No entiendo este sueño



Y no es metafórico, hablo de los sueños de estar dormida, no de anhelos y propósitos. 
Hoy, vamos con un ejemplo. Ciertamente, no creo en las lecturas lineales de los sueños, pero hay algún mensaje que viene muy bien cifrado. La siguiente descripción no tiene ningún sentido aparente, la lectura azarosa de mi mundo interno, queda a libre disposición de los lectores.


Soñé que salía de mi casa, y encontraba una tortuga perdida (en la esquina de España y Córdoba, muy centro de la ciudad), entonces me la llevaba para sacarle una foto y buscar su dueño en Facebook. Como no iba para mi casa, seguí mi camino (con ella) y fuimos a la oficina en la que desde hace un año ya no trabajo (este sueño es de la noche que cumplía un año de desvinculación con esa empresa, ¿creer o sobreinterpretar?). Llegaba a la oficina, en la que no tenía que estar, sabiendo que había cámaras de seguridad, y me ponía a envolver mis regalos de navidad, tratando de evadir las cámaras que transmitían a Buenos Aires mi presencia (cuando yo trabajaba ahí, no había cámaras, pero era un proyecto en marcha), y cada tanto, limpiaba lo que la tortuga ensuciaba. En el medio, llegaron mi antiguo compañero de trabajo (a quien vi felizmente la semana pasada) y un muchacho, que en mi imaginación es mi reemplazo (pero no lo sé, porque nunca lo vi).  Yo sabía y sentía que estaba en esa oficina, aunque su apariencia era como la de las habitaciones de mi casa, tenía la misma sensación de incomodidad que cuando trabajaba ahí. En un momento del sueño, saqué $300 de una cajita y después los dejé bajo un teclado (no sé si cambié de idea, si era una travesura, o si eso tenía algún sentido). En algún momento me parece que agarré la tortuga y me fui.


Eso es todo… la mayoría de mis mañanas, no recuerdo haber soñado nada, pero cuando tengo imágenes o momentos recordables, suelo escribirlo en papelitos que dan vueltas por la casa, hasta que me canso de verlos.

No entiendo que significan, pero casi siempre incluyen animales.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 5: escribí el último sueño que recuerdes



No entiendo mi obsesión por la agenda



Tengo un montón de obsesiones, y parece mentira que al tratar de enlistarlas no se me vengan a la mente. En una mini encuesta, consulté a mi marido que dijo que mis obsesiones son “combinar, el gato y estudiar” (esas tres?). Estoy convencida de que tiene razón, y que además, hay cientos que ya desarrollé o vendrán en lo sucesivo a hacerse letras en este espacio (no entiendo las obsesiones…. Pero hoy no me explayo al respecto)

Elegí una… Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes (incluso en enero, incluso cuando viajo, incluso mientras duermo…), me fascina anotar cosas para hacer, no confío en mi memoria, pero esto va más allá. Me gusta anotar y más me gusta tachar.

Las últimas tres

Mis agendas son medianas, tienen que entrar en todas las carteras, pero a la vez tener espacio para anotar muchas cosas; desde reuniones y exámenes, hasta ordenar el escritorio y ducharme. Todo lo anoto ahí, y no importa cuán urgente o prescindible sea, no importa cuántas veces tenga que trasladar los pendientes de una hojita a la otra. Películas que me recomiendan, tareas impostergables, turnos con médicos, almuerzos con amigos. Sin jerarquizar, va todo.   

Mis agendas son “semana a la vista”, tengo que poder dimensionar en esa frecuencia el paso del tiempo y poder contar páginas para saber cuántas semanas me separan de algún hito, cuando se termina el año, llegan las vacaciones o algún evento y poder acomodar mis rutinas a golpe de vista.

Mis agendas son descartables, a medida que pasan los días, arranco las hojas y al final del año, suelo guardar sus tapas, pero todo lo que pasó, primero bien tachado, después bien trozado (casi como un ritual) y al final, al cesto de papeles (aunque a veces se trasforman en grulla).

Mis agendas son espiraladas, para arrancar las hojas, darlas vuelta, manipularlas, pararlas como "carpitas", usarlas de portarretrato momentáneo (abriéndola en alguna foto), y para engancharles biromes

Mis agendas son habitadas, siempre tienen fotos, que se mudan de un año al otro, tienen frases, tienen listas de lugares  a los que viajar en el futuro, tienen stickers, tienen colores y dibujos, tienen sobres para guardar papelitos, tienen post-it por todas partes, tienen señaladores en muchas páginas y tienen una hojita para agendar proyectos para el año siguiente…

Mis agendas son mi refugio, en clases aburridas, en los momentos que no me acuerdo como sigue mi día, para hacer la lista del súper, o el borrador de un artículo, son parte de mi desde 1997, cuando recibí la primera (que seguramente integraría un eventual museo de las obsesiones). 

Sin embargo, tenerla no evita que llene sus hojas de tareas y guarde dentro de ellas listitas, papelitos y pequeños retacitos con más datos y cosas por hacer. Porque me gusta, me da seguridad y me obsesiona hacer nóminas de pendientes todo el tiempo, de todo tipo, con cualquier pretexto.



Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes. 

