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No entiendo el otoño



Otoño de hojitas crocantes  al transitar la vereda, otoño de sacarse las ojotas y volver a usar medias. Otoño de volver a tener ganas de frazadita, sillón, pantuflas y gato ronroneando. El otoño nos recuerda las cosas que el otoño pasado nos hizo amar.


Otoñal el momento de sentir el primer frío, el momento de ir guardando ropa que no nos va a acompañar en la nueva temporada…. Reencontrar aquel sweater viejo y deformado que nos abraza dentro de casa. Volver a las sopas instantáneas como snack de tardecita. Quizás reconciliarnos con la hornalla y aventurarnos a la alquimia de la gastronomía que el calor nos sacaba las ganas de ensayar. Para algunos será tiempo de retomar la costura o el tejido, o algún otro hobbie manual. Otoño de interiores y paseítos para agasajar las últimas tardes de sol. Momentos tibios en alguna esquina del patio y un rayito cálido que entra por la ventana y se hace querer más que las agobiantes invasiones solares que el verano nos brindó hasta el hartazgo.

Montañas de hojarasca prolijamente armadas por los vecinos màs aplicados a la que algún niño se atreve a patear. Lluvia de hojas que nos envuelve cuando sopla el viento y nos saca una sonrisa en plena vereda. Las hojas son la escarapela del otoño, su emblema indiscutido, su marca característica.

Otoño, tan ni fu ni fa que enamora. Tan dorado que encandila, tan extrañado que nos reencuentra, pero con nosotros. Con esos nosotros que estaban adentro de casa mientras nosotros salíamos a pasear para aprovechar el verano y disfrutar el calorcito.
El otoño nos amiga con los espacios cerrados y las reuniones hogareñas con amigos. El otoño nos regala momentos más íntimos y menos masivos, y quizás alguna escapadita al cine o al teatro.


No entiendo el otoño, no entiendo como no hay cientos de poetas escribiéndole odas o miles de cantantes entonando himnos en su honor, porque sin dudas el otoño es el momento privilegiado del encuentro con uno mismo.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro



Hola… aquí reportando desde el año 2017; creemos (no estamos seguros) que el hombre llego a la luna, nos comunicamos de manera inalámbrica a lo largo y ancho del globo terráqueo, podemos sobrevivir a cientos de enfermedades otrora calificadas de letales peeeeeero, queridos compañeros de la especie humana, todavía nos parece que nuestro futuro y sus  peripecias se pueden basar en que un felinito de color oscuro se cruce en nuestro paso.


Ah, sí! En los tiempos que corren y con los avances de la ciencia tradicional, las ciencias paralelas y las miles de revelaciones de todo tipo que nos circunvalan, siguen existiendo seres humanos que están dispuestos a responsabilizar a los gatos negros de la mala suerte de uno o más días. Genial. Estamos listos.


Mala suerte, ya que exista tal cosa es raro, pero asociarla a un pobre gato que no tiene ni la menor idea de cómo hacer para abrir una puerta, y mucho menos aún para arruinar tu vida (que, por cierto, seguramente le interesa bastante poco), es impresionante.

Parece que todavía pesan los argumentos de la Iglesia Católica en la Edad Media (por los que la mismisima iglesia ya se disculpó… y admitió su error), cuando en la inquisición de finales del siglo XII se combatió la herejía y la brujería. Fue en aquella época que se empezó a considerar al gato como un animal sospechoso de confabular contra las autoridades y su imagen comenzó a ser relacionada a la brujería y la maldad. A partir de estas falsas creencias aparecieron muchas leyendas en las que se intentaba hacer creer que los gatos eran, en realidad, brujas camufladas. El color negro, además, ha sido un color que en muchas culturas se ha vinculado a lo misterioso, lo oculto, el lado oscuro… Por ello, en seguida esta relación de temor a los gatos se vinculó especialmente a los gatos negros.


La ciencia por su parte, no ayuda a desmitificar; un grupo de científicos le puso fichas en contra a los gatos negros, porque dicen haber descubierto que producen más cantidad de una sustancia en su piel, su saliva y sus glándulas sebáceas (la proteína fel d1), que causa los síntomas de la alergia y provocan más estornudos y problemas respiratorios a los pacientes con alergia que los gatos de color claro.

