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No entiendo las autobiografías




Digo… ¿no es un poco raro que alguien crea que todos quieren saber de él? ¿De verdad lo mejor que podes narrarle al mundo sos vos? Hay un tema de ego que no me cierra.

Autorretrato

Escribir de uno mismo, ¿a qué apunta? Quizás sea para contar hazañas, casi como quien relata ficción, pero con inspiración experiencial. O puede bien ser la hipótesis de ayudar a poner situaciones en palabras para que otro se sienta espejado. No es que yo no lo haga, es solo que no lo entiendo (y Barthes creía en la muerte del autor).

Las biografías las escriben personas que creen importante hacer un compilado de la vida de otra persona, pero las autobiografías, me generan esa angustia de  imaginar una persona que se siente importante, pero teme que nadie se tome la molestia de escribir sobre su paso por el mundo.

¿Cual es el momento de escribir una autobiografía? Imagino que la vejez, el final (?). Imagino mi vejez (no le pongamos fecha…. Puede ser en tres meses o en setenta años… la vejez va por dentro, es como un estado de cansancio y una declaración de cuenta regresiva ante la vida) y en el ocaso de mis días debería sentarme a hacer una lista interminable de logros y frustraciones, una suerte de balance general, como el de todos los años, pero con el top ten de lo que realmente pesó. 
¡Cuantos cientos de cosas que hoy me preocupan no tendrían ningún renglón en aquel momento!. Seguro muchas de mis pequeñas alegrías, a la distancia se verían maximizadas. Podría legar ese listado, casi como una herencia intangible, el debe y el haber de lo que las futuras generaciones deberían tener en cuenta para alcanzar la felicidad según yo… y ahí me encuentro frente a otra actitud que me molesta; las autocitas. Me parecen flojitas... hay algo raro en evocar frases propias; “como siempre digo”, “ya dije una vez”, “como me gusta pensar”… ¿no es un poco raro?

No lo entiendo... claramente, no entiendo el momento, el objetivo y el concepto mismo de autobiografía.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 2: escribí un fragmento de tu autobiografía y mentí en algunas cosas

(bueno… la consigna se me despatarró, pero la idea era que inspire...)





No entiendo las tristezas tontas



Y no hablo de las grandes angustias que nos ofrece la vida (esas las entiendo, las respeto y las transito), sino de esos momentos amargos causados por cosas que no valen la pena, pero nos apenan.


Son tristezas incomodas, e incluso nos da culpa contarlas. Nacen chiquitas, pero se ponen gordas, te embargan desde el pecho y te aprietan la garganta desde adentro. Son esas a las que no queremos dar lugar, pero se empeñan en invadirlo todo.

Esas que no te dejan pensar, que no te dejan seguir, pero tampoco te dejan llorar y se quedan en los lagrimales sin poder mover nada. Te dejan trabado en una situación tensa que puede salir para cualquier lado. Te amontonan el alma hasta hacerla un bollito y no hay forma de tironear los músculos de la boca para convertirlos en sonrisa (aunque busquemos argumentos)

Son tristezas agudas que no te dejan ni estar triste, solo te congelan. Son causadas por los pequeños infiernitos cotidianos que racionalmente sabemos que no valen la pena, pero emocionalmente nos destruyen un ratito.

Son tristezas que no elegimos y batallamos por minimizar y más se quedan, y las queremos correr, pero ahí se quedan y las queremos superar pero no se puede.

Son tristezas egocéntricas que no se corren del primer plano, aunque no les dé el talle, que no se mueven del lugar que nadie les dio y ahí se plantan… quizás solo para demostrarnos con una risa socarrona nuestra insoslayable humanidad.


No entiendo las tristezas tontas, solo espero a que se vayan.



No entiendo las jaulas



No las entiendo, pero además me parten el corazón. Y lo digo después de ver lo increíblemente simpático que a muchos les resulta usarlas en decoración, estampados, vidrieras, accesorios, paredes, en eventos, de papel, de metal, de madera, llenas, vacías, con pajaritos, con mariposas, con corazones ¡no lo entiendo!


No puedo apartarlas de lo que su existencia implica, no puedo dejar de asociarlas a la falta de libertad. La sola presencia de los barrotes, siempre me generó angustia. 