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Día 4: exponé una de tus obsesiones



No entiendo como no amar mi oficinita



Hace poco tiempo, entre las reformas de mi casa, incluí la existencia de una oficinita. La casa es chica, pero necesitaba dejar de tener papeles, carpetas, cajas y cajitas despatarradas por todos lados, entonces, una oficina del tamaño de un armario, pareció ser la solución.


Todavía nos estamos conociendo, cada día surgen nuevas cosas que agregarle y descubro que otras no eran tan prácticas como parecían. a fin de mes van a instalarle puertas, todavía le faltan estantes, y  todo el tiempo cambio cosas de lugar para poder escribir a gusto.

Algunas de las cosas que la hacen muy adecuada;

Su tamaño, que sea pequeña la vuelve práctica para tener todo a la mano. No hay que interrumpir la tarea para buscar nada, a lo sumo pararse sobre la silla y todo está al alcance.

Sus colores no generan stress, el verde y el lila tienen una frecuencia tan lúdica que es imposible sentir que lo que allí sucede es desagradable y preocupante, no importa lo que pase, genera un mimo visual màgico.

La ventana, aunque estemos en pleno centro de la ciudad, la casa es interna y en el corazón de la manzana, se escuchan pájaros cerca y motores lejos, es como tener lo mejor de lo urbano y lo natural sonando de fondo en el silencio de la tarde. Cada tanto, la voz de un vecino, un televisor ajeno o mi gato, hablando con las palomas en el patio.

La silla pesada, nunca me gustaron las sillas pesadas, pero para este lugar, quería una que si lo fuera, sin ruedas, sin patitas finas, un bodoque de madera. Cuando yo me siento, no se mueve y cuando cambio cien veces por hora de posición, la silla sigue donde inicialmente la apoyé. Está tapizada en pana lila y suele tener enormes almohadones para mayor confort 

La mesa blanda, esta fue una adaptación reciente, uno de mis grandes hallazgos oficiniles. Nunca me senté derecha “como una señorita”, en términos de mi mama. Prefiero “enroscarme" sobre la silla, y suelo tener las rodillas a la altura del pecho. Por eso, las tablas de la mesa siempre me lastiman, y para ello, descubrí que agregar un flotador al borde de la mesa en una caricia para mis rodillas, y también hace más cómodo el uso del mouse (ver foto)

El escritorio no tiene patas, es una tabla que va de pared a pared, eso lo hace perfecto para limpiar fácil y no renegar con la silla. Además está forrado en contact lila (al principio estuvo pintado de blanco) para que sea más fácil pasar un paño y retirar los muchos pelos de gato que inevitablemente hay en él.

Climatización, en un intento por no artificializar el clima, pero no morir en el intento, he dispuesto en el espacio un ventiladorcito de mano violeta que tira agua mientras gira para verano y una mantita verde para invierno, de esta forma, nos adecuamos al clima sin generar calentamiento global ;)

Chucherías, no soy yo sin mis cachivaches, quienes me conocen lo saben, y es por eso que me regalan cosas hermosas que mi escritorio luce; la vaca con luz led, el cactus pincha notas, el globito terráqueo, biromes con formitas, cajitas, artículos de librería (más lindos que útiles), todos están aquí, a mi alrededor, sumando color y evocando instantes.

Imanes y notitas, desde siempre me gustaron los imanes, me parecen un recuerdo practico, chiquito, simbólico, fácil de transportar y útil… es por eso que los laterales de mi escritorio tienen pintura magnética y en ella puedo adherir notitas, recordatorios y mucho color!

Además; el monitor lleno de stickers, una malaquita y una turmalina negra, el multipuerto usb robot con ojos luminosos, la bolsita con consignas de escritura, las cajas y portalápices verdes y lilas, los mandalas de alambre, las libretitas de diferentes temas, la ludoteca en el estante más alto, muchos clips de colores, una maderita de palosanto, el bolsillo para papeles en el respaldo de la silla, la agenda abierta siempre cerca, las fibras de colores, mis libros más queridos, los post it por todas partes, algunas frases pegadas, tijeras con formitas, barritas de azufre, algún dibujito de un  niño, flores de origami, un sapo, un pato, un ornitorrinco, una muñeca, varios gatos, recuerditos de momentos y personas…

Mi pequeña oficina me abraza. No entiendo como no amarla.

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Día 3: desde donde estás sentado, escribí diez cosas a las que no les habías prestado atención.


No entiendo las autobiografías




Digo… ¿no es un poco raro que alguien crea que todos quieren saber de él? ¿De verdad lo mejor que podes narrarle al mundo sos vos? Hay un tema de ego que no me cierra.

Autorretrato

Escribir de uno mismo, ¿a qué apunta? Quizás sea para contar hazañas, casi como quien relata ficción, pero con inspiración experiencial. O puede bien ser la hipótesis de ayudar a poner situaciones en palabras para que otro se sienta espejado. No es que yo no lo haga, es solo que no lo entiendo (y Barthes creía en la muerte del autor).

Las biografías las escriben personas que creen importante hacer un compilado de la vida de otra persona, pero las autobiografías, me generan esa angustia de  imaginar una persona que se siente importante, pero teme que nadie se tome la molestia de escribir sobre su paso por el mundo.

