No entiendo como desconocemos la masacre camboyana



Así, como si hubieran tapado un país entero con una sábana, la historia reciente de nuestro planeta hizo desaparecer el capítulo en el que un tercio de Camboya fue masacrado.

Así, como si fuera una anécdota que alguien se olvidó de contar, una foto que nadie tuvo tiempo de sacar o un ratito absurdo para los miles de años de humanidad en la tierra. Así, desapareció el régimen de los jemeres rojos de los medios de comunicación que ya existían todos. Porque en el año 1975 ya había tele, había radio y estaba la imprenta, pero nada.

Cráneos en el memorial de un campo de exterminio

¿Quién sabe algo de Camboya? ¿A quién le importa? Los adalides de la solidaridad internacional se saltearon ese rengloncito finito y nadie dijo nada. Ni los comunistas ni los capitalistas, los de la derecha o los de la izquierda, los que ven la vida color rosa ni los que la entienden siempre negra, nada dijeron los que eligen el invierno ni los que prefieren verano, todos, pero todos, miraron para otro lado cuando en Camboya mataron a muchísimas personas.


Hoy a la distancia (cortita, pero distancia) esas personas son estadísticas, parrafitos bucólicos. Pero si le ponemos un poco de sentimiento a la noticia que nos llega tarde, esos números de muchas cifras, esos datos con varios pares de ceros, esos relatos con centenares de víctimas inocentes, todo eso, es gente, como vos, como yo, gente que siente, que sufre y que muere, por delirio ajeno, por capricho despótico, por ideas raras.

Algunos restos humanos que siguen apareciendo cuando llueve en lo que fueron las fosas comunes

Se llamó Pol Pot y era petiso, nada amenazador a simple vista. Creía en la vida agraria como camino y destino del comunismo puro y tenía pánico a los saboteadores de su proyecto. Durante los setenta, estuvo a cargo del gobierno y del ejército de los jemeres rojos, su organización guerrillera. En proporción, supero a Hitler, pero en marketing, nadie lo conoce; nadie en nuestra zona habla de él… nadie en la escuela de occidente estudia las consecuencias que aun hoy ese país padece como secuelas de esos años no tan lejanos.

Entre 1975 y 1979 el país perdió hasta su nombre, se empezó a llamar Kampuchea Democrática. Al año 1975 lo nombraron año cero, y desde ahí, comenzarían a escribir la nueva historia, lejos del capitalismo, y la monarquía, incomunicados del resto del mundo, alejados de las fábricas, las escuelas, la moneda, los hospitales, el mercado, el concepto de familia y todo lo que no fuera de los orígenes del hombre y su cultivo de la tierra. 

Todo comenzó, tras la Guerra de Vietnam, la salida de los Estados Unidos y el derrocamiento del general Lon Nol (que regía una dictadura militar desde 1970), el 17 de abril de 1975, cuando la población estaba esperanzada porque se acababa la guerra civil y nada podía ser peor. 

Los disciplinados e inexpresivos guerrilleros adolescentes que entraron, impermeables a todo soborno o ruego, esa misma tarde supervisaron la evacuación de toda la población de las grandes ciudades. Los que se negaron a seguir las órdenes fueron inmediatamente fusilados. Los heridos, operados convalecientes, desnutridos y enfermos fueron forzados a vaciar los hospitales. Los muertos eran abandonados donde caían. Se destruyeron todos los documentos y archivos, los libros fueron arrojados al río Mekong y se incineró el papel moneda. Todo el que admitía ser un burócrata, empresario, profesor, médico o ingeniero era fusilado, incluso usar gafas con cristales gruesos se volvió peligroso. En una semana vaciaron las ciudades, se aniquilaron las clases propietarias, intelectuales y comerciantes para poner fin a las diferencias sociales.

Árbol de matar. Contra él, los verdugos golpeaban a los chicos más chiquitos

La voluntad del régimen para conseguir el poder total, se lograría acabando con los vínculos familiares e interpersonales que se suponían fuentes de valores morales y defensas grupales naturales frente al poder estatal; algo que no podía permitirse. El gobierno también monopolizó el acceso a cualquier fuente de alimentos, se llegaron a destruir árboles frutales, para eliminar fuentes no controladas de nutrición y cualquier intento de mejorar la dieta era mortal, aunque fueran lombrices, sapos y lagartijas atrapados en los campos. Todos los sospechados de desacuerdo con el régimen eran eliminados, junto con sus familias, sin importar la edad de sus miembros.

