 de una cajita y después los dejé bajo un teclado (no sé si cambié de idea, si era una travesura, o si eso tenía algún sentido). En algún momento me parece que agarré la tortuga y me fui.


Eso es todo… la mayoría de mis mañanas, no recuerdo haber soñado nada, pero cuando tengo imágenes o momentos recordables, suelo escribirlo en papelitos que dan vueltas por la casa, hasta que me canso de verlos.

No entiendo que significan, pero casi siempre incluyen animales.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 5: escribí el último sueño que recuerdes



No entiendo el efecto hipnótico del fuego


Pero lo disfruto, lo celebro y me dejo llevar.

¿Buscan formas en las llamas? Es una actividad verdaderamente fabulosa.
Formas en las llamas, formas en el humo, formas en los leños mutando al calor.
El asado del domingo, la fogata del campamento, el hogar en invierno, e incluso las velas de una noche de apagón son invitaciones a jugar con las formas efímeras imposibles de retener.

Un hueco en el leño, formas de humo que lo atraviesan y muchas posibles interpretaciones 
Dibujitos en movimiento, figuritas bailarinas, siluetas y reflejos termoformados en el aire para quien tenga ganas de descifrarlos y dejarse llevar. Hubo quienes los interpretaron, habrá quienes busquen capturarlos en fotos, pero lo mejor es mirar como nacen y se retuercen, como van y vienen con el viento y sin él.

¿Un mate? ¿Una guitarra? ¿Un caldero?
Desde tiempos ancestrales el fuego ha sido parte constitutiva de la vida del ser humano, marcó un antes y un después, su descubrimiento constituye el momento bisagra de la humanidad, y hoy a tantos años de aquel hecho, sigue siendo totalmente fascinante convivir un ratito con él, con su  abrazo, con su luz, con su polisemia y sus nostalgias. 
El fuego, en cualquier tamaño, versión o formato, hipnotiza.

Mirar sin ver… mirar a través, mirar solo, mirar de a dos, mirar en grupo de amigos, mirar en familia. El fuego resignifica momentos y nos hace cercanos. Todos tenemos el recuerdo de algún momento con fuego.


No entiendo como dejar de mirar los dibujitos que se hacen en y con el fuego.



No entiendo como no pasar horas buscando formas en las nubes


Me cuesta mucho dejar de hacerlo. Lo disfruto y me puedo pasar horas con dolor de cuello forzando siluetas en el cielo. Comparto esta foto de una búsqueda que registre:


¿Pueden verlos?
Encontrar formas en las nubes tiene la complicación de tener que explicar a otra persona que vimos por ahí. 
Este cielo de Villa Logüercio, junto a la laguna de Lobos, en Buenos Aires, tiene una parejita de chicos, un abrazo, un beso en la frente y un montón de ternura.
El pelo, la oreja, la nariz, la profundidad del ojo cerrado... está perfectamente definido.
¿Pueden verlos?

También comparto un cuentito, muy breve y sencillito que escribí hace algunos meses y retoma esta temática, tratando de explicar desde la literatura los efectos de las nubes en la rutina humana;

Instantes
Se tiró al césped junto a su perro, que tomaba sol panza arriba con envidiable serenidad. Imitó  la posición con todo el cuerpo (aunque el animal lo mirara intrigado con uno de sus entrecerrados ojos)
Quedaron tendidos a la par, entregados al cálido abrazo otoñal de Febo. Al principio le molestaron los yuyitos, después sintió patas de algunos bichitos, finalmente se mimetizó con el entorno y al cabo de un tiempo se animó a abrir los ojos.
Con el brillo del sol, se hicieron visibles para él sus propias pestañas, esas, que estando siempre ahí hacen que las dejemos de ver. De fondo danzaban presumidas las nubes. Esa tarde se movían rápido y, sea lo que sea que eso signifique, era divertido. Conejos, casitas, elefantes y seres cachetones, todos ellos desfilaban por el cielo con ese polisémico compás de cumulonimbus. Su perro suspiro. Él le rascó la pancita.
Y casi como si alguien quisiera cambiar el canal de esta preciosa película muda, por su cabeza se cruzó uno de sus problemas, y luego otro y en minutos ya eran tres.
Apretó fuerte los ojos, sintió como se dibujaban las arruguitas en sus parpados. Hizo un esfuerzo mental inexplicable y los abrió suave y lentamente, prestando atención al movimiento de su piel. Volvió a mirar sus pestañas, tomó una de las patas de su perro (como quien se aferra a un rosario con fe) y se repitió como un matra que era lo importante en ese momento; conejos, casitas, elefantes y seres cachetones. 


A modo de solución, por si no los encontraron en la foto anterior, y para compartir la belleza sutil del cielo, dejo la imagen que con el dedo tracé desde el césped, para ayudar a mirar a la parejita que las nubes pintaron este fin de semana.


No entiendo como puede haber tanta gente que se pierde estas obras de arte aéreas.