Crease o no, el mundo sigue girando y los gatos negros aun preocupan a los moradores de este incomprensible planeta.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro… realmente no me cabe en la cabeza.


No entiendo por qué no somos ovíparos.



La miré durante semanas anidar en una de las macetas del patio. Ordenar hojitas, sobrevolar la zona, preparar todo y poner sus huevos. Cuidarlos, calentarlos, cantarles, turnarse con el palomo para alimentarse. Soportar el sol, permanecer bajo la lluvia, resistir el viento. Y un día bajo sus plumas, apareció un pichón. Ya se veía grande, ya llevaba tiempo de nacido, pero solo entonces pude verlo asomarse del nido.


Quise ser ovípara.

Esa paloma y todos los ovíparos del mundo, es sus múltiples formatos y de las más variadas especies, hacen un terrible esfuerzo físico para poner el huevo, pero también pasan el tiempo de esperar la eclosión recuperándose y reciben al nuevo miembro con una madre en óptimas condiciones de oficiar de madre.

Las personas no. El día que llega al mundo nuestro bebé, estamos terriblemente castigados por el parto (en cualquiera de sus variantes); con cansancio, dolores, secuelas y falta de energía. Esa es la primera imagen que nuestros chiquitos tienen al nacer… una mami destruida, anestesiada y exhausta.

Pasé casi un mes mirando desde mi sillón y por arriba de mi panza de futura mamá, como esta paloma hacia su incursión en la maternidad… y solo puedo concluir que me encantaría haber nacido ovípara.

De todas formas, la explicación es absolutamente bíblica;
"A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti". Génesis 3:16
(o quizás no https://goo.gl/5aLTiA)


No entiendo porque no somos ovíparos, pero creo la culpa, la tiene Eva.


No entiendo de qué color son las burbujas



¿Como saber que hay una realidad exterior a nuestras percepciones? ¿Como pensar un mundo  preexistente a nuestra experiencia de él? ¿Como entender los matices que la subjetividad le imprime a todo?


Asumir la imposibilidad de objetividad es desafiar toda intensión de certeza, es animarnos a habitar la incertidumbre y coexistir desde ahí.


¿De qué color es una burbuja?
Todo depende de cómo refleje y refracte la luz


Así nuestro mundo iridiscente. El ángulo de observación es el que crea los colores de la vida. Inquietos arcoíris bailando para pintar confusión y que la producción de sentido sea tan múltiple como los perceptores que la interpelan


Iridiscente cosmos de dimensiones múltiples. Curiosos indicios, piezas raras para crear. Divertido eclipse de verdades que nos atraviesan y nos enojan mientras nos invitan a jugar.
Mundo iridiscente, burbuja mística inevitable que nos hace creer que nos rodea, cuando claramente nos habita. Mundo de apariencia externa que solo aparece desde nuestro interior.


Iridiscencias policromáticas en la polisemia de nuestra cotidianidad. Lo dado y lo construido, enigmas de la eternidad.
Cada vez es más fácil entender el silencio de la caída de una rama de árbol en el bosque en soledad.

No entiendo de que color son las burbujas... capaz que del color de la realidad.


No entiendo la primavera



No entiendo a la primavera. No entiendo como no se queda, como se hace extrañar, como nos invita a redescubrir. No entiendo cómo logra que hasta los más apurados sonrían delante de una flor, como sucede que nos enamoramos de las enredaderas que se habían pelado hace meses y de los arbolitos callejeros que parecían huesudos y espectrales apenas unas semanas atrás. No entiendo como la primavera de manera despiadada nos hace extrañarla para reaparecer petulante y presumida rondando el 21 de septiembre en este lado del mundo.


No entiendo como de las ramas brotan hojas, como de los pimpollos empiezan las flores, como cantan los pajaritos, como mutan los insectos… no entiendo como pasa y la mejor explicación que encuentro son las hadas haciendo magia por las madrugaditas para que todo eso aparezca así, de la nada, así, dejándonos a todos extasiados; es de un nivel de perfección que solo la mitología puede explicar.