¿Cual es el momento de escribir una autobiografía? Imagino que la vejez, el final (?). Imagino mi vejez (no le pongamos fecha…. Puede ser en tres meses o en setenta años… la vejez va por dentro, es como un estado de cansancio y una declaración de cuenta regresiva ante la vida) y en el ocaso de mis días debería sentarme a hacer una lista interminable de logros y frustraciones, una suerte de balance general, como el de todos los años, pero con el top ten de lo que realmente pesó. 
¡Cuantos cientos de cosas que hoy me preocupan no tendrían ningún renglón en aquel momento!. Seguro muchas de mis pequeñas alegrías, a la distancia se verían maximizadas. Podría legar ese listado, casi como una herencia intangible, el debe y el haber de lo que las futuras generaciones deberían tener en cuenta para alcanzar la felicidad según yo… y ahí me encuentro frente a otra actitud que me molesta; las autocitas. Me parecen flojitas... hay algo raro en evocar frases propias; “como siempre digo”, “ya dije una vez”, “como me gusta pensar”… ¿no es un poco raro?

No lo entiendo... claramente, no entiendo el momento, el objetivo y el concepto mismo de autobiografía.

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Día 2: escribí un fragmento de tu autobiografía y mentí en algunas cosas

(bueno… la consigna se me despatarró, pero la idea era que inspire...)





No entiendo por qué escribo



Y lo hago un montón. Generalmente asociado a la idea de catarsis, supongo que escribir me ayuda a canalizar las cosas que quiero decir pero no sé exactamente a quien o porque. De hecho la mayor parte de mi vida escribí cuadernos y papelitos sueltos que se han ido desparramando a lo largo y lo ancho de mi casa hasta decidir que en una pantalla estarían más cómodos y desde hace muy poco, algunos de esos textos están tomando status público, quizás para que a nadie le importen, quizás para que a alguien le muevan algo (esto no tiene por qué ser o bueno o malo… solo es movimiento)


Desde muy chica me gusta escribir cuentos, y como cuando era chica me salía escribir cuentos infantiles, es el género que más disfruto y paradójicamente el que menos comparto. De adolescente escribía cartas, algunas las mandaba, algunas las ensobraba y nunca llegaban a salir de casa, la mayoría eran autocartas. 
Amaba tener amigos por correspondencia; al principio tomada datos de revistas infantiles (había secciones que invitaban a tener amigos por carta, hoy nadie publicaría su dirección en un medio gráfico, y menos un niño), con el paso de los años, los conocía en diferentes chats (cuando internet era una novedad) y los instaba a continuar el vínculo sobre papel. Tuve grandes satisfacciones con las visitas del cartero (con mi amigo Guido, nos escribimos desde 1999, cuando los años empezaban con “1”!!!).

La cantidad de años que llevo desarrollando esta tarea no implica que lo haga bien (si es que hay una forma de hacerlo bien). Cuando era chica mi mamá decía que escribir era de valientes, porque el papel permanecía, yo le respondía que escribir era de cobardes, porque si pudiera decirlo no me haría falta escribir. Lo cierto, es que no sé cuál es la versión más atinada.
Un día, a mis seis años, la señorita de primer grado me llevó junto con mi cuaderno a leer un cuento mío a un séptimo grado, y la seño de séptimo se lamentó de que sus alumnos más grandes no tuvieran la creatividad que yo tenía. Fue un día en el que me sentí valorada (y convengamos, que la educación formal no suele ser muy cualitativa con la valoración de nuestros logros).

Escribo para pensar, para ordenar mis pensamientos, escribo porque desde antes de saber hacerlo, ya me precia fascinante. Escribo porque la escritura es una de las tecnologías más perfectas y mágicas del mundo. Escribo porque es la forma que tengo de ser yo. Desde siempre.

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Día 1: escribí acerca de por qué escribís




No entiendo como no amar el transporte público (5)



Siempre el transporte público regala momentos amorosos, de esos que te hacen sonreír en plena rutina. Hoy... otra vez, no entiendo como no amar el transporte público.


Subir al cole una mañana de sábado, medio dormida, algo contrariada. 
Ver que suben dos chicos en la terminal, recién llegados, cargados de equipaje.
Verme espejada en mis paseos a otras latitudes. 
Ellos piden permiso al chofer para comprar boletos a otros pasajeros que tengan saldo en las tarjetas recargables que usamos los locales para pagar el viaje. 
Sentí la fuertísima necesidad de regalarles el tramo. Rápida y ansiosa, me ofrezco a pagar sus pasajes y ellos se empeñan en abonarme el monto correspondiente. No acepto, los convenzo con el argumento de que alguien, algún día, lo haría por mí. Ellos entienden mi concepto. De repente les nace la idea, buscan en sus mochilas y mi mañana potencia su brillo cuando recibo un fanzine de producción propia a cambio del gesto (no quiero leer que fue a cambio del pago, quiero confiar en que los humanos nos vinculamos a través de gestos, actitudes). 
Aqui pueden leer a la autora del fanzine.

Y allá voy... otra vez en los viajes cotidianos por mi ciudad... descubriendo el espíritu humano que se filtra entre los bloques de cemento y nos muestra que la sociedad de mercado nunca hará que dejemos de ser personas.


Como siempre... no entiendo como no amar el transporte público.





No entiendo cuándo empieza el año



Nunca me gustó enero.... es un mes en el que no pasa nada.... No le tengo gran cariño.... es un mes de retorcida inactividad.


