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No entiendo hasta cuando se es bebé



¿Cómo sabemos que un bebé dejó de serlo? ¿Hasta cuándo un bebé es bebé? ¿Cuándo la cría de sapiens pasa a ser un niño?

Algunas culturas tienen rituales de pasaje, que marcan el cierre de un periodo en cada uno de los individuos que completan el rito. Aunque todavía tampoco este claro el paso de niño a adolescente o de adolescente a adulto (y que decir de adulto a viejo), hoy me preocupa saber cuándo se considera que un bebé cerró esa etapa y egresó a ser un niño.


¿Será que el día  que da su primer paso logró el cambio de categoría? ¿Acaso cuando deja de ser lactante y se independiza definitivamente del cuerpo de su mamá? ¿Cuándo come solo?
¿Cuándo consideramos que ya sabe hablar? Del primer balbuceo al tratado de lingüística, ¿en qué punto y quien decide que alguien ya sabe hablar? ¿Terminamos de aprender a hablar en algún momento?
¿Se deja de ser bebe cuando se abandona el uso de pañales? Esos accesorios casi universales son el icono mismo de la bebesidad… ¿Cuándo el bebé va al baño solo, ya es un niño?
¿Se hace niño cuando duerme de corrido toda la noche? ¿O cuando empieza a dormir en su camita? ¿Cuándo empieza el jardín (independientemente de su edad biológica)?
El bebé se vuelve niño en muchos lugares cuando se establece que debe pagar entrada, pasaje o boleto, cuando económicamente se lo ve como sujeto de disfrute de eso que se cobra.

¿Hasta cuándo debe una madre lavarle la ropa con jabón neutro? Si va al pediatra hasta los 18 años, y a esa edad ya es un sujeto que puede votar, en pocos años tendrá trabajo, se irá de casa, tendrá sus hijos y dejará de ser deambulador para que nunca hayamos sabido cuando dejó de ser bebé.


No entiendo hasta cuando, y hay muchos grises en cada cambio de etapa…. Sera cuestión de explicarle que siempre va a ser el bebé de mamá.


No entiendo retro - tributo a mi niña anterior


Ciertamente, no soy de las personas que creen que tenemos un niño interior, creo que màs bien es un niño anterior y que lo vamos re configurando a medida que jugamos a otros juegos y con otros juguetes.

Entonces me puse a tratar de recordar aquellos "no entiendo" lejanos, aquellos que en mi anterior infancia no entendía... 
Fueron tres los que más rápido llegaron a listarse, y los comparto, por si alguien quiere hacer el mismo ejercicio.... aquellas cositas que nos llamaban la atención, que despertaban nuestra curiosidad y nos llevaban a pensar el mundo, cuando estábamos recién llegados a él.

No entiendo retro 
(cosas que no entendía de chiquita)

De esta época de mi vida son estas preguntas

  • ¿Porque la gallina tiene dos patas y el pollo cuatro? (basado en que recordaba fotos de gallinas, y no tenia dudas de que tenían dos patas, pero como en  casa éramos cuatro y todos comiamos pata, el pollo debería tener cuatro)
  • ¿Porque Berugo Carámbula empezó el programa antes de que lleguemos del jardín? (siempre volvíamos del jardín y lo veíamos en la tele, pero un dia que nos quedamos charlando en la puerta con otra mamà y cuando llegamos a casa, ¡ya había empezado el programa! sin que nosotros lo estuviéramos viendo...)
  • ¿Porque cuando me hacia la muerta en la vereda, Dios no me llevaba al cielo? (muchas veces lo quise engañar, me acostaba en la vereda, quieta, inmóvil, y ni respiraba... el objetivo era llegar al cielo, conocerlo y decirle que en verdad, yo estaba viva, que me deje bajar, que era turista allá arriba...  y no funcionó)



No entiendo... desde hace mucho tiempo.


No entiendo algunos rituales (3)



Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior. Oh sí.

Y no lo entendí nunca.

Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada se sabe, nada se puede aprender.

Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa y golpeándolo en la puerta de la universidad.


Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina, huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de rigor.


Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable. Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación y vejaciones.


Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas, universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo limpiar.


No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo. 


No entiendo algunas canciones infantiles



En el fondo, la verdadera  preocupación que tenemos, son las próximas generaciones. 
Y si… los chicos como presente y como futuro son la joyita más preciada que cada especie tiene para garantizar su continuidad, pero nos resulta muy complicado; los chicos vienen violentos y conflictivos, inexplicablemente.