Algunas jaulas que no entiendo

De chiquita me enseñaron a no tener pajaritos, ni pececitos, ni ningún animalito que tenga que estar en un espacio reducido para siempre por obligación. En eso encuentro un egoísmo especial (de especie) y una automentira naif en la construcción de un vinculo sentimental con la mascota a la que se tiene sometida a esa vida y en el discurso "le damos amor", ¡la pucha! cuantas patrañas suceden en nombre del amor. 

También me ponen muy triste los zoológicos, y tengo que confesar con bastante vergüenza que estuve en muchos hasta prometerme no volver a financiar esos espacios de encierro perpetuo de seres vivos en pos del entretenimiento de un puñado de personas que justifican estas prácticas con argumentos educativos, recreativos y hasta creen que pueden implicar amor hacia los animales. Aplica perfectamente para acuarios y oceanarios que en su magnífica estructura jamás podrán asemejarse al hábitat natural que la biodiversidad merece.


En esta misma lógica, y con gran parte de la sociedad en contra, tampoco entiendo las cárceles. No me explico que todavía como sociedad sigamos creyendo que la mejor forma de explicar a los miembros descarrilados que deben replantear su actitud, sea una jaulita. Estoy convencida de que este método solo enfatiza el resentimiento y el rencor, y estamos muy lejos de aprovechar el tiempo de privación de libertad para reeducar y reinsertar esas personas en nuestras comunidades.

Pero últimamente (quizás ligado al incremento en la tasa de maternidad entre mis amigas), la jaula que menos entiendo es la cuna. María Montessori tampoco lo entendía y como ella era pedagoga, la miraron con menos cara rara que a mí (o quizás no, pero me gusta creer que sí). Pueden leer algunos de sus motivos acá. ¿Cómo se puede poner a un hijo entre barrotes?


Definitiva y enfáticamente, no entiendo las jaulas, en ninguna de sus formas, usos o variantes.


No entiendo a los que compran perros



Amo tanto a los perritos que voy a hacer que me traigan uno nacido en una fábrica, modificado genéticamente para que sea estéticamente adecuado, nacido de una madre obligada a procrear a nivel industrial, pagado como cualquier otra mercancía, rentable para otro ser humano y de la raza de moda, como un par de zapatos o una cartera. 
Uno tiene un status que sostener, o que inventar.


No tengo perro, y si bien alguna vez les conté que admiro a la gente que tiene perros, hay un amplio grupo de gente que creo se me hace difícil de entender. Para ellos, en algún momento de sus vidas, los animales, las mascotas, fundamentalmente los perros; se vuelven objetos al servicio de un sistema que nuestra especie eligió y el resto de las especies acata; 
¿Queremos un perro o queremos al perro?. 

Querer un perro es como querer una heladera, es atribuirle una función que viene a ejecutar en nuestra vida, es una necesidad nuestra por la que hay que pagar. Querer al perro es muy diferente, consiste en pensarlo como un ser, saber que está vivo y muchas veces nos necesita más que nosotros  a él. 

Elegirlo en una vidriera, comprarlo por internet, pedir la garantía de que no venga “fallado”, que tenga papeles, que sea cachorro de esos que salen bien en las fotos, razas ideales para departamentos, razas aptas para convivir con niños como juguetes sin batería, razas de cuidado como agentes de seguridad sin sueldo con caras de malos (a esos, por lo general les toca dormir afuera), raza juguetona que saben traer el palito o la pelotita los días que queremos jugar en el parque (pero deberían aprender a no querer hacerlo cuando estamos ocupados), razas tranquilas y pequeñas para que adornen el regazo de alguna señora mayor. 

Como salidos de un catálogo, como pedidos a un delivery, como cualquiera de las muchas mercancías que hemos sabido generar en las patéticas sociedades de consumo que encarnamos. Así… pero peor. Pagamos por un amor fotogénico para desfilar nuestra hipocresía, en lugar de ofrecer amor a un cuzquito. Después será tiempo de decorar con buenas intenciones la selección de raza y justificar la incompatibilidad de un mestizo con nuestra cotidianidad.

La palabra raza que nos trajo tantos problemas, que evoca a Alemania y al exterminio del pueblo americano, entre otras muchas barbaridades, esa es la palabra terrible. Hablar de raza es hablar de discriminación, sea de la especie que sea y hablar de comprar seres vivos es hablar de trata, esclavitud y cinismo, sin eufemismos.