Febrero tiene potencial, pero no lo dejan.... hay gente con ganas de arrancar el año, y la vida comienza a calentar motores, pero tampoco pasa nada.
En marzo el ciclo lectivo empieza a marcar el pulso de la ciudad y mientras las familias se acomodan a los nuevos horarios, se va consolidando la bienaventurada rutina.


 Entre una cosa y la otra me pone de muy mal humor que hasta abril el mundo esté en piloto automático mientras la gente se sigue sacando vitel toné y garrapiñadas de entre los dientes.
Mayo y junio son meses bien plantados, pujantes, prometedores, hasta que julio le pone freno por un ratito y la gente cae en la cuenta de que medio año ya desapareció, entonces llegan agosto, septiembre y octubre, el trío de la superproducción, donde todo está por hacerse y el levantamiento de la temperatura se suma a esto para que sean meses intensos y geniales, llenos de todo. En el trabajo, en el estudio, en la familia, en los compromisos sociales, en las programaciones culturales y en las reuniones de amigos, en esos meses, todo tiene lugar y nos vamos cansando para empezar a pedir que se termine el año.


 Entonces llega noviembre con su cara de “paciencia que ya estamos” y llena de navidad las vidrieras con una increíble capacidad de hacer que estemos convencidos de que es la recta final, pero todavía quedan dos meses, que es ni más ni menos que un sexto del año!


Todos nos preocupamos mucho por saber cómo cerrar las puertas que fuimos abriendo y corremos desorientados a lo largo y a lo ancho del calendario hasta que diciembre nos recibe con su voz cansada para contarnos que ya es demasiado tarde para un montón de cosas. Los feriados se acomodan en este mes para confirmar que el que no se escondió, se embromó… todo lo que haya que hacer, tendrá que esperar, en todos lados la gente estará pensando en sus vacaciones, en bajar la persiana, en dar el portazo y toooooodo lo que no haya sucedido, problema del año que viene (que empezará otra vez… más o menos, cuando lo dejemos empezar.)



No entiendo cuándo empieza el año, pero estoy segura de que no lo dejamos emerger con facilidad.


No entiendo a los bichos bolita



Oniscídeos, chanchitos de la humedad, bicho píldora, bicho munición, cochinillas de humedad, chanchitos de tierra, marranitos, bicho de humedad, armadillidiidae, bicho bola o bicho bolita… En verdad, no entiendo como no sabemos mucho más sobre ellos.


Como medio de defensa frente a depredadores, los bichos bolita pueden producir un líquido maloliente para alejar a los enemigos, pero su sistema de defensa más característico y que les da su nombre es la llamada conglobación; enrollarse formando una bolita casi perfecta y lisa gracias al ajuste de las piezas del exoesqueleto rígido, segmentado y calcáreo.

Todos, de chiquitos (y aun ya crecidos), hemos jugado con ellos, fascinados por su capacidad de cerrarse ante nuestro contacto, hemos disfrutado ver la maravillosa composición de su cuerpo y la velocidad de su cambio fisonómico, todos jugamos con ellos, y por eso me parece difícil de comprender que los docentes no hayan retomado nuestro interés para enseñarnos cosas fascinantes…


¿Sabían que no es un insecto? ¿Sabían que el bicho bolita es el único crustáceo terrestre que existe? ¿No es casi una estafa haber pasado tantos años de genuino interés por una especie y que nos hayan privado de semejante dato?

Pero claro, ese no es el único secreto que estos chiquitines nos tenían oculto, otra cosa fascinante es que son un poco parientes lejanos de los canguros… ¡posta! Comparten la característica de poseer un marsupio, que es la bolsa donde las crías se terminan de formar. En el caso de los canguros y el resto de los marsupiales, el pequeño a medio formar repta hasta la bolsa a culminar su gestación. En el caso de los bichos bolita, son los huevos (entre siete y doscientos) los que se incuban  dentro de las hembras de la especie, para estar protegidos de las inclemencias del clima. Cuando las crías están formadas, salen de la madre, casi como si se tratara de un parto, pese a ser ovíparos.


Pertenecen al grupo de crustáceos isópodos y vivir en el ambiente terrestre es todo un desafío para un crustáceo. Descendientes  de  ancestros acuáticos, respiran a través de unos “pulmones” que se encuentran en la base de sus catorce patas. Como todo crustáceo, tiene una respiración branquial, por lo tanto necesita vivir en ambientes húmedos y oscuros; se esconde durante el día debajo de troncos de árboles, piedras y lugares que conservan humedad, tienden a amontonarse unos sobre otros, porque así pueden reducir la evaporación de agua y evitar la desecación y durante la noche sale a alimentarse.


Tienen un ciclo máximo de vida de 41 meses, se alimentan de materia vegetal y restos animales, sus piezas bucales están adaptadas para masticar comida sólida, como hojas e insectos muertos. Y un último datito… mudan su exoesqueleto en dos secciones, primero la mitad posterior y luego de dos o tres días la mitad anterior, Los isópodos inmaduros mudan cuatro o cinco veces y los maduros cada dos meses.


Hay mucho más para conocer de estos amiguitos que tantas horas nos han dejado compartir y jugar con ellos.

No entiendo como no los conocemos mejor.