Sujetadores para los tobillos de los prisioneros

Los padecimientos terminaron el día 9 de enero, cuando los vietnamitas entraron en Nom Pen y nacía la República Popular de Kampuchea. Para ese entonces, con la dureza del régimen polpotista, la mayoría de los camboyanos anhelaban la victoria vietnamita.
Pol Pot y sus seguidores habían gobernado Camboya durante menos de cuatro años, de abril de 1975 a enero de 1979, y su único legado fue matar entre un quinto y un tercio de sus compatriotas, por cuatro años, que suena a poquito, pero en cantidad de víctimas, es un tiempo desolador. 

Antecedentes personales del acusado Kaing Guek Eav, alias Duch, el ex jefe de la prisión S21

Todos los líderes de aquel moviemiento salieron impunes para las Naciones Unidas y muchos de los altos mandos, formaron parte del nuevo parlamento. Pol Pot, jamás mostró arrepentimiento alguno. Siempre creyó que la salvación de Camboya estuvo en su mano, faltándole tiempo en su mandato para concluirla. Murió consumido sólo por la vejez, sin ser juzgado como rebelde de una causa sin sentido.

No entiendo como tampoco la historia presente se toma el trabajo de juzgarlo.

No entiendo al paso (4)



No entiendo como esta bolsa para evitar el uso de bolsas plásticas, se vende envuelta en una bolsa de plástico.



No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.






No entiendo el mal marketing de los sapos



Hay algunos bichitos sobre los cuales el consenso general resuelve hacer mala cara. Por alguna razón, los anfibios son los favoritos para el bulling zoológico.


Yo no lo entiendo. Me resulta fascinante el aspecto irreal y mitológico de sus pieles duras con texturas de hace miles de años.


Pienso en la magia de la metamorfosis que implica su proceso reproductivo, imagino lo que sienten mientras sus cuerpos atraviesan las diversas etapas de la fecundación externa para alcanzar el estado adulto.


No entiendo dónde o como nació el mal marketing de los sapos. Los miro comer bichitos con la  velocidad invisible de sus lenguas. 
Los miro saltar pesadamente y caminar con torpeza inexplicable. 
Los miro a los ojos amarillos de pupilas verticales igualitas a las de tantos seres prehistóricos (me tomo un recreo mental para pensar quien habrá inventado la forma de las pupilas de los dinosaurios, si es imposible que haya restos materiales o relatos orales al respecto). 
Miro sus parpados, veo tres: el transparente, el de arriba y el de abajo (si, los anfibios tienen esa cosa mágica de vivir en la tierra y en el agua… y vienen perfectamente equipados para estas funciones)


No sé cómo todavía nadie los quiere, si tantos bichitos menos estéticos han logrado una pizca de reconocimiento, no sé cómo este anuro popular no logra llegar a los corazones. Habría que hacer una campaña para mejorar la imagen pública de este animalito noble y discriminado que es el sapo.


Mitos y leyendas han desprestigiado desde tiempos inmemoriales a este ser y la falta de información ha hecho que estas criaturas padezcan un rechazo injusto e inmerecido.
Dar a conocer las virtudes y atributos de los sapos, contagiar afición a observar los misteriosos dibujos que tienen tatuados en la piel y popularizar de su rol ecológico y su belleza natural, quizás sea el camino para iniciar el camino al entendimiento (?) de la belleza de los sapos.


No entiendo cómo hacer que los sapos ganen el rinconcito que se merecen en nuestros corazones.


No entiendo como no amar el transporte público (8)



Noche fría en el microcentro de la ciudad, noche helada a creer de Cecilia. El viento molestaba demasiado y la bucólica neblina completaba una imagen absolutamente desoladora. No era tarde, quizás las diez de la noche.

Cecilia salía de estudiar con la idea de caminar hasta su casa rápido y directo, tomar calles habitadas y apretar el paso para que el camino sea más llevadero. No era una gran distancia y su idea era de la de todos los días. Acomodó su bolso en el hombro, tironeo las mangas de su abrigo para cubrir sus dedos del frío y comenzó su recorrido cotidiano.

Pocos pasos había hecho cuando vio la luz, esa seductora lucecita roja aparecía entre la niebla de un día casi londinense tentándola a sucumbir ante su brillo hipnótico.
Lo primero que pensó fue NODEBO, lo primero que se le vino a la cabeza fue la importancia de ser responsable y no ceder a las tentaciones mundanas.