Nadie entiende la primavera, que aparece solita y justo cuando estábamos distraídos. Que nos saca suspiros y nos reconcilia con lo sencillo  y simple. La primavera nos encanta como en los cuentos contados por abuelas, como en las canciones de la seño del jardín y como las voces de la infancia en la que por primera vez descubrimos al bicho bolita, a la vaquita de san Antonio o la mariposa monarca. Cada vez que aparecen, es un nuevo milagro que nos roba el aliento.

De nada sirve entender a la primavera, a sus perfumes y sus regalos, a sus pausas y sus recuerdos. Nos trae la niñez bien vivida y nos invita a la calle. Rompe el letargo del frio y nos saca de la madriguera. Quiebra la rutina de lo inevitable para armarnos la agenda de lo deseable, lo disfrutable y lo real. En el afuera, donde está la vida, lejos del sillón y de la tele, cerca de la picadura de bicho y del yuyito que pincha cuando nos sentamos en él. Lejos del artificio urbano y entretejido con la verdad de lo que somos y a donde pertenecemos.


Te esperaba que llegaras, te esperaba primavera. Y lo mejor es cuando no te espero, y venís caminando despacito a sorprenderme en un rincón, de mi patio, de la plaza, del mundo. La sorpresa de que la vida da la vuelta y los ciclos están para dejarse maravillar.

No entiendo la primavera, pero está re buena.


No entiendo a los que no buscan tesoros.



Desde chicos, todos esperamos hacer grandes descubrimientos, jugamos a encontrar a nuestros amigos, encontramos lo que esconde la seño, mezclamos ingredientes para revelar misterios que todavía son desconocidos y buscamos al grillo en las noches de campamento, amamos encontrar tesoros.

Sorpresa en el hueco del árbol

De más grandecitos, queremos encontrar un amor, descifrar una fórmula de alguna materia de la escuela, develar nuestro estilo y nuestra personalidad.

Cuando seguimos creciendo experimentamos el mismo placer al hallar un libro muy querido en el anaquel de alguna librería, o las proporciones perfectas de una receta de cocina nueva, e incluso nos fascina descubrir un conocido en la vereda por pura casualidad.

Al señor le tuvimos que explicar nuestra actitud sospechosa

La cosa cambia, la esencia sigue intacta. El placer de encontrar algo, lo que sea, nos maravilla a todos. De esto se dio cuenta un grupo de gente hace un tiempo y crearon un juego enorme, tan grande que sus participantes están en muchísimos países, tan grande que su tablero es el mundo entero.

Se llama Geocaching y se juega con el teléfono, el GPS o las pistas on line. Hay tesoros físicos, pero lo verdaderamente importante, es la magia de encontrar algo. Los lugares son remotos o cercanos, difíciles o recontra fáciles, muchos están escondidos a la vista de todos, y nadie sabe que están ahí. Son cosas de todos los tamaños o simples contenedores de dimensiones mínimas con algún papelito adentro para firmar que lo encontramos. 
Es una genialidad.


Jeremy Irish, se llama el creador… y somos cientos de miles los que creemos que él nos hizo un regalo mágico. Jeremy y su juego nos permiten jugar a lo grande. Con el teléfono o el GPS en reemplazo del ajado mapa del tesoro de las películas, nos aventuramos en nuestra ciudad, en nuestras vacaciones, o en escapaditas de un par de horas o algunos días… nos vemos en una misión secreta, intentando que nadie sepa que estamos en mitad de una búsqueda, nos trepamos a un árbol, nos tiramos al suelo a revolver entre las hojas, nos pasamos horas mirando el tronco de una palmera o nos adentramos por caminos de tierra que nunca hubiéramos caminado sin esta motivación. Releemos las pistas, consultamos informantes claves y metemos las manos entre bichos y objetos que mejor ni mirar.


Cuando por fin el contenedor aparece, todo valió la pena. Sonrisa, satisfacción, tarea realizada, alegría inmensa. Y no  estamos frente al cofre de monedas de oro, ni nada que se le asemeje. Estamos ante una tapita de gaseosa, un burbujero viejo o una cajita de pastillitas que en su interior preservan algún papelito doblado en el que pondremos nuestro nombre y la fecha del hallazgo, mientras leemos cuando fue descubierto por última vez y cuanto hace que está oculto en ese lugar. En ese lugar de cualquiera de los países de nuestro ancho mundo.