No entiendo el mito de la estabilidad



Que no nos roben la utopía.
Crecemos escuchando sobre las prioridades de los seres humanos en términos de estabilidad. 



Crecemos o lo que es peor; la gente considera que hemos crecido, cuando nos ponemos serios, abandonamos lo que nos hace bien y nos disponemos a hacer lo que todos hacen.

Un hito en la vida de un joven es lograr las ocho horas de oficina, en ese momento, se lo considera un afortunado. Si proviene de una familia en la que hay pocos oficinistas, se lo llamara privilegiado y si proviene de una familia con muchos oficinistas se lo llamara exitoso. Pensaremos que está en la buena senda y brindaremos felices por su estabilidad. Probablemente, de pequeño ha querido ser payaso, quizás artesano o incluso actor. En el total de los casos, de pequeño fue soñador. Pero ahora creció, y trabaja en una oficina para orgullo de todos, incluso, quizás, de sí mismo. Si está contento con sus ocho horas diarias y quince días de vacaciones al año, el joven pasará automáticamente a convertirse en uno del montón. Otro puntito en una estadística gris que señala que es parte de un algo más grande en lo que felizmente se pudo insertar.

Lo mismo sucede con cualquier otro trabajo de los que “hay que tener”; sueldo en blanco, quince gloriosos días de vacaciones, ocho horas de labor cuidadas por algún sindicato, la cosa es llegar puntual, hacer la tareita más o menos bien y aguantar a que llegue el franco para pasarla bien. No durante, siempre después.


Pero hay otros. Hay otros jóvenes (¡y no tanto!) llamados inmaduros, vagos, atorrantes, delirantes y quizás también fracasados; esos son los que nunca aspiraron al placebo de la estabilidad (o si, pero ya no). Son los que no se consideran lo suficientemente grises como para dejar de soñar, son los que no se conforman con quince días al año para la felicidad.
Y quizás desde la misma oficina, o desde donde les toca estar, esos otros están buscando la forma de seguir su sueño o de ir soñándolo en el camino. Y cuando la gente los mira raro, se preocupan un poquito hasta que se dan cuenta de que cada vez hay más personas tan raras como ellos, que deciden caminar por el costadito de esa cosa grande en la que habría que insertarse, y con la creatividad como principal recurso, se envalentonan a ser lo que de chiquitos quisieron, o lo que de más grandes eligieron. 

Generalmente, lo que buscan, es definido como felicidad (que comparte muchas letras con estabilidad, pero no se le parece en casi nada). 

Para todos ellos, el viaje se comparte. Viaje empírico o metafórico. Viaje tan largo o corto como sea necesario. Viaje como medio o como fin en sí mismo.
Los que entendemos el viaje (en el sentido enorme de la palabra) como algo mucho más profundo que un paréntesis de quince días, nos mantenemos en la senda de no dejar que nos roben la utopía.
(Porque; la utopía sirve para caminar)



No entiendo el mito de la estabilidad, pero tiene muchos feligreses.


No entiendo como todavía nadie inventó la música vegana



Y me parece que en cualquier momento a alguien se le va a ocurrir.

El veganismo consiste en el respeto a los animales, evitar su sufrimiento y su muerte. Los veganos no consumen ningún producto de origen animal, ni justifican la compra, venta, privación de libertad, o inseminación artificial de ninguna especie. La razón es ética y sostiene el rechazo de la condición de mercancía de los animales no humanos en tanto seres sensibles o sintientes.
El término «vegan» fue acuñado en el idioma inglés en 1944 por Donald Watson cuando quiso indicar en un inicio el concepto de «vegetariano no consumidor de productos lácteos» y más tarde para referirse a «la doctrina en la que el ser humano debe vivir sin explotar a los demás animales».

Dicho lo anterior, me remito a los instrumentos musicales, muchos de los cuales no cumplen con esta premisa y queda excluidos de las máximas del veganismo.
Todos los que hayamos cantado un carnavalito, podemos entender de que hablo; erke, charango y bombo, carnavalito….  


El erke, está formado por tramos largos de caña unidos formando un solo tubo y exteriormente forrado con tripa o lana. En el extremo superior posee un pabellón de cuerno vacuno.
El charango, tradicionalmente estaba hecho con el caparazón de un armadillo, y tradicionalmente las cuerdas del charango eran de tripa.
El bombo es un instrumento membranófono, o sea, genera sonido al poner en vibración una o dos membranas tensas hechas en la mayoría de los casos de piel.
Los tres instrumentos referidos en la letra de la canción poseen materiales como el cuerno, el armadillo y el cuero que los vuelven inadmisibles a la mirada vegana. Lo mismo ocurre con el resto de los instrumentos de cuerda, todos los de membrana y que decir de las Pezuñas, uno de los instrumentos más horrorosos que he visto.


Sin embargo, a pesar de las evidencias que aquí se expresan, aún no he escuchado ningún movimiento en favor de la música vegana.


No entiendo… ya debe estar por surgir.



No entiendo la apología del aislamiento



Y nótese que no estoy poniendo en tela de juicio la existencia de esta conducta. No entiendo los cuantiosos esfuerzos que hace la gente por no estar con otra gente.
Desde que las mamás nos enseñaron a no hablar con extraños hasta la proliferación de barrios privados, todo eso me parece medio terrible.
Los seres humanos somos gregarios por naturaleza y aprendemos en medio de las experiencias que ligamos  a la grupalidad… sin embargo, el Otro en nuestras sociedades capitalistas, molesta.