Minutos después y casi como automatizado, su brazo se levantaba hasta formar un ángulo recto con el resto de su cuerpo, y con un gustito amargo por haber perdido la batalla contra sí misma, Cecilia se descubrió sentada en el cálido asiento trasero del taxi al que no se pudo resistir.



Todo por esa sexi lucecita roja. 


No entiendo de qué color son las burbujas



¿Como saber que hay una realidad exterior a nuestras percepciones? ¿Como pensar un mundo  preexistente a nuestra experiencia de él? ¿Como entender los matices que la subjetividad le imprime a todo?


Asumir la imposibilidad de objetividad es desafiar toda intensión de certeza, es animarnos a habitar la incertidumbre y coexistir desde ahí.


¿De qué color es una burbuja?
Todo depende de cómo refleje y refracte la luz


Así nuestro mundo iridiscente. El ángulo de observación es el que crea los colores de la vida. Inquietos arcoíris bailando para pintar confusión y que la producción de sentido sea tan múltiple como los perceptores que la interpelan


Iridiscente cosmos de dimensiones múltiples. Curiosos indicios, piezas raras para crear. Divertido eclipse de verdades que nos atraviesan y nos enojan mientras nos invitan a jugar.
Mundo iridiscente, burbuja mística inevitable que nos hace creer que nos rodea, cuando claramente nos habita. Mundo de apariencia externa que solo aparece desde nuestro interior.


Iridiscencias policromáticas en la polisemia de nuestra cotidianidad. Lo dado y lo construido, enigmas de la eternidad.
Cada vez es más fácil entender el silencio de la caída de una rama de árbol en el bosque en soledad.

No entiendo de que color son las burbujas... capaz que del color de la realidad.


No entiendo a octubre



No entender a octubre es algo que puede empezar desde su etimología…. Porque parece que se puede cambiar el calendario entero, pero no se pueden modificar los nombres de los meses.


Octubre se llama octubre, porque su nombre provienen del latín  “ocho meses”, aunque ahora sea el mes diez, las paradojas de la vida, lo corrieron del ser el octavo mes del calendario romano a ser el décimo del calendario gregoriano; el otro calendario empezaba en marzo, o sea…. donde ahora anda empezando fácticamente... digamos que octubre nos recuerda con su nombre que le metimos dos meses mentirosos a nuestros cortos años. ¿O no? (ver al respecto)

Octubre tiene el dolor de 1492, y nos trae el recuerdo de todos los charcos de sangre que puede hacer el ser humano a cambio de cosas a las que les atribuye un valor absolutamente simbólico, mientras el real valor de una vida, poco le importa a muchísimas generaciones de hombres sedientos de poder, prestigio, reconocimiento, sed de "vayaunoasaberqué", cosas que les resultan aun hoy interesantes y seguimos padeciendo en este recorrido que transitamos como especie en  auto exterminio a altísimos costos. 

Eso nos dice octubre y para reconciliarse con nosotros (en términos de humanidad), un  24 de octubre de 1945, nace la Organización de las Naciones Unidas. O sea… una buena idea que no fue, un proyecto de paz mundial, de trabajo en equipo que ya sabemos que no es tal.

Así está octubre, tratando de dar explicaciones que no le corresponden. Es el décimo mes del año, y no tiene por qué dar explicaciones de nada, la culpa es tuya, que no encontrar tu lugar en el itinerario que cíclicamente vuelve a empezar y te va a volver a pasar. De hecho, sus 31 días lo hacen parecer eterno, pero mide lo que tiene que medir, mide lo mismo que enero, y nadie se lo reprocha al primogénito del año.

Rarísimo clima trae octubre, con sus lluvias y sus soles, su inestable forma de hacernos improvisar. Octubre hace lo que quiere, y nosotros, lo que podemos. Octubre de post-its en las paredes, imanes en la heladera y listitas en todos los bolsillos. Es octubre cada vez que pasamos las hojitas de la agenda para constatar que todavía falta mucho, pero ya vamos yendo a la librería a comprar la del año siguiente con la ilusión de que lo acercamos un poquito más. Octubre es ese ratito del año donde uno descubre que ya faltan las fuerzas, y sabemos que estamos en el segundo semestre, que ya se termina, pero igual falta un montón!