Al pie de las torres Petronas


No entiendo como no están todos los seres humanos del mundo sumados a esta movida.


No entiendo cómo se forma un ecosistema en el arroz



No soy buena ama de casa. Odio la cocina, no soy prolija en las comidas, no le llevo el apunte a mi nutrición. He dicho.

Estas cuestiones repercuten en mi forma de encarar el supermercado. Prefiero ir picoteando chocolates y snacks hasta tener tiempo de algo más. Alfajores, galletitas, golosinas, papas fritas y claro, alimentos no perecederos para cuando hacen falta comiditas de verdad., o más o menos. 
Latas. Amo las latas. Principalmente atún, pero mucha caballa, arvejas, jardinera, choclo y hasta remolacha y verduras de hoja. Cuanta felicidad cabe en una lata. El contenido de una lata y tres huevos constituyen el "omelette de lata" que es casi la base de mi pirámide nutricional. 
También incluyo en mi lista de compras dos componentes tipo comodín que se alinean en mi religión de los no perecederos: arroz y fideos. Los fideos son como una mentira, me gusta comprarlos de diferentes formas y variedad de marcas para tener la ilusión que no es más de lo mismo, pero todos sabemos que son harina con agua por mas tallarines, tirabuzones o cabellos de ángel que los hagamos parecer.

Con el arroz, la relación es otra y no puede estar muy lejos del amor.
El arroz es plato principal, es guarnición, es frio y caliente, de hoy y de ayer, más crudito o bien pasado, con salsa o con manteca, el arroz es todo. Tiene historia, tiene mística, magia, carisma. Es aristócrata y popular… una comidita universal; el deber ser de toda alacena.

El arroz en casa no puede faltar. En bolsa, en caja, del mas berreta o el más aburguesado, siempre tengo arroz y como mis tiempos son caóticos y me cuesta agendar un momento para ir al súper, siempre me encargo de comprar mucho, pero mucho arroz.
Esto lleva (y no se horroricen) a que muchas veces mi arroz mágicamente se transforma en ecosistema ­{me parece ver caras de lectores horrorizados y ni quiero imaginar a la gente con la que he compartido arroces}. Abrir el paquete, encontrar movimiento, vida.


A mí siempre me sorprende la biodiversidad. Aun en mi comida. Pequeños bichitos negros e inquietos gusanitos rosados emergen y se sumergen entre los granos crudos de arroz.


Los miro, me pregunto como llegaron ahi.... me pregunto que hubiera pasado si no olvidaba durante tanto tiempo aquel paquete en la alacena. Me sorprendo de que puedan vivr en una bolsa hermeticamente cerrada. Somos lo que comemos. ¿Será que ellos son arroz?


No se cómo pasa, y no sé porque me gusta tanto. Soy feliz con la vida. No entiendo como se forma un ecosistema en el arroz, es mágico. Es un regalo.


No entiendo las Cataratas del Iguazú



Al norte de Argentina y al sur de Brasil se encuentra, sobre la frontera entre ambos e inmerso en el magnífico entorno de selva subtropical, el parque natural Iguazú.

Este jardín binacional es un verdadero show de la naturaleza y, según los habitantes de la zona, el espectáculo tiene por escenario el lado argentino y como platea el lado brasilero.


Las cataratas, se originaron hace 200 mil años donde se juntan los ríos Iguazú y Paraná, en el lugar que hoy se conoce como la Triple Frontera por ser un punto de convergencia entre Brasil, Paraguay y Argentina, sin embargo, actualmente se encuentran a 22 kilómetros de aquella desembocadura en la que se formaron.