Hay una sobrevaloración del espacio privado y un desprestigio inmerecido al desconocido, al vecino, al que no sé cómo se llama, ni quien es, pero debe ser malo, y por las dudas voy a mantener la distancia y quedarme a salvo de sus casi seguras malas intenciones para conmigo.



De esa manera, es mejor tener una casa con pileta de lona que caer a un club y tener que compartir las instalaciones con cientos de fulanos y sus respectivas pestes y riesgos; la mía es más chica, pero es exclusiva, mía, no la comparto. Entonces comenzamos a blindarnos. A tener a escala todo lo que hay en una ciudad, pero para el circulito con el que decido relacionarme.

Y así como las ciudades tienen policía, yo tengo vigilador en mi edificio. Las ciudades tienen clubes, yo tengo club house en mi barrio privado. Las ciudades tienen Concejo Deliberante, yo armo una reunión de consorcio. Las ciudades tienen escuelas, yo pago maestros particulares. Las ciudades tienen comercios, yo compro desde casa por internet. Las ciudades tienen iglesias, yo prendo velitas a los santos de casa. Las ciudades tienen plazas, yo compro hamacas y toboganes para que mis hijos jueguen en mi patio. Y así…. todo lo que el espacio público tenga para compartir, yo lo quiero para mí. El aro de básquet del club está alto… el de casa es más bajito, pero es mio, y no espero turno y no tengo horario. Es de plástico y se cae, pero no lo usa nadie más que yo. Lo increíblemente social del pool, o del metegol, ahora está en casa… y de que sirve trabar el arco para que no se vaya la pelotita, si ahora puedo jugar el tiempo que yo quiera. Hay algo de la mística que se perdió. O la mismísima mística, se privatizó.

De esto se trata la apología del aislamiento. El cine tiene una pantalla enorme y un sonido increíble, pero el cine en casa me evita estar con otros durante la película, por eso, el mercado me prepara un gran precio para que yo decida hacer la mía, lejos de los que me molestan, me preocupan o me hacen compañía.


Así, crecen nuestros chicos, así, sin abrir la puerta para ir a jugar. Así crecemos nosotros, haciendo de lo público el lugar del que hay que huir. Así nos aterra cruzarnos con otros seres, nos cuesta vincularnos en la diversidad y nos paraliza el riesgo de caminar entre dos puntos de nuestra sacrosantarutina. Entonces nos emburbujamos en autos que nos llevan de un lugar al otro, haciendo que en el medio, entre el garaje de casa y el garaje de la casa de un amigo, no corramos riesgos innecesarios (¡un asco estar con Otros arriba de un colectivo!). Porque en la calle, nunca se sabe, ¿viste?, está jodida la mano, ya no es como era antes.

No entiendo, no creo que sepan lo mucho que se están perdiendo en esa soledad.


No entiendo los prejuicios



Y al afirmarlo, me siento una hipócrita.


Seguramente yo estoy llena de prejuicios que todavía no sé que tengo, eso es casi una obviedad. Tuve muchos que pude desarmar, y trato de rastrear los que aún no salieron a la luz. Sin embargo no entiendo los prejuicios, o sea, los juicios previos, que son un acto de sentencia anterior al crimen o algo así.
Un prejuicio es una opinión estandarizada y generalizante de cosas o gente a los que se encasilla desde la ignorancia y el desconocimiento.

Visto así, creo que nadie puede entender los prejuicios, pero si hay algo más incomprensible que esta injusticia contra las cosas o gente indefensa y sentenciada, es el individuo que se enorgullece, justifica y proclama sus prejuicios con el pecho henchido de orgullo, ese sí que es un papa frita importante.
Ese abre el discurso  legitimando los motivos de su juicio y ensalzando lo bueno de saber que es ley general que se aplica a todos los que enmarca en ese rotulo.


¡Que actitud flojita! Y cuanto nos perdemos por actuar así…
En fin…. No los entiendo, y espero poder descubrir y combatir los prejuicios que me habiten.




No entiendo a los que no viajan



…y no lo digo desde la concepción burguesa del viaje como turismo para los sectores felices.

Lo digo entendiendo al viaje como algo que se construye de una manera única. No tiene que ver con kilómetros ni con itinerarios, es un desplazamiento ligado a lo emocional y siempre relacionado al aprendizaje. Implica una predisposición interna a absorber lo que el viaje nos depara.
El viaje nos transforma porque le damos permiso para que nos modifique. En nada influye el destino, la magia está en el camino. Es por eso que no importa si al viajar cruzamos océanos o viajamos hasta la verdulería. Podemos hacer un gran viaje con la ayuda de un avión, o con solo tomar un taxi.
Siempre y cuando abramos la puerta al aprendizaje para la transformación, estaremos viajando en el camino correcto.


«No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa» dice David Le Breton y en esta frase resume la potencia del viaje como mecanismo interior. “El viajar es un placer que nos suele suceder” dice pipo pescador, mientras nos recuerda que tampoco importa hacerlo en un auto feo, porque la experiencia pasa por otro lado. “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos.” Dice Marcel Proust y en eso vemos que el trayecto diario puede ser re-mirado para descubrir y descubrirnos.