Y así vamos… de shopping a pagar amigos, mientras cientos de bichitos trabajan para ese negocio en infinidad de criaderos, mientras cientos de bichitos sufren de abandono en todas las ciudades, mientras el valor de la vida lo pone un vendedor y no un corazón misericordioso. Así vamos, pagando por amor.
Lo que sigue ya es peor, porque cuando el foco está en las personas y se desconoce la razón de ser de la otra especie, los finales pueden ser diversos... desde una eutanasia por hiperactividad, hasta un paseo permanente al campo porque es muy grande y en casa no va a ser feliz (¿?)



Lo cierto es que los amigos no tienen precio, lo cierto es que los amigos no tienen color, ni raza, ni carácter... son como son, aparecen en nuestras vidas en momentos clave y necesitan de nosotros en momentos que no siempre son los más oportunos, y ahí estamos para ellos. Por supuesto que lo que recibimos a cambio es invaluable y maravilloso. ¡De eso se trata!
De verdad y desde siempre; no entiendo a los que compran perros.

No compres uno de raza, adoptá uno sin casa.


No entiendo a la gente quejosa...



... y realmente es una gran responsabilidad escribir esto, porque cualquiera podría pensar que me estoy quejando de ellos y todo se convertiría en un oximoron, pero no. No los entiendo.
Estamos hablando de personas del estilo de las que si les preguntas como están, nunca van a decir "Bien", y si algo en su vida parece estar "bien" ya vendrán ellos a sacarte de tu error y tratar de ayudarte a que mires mejor.


¿Cuál será la satisfacción? Porque no hablo de quejas puntuales o quejas a las personas que deberían (a criterio de alguien) cambiar algo; hablo de gente que como forma de vida y medio de comunicación elije la queja. Esa queja liviana, la que no tiene objetivos macroestructurales ni busca cambios de ninguna profundidad; la queja porque sí. Esa queja que no llega ni a carta de lectores, ni mucho menos a imaginar tomar cartas en el asunto.

El otro punto que me resulta incomprensible es el egocentrismo del quejoso y hasta el nivel de competencia. El padecimiento más grande o la situación más terrible, es la de ellos. No hay forma de que escuchen problemas ajenos sin interrumpir para quejarse ellos. Tienen la gran necesidad de victimizarse y no al mismo nivel que el resto de los mortales. Un ejemplo; si alguien les cuenta que la pasa mal, el quejoso argumenta (corriendo el foco de la charla al propio ombligo) que él está peor… y desarrolla amplia y monopólicamente su caso;
 
Persona: Me diagnosticaron una enfermedad terminal
 
Quejoso: Te re entiendo, sin ir más lejos, anoche se me partió una uña, no sabes lo que fue, no te puedo explicar el dolor. Estaba en el dormitorio, no en el mío, en el de mi hermano, buscando un par de medias en el cajón. Y el tercer cajón de la mesita de luz tiene como un bordecito levantado, porque la compramos en la carpintería de ese inútil que trabaja muy desprolijo y los cajones no cierran bien… (inserte aquí una exhaustiva descripción del fatídico acontecimiento e involucre muchas personas que habrían contribuido a que el hecho tenga culpables)
 
El quejoso es ese ser que pone la pelota siempre en cancha de otro. Nada de lo horrible del mundo lo tiene por responsable, es simplemente victima de su entorno, del gobierno, del clima o el universo. Los temas (todos!) que lo motivan a quejarse no tienen la solución a su alcance (y hasta está autorizado por las circunstancias a proceder mal; después de todo, sólo es una víctima). Sin embargo, las personas con este perfil, siempre encuentran una solución, pero una solución que otro tendría que haberles dado. Ellos, ¡ellos! no pueden activar ningún mecanismo que no sea la queja laxa, y no solo no lo entiendo, sino que en el fondo, me producen una profunda pena, porque tienen un horizonte súper chiquitito.
Creo que están molestos (entre otros muchos motivos) por la cantidad de puertas que se les cierran con cada argumento, o por la cantidad de cosas que se pierden por estar “imposibilitados” de accionar sus propias vidas y ganar (o pelear) esas batallas.
No entiendo cual es la gracia de autoproclamarse el más infeliz del mundo, pero el quejoso busca serlo y allá va; abanderado de sus pequeños terribles infiernos.
No entiendo a la gente quejosa.