Hay montones de cosas en relación a la crianza de niños que me generan dudas, muchas cosas de esas que no entiendo… pero una de las que más me preocupa es que como sociedad, hemos descubierto hace mucho tiempo que los chicos aprenden jugando, y para desarrollar habilidades de socialización y aprender a hacer distintas operaciones lógicas, aparecieron los Jardines de Infantes (esos que se metaforizan con el prado lleno de margaritas a regar para que crezcan sanas y derechitas). 

Como aprenden tan fácil y tan rápido, nos dimos cuenta que las canciones le suman pregnancia. Los chicos disfrutan las canciones y las repiten con facilidad abrumadora…. Sin embargo no somos muy estratégicos con lo que les hacemos repetir.

No sé hasta cuando repetiremos que Sana sana colita de rana… si las ranas no tienen cola.
No me causa gracia admitir que si Mambrú se fue a la guerra no sé cuándo vendrá
No quiero que alguien me diga “Yo quería una de sus hijas, Mantantiru-Liru-Lá”
No quiero que Manuelita viaje hasta Paris sólo para ponerse linda para un tortugo
No estoy de acuerdo con la amenaza de la mamá de Trompita con hacerle chas chas en la colita.

No tengo ganas de que los chicos y sus permeables cabezas repitan estas estrofas robotizados. Porque podrían repetir otras cosas, mas poéticas, más profundas o más superficiales, pero más interesantes, y para ellos sería igual de divertido, sin ser taaaan hueco. ¿no?

No entiendo algunas canciones infantiles.


No entiendo la relación de occidente con los abuelos.



Si tuviera que escribir un libro (y es casi un hecho que algún día lo voy a hacer), seguramente sería un libro infantil. Me parece maravilloso poder compartir lecturas con los chicos y armar historias para que ellos las escuchen con la concentración que sus caras expresan. Sin embargo, estoy convencida de que los chicos tienen mucha necesidad de hablar de cosas feas, de cosas tristes y de escucharlas para desdramatizar, o al menos para saber que existen o que no les pasan a ellos solos. Me encanta escribir cuentos infantiles, pero cuando los cuentos son tristes, y en muchos de ellos (no en la mayoría, pero en muchos), la melancolía, la pena y la tragedia se cuelan profundamente, no sé si difiere en mucho que sean para chicos o para grandes. Todos nos ponemos igual de tristes. Seguramente si tuviera que publicar un libro, sería de cuentos, no me veo escribiendo una novela.
También me gusta que los cuentos nos recuerden cosas importantes de la vida que muchas veces la vorágine cotidiana nos ayuda a olvidar. Un cuento cortito que escribí en 2002 es este:

Y siguen ahí
Voy a contarles de ellos, solo porque los vi. Voy a contar lo que pienso, solo porque sí.
Estuvieron en el cosmos desde antes que yo naciera y jugaron a ser grandes hasta que lo fueron. Llegaron a tener familias, los que la tuvieron, y soñaron vivir distinto, aunque no me lo dijeron.
Supe que fantasearon con la palabra abuelo, sé que están en el mundo, esperando el llamado al cielo. Sentí que en cada mirada había un mudo desconsuelo y que esas curtidas manos mil alas batían vuelo, igual escuche sus risas, aunque hubo quienes no rieron, igual comprendí su pena, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, viendo pasar la vida de otros, como si la de ellos no pasara más, viendo pasar los sueños de otros como si no soñaran más, sin embargo, yo sé que sí, sé que sueñan con la realización de sus anhelo, anhelos que tienen, que yo sé que tienen, aunque no me lo dijeron.
Estaban ahí, sin hacer nada. Estaban sentados jugando a las cartas. Estaban mirando las hojas en la vereda. Estaban esperando que la muerte viniera. Estaban internados sin enfermedad. Estaban acompañados, llenos de soledad. Estaban solos, siendo tantos.
Geriátrico, estaban ahí, yo sé que sí.
Y siguen ahí.


Todos sabemos que las sociedades orientales rinden culto a sus ancestros y a sus ancianos, No entiendo cómo nos podemos olvidar de los abuelos. No entiendo cuando un nieto deja de tener ganas de ir a visitarlo, de pasear juntos, de compartir tiempo. No entiendo, pero seguro es una idea fuerza que pasa por adentro de muchos de mis cuentos, porque hacer que las generaciones florecientes se acerquen a las bibliotecas parlantes que constituyen sus ramas más altas en el árbol genealógico, me parece una tarea colectiva a encarar como civilización.
No entiendo como no hay más y más estrategias para recuperar ese vínculo que los occidentales estamos descuidando con los adultos mayores, que estuvieron ahí para nosotros, para nuestros padres y siguen ahí.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 29: escribí un párrafo de tu futuro libro




No entiendo el calentamiento global.