El Río Iguazú alimenta los 275 saltos de hasta 80 metros de altura por los que fluyen un promedio de 1.500 metros cúbicos de agua por segundo, que  en temporada de lluvias (de noviembre a marzo) ascienden a más de 12.700. 
El nombre de este río y de las cataratas (Iguazú) viene del idioma guaraní y significa “agua grande”, de hecho, estas cataratas son las más grandes del mundo (cuatro veces más extensas que las del Niágara, en Estados Unidos)


En Argentina, las pasarelas permiten recorrer los saltos de agua con una gran proximidad, experimentando de cerca el ruido y la sensación que el agua genera en el ambiente, de este lado se encuentran dos tercios de las Cataratas del Iguazú. En Brasil, es posible obtener las mejores fotografías, ya que la vista es más amplia y se pueden apreciar los saltos y la caída del agua que con su fuerza, da origen a una nube de llovizna de 30 metros de altura.

Se trata de un destino dotado de una variada oferta hotelera en ambos países, dispuesta para recibir a los miles de turistas de las más diversas nacionalidades que lo visitan anualmente; una de las nuevas siete maravillas del mundo que fue declarada por la UNESCO como parte del patrimonio de la humanidad.

El salto de mayor renombre es la Garganta del Diablo, con más de 70 metros de altura, es uno de los favoritos de los viajantes por su impacto, ya que deja caer cerca de tres millones de litros de agua por minuto.


La visita a este destino constituye una experiencia altamente sensorial, ya que al recorrerlo se ponen en juego nuestros cinco sentidos;

El gusto encuentra en esta región una infinidad de nuevos sabores dulces y salados, exaltados en preparaciones a base de ingredientes naturales de este ecosistema selvático. Además de las carnes asadas, lo más típico son los pescados como el dorado, el surubí, el pacú, el paty y el manguruyú. En horas de la tarde, no puede faltar una ronda de mate acompañado de chipá, una tradición que une las culturas de los tres países que allí convergen. También es posible acompañar la merienda con mermeladas y dulces provenientes de la flora local.

El olfato se desorienta en medio de tantos aromas ancestrales, y nos parece respirar algo que, más allá de las pasarelas para recorrerlo, no fue intervenido por el hombre,  sencillamente huele a planeta tierra. La humedad de la zona en contacto con la tierra colorada se mezcla con el viento tibio que nos llena de vahos provenientes de la frondosa vegetación reinante.


El sentido del tacto se pone en acción al recibir la humedad que los saltos comparten con los cuerpos de los turistas, ya que el agua está en el aire y su caricia, merece ser celebrada (aunque se venden pilotos en las tiendas de la zona para quienes prefieran no mojarse). Se puede también realizar un tour en bote hasta las cataratas, donde no se podrá evitar quedar impregnado de ellas.

El oído se encuentra estimulado por el canto de las aves de la selva y el ruidoso bramido del agua en constante caída, que estremece con su fuerza y sonoridad. El agua produce un choque contra las piedras que se convierte en sinfonía para el oído, aquel estruendo que escucharon los habitantes de los pueblos originarios y que le valió al mayor salto el nombre de “garganta del diablo” hace que perderse en esas pasarelas se vuelva un momento místico.


A nivel de la vista la escena es una fiesta que incluye todos los colores jugando a formar paisajes con muchos contrastes conformados por el río Iguazú y la selva misionera, ideales para un sinfín de fotografías que nadie quiere dejar de tomar. Los saltos caudalosos forman nubes de espuma en la caída y el agua suspendida origina magníficos arco íris. La fauna se hace presente en forma de monos y coatíes que deleitan con sus travesuras.
En esta ubicación tropical de majestuosa belleza, no podemos dejar de sentirnos protagonistas del estallido de naturaleza más fascinante de América.


No entiendo como hay gente que viviendo tan cerca, todavía no se aventura a una experiencia sumamente completa

Este texto, hace unos años formò parte de una publicaciòn on line


No entiendo el mes de abril



Viene de aprilis, derivado del verbo aprire: "abrir, apertura". Es sinónimo de "frescura, vigor, lozanía, juventud" La etimología popular lo relaciona con Aperio: "abrir", porque la primavera se abre. También se toma como un préstamo griego, de cuya raíz deriva Afrodita. Significa la apertura, la amplitud, la luz que proviene del ensanchamiento. Igual puede ser, metafóricamente, la alegría de la primavera (claramente en otra parte del mundo)




Un poco confuso. Abril, mes de transición y de indecisión.