No entiendo a octubre que se llena de lapachos y los primeros jacarandás pero nos deja a todos con ganas de salir a la vereda, de perdonar al frío y encarar la intemperie. Confiados en las promesas de la primavera, decididos a romper el letargo, es octubre de no entender si hay que esperar navidad o cerrar proyectos mientras enlistamos los nuevos. Octubre que no entiendo más nada, que la rutina ya aburre y la reestructuración se hace esperar. Octubre de más de lo mismo, pero distinto, como si fuera culpa de octubre que tomemos malas decisiones. 

No entiendo a octubre, como si fuera culpa del calendario que no sepamos vivir bien cada día.


No entiendo a las palomas



No entiendo a las palomas, me parecen seres especiales.

Las miro caminar con su aspecto de señor gordito paseando con las manos en la espalda, miro sus pasitos cortos y ligeros, sus caminares errantes y zigzagueantes. Me pregunto dónde van cuando no parecen ir a ningún lugar.

Palomas de Rosario

Las miro tratando de individualizarlas y me fuerzo a inventar sus conversaciones. Me entretiene compartirles galletitas en todos los países que me las encuentro; no hay itinerario de vacaciones que prescinda de su ratito para jugar con las palomas. Me maravilla la universalidad de la especie, la posibilidad de encontrarlas en casi todas las ciudades. Leí que están en todas partes, excepto la Antártida y el Ártico. Tiene que haber un motivo supra humano para que eso sea así.

Palomas de Auckland


Me atraen, me hipnotizan, me maravillan. Son bichos simples. Puedo pasar horas mirando por mi ventana como entran y salen de la enredadera y parecen desaparecer dentro de la pared. Disfruto de verlas interactuar en la plaza, jugar con los chicos, prestar oídos a los viejos y ser ignoradas por un montón de gente. Las palomas son de los pocos animales que han logrado adaptarse exitosamente al entorno urbano. Eso habla muy bien de ellas, bah, de su capacidad de resiliencia. Hay que ser muy buena onda para adecuarte a la nueva silueta de un espacio que ya era tuyo y lo invadieron entre miles para cambiarle por completo la esencia.

Palomas de Arequipa

Me preocupa saber que piensan cuando se detienen estáticas en el medio de un espacio vacío, y me intriga saber que sienten, que sueñan, que creen de nosotros.  Me gustan las palomas, aunque no entiendo su rutina ni sus miradas, ni la forma en la que trazan sus itinerarios, me gusta la forma en la que hablan de paz de los remotos tiempos de Noé y lo que representan cuando se las libera masivamente (detesto cuanto entristece verlas confinadas a una jaula). Me devuelven la sonrisa, me sacan de la rutina, me regalan el presente.

Palomas de Santiago de Chile

Me pone nostálgica pensar en que fueron uno de los primeros medios de comunicación, imagino historias de amor y destinos de guerra enroscados en sus patas, con la esperanza de quien las envía al cielo anudada en el gran sentido de la orientación que esta especie supone.


No soy estrictamente colombófila, pero no entiendo a la gente que no las quiere.


No entiendo la primavera



No entiendo a la primavera. No entiendo como no se queda, como se hace extrañar, como nos invita a redescubrir. No entiendo cómo logra que hasta los más apurados sonrían delante de una flor, como sucede que nos enamoramos de las enredaderas que se habían pelado hace meses y de los arbolitos callejeros que parecían huesudos y espectrales apenas unas semanas atrás. No entiendo como la primavera de manera despiadada nos hace extrañarla para reaparecer petulante y presumida rondando el 21 de septiembre en este lado del mundo.


No entiendo como de las ramas brotan hojas, como de los pimpollos empiezan las flores, como cantan los pajaritos, como mutan los insectos… no entiendo como pasa y la mejor explicación que encuentro son las hadas haciendo magia por las madrugaditas para que todo eso aparezca así, de la nada, así, dejándonos a todos extasiados; es de un nivel de perfección que solo la mitología puede explicar.


Nadie entiende la primavera, que aparece solita y justo cuando estábamos distraídos. Que nos saca suspiros y nos reconcilia con lo sencillo  y simple. La primavera nos encanta como en los cuentos contados por abuelas, como en las canciones de la seño del jardín y como las voces de la infancia en la que por primera vez descubrimos al bicho bolita, a la vaquita de san Antonio o la mariposa monarca. Cada vez que aparecen, es un nuevo milagro que nos roba el aliento.