Resulta que hace unos cuantos años, en alguna tarde de delirio (perfectamente tengo ubicado que era de tarde, porque no es de mis ideas trasnochadas, ni de las mañaneras), se me dio por pensar en el calentamiento global, pensé en la contaminación y el rastreo genealógico de las causas, y llegué al título "M`ijo el dotor. Historia del calentamiento global"
Y si, aunque no suene coherente, creo que en los años más agrarios de nuestra historia, la benevolente mirada cargada de orgullo a los profesionales otrora escasos es la raíz de que cada vez sean necesarios más aires acondicionados.

Ante todo, una declaración de principios; no tengo, no pretendo tener, no uso y no hago prender aires acondicionados. Sospecho que aumentar el uso de energía potencia el calentamiento global y sospecho también que mi cuerpo no tiene que acostumbrarse a las bajas temperaturas artificiales, sino adaptarse a las temperaturas de su nuevo medio. ¿La conclusión? No la paso excesivamente mal, tomo agua más fría y refrigero de adentro hacia afuera, uso ropas más holgadas en verano y resisto, porque mis convicciones me lo piden (no, no tienen que abrir su propio blog para contar que lo que no entienden es a la autora de este).


Las generaciones de campesinos que se esforzaron por garantizar a sus hijos una educación de nivel superior usaron su libertad para asignar a las profesiones un valor superior al de los oficios. Sus hijos se volvieron profesionales. Con muchos profesionales provenientes de clases postergadas en los lugares de toma de decisión, se democratizó el acceso a las universidades. Los oficios caen en desprestigio, muchos más padres fomentan en sus hijos el deber de acceder a la educación superior. Quedan pocos seres humanos con intenciones de aprender a reparar cosas que se rompen y esos pocos aumentan sus tarifas. Las cosas se rompen y los precios de las cosas nuevas hacen que no sea rentable pagar a esos pocos reparadores. Los profesionales prefieren comprar otra vez las cosas que ya tenían y se han roto, en lugar de pagar por su reparación. Se produce el descarte de las cosas rotas que han sido reemplazadas por nuevas porque los pocos que las podían arreglar aumentaron sus tarifas y la industria con sus máquinas bajó los costos de reponer ese objeto. Aumenta el descarte de objetos que no se intenta arreglar. Crecen los factores que tienden al calentamiento global.

La libertad bienintencionada de aquellos padres que prefirieron la educación de nivel superior a los oficios pone en riesgo la sustentabilidad de nuestro planeta

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 25: escribí acerca de un tema del que no tenés ni idea. Inventá todo.

Esta consigna me resultó particularmente irónica, porque siempre escribo de cosas que no sé, como si supiera!


No entiendo los duelos



No entiendo los duelos, no entiendo cuando terminan, no entiendo como transitarlos, no entiendo por qué no me salen.
Ya estamos sobre el final de la serie de disparadores de escritura #30díasdeescribirme y si bien en muchas ocasiones me desvié bastante del eje la consigna, hoy no puedo… así que… es justo eso lo que no entiendo, como el paso del tiempo no termina de cicatrizar ciertas cosas.

Día 24: escribile una carta a alguien que ya no está
En el último tiempo tuve dos perdidas grandes, en el caso de la última, pude escribir estos articulitos
En el caso de la anterior… quise escribir algo hoy, pero me resulta posible…

Esta es la esculturita homenaje que le hice en mi adolescencia y hoy está en mi escritorio
¿Que si pasamos cosas juntas? ¡Si, todas!
¿Qué cosas? Hemos jugado durante horas, hemos comido juntas en la cama, hemos compartido cantidad de cumpleaños, navidades y fundamentalmente el dia de mi santo. Hemos estudiado juntas parte de la primaria, toda la secundaria y toda la universidad. Compartimos cientos de películas y libros en los distintos sillones de casa. Bailamos, nos disfrazamos y nos sacamos infinidad de fotos durante diecinueve años.
¿Que si lloramos juntas? ¡Cuántas veces! Tantas que creo que lo más difícil fue que me hayas dejado llorándote sola.



Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 24: escribile una carta a alguien que ya no está


No entiendo a los hiperconectados



Mis papas me enseñaron a no mentir, pero a la hora de la cena o durante el almuerzo, papá nos pedía que cuando sonaba el teléfono digamos que él no estaba. Eran momentos en los que no quería estar disponible para quien sea que lo buscara, porque era la hora de la comida, y eso era motivo suficiente para que en la casa en la que no se mentía, se diga que papá no estaba.