Tempranito para botas, demasiado tarde para sandalias, ya no corresponden los soleritos, pero la temperatura no habilita los abrigos pesados. Abril desordena el placar en busca de su propia mirada. Y también desordena el resto de la vida. No da para playa, pero todavía no nos quedemos adentro. Los primeros fríos acobardan y las lluvias invitan al cautiverio bucólico. Abril es un mes de lluvias, algunos años más que otros, pero todos, nos esparce la mística del agua. 



Abril no tiene en claro a que te quiere convidar, no sabemos si a un heladito o quizás a té con carbohidratos. Abril no está en el stress de que todo termina, pero si en el caos de que la rutina empieza, esa rutina que heredó de marzo y que hace que abril continúe subida a la ola de que todo el año ya está sobre la mesa y con eso hay que jugar.



Abril es uno de esos meses bisagra en donde la vida se permite respirar, nada es del todo grave, ni el clima es extremo, ni la rutina es tan pesada. En abril todo está bajo control, o al menos, estamos a tiempo de creer que vamos a poder controlarlo. El tránsito no es inexistente como en enero, pero tampoco es agresivo como en noviembre. En abril, la circulación vehicular transcurre a escala humana, convivible.



Ni siquiera se que es lo que no le entiendo…. Solo camino desorientada entre sus días esperando el avance o temiendo el retroceso del almanaque. No se que me pasa en abril, porque no se siente mal, ni tampoco se siente bien. Porque el año se hace el que ya empezó, pero en muchas aspectos es mentira y en otros, es terriblemente tarde.




No entiendo el mes de abril… es tan mágico como imprevisible 




No entiendo a los geckos



El gecko es un tipo de lagarto pequeño y asombroso. 
Paso horas mirándolos y no los entiendo. 
Me puse a leer sobre ellos y me sorprenden aún más. 


No entiendo como no se caen. Pueden pasar horas cazando pegados al techo, los miro apostados cerca de los artefactos de iluminación, esperando a los bichitos, inmóviles como un sticker. Me parece mágico. No sé cómo la cola se mantiene paralela a la superficie de apoyo y no cuelga hacia abajo. Según leí, esto tiene que ver con las fuerzas de Van der Waals (algo que nunca supe que existía), esto les permite adherirse al contacto con las superficies y solo pueden despegarse levantando los dedos en un ángulo de unos 30°. Impresionante, ¿no? 

Me parece increíble la forma en que se mimetizan con el entorno cambiando de color, se disfrazan de paisaje y pasan inadvertidos. 
También me parece completamente sorprendente que puedan perder su cola ante una eventual amenaza y mucho más sorprendente que la cola continúe en movimiento muchos minutos después de desprenderse del cuerpo del animalito, casi como si se tratara de otro ser, o como si estuviera reclamando a su antiguo portador que la pase a buscar cuando el peligro ya no aceche. Pueden generar varias colas a lo largo de sus vidas. 

No entiendo como alcanzan tanta velocidad, con esas patas cortas se desplazan como si flotaran en el aire, como si fueran incorpóreos, hacia arriba, hacia atrás, de costado, velozmente, sobre todo tipo de superficie de manera horizontal, vertical e invertida. 

No entiendo sus ojos inexpresivos, casi de juguete, sin mucho que aportar. 
Me encanta mirarlos, puedo pasar horas estudiando su forma de comer, de desplazarse, de esperar. 
Hace poco supe que se limpian los ojos y la boca con la lengua y que además, su lengua es un órgano sensorial, con el que pueden oler (¿oler con la lengua? eso es completamente fascinante), la sacan fuera de la boca y con ella recogen partículas que en la boca analizan al moverla contra el órgano de Jacobson (otra cosa que desconocía por completo y que tampoco entiendo). 

No entiendo a los geckos, y disfruto muchísimo su compañía nocturna.


No entiendo como no amar el transporte público (6)



Otro día que renace con la alegría de un viaje en colectivo.
En el medio de la distracción, en las ciudades que muchas veces no respiran, entre la gente que deviene gris... Cosas bellas aparecen... esta vez... flores.