De nada sirve entender a la primavera, a sus perfumes y sus regalos, a sus pausas y sus recuerdos. Nos trae la niñez bien vivida y nos invita a la calle. Rompe el letargo del frio y nos saca de la madriguera. Quiebra la rutina de lo inevitable para armarnos la agenda de lo deseable, lo disfrutable y lo real. En el afuera, donde está la vida, lejos del sillón y de la tele, cerca de la picadura de bicho y del yuyito que pincha cuando nos sentamos en él. Lejos del artificio urbano y entretejido con la verdad de lo que somos y a donde pertenecemos.


Te esperaba que llegaras, te esperaba primavera. Y lo mejor es cuando no te espero, y venís caminando despacito a sorprenderme en un rincón, de mi patio, de la plaza, del mundo. La sorpresa de que la vida da la vuelta y los ciclos están para dejarse maravillar.

No entiendo la primavera, pero está re buena.


No entiendo el día del blog



Hoy es treintayunodeagosto y festejamos el día del Blog. Es curioso saber por qué.


No hay acontecimiento histórico, razón trascendente ni hito memorable que nos invite a celebrar esta fecha…. Es solo una similitud entre letras y números, un jueguito divertido que se ganó un lugar entre las efemérides incontables que proliferan sin que muchos se pregunten porque,  o para qué. 
Desde este humilde espacio, aprovechamos para decir que no entendemos para que sirve que exista un “diadelblog”, pero ya que está… les contamos porque el calendario lo proclama hoy.

La razón es que los números que componen la convención de la fecha de hoy; 31.08 se asemejan a la palabra "Blog" (usen la imaginación.... intenten) y es por eso que los blogueros más influyentes coincidieron en celebrar su día el 31 de agosto de cada año.


Celebrar, que se yo… homenajear… no lo sé… no se bien que se hace este dia, mínimamente, desde #noentiendo lo mencionamos. Y obviamente no entiendo para que necesitamos tener “el día de” de tantas cosas.


No entiendo algunos rituales (3)



Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior. Oh sí.

Y no lo entendí nunca.

Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada se sabe, nada se puede aprender.

Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa y golpeándolo en la puerta de la universidad.


Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina, huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de rigor.


Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable. Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación y vejaciones.


Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas, universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo limpiar.


No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo. 


No entiendo algunos rituales (2)



Posta que nunca entendí los cementerios. Me parece muy metafórico (y una metáfora bastante desafortunada) la idea de “enterrar” literalmente a una persona que deja de habitar su cuerpo carnal. Ver que esa caja se hunde en las profundidades y la tierra le cubre sus restos.

Cementerio de Epecuen

Me parece aún peor el rito de la visita. A un panteón, a un pedazo de tierra donde sabemos que no hay nadie, para hablar con alguien que nos escucha desde todas partes, para poner flores en un lugar frío y desolador, para caminar entre lapidas abandonadas en busca del nombre que evocamos en nuestra visita. No lo entendí nunca.

Cementerio de RapaNui

Esa cantidad de tiempo dedicada a un culto contradictorio de saber que si hablamos con la persona en nuestros pensamientos es porque no creemos que este verdaderamente bajo tierra, sino que es solo un envase que ya no usa lo que ahí sepultamos, pero igual, hay gente que va… no sé a qué… agarra y  va… que decir…

Claramente ya hay muchas ofertas distintas (que el mercado hábilmente se encargó de preparar para quienes no entendemos los cementerios) y supongo que en no muchos años van a ser entendidos como algo terrible que solo a gente muy prehistórica se le pudo haber ocurrido. Porque eso de andar sembrando cadáveres bajo mármol, verdaderamente no puede ser muy lógico para casi ningún antropólogo del futuro que decida mirar con un poquito de distancia nuestros ritos.

No entiendo los cementerio, no sé hasta cuándo van a seguir existiendo.



No entiendo algunos rituales (1)



Ya escribí sobre pérdidas, ya escribí sobre duelos, y tengo bastante entendido el tema de las ausencias biológicamente inevitables.

Hace poco me preguntaba ¿para qué voy a un velatorio?.


Siempre me pareció que eran rituales necesarios para elaborar la pèrdida del un ser querido, para tomar conciencia, para convencernos de que esa verdad tan dura como inevitable es real. Siempre me pareció importante cumplir con los ritos de la sociedad y los entendí. 