Años más tarde papa se compró un teléfono celular, era enorme, carísimo y súper novedoso. Muy pocos había en la ciudad cuando el de papá llegó a casa y si había algo que teníamos en claro desde el momento inicial, era que el número del celular de papa no había que dárselo a nadie, pero a nadie. Si lo buscaban en casa, a lo sumo le podíamos dar el teléfono de la fábrica para que intentaran  ubicarlo ahí, o quizás ofrecer un horario tentativo en que podían encontrarlo en casa, pero el  celular de papá era para emergencias, y solo unos pocos representábamos algo importante como para usar esa información.

Un día, mi hermana y yo habíamos sacado en la mesa de un restaurante nuestros videojuegos de mano, los teníamos pausados en el nivel en el que habíamos quedado y cada segundo estábamos mas cerca de batir una marca, era la tecnología del momento, y nos tenía enloquecidas. Mi hermanito aún era un bebe y estaba sentado en una sillita alta. Nuestros videojuegos, por pedido paterno siempre estaban en modo “mute”, a papá no le gustaba el ruido y quizás sea por eso que aun hoy se me hace insoportable. Fueron algunos segundos de Tetris, yo tendría once años, el enojo de papa fue breve pero entendible, en la mesa se comparte. Volvimos a poner en pausa nuestros juegos y nos dispusimos a cenar.

Ya pasaron muchos años de aquellos fragmentos de vida, pero dicen que la infancia es el momento de aprender lo importante, y al menos, a mí me sigue pareciendo importante respetar esas cosas. Me molesta, y me pasa muy seguido que estén dando prioridad a lo que pasa en la pantalla postergando al que está presente. Y no hablo de atender llamadas urgentes (de esas que para mi papá estaban tomadas con pinzas y contadas con los dedos de una mano)
Y no, no tengo mil años, ni soy anticuada, ni quiero que vuelvan los teléfonos a disco, ni vivo sin electricidad. Solo quiero que la gente que con la que hablo me mire a los ojos y no interrumpa la charla por un ruidito o porque alguien en otro lugar quiere hablar cuando la palabra la estoy ejerciendo yo. No quiero que estén escribiéndole a otro mientras trato de hilar una conversación, ni quiero que lleguen a mi casa y me pidan la clave de wi fi como si fueran a permanecer tantas horas allí.
No quiero que las charlas giren en torno a lo que pasa en la pantalla, a un like de Facebook o una noticia de twitter, no quiero que nos encontremos para que se entere instagram ni que los grupos de WhatsApp sean interlocutores válidos durante el encuentro. No quiero que haya chicos buscando atención de los padres mientras ellos están inmersos en sus dispositivos táctiles, no quiero que los perros solo jueguen para ser filmados. No quiero que comer sea solo para compartir la foto del menú en redes, no quiero deshumanizar los vínculos en el intento de hipervincular.
No quiero, pero nadie me pidió mi opinión.

Mientras los padres hacen compras, los sientan, en otra dimensión
Por un momento pensé que algo raro estaba operando en el mundo, porque antes los papás pedían que estemos en momentos compartidos y ahora son los padres los que evitan conectar y no los hijos. Me siento como se sentirían mis padres cada vez que tengo que pedir o resignar la atención de un amigo, porque le están escribiendo, porque le llegó una foto, porque le mandaron un chiste, que no puede esperar para ser atendido (y la persona que está presente, si puede)
Pero pensándolo con mayor claridad, en verdad son padres los que en ese momento de mi infancia eran hijos. Y quizás no le dieron el mismo valor que yo a esos intentos por respetar los espacios y momentos presenciales.


No entiendo cómo se desconectan los hiperconectados. Yo trato de estar acá. No me dejen sola.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 23: cómo te parecés a tu mamá

Gracias papá y mamá por enseñarme cosas importantes.

No entiendo la inspiración



En uno de los primeros apuntes de mi carrera universitaria, estaba el texto de Roberto Fontanarrosa “La inspiración”. Estaba en la materia Redacción 1, entre las primeras lecturas, y el trabajo que se nos pedía era trabajar con esa noción. Desde entonces, fue más que claro que el término “inspiración” no tendría cabida en el hacer profesional que se proponía para nosotros. 
Desde entonces, me quedó grabado y no por eso dejo de esperar que de algún universo paralelo, envuelta en trapos y luces, llegue una musa con aquella frase que estoy necesitando para terminar un texto, una planificación, una propuesta.