Subir y encontrar un jardín abordo hace que no entienda como no amar el transporte público

No entiendo el vínculo con la ropa



Son muchas las cosas que me cuesta entender de la ropa.
Cuándo dejar de usarla es una de ellas. Por lo general, la ropa que yo uso no padece grandes flagelos, llevo una vida tranquila. Entonces, solo se adhiere a ella un halo de sacralidad, se le estampan los momentos, se le contornean las palabras, se llenan de vida, de mí, de lo que me rodea, de lo que me acompaña.

Es por eso que me cuesta tanto dejarla.
Pero no sería lo más grave del caso…
Lo terrible es que a muchos miembros de mi entorno, les resulta muy fácil dar de baja sus aliadas textiles y proceden a cederme sus ropas amparados en el cambio de temporada, los colores de este verano o la llegada un nuevo estilo para sus vidas. 

Esto, sumado a mi falta de descarte hace que tenga muchas, pero muchas prendas.

Parte de mi antiguo guardarropas, hoy llegaron los dos nuevos... se puede acumular más.

Todo esto derivo en la idea de que la ropa tenia que se puesta en donación. Entonces, decidí que cada tres prendas donadas, recién podría comprar una nueva. Lo puse en práctica. Podríamos pensar que fue un éxito, porque llevo aproximadamente seis años sin comprar ropa de verano (navidad y mi cumpleaños hacen que no precise nada mas). 
Fue así que esta abundancia de prendas de las que no me quería deshacer, pero colapsaban mi hábitat, me llevo a otra práctica (que ciertamente me resulta mágica); cada vez que tomo vacaciones, lo hago con prendas que no vuelven. Liberador y funcional. Durante el año, la ropa interior feita, las mallas que han cumplido su ciclo, las prendas que ya me han acompañado lo suficiente, se suben a la mochila y se disponen a vivir su última aventura, a sonreír para sus últimas fotos (es una linda despedida).
Como ventaja complementaria, no hay más problemas con pagar exceso de equipage y está buena la cosa de dejar donaciones en los lugares que visitamos, aunque solo sean las prendas de los veinte días de vacaciones anuales. Otro “bonus” es obviar la ceremonia de lavarropas post viaje.

Alguna vez mis amigos se sorprendieron de esta práctica, muchos creen más acertado comprar ropa pre viaje para estrenar en destino. Es por eso que no entiendo la ropa, porque es algo que cada uno de nosotros entiende a su manera. Paletas cromáticas, largos de faldas, marcas, escotes, es un mundo interior lo que llevamos puesto.

Si tuviera que hablar de cómo llegó a mi cada una de las prendas que visto cuando escribo, en casi todos los casos, es ropa de mi hermana, o de mi mamá, que está en mi sección “entre casa”. Es muy habitual que a excepción del calzado y algunos accesorios, todo tenga este origen. En otras oportunidades son regalos, en muchos casos legados de amigas, y hasta indumentaria institucional de voluntariados y trabajos temporales. Lo cierto es que también elijo algunas prenditas en viaje, a las que quiero mostrarles mi ciudad, y con el tiempo, son las más difíciles de liberar.

Una linda reflexión sobre la vida, que toma como eje la ropa es "Zapatos Nuevos", se las dejo, porque es bueno escucharla más o menos, una vez por semana:

Otra reflexión mucho menos profunda, pero mía, es la que alguna vez publiqué acá: link

Ecología-economía-sentido común... la vida y la ropa (ponele)


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 26: escribí acerca de la ropa que estás usando ahora mismo. Cómo cada prenda llegó a tu vida



No entiendo los corazones rotos




No entiendo los corazones rotos….

… pero tengo uno en la cuadra de mi casa, 
...y no entiendo como nadie lo ve.