Hace poquito me toco atravesar el tristísimo momento de perder una amiga. Ya tenía muchos velatorios en mi trayectoria por este mundo y sus rituales, pero todos de familiares o familiares de amigos, era la primera vez que perdía a una amiga. Y ese dolor era tan nuevo como raro. 
Era la primera vez que no tenía gran sentido abrazar a los parientes, porque no sabía quiénes eran, era la primera vez que llegaba a una sala velatoria a no conocer a nadie, más que a quien no me iba a poder abrazar.

Y no lo entendí.
Y todavía no lo entiendo.


Y fui, porque creo en los rituales y los siento verdaderamente necesarios… pero hay casos en los que no termino de entender cómo funcionan. Tal vez son solo espacios para llorar en el momento y en el lugar que el rito pide, como si eso hiciera que no nos sorprendieran las lagrimitas en el cordón de la vereda o en la fila del supermercado, cuando se nos cruza un recuerdito de esas personas que nos quedan impregnadas en el cuerpo apenas dejan en la tierra el suyo.

No entiendo algunos rituales, los sigo, los interpelo, los cumplo... pero no los entiendo.


No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja



En otro capítulo puede ser que pase a explicar la negación que tengo con destinos impuestos para el turismo nacional como Mar del Plata o Villa Carlos Paz, pero por ahora, elijo empezar en positivo. Quiero decir que no entiendo como hay lugares mucho más bonitos que esos dos que no reciben el tránsito de visitas que se merecen.

La Rioja, en términos turísticos, “es” el Parque Nacional Talampaya. Para la mayoría de los argentinos, ese es el atractivo de la provincia cuyana, para la mayoría de los extranjeros, La Rioja es un punto que pasan de largo entre Mendoza o la Patagonia y provincias más turísticas como Salta y Jujuy o Misiones. Sin embargo, muy cerquita de este Parque y muy al alcance de nuestros sentidos, La Rioja tiene mucho para compartir; atractivos como Chilecito, Famatina y Cuesta de Miranda, invitan a ingresar en estas tierras y dejarse encantar.


Llegar a la Rioja desorienta, su capital es una ciudad de apariencia moderna pero respetuosa de la pausa a la hora de la siesta. Al recorrerla nos perdemos en una populosa peatonal o nos deleitamos ante un espejo de agua que refleja el entorno montañoso, como es el dique Los Sauces; responsable de embalsar las aguas del río homónimo y proveer el escenario ideal para actividades recreativas como el camping, la pesca y las actividades náuticas.

Gracias a sus recursos naturales, esta provincia hace gala de una excelente producción vitivinícola que logra magníficos resultados al combinar los factores geográficos con la mutación genética de las cepas, alcanzando productos de excelencia como el destacado Torrontés Riojano (cepaje característico de la región). Para profundizar la experiencia en torno a los vinos de la provincia, será mejor trasladarnos hasta el departamento Chilecito, cuya superficie se encuentra ocupada por viñedos en un 78% (y también olivas). Llegar hasta aquí, amerita pasar por el mirador que nos pone frente a la Cuesta de Miranda, un cuadro con predominancia de tonos rojizos, salpicados con vegetación de climas áridos y ocasionales florcitas silvestres.

Chilecito entraña una historia querida para la república Argentina desde los tiempos de la colonia; su riqueza metalífera le ha representado hasta el día de hoy una belleza peligrosa. Esta localidad se encuentra inmersa en el Valle de Famatina, un espacio que actualmente corre riesgo de ser sede de emprendimientos de mega minería a cielo abierto (un proyecto codicioso que ocasionaría grandes daños a la salud de la población local). Chilecito invita a conocer su museo minero, emblemático de la historia regional, ubicado al pie del cable carril que trasladaba el personal y los frutos de su trabajo hacia la mina La Mexicana, rica en oro y plata.

A dos kilómetros del centro de esta ciudad encontramos la finca que perteneció al Dr. Joaquín V. González (polifacética personalidad de nuestra historia), a la que su dueño llamó “Samay Huasi”, que en idioma quechua significa “lugar de reposo”. Hoy, el lugar alberga el Museo Regional Mis Montañas, que comprende una pinacoteca con importantes obras de pintores de renombre nacional, y la Sala de Ciencias Naturales, Mineralogía y Arqueología y además funciona como hotel de la Universidad Nacional de La Plata. En el interior de la casa, dos cuartos fueron destinados a reflejar la vida y obra de González.