Y es que desde pequeños la magia nos da ese lugar cómodo en el que esperar que las cosas sucedan. Entonces, esperar, y en algún momento, llega el vencimiento del plazo, entonces, empezar... que es algo se produce medio así:

Bueno, ahora, prender la computadora porque hay mucho que escribir. Si, ahora. Bueno, pero para poder enfocarnos en esa escritura, vamos a terminar los pequeños pendientes que reclaman atención en las pestañas del navegador. Oh y dado el horario, habría que hacer un par de llamados, porque se puede escribir de madrugada, pero hablar con recepcionistas de reparticiones públicas, definitivamente no.
Ahora sí, empecemos, pero primero, la chocolatada y algunas galletitas, porque con la panza vacía no se puede escribir nada con sentido. ¿Y esa notificación? Seguro es algo importante, y quizás esté pasando algo importante en alguna de esas redes sociales donde tengo cuenta, pero no entro seguido. No debería dejar de fijarme, así ya me pongo de lleno con la tarea de escribir. Uy, la taza de la chocolatada, mínimo la pondré en remojo, bueno, mejor la lavo, y ya que vine hasta la cocina, puedo lavar le resto de las cosas que hay dando vueltas por ahí. ¿Y si para optimizar el tiempo voy poniendo el lavarropas? Son dos segundos, ¿claro u oscuro? ¿Habrá algo más para lavar en otra parte? Mejor lo busco.

Capaz sea mejor hacer antes la foto para ilustrar el texto, ¿o ya tengo una buena foto para eso? Me parece que si, la busco y mientras, voy escribiendo algo para perfeccionar más adelante.
No se puede escribir algo lindo en medio de este desorden, vamos a apilar papeles, pero mientras lo hago, voy redactando en mi cabeza lo que después voy a tipear.
Ahora tengo una idea, pero se parece a algo que ya escribí, o eso creo. ¿Lo tendré archivado? mejor lo busco. ¿En que carpeta?. Uy! Encontré mi tesis de licenciatura.... hace mucho que no la releo. Que nostalgia... cuantos borradores sin terminar en esta carpetita!
Uy, el plazo. Si ahora a escribir. Pero antes...

Y así sigue la charla por horas, hasta que en plena madrugada, en medio del sueño, algo te abre los ojos y en el papelito arrugado de la mesita de luz se plasman las ideas que todo el día no dejamos emerger.

No entiendo la inspiración, pero no descarto su existencia.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 22: escribí el monólogo interno que experimentás cada vez que te sentás a escribir






No entiendo las raíces



No soy exactamente una persona estándar… que se yo… Soy producto de mis vínculos, como todos, pero me ocupe de que mis vínculos sean bien variaditos. Me gusta pensar que mis raíces se nutren de muchas cosas.
Cuando ni una jaula puede limitar a tus raíces

Alguna vez leí esa frase que dice:

... y algo de eso hay, ninguno de ambos es verdaderamente bueno sin el otro. 
De eso se trata la vida.

Quizás sea necesario pensar en cablear una raíz lo suficiente como para permitir que el despliegue de alas esté cargado de elecciones basadas en conocimientos adquiridos y experiencias ajenas. Quizás sea fundamental conocer la multiplicidad de tipos de raíces para saber cual queremos desarrollar.
¿Como seria pensarnos como seres con raíces pivotantes? ¿O tuberosa? ¿O quizás como bulbo? Yo elijo las raíces rizomáticas, pero tal vez hay gente que necesita que sus raíces sean como las de un clavel del aire, o como las de un camalote.

En función de esas raíces que se construyan, devenirán las alas, algunas serán alas majestuosas como las de águilas, coloridas como las de pavo real, delicadas como las de las mariposas, resbalosas como las de los pingüinos. Lo importante es que en todos los casos, el tipo de anclaje y el tipo de vuelo, estén mediados por la libertad de poder elegirlos, y alejados de la sensación de que son caminos inevitables, dados o rígidos.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 21: “Estas son mis raíces”


No entiendo los corazones rotos




No entiendo los corazones rotos….

… pero tengo uno en la cuadra de mi casa, 
...y no entiendo como nadie lo ve.


 Cada vez que vengo caminando, levanto la mirada y me saca una sonrisa. No puedo dejar de imaginármelo esperando a alguien que si va a venir. Sonrío porque lo veo roto, pero con final feliz. No creo que esté esperando algo para toda la vida. Más bien creo que su amor no correspondido se compensa con la alegría que le genera cuando ve pasar a su otra mitad. Imagino que pasa cada tanto y eso le alegra, imagino que hay algún vínculo, pero quizás solo le alcance con el contacto visual. No creo que sea algo muy reciente, porque está roto, pero cicatrizado, tiene bien erosionadas las aristas de la herida, como algo que ya entendió y aunque duela, está asumido.
No sé si la otra parte sabe de su existencia, o de su desazón, si está en pareja o no… no sé nada de quien tiene así a este medio corazón. No sé si espera a alguien femenino o masculino, animal, vegetal o mineral. No sé nada y no le puedo preguntar.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 18: escribí acerca de la vez que rompiste un corazón / un hueso / una ley / una promesa
En este caso, me tomé  una super licencia para hacer cualquier cosa con la consigna de hoy, porque no recuerdo haber roto nada de eso.