 Cada vez que vengo caminando, levanto la mirada y me saca una sonrisa. No puedo dejar de imaginármelo esperando a alguien que si va a venir. Sonrío porque lo veo roto, pero con final feliz. No creo que esté esperando algo para toda la vida. Más bien creo que su amor no correspondido se compensa con la alegría que le genera cuando ve pasar a su otra mitad. Imagino que pasa cada tanto y eso le alegra, imagino que hay algún vínculo, pero quizás solo le alcance con el contacto visual. No creo que sea algo muy reciente, porque está roto, pero cicatrizado, tiene bien erosionadas las aristas de la herida, como algo que ya entendió y aunque duela, está asumido.
No sé si la otra parte sabe de su existencia, o de su desazón, si está en pareja o no… no sé nada de quien tiene así a este medio corazón. No sé si espera a alguien femenino o masculino, animal, vegetal o mineral. No sé nada y no le puedo preguntar.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 18: escribí acerca de la vez que rompiste un corazón / un hueso / una ley / una promesa
En este caso, me tomé  una super licencia para hacer cualquier cosa con la consigna de hoy, porque no recuerdo haber roto nada de eso.


No entiendo el amor a primera vista



No lo entiendo, porque está muy lejos de mi experiencia personal.... que fue algo, màs o menos... así; 

Primera vista
Federación gremial de Comercio e Industria
Córdoba 1868 – Rosario – 2003 – Subsuelo

A minutos de empezar la reunión ordinaria de Rotaract Club Rosario a la que pensaba asistir como visitante. Entrando  a la oficina correspondiente, veo solo una persona; Fede.
Era aspirante a socio, y su poca antigüedad parecía ser el motivo de su puntualidad. Aprovechamos el tiempo hablando sobre la institución, mientras esperábamos al resto de los miembros del club.

Al final de la reunión (diez en punto de la noche) retomamos la charla y me pidió ayuda para la planificación de un proyecto. Definimos un encuentro de trabajo en mi casa para ese viernes, 9 de julio, aprovechando el feriado.

De eso se trató nuestro primer encuentro.
(2005) Tres años después empezaríamos una relación.
(2006) Un año después nos comprometimos
(2009) Tres años después nos casamos
así… seguimos…

Claramente, el amor a primera vista no es lo nuestro.

Esta semana, en uno de los encuentros juveniles de los que solíamos participar hace más de diez años.

No entiendo el amor a primera vista…. Y cada día se pone mejor.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 9: escribí acerca de la primera vez que viste a una persona de la que te enamoraste 



No entiendo como no disfrutar la lluvia





La magia empieza en un momento simple.

Tímidas se aventuran las primeras gotas. Las aves buscan refugio, las señoras protegen sus peinados, los hombres apuran el paso, las calles comienzan a vaciarse de gente. Ya alguien se preguntó ¿A dónde va la gente cuando llueve?

Rápido las gotas aplastadas contra el suelo se multiplican y sus siluetas se amalgaman, comienzan a superponerse y al cabo de un rato ya son charquitos que algún niño buscará pisar, esquivando la mirada tensa de su preocupada madre que vaticina antibióticos en lugar de unirse a la propuesta y chapotear. Chapotear es un precioso verbo. Hay que usarlo más, tiene una sonoridad poderosa.


La luz corta al medio el cielo y el ruido a lo lejos suena como un mármol quebrándose en la distancia irrumpiendo en el silencio. La sinfonía alterna golpeteos de gotas gordas, rítmicas, contra el suelo y desafinados acordes bochincheros a cargo del viento.

Estando en casa, invita a la relajación….
En la oficina, fomenta la concentración….
En la vía pública, propone diversión…

Es una obligación buscar alguna ventana y suspirar. Es una obligación lograr el silencio para que la lluvia haga eco en el aire. Incluso ver el gesto romántico del gato junto a la ventana es otra obligación.
Un libro, un pensamiento, un momento de redacción, todo eso es maravilloso con la compañía de la lluvia.

Todo es mejor cuando la lluvia se hace presente. En el día con los brillos del sol, en la noche con el enigma visual de potenciar el resto de los sentidos y el volumen de la rutina reducido al servicio de la melodía emergente. En todo momento con las mutaciones cromáticas del cielo; el espectáculo se torna irrenunciable.

Las energías se equilibran, la vida pasa en cámara lenta. Las personas, los paraguas, las siluetas en las ventanas y la voz de Cortázar narrando “El aplastamiento de las gotas”. El agua es bella, es mágica, es maravillosa. 
El agua es vida.


No entiendo como no disfrutar la lluvia.