Para finalizar, es paso obligado citar a la perlita más buscada de la provincia; el Parque Nacional al que la UNESCO tituló Patrimonio Natural de la Humanidad. En Talampaya, nos transportamos a muchos miles de años en la historia de la tierra y nos dejamos envolver por murallones con los más sorprendentes rastros del plegamiento orogénico que dio forma a los continentes. El valor patrimonial de este Parque está dado por su herencia arqueológica y paleontológica, además del claro predominio de lo geológico.


El paisaje es imponente y los altos muros rojizos cortan el cielo hasta donde ya no nos alcanza la vista. Algunas formas de piedra, fueron nombradas como el Monje, el Rey Mago, La Torre, entre otras. Doscientas quince mil hectáreas de cañadones y paredones en los que también podemos encontrar marcas del paso de los hombres como morteros y petroglifos (grabados figurativos y abstractos, realizados hace miles de años).



La majestuosidad de Talampaya, constituye un destino obligado al visitar La Rioja; la majestuosidad de La Rioja, constituye un destino obligado para quienes estamos en Argentina de manera permanente o transitoria.

No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja... tomenlo como una super recomendación.


No entiendo que se usen como sinónimos fluo y fluor



¡Basta! Me cansè… entendamos que uno es un estilo cromático y el otro un elemento de la tabla periódica.


“El flúor es el elemento químico de número atómico situado en el grupo de los halógenos  de la tabla periódica de los elementos. Su símbolo es F”.
De este elemento, con los correspondientes procedimientos y combinaciones se obtienen el aluminio, se enriquece el uranio, se logra un gas que  contribuye al efecto invernadero o se previenen las caries.

Hasta acá, el flúor y sus cosas. Por otra parte, los colores estridentes a los que llamamos fluo, tiene que ver con la propiedad de la fluorescencia que es algo que les pasa a las sustancias que son capaces de absorber energía en forma de radiaciones electromagnéticas y luego emitir parte de esa energía en forma de radiación electromagnética de longitud de onda diferente. El fenómeno de fluorescencia es la que le da nombre a las populares lámparas fluorescentes

Existen además elementos que ofrecen fosforescencia (otra palabra, que no es la misma y se suele mezclar), es decir que adquieren la energía necesaria para almacenarla y exponerla posteriormente. En la fosforescencia, las sustancias continúan emitiendo luz durante un tiempo mucho más prolongado, aun después del corte del estímulo que la provoca, ya que la energía absorbida se libera lenta (incluso muchas horas después) y continuamente. Es este fenómeno el que vemos en los juguetes que se iluminan en la oscuridad y el que da nombre a los colores chillones, que metafóricamente podemos decir que emiten luz propia, como son los colores “fluo”, así, sin R, ni nada al final. Son todos términos muy químicos que se escaparon de los laboratorios para venir al mundo "terrenal" y enredarse.

Muy otra cosa es el adjetivo que se refiere a "lo que sobra o que es innecesario", esta definición corresponde a la palabra superfluo, que no tiene nada, pero nada que ver con todo lo demás que veníamos hablando.


Entonces, nada de usar dentífricos que se pronuncian como si brillaran en la oscuridad o llamar a los colores con nombres de la tabla periódica. Las cosas por su nombre, y por su nombre correcto.


No entiendo hasta cuándo va a dar lo mismo usar una u otra palabra, cuando hay tantas diferencias.


No entiendo al paso (3)



No entiendo que en el auto llueva para arriba





No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.

No entiendo el mes de julio



El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.

Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y encarar la segunda mitad. Felices de ellos.


Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo. La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa” y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.

Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.

Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio tiene  cara de preocupado y le mandamos una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas, estufa y gato.


Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de jornada, una campana que suena  a alerta y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos, sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito  y enfriarnos la nariz. Para eso está escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la magia.


No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la terrible importancia de revelarlo. 


No entiendo a los que se encierran en la vereda.



Iba caminando por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene, se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos, se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares, regresa a su burbuja y sigue su camino.

¡La pucha!


¿Cómo se puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad, perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un pedacito e inventar historias. 

¿Cómo andar por la vida con la necesidad de estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos y lugares compartidos con desconocidos, negando  toda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está ahí, para que tratemos de verlo.


Cada vez son más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen. Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca cosa.

¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?

Desde este humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle, porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.


No entiendo a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.