No entiendo las casas sin mascotas




Estoy tratando de pensar si alguna vez sentí nacer esa sensación, y creo que no. Siempre estuvo allí. Estoy tratando de recordar cuando la sentí con más fuerza, y sin dudas, fue cuando me mudé a mi casa actual.

No entiendo las casas sin mascotas. Y es claro que esta afirmación se basa en el hecho de que comparto el criterio de la definición de la palabra mascota; “es un término que procede del francés mascotte y que se utiliza para nombrar al animal de compañía. Estos animales, por lo tanto, acompañan a los seres humanos en su vida cotidiana, por lo que no son destinados al trabajo ni tampoco son sacrificados para que se conviertan en alimento”.

Siempre en mi casa hubo animales, variaditos, pero constantes. No sabría vivir en una casa sin ellos, y me cuesta mucho visitar u hospedarme en casas que no cuentan con la energía mágica que una mascota irradia. Cientos de estudios demuestran la cuantiosa lista de virtudes que la convivencia con animales reporta a ambas especies, físicas, emocionales, energéticas… es una relación muy recomendada.

 Una de las casas que recuerdo sin mascotas, es la de mis primas. Cuando éramos más chicas, tenían algunos caracoles en el patio, a los que se acercaban con temor, y gatos que pasaban por la cornisa, pero no cumplían tareas afectivas. Cuando ellas venían a casa solían jugar con mis gatos y siempre estuvo latente el pedido de un perro. Incluso hubo varias negativas tajantes de mis tíos para la adopción de un perro en la casa. Sin embargo, en algún momento, algo pasó… nunca supe bien cuáles eran los argumentos por la negativa, ni mucho menos cuando se volvieron positivos ante la propuesta, pero de buenas a primeras, un verano de nuestra adolescencia, a la casa de mis primas, llegó Mandy, una bretona divina.
A partir de ahí, tengo solo maravillosos recuerdos de ella, incluso, Mandy carga con el honor de ser el único perro en el mundo que alguna vez me mordió (ella estaba asustada y yo insistí en interactuar, después de todo, la cachorra tenía razón). Ahora que lo pienso, el recuerdo más lindo que tengo, no es precisamente “de” o “con” Mandy… sino que se trata de un gestito de una de mis primas (y la involucra a sus espaldas).

Después de mi boda, hice algunas reunioncitas en casa para celebrar la mudanza y presentar mi vivienda en sociedad. Nos mudamos en julio y teníamos previsto un viaje en diciembre, por lo tanto, a la decisión de no mudar mi gata de mi casa de soltera, se sumó la decisión de no tener mascotas hasta la vuelta del viaje (que de paso, le ahorraría el stress de los últimos albañiles y los cambios de paisaje propios de nuestra adaptación de la casa a su modo “hogar”). Cuestión; mi casa no tenía ninguna animal… y eso era como si mi casa no tuviera alma, así nomas.

El recuerdo es claro; estoy en una de estas reunioncitas de recién mudados (2009). Los invitados son mis papás, mis abuelos, mis tíos  y mis primas. Vienen a conocer el nuevo domicilio y compartir las fotos y el vídeo de la boda. Todos están  llegando, entre abrazos y felicitaciones, con mucha alegría, ruidosa alegría. Entre los besos y las palabras amables en relación a la pequeña casa en proceso de habitabilidad, me saluda mi prima menor y me entrega una bolsita. Estamos en el patio, cerca de la puerta de la cocina. Claramente y sin que yo me lo imaginara, mi prima sabía que ese vacío (que nunca confesé) estaba en el aire y me trajo un regalo tan simple como maravilloso; una foto de su Mandy en un portarretratos decorado por ella misma  y me lo entregó con la idea de que sea mi mascota provisoria. Y eso fue… mi primer  mascota de casada… una Mandy bidimensional que aun hoy atesoro con toda la ternura con la que llegó.


Estoy segura de que mi vida mascotera está casi legislada por gatos, pero amo esa foto y lo que representa, porque... no entiendo las casas sin mascotas, ¡y yo viví nueve meses en una!