En ese momento en el que el mundo nos da batalla, elegimos buscar una tregua que nos aparte de la rutina y elegimos conocer. Conocer un lago remoto o conocer la colonia de hormigas que cruza la plaza de la otra cuadra.
La mirada configura el objeto observado, y es precisamente eso lo que ponemos en acto al momento de emprender un viaje, le damos a la mirada el poder de embellecer los sitios que vamos descubriendo y nos permitimos detenernos en cosas a las que atribuimos potencialidades mágicas.
Cuando viajamos nos damos la posibilidad de contemplar, y eso es lo más relajante y novedoso que tiene el viaje, y a la vez es la clave que tenemos que incorporar para la felicidad cotidiana. En el momento en que nos damos la posibilidad de sorprendernos estamos haciendo una actividad que nos vincula a la idea misma de viaje.
Cuando vamos a la playa y nos tomamos el tiempo de mirar el mar para descubrirnos pequeños, o en la montaña analizamos la forma en la que corre el viento y nos sentimos más vivos, incluso en las ciudades, cuando reflexionamos sobre la forma de vida de otras personas y nos juzgamos por vivir de la forma en que lo hacemos. Así es que opera sobre nosotros el efecto “viaje”.

Sin embargo, no se trata de una acción que esté relacionada con el espacio y la lejanía, sino que es una forma de posicionarnos frente a lo que nos rodea de modo que nos encontremos predispuestos al disfrute de las cosas simples (o quizá tremendamente complejas).
Podemos hacer de esta, una actitud cotidiana, podemos sentirnos a gusto en nuestra propia tierra si cultivamos el espíritu flâneur, de vagar por las calles sin rumbo, abierto a las vicisitudes y las impresiones que nos salgan al paso.
De esta forma podemos ser turistas incluso dentro de nuestro propio dormitorio.

No entiendo como no disfrutamos de la vida con un Buen Viaje!








No entiendo como no amar el transporte público (4)



Aceptar  un reemplazo docente en un barrio alejado siempre representa un desafío, no por el barrio, ni mucho menos por la gente, sino por mi facilidad para perderme combinada con mi dificultad para pedir ayuda.
Así fue como encaré la ida preguntando al colectivero por la intersección que necesitaba y cuando (después de muchos minutos sin ver calles conocidas) tomó una de las dos calles que venía repitiendo en mi cabeza para recordar bajar del bus,  tuve ansiedad por adivinar cuál sería la transversal que estaba buscando y pánico por pasarme algunas cuadras.  Cuando mi corazón (¿?) lo creyó pertinente, toque el timbre decidida y me bajé.


Pocos segundos bastaron para que descubra mi error y rápidamente pregunté a un hombre, que me dijo que estaba lejos de mi destino y me indicó “ese colectivo te lleva, decile al chofer que te avise” y señaló el coche del que yo acababa de bajar y al que me volví a subir mirando al conductor con sonrisa de “si, ya sé que soy muy boba”.
Entonces llegué a una esquina en la que señor que manejaba me dijo muy amablemente  y recordando la pregunta que le formulé al subir (la primera vez) cual era mi parada; “esta si es”.

Empecé a caminar hasta lugares que parecían escuelas, con tanta cara de perdida que un señor de barrio se ofreció a acompañarme. Visitamos tres escuelas hasta encontrar la que yo buscaba. Charlamos, me contó del barrio y nos despedimos.
Llegué.
El reemplazo terminó y nuevamente estaba en la calle,
Las explicaciones de la directora sobre donde tomar el colectivo habían sido muy claras (con el detalle de que ninguna de las calles que nombró estaban en mi inventario de lugares conocidos).

Agudicé mis sentidos (ponele) y encontré una parada y un bus de línea conocida llegando hacia mi ¡estoy de suerte!, pensé… y me subí. El conductor me abrió la puerta y también abrió una enorme sonrisa mientras decía “Flaquita! Como andas?” justo  la vez que yo le preguntaba si iba para el centro. Le respondí con otra sonrisa y unas cuantas palabras, pero no reformulé la pregunta. Me senté y cuadras más tarde y ante la cantidad de nombres de calles desconocidas, ya di por hecho que estaba en la línea correcta, pero en sentido equivocado.
- NO estamos yendo para el centro, ¿no?
Tuvimos una charla divertida, y en una parada iluminada, el chofer me indicó que líneas tenía que esperar. Y allí estaba, más lejos y más perdida que cuando empecé a querer volver a casa, pero sabiendo que mi staff de colectiveros buena onda, siempre me rescatan de mi misma… y el paseo por el barrio con el vecino buena onda oficiando de guardaespaldas y guía, estuvo genial.

Como no amar el transporte público… si todo esto no me hubiera pasado yendo a dar clases en auto particular.

Soy mis historias, y no entiendo como no amar el transporte público.




No entiendo como confunden arte con marketing



¿Cuál es la diferencia entre “renacimiento” e “involución”? Seguramente habrá tesis enteras acerca de alguna brecha, sin embargo, desde el desconocimiento, afirmo que la diferencia es de cohorte valorativo. Supongo que ensalzar algo como renacentista implica  un dialogismo con los grandes del pasado, mientras la involución se emparenta con una lógica lineal compuesta de instancias superadoras encadenadas que han sido interpretadas por quien toma elementos de eslabones vetustos.