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 15: escribí acerca de un perro que haya formado parte de tu vida (y aprendé a recordar en imágenes)


No entiendo los museólogos




Estaba trabajando en la exposición de obras de un reconocido artista emergente. Un joven talentosísimo cuyas imágenes no dejaron de sorprenderme a lo largo de los dos meses que conviví con ellas. A dos cuadras de donde yo trabajaba, en el Museo de Bellas Artes de mi ciudad, se estaba desarrollando mi graduación como Técnica en Conservación de Museos. Me dieron la posibilidad de estar ahí, pero no me resultó atractivo. Estaba en pleno ejercicio de mi flamante profesión, en el momento más feliz (hasta hoy) de mi tarea museológica. Los títulos se dignifican en la práctica, no en las fotos con los diplomas.


Casi un año antes, había rendido mi última materia de la tecnicatura, sin mucha rimbombancia, solo fui, me presenté y di mi examen como había hecho con las otras treinta instancias evaluativas que conformaron los tres años del recorrido académico. Al salir alguien me preguntó si me faltaba rendir mucho más. Le conté que ya ninguna. Algunas felicitaciones, otros abrazos y palabras lindas de un par de docentes que andaban por ahí. Me fui a cenar con mi familia, celebrábamos el aniversario de bodas de mis padres, y metimos un brindis por el fin de mi carrera

El año anterior había tenido una crisis vocacional, no me gustaba casi ninguna materia, me aburría mucho, me parecía que nada de eso tenía sentido y evaluaba abandonar el trayecto formativo. Algunas charlitas de catarsis y seguí estudiando.

Cuando empecé la carrera, me quedé fascinada por la diversidad de edades y motivaciones que había en el grupo de ingresantes, me parecía increíble que esas cabezas tan distintas estén congregadas con un interés en común, fue lo que más me cautivó. Un lujo de experiencias múltiples que me incluía.

Había llegado ahí casi  por casualidad, un día, caminando, levanté la cabeza, y en lo alto de un poste semi borrado, se anunciaba en letras pequeñas “Escuela Superior de Museología”. Yo acababa de terminar mi licenciatura, y necesitaba volver a las aulas. Me sonó como una invitación y al día siguiente me inscribí con el propósito de cursar  solo algunas materias, a modo de hobby. No funcionó.

De chiquita había tenido varias colecciones, una de las que recuerdo horrorizada es la de “mosquitos muertos”. Trataba de cazarlos mientras me picaban y conservarlos en una cajita sin que se dañen. Además coleccionaba lápices y biromes de muchas formas, y mis vacaciones eran el momento predilecto para engrosar el acopio. Ver museos, me gustó siempre.

Quizás fue en la casa de fin de semana donde se expresó la vocación, no encontré a nadie con la misma actividad… pero para mí era muy común jugar a armar museos. Recorría la casa y sus alrededores juntando cositas de la naturaleza; nidos de pájaros, huevos de mosquito, caracoles de zanja, plumas, bichitos muertos, plantitas raras… todo lo que me llamara la atención. Entre dos arbustos del jardín de aquella casa, se formaba una especie de cueva, y me parecía evidente que ese era el mejor lugar para armar un Museo de Ciencias Naturales. Inventaba historias para mis hallazgos y toda mi familia debía visitar mi muestra.

No entiendo como nacen los museólogos. En mi caso fue así.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 14: escribí un evento de tu vida de atrás para adelante



No entiendo las hamacas de goma



Querida Ceci;
Te escribo para pedirte que te hamaques….
Eso.
Que te vayas corriendo a la plaza y te subas a esa hamaca de madera, que parece el invento más maravilloso del mundo, incapaz de ser perfectible, porque ya es perfecto.
Disfrutala, con fuerza, con energía, con envión, como si estuviera por desaparecer. Porque va a desaparecer.


Una de las cosas más bellas de la visita a la plaza, pasó por los controles de vaya uno a saber quién y decidieron que la madera era peligrosa, o cara, o incorrecta, y de buenas a primeras, sin mucho preámbulo, ya no existen. Al principio probaremos con las nuevas, después buscaremos las de siempre en plazas postergadas, a las que la innovación demoró en llegar, pero en algún momento, llegará y ya no tendremos en Rosario una hamaca como las que nos gustan tanto.

Te escribo para pedirte que te subas y remontes vuelo, que te eleves hasta ver debajo de tus pies el cielo lleno de nubes; eso que aunque sea solo cuestión de perspectiva, nos pone el corazón al galope. No es para siempre.

Acá, en el futuro, cuando nos sentamos en una hamaca, de esas que están en el mismo lugar en que vos las usas, pero están hechas de goma; las caderas se te apachurran y sentís que algo quiere que te bajes. Es una lástima. Ya nadie podrá hamacarse parado o de a varios (uno parado y otro sentado; ¡nos encantaba hacer eso!), o simplemente cómodo.


Quizás sea por eso que ahora los chicos tienen hamacas en sus casas (dobles, de plástico, de soga, nunca es lo mismo), como una de esas muchas formas de privatizar la vida en el espacio público, ese lugar tan mágico que es la plaza, y se está mudando a las casas, donde los toboganes no se comparten y hamacarse no conoce de esperar el turno o interactuar con chicos de los que no sabemos su nombre. Eso está pasando mucho, porque los papás creen que eso es bueno… que se yo…

Yo las extraño.
Y mirá que hay un montón de cosas para modificar, pero se metieron con las hamacas, y ahora ya no son lo que eran. Sin ánimos de volverme una de esas personas rígidas que se resisten al paso del tiempo y repiten patéticamente que en el pasado era mejor, me veo en la obligación de escribirte para que te hamaques, porque más allá de la valoración que se pueda hacer del cambio… no será lo mismo. 
Eso es un hecho.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 13: escribile una carta a tu yo del pasado


No entiendo al ornitorrinco



Y hay un montón de animales australianos que no entiendo, pero desde que yo era muy chica (esta semana estoy evocativa), siempre el ornitorrinco me pareció un bichito sorprendente.


Es muy probable que nombrar a este complejo animal (y su complejo nombre), para muchos implique remitirse a Perry El Ornitorrinco, un genial personaje de la serie animada (igual de genial) Phineas y Ferb, pero no… voy mucho más atrás… la película que me presentó al Ornitorrinco es de 1977 (según googleo, basada en un libro homónimo, que saldré desesperadamente a buscar, de 1899)

Cuando tenía la rededor de cuatro años, solía ir con mi mamá al videoclub a elegir películas para ver en casa (eran tiempos de  pocos canales, sin netflix y esas cosas que muchos recordaran y para otros, será impensado), tenía dos favoritas; “Frutillitas” y “Dot y el Canguro Mamá”.  Sacaba una y devolvía otra. Incluso un día el señor del video me explicó que podía elegir alguna otra, para darles la oportunidad a otros chicos de ver esas. Creo que no me convenció.

Dot y el canguro mamá (enlace a la peli completa) es la película  con la que conocí Australia, una película ambientalista, con la que aprendí su fauna y con la que me enamoré de sus particularidades. Gracias a esa película me compré mi primer mapa, lo pegué en mi dormitorio y tracé una raya de Argentina a Australia, tuve que entender que la tierra era redonda y aprendí el nombre de los océanos que nos separaban. Gracias a esa película entré a chats en ingles en mi adolescencia, solo para tener amigos por correspondencia en Australia, y gracias a esa película, en 2009 pasé una increíble luna de miel en el país con el que había soñado toda mi vida. Dot me cantaba que no había nada mejor que saltar en la bolsa del Canguro Mamá y yo solo quería estar allá.

Pero además de canguros, en la peli de Dot había Ornitorrincos, y ahí (además de una pegadiza canción que solo encontré en inglés) aprendí mucho sobre ellos, aquí se los presento, como yo los conocí;

Y aquí las canciones;

Es un animalito pequeño, que solo habita en Australia, es nocturno y está en extinción, aunque no está declarado como tal, por falta de datos concretos. Tiene pico de pato, cuerpo de castor y nadie puede entender que sea un mamífero que pone huevos (sólo él y el Equidna tienen esta característica). Son carnívoros y venenosos. Son nadadores, pero terrestres (aunque sus patas están mejor preparadas para nadar que para caminar; Mini Documental aquí)

Cuentan que cuando a Europa llegó el primer ornitorrinco (proveniente de los viajes de los descubridores) no estaba vivo, y al principio, se creyó que era una  broma de los taxidermistas, que habían ensamblado un pato y un castor… lo cierto es que la broma la hizo la madre naturaleza cuando creó el animalejo más extraño y sorprendente que puedo enunciar.

De aquel viaje de 2009, lo mínimo que podía hacer era traer como recuerdo una pequeña versión plástica de mi animalito consentido (también traje uno de tela, pero no es tan genial). Este muñequito está desde hace ya seis años en mi escritorio y me recuerda el encuentro con mi infancia, y uno de los viajes que más esperé (¡como veinte años de expectativa!)

Mi ornitorrinco, comprado en Australia, pero con una inscripción en su panza que afirma que es made in China, representa todo eso que aprendí de chica y todas las ganas de viajar que me generó de grande. Sintetiza muchas de mis inquietudes y evoca uno de los viajes más bellos y soñados de mi vida.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 12: elegí un objeto de tu casa. Escribí su historia.