Básicamente, me da igual. Quiero divagar sobre una práctica que podría encasillar en una u otra categoría, pero elijo hablar de reinvención (y allí voy a dejar contenidos los términos en litigio)
Me llama la atención hace unos años (y no es la primera vez que escribo sobre el tema) una práctica artística en la que las organizaciones encargan a los artistas plasmar su esencia dentro de márgenes muy acotados, algo así como una producción seriada, en la que la serie amalgama el soporte, un soporte provisto por los convocantes y dotado de alguna significación icónica, sobre el que los artistas hacen ni más ni menos que lo que pueden. 

Un ejemplo de estas intervenciones a pedido

Esta práctica llegó a remitirme a los tiempos del mecenazgo, de la pintura por encargo y de la relación artista-cliente que condicionaba el producto dejando a la expresión  reducida a información (una serie de datos que deberían ser comprensibles para ciertos actores consumidores)

Así pues, cuando el rey elegía un pintor, lo hacía con la confianza de creer que sería quien logre la mejor reproducción de la imagen de sus hijos, de esta forma se relegaba el arte a la función mimética de inseparable relación con la realidad de la cual se despojaría con la controversial aparición en el siglo XIX de la fotografía.
Aunque fuera más allá de lo mimético, el arte no perdía la carga clientelar, en la decoración se ponían en juego criterios pedagógicos (un mensaje para el pueblo o la feligresía) y estéticos (moral, canon perfecto, proposición). O sea que, aunque lo expresado no fuera copiado de la realidad, tendría que reflejar fielmente una historia, una deidad,  un concepto, esa realidad irreal que les tocaba realizar (¿?)
La fotografía tomó como propia la tarea de capturar la realidad, llevando para su cancha varios artistas del campo de la plástica y los que se quedaron sintieron esa liberación que permitió el surgimiento de las vanguardias estéticas, con lo cual los ismos pudieron mostrar con el arte mucho más que retratos y alegorías y aparece el artista como parte nodal de las obras, aparece (con Velázquez y después) en la obra.

Ir al Pompidou y ver la obra de Duchamp es ir a verlo a él (cuantos saben el nombre de su obra?). Encontrarnos con él, es ver en esa obra mucho más que estética plástica, virtuosismo artístico, estamos viendo un momento, una coyuntura, un conflicto, un show de quiebres y cortes que el artista nos cuenta sin que nadie se lo pida. En otros momentos y lugares,  vamos viendo surgir nombres que por medio de su arte plasman radiográficamente la coyuntura, y también aparecen movimientos de l`art pour l`art, todo esto en una danza feliz y denunciante de sujetos con función política a la vez que poética (hibridando títulos de Aristóteles), así vemos el arte contemporáneo y una paleta multiforme de personajes y obras de las que gozamos entendiéndolas o dejándonos mover por su impacto visual.


En esta cronología que no es más que un grosero y violento resumen de la historia del arte, quiero anclar mi pesar por las propuestas a las que aludí renglones atrás.
Al parecer hemos vuelto a pedirle al artista que se exprese según consignas (lo cual no se extinguió nunca, pero se había corrido del centro de la escena). Entonces el artista (puro fluir y libre expresión) se encuentra sentado frente a una vaca, un ladrillo, un balero con la consigna de intervenirlo. 
Si bien por lo general la cuestión tiene por fin una cosita entre benéfica y snob (culminando en una subasta cruza de"exclusiva"con"under"),no deja de ser a todas luces la fetichización de su esencia mística en pos de la estandarización (pues más allá de las improntas de quienes hacen arte sobre ellas, no dejan de ser todas vacas, ladrillos, baleros). El artista suele tomar este pedido como posibilidad de exposición pública (omitamos decir marketing, porque suena choto), y ahí se pone a darle vueltas al soporte imaginando como hacer algo lo suficientemente personal como para plasmar su esencia y lo suficientemente radical para que su obra se despegue del conjunto y no pase desapercibido para el público (acaso cliente).

Con estos dos puntos en claro, la emoción en la que nuestro obrerito cultural encara la tarea puede ser; 
  • desafío “a ver, como hago algo bueno con esta consigna”, 
  • adaptación “es un trabajo como cualquier otro, no siempre se puede hacer lo que se quiere”, 
  • o bien, desmotivación “hasta cuando voy a tener que hacer estas cosas por prensa”. 

Volviendo al principio, quizás es una cruza entre la vuelta al trabajo a pedido y la necesidad de visibilizar y comercializar lo que logra este tipo de despliegues en los que la libertad irreverente del artista contemporáneo sucumbe ante la lógica de la sociedad de consumo y un nuevo modo de estandarización de la producción. Lo cierto es que no hay forma de que me guste (más allá de la ocasión de foto chistosa) ninguna de esas piezas y en parte lo atribuyo a que veo opresión del autor en las materializaciones repetitivas de elementos intervenidos al solo efecto de su venta (por mas altruista que sea el cometido aducido). He dicho (en verdad, esto lo he dicho el 24.04.2013).

No entiendo como se puede borrar la necesaria línea entre el arte y el marketing... pero es tendencia.

(Agradecimiento a Fede.... que casualmente estaba en todas las fotos que ilustran las ideas de esta exposición)