Y es que la palabra bicho no define nada, se usa
comúnmente para referirse a insectos, pero se puede llegar a asociar a
mamíferos y hasta cariñosamente a personas. Es un concepto que se usa
despectiva y afectivamente casi por igual… ambiguo termino; los bichos, son eso
que no existe pero nos invade.
Colorido habitante de la remolacha
Me interesa hablar de bichos en su acepción
insecto. Y es que mirar bichitos siempre ha sido una práctica de mi
predilección. Alguna vez les conté sobre cosas que no entendía del mosquito, el mamboretá o
del mismísimo bicho bolita.
Una verdadera rareza, una fisonomía perfecta de apariencia metálica
Los miro como si se tratara de pequeños mutantes,
en esos diminutos cuerpos en los que hay espacio para digerir, respirar,
reproducirse y hacer cosas sorprendentes, como en muchos casos... Volar.
Algo tan simple, cotidiano y fantastico como mirar una mosca volar
Definir a más de uno sin citar de qué se habla
podría equivaler a encontrarse de cara a la descripción de algún protagonista
de una potencial novela de ciencia ficción, y han inspirado varias!
Ni se quien es el que me juega entre mi ropa secada al sol
Definitivamente, sus colores, sus formas y sus
funciones son tan atractivos como indagar sobre curiosidades que para la
mayoría de quienes compartimos el espacio con ellos son verdaderos hallazgos.
Artesanía de pequeñas patitas, para cazar con una gran estrategia.
Convivir entre bichos, desconocerlos, contarlos, pero un poquito... envidiarlos. Es divertido mirarlos y tratar de saber que hacen,
que buscan, donde van…. Muchos autores decidieron escribir sobre sus secretas
vidas, nos extraña su organización familiar y muchas veces ni sus nombres están
a nuestro alcance. Qué vergüenza ignorar tanto de seres que están muy acá, muy
entre nosotros.
Acá…
Argentina, país de la Pampa Húmeda, de la tierra fértil, de suelo prometedor.
País de
diversos paisajes, de geografías extensas y de bla bla bla… todo mentira… aquí,
país sojero, monocultivo y verdulerías tristes… llenas de naranjas y poco para
contar.
Bienvenidos
al mundito donde comer variado es carísimo y complicadísimo…
Y teniendo
todo para que sea natural y sencillo.
En este país
donde las doñas creen que si no hay vaca en el plato, no es comida decente…
donde el pollo protagoniza tantas mesas que es imposible pensar en dejarlo
crecer para llegar a la góndola. Dónde comer una fruta necesariamente significa
recorrer un listado cortito que difícilmente llegue a las diez variedades. Y para
colmo de males… es muy, muy caro.
Es muy
complicado ser creativo a la hora de te hablar de frutas en este país, y es muy
poco estratégico pensar en recomendar una dieta variada, porque no es algo que fácilmente
esté al alcance de la mayoría de los
bolsillos del ciudadano nacional.
Y si se come tanto asado... lo màs vegetal que se puede ofrecer, es carbón.
En Argentina
comemos manzana, porque crece en la Patagonia y aunque el viaje es largo,
existe.
En Argentina
comemos banana, casi todas ecuatorianas, porque aunque nos llamemos antipáticamente
país bananero, no tenemos producción.
En Argentina
comemos naranjas, muchas naranjas, porque nos gusta pensar en la plantación turística
de Cesar y Mónica en San Pedro y porque parece que los cítricos crecen cómodos
entre nosotros. Por eso también solemos comer mandarinas, pero algo pasó con el
sobredimensionado precio de los limones…
En Argentina
comemos duraznos, pero la mayoría de las veces necesitamos un abrelatas para
acceder a esta fruta.
En Argentina
comemos uvas, pocas y malas, porque hay
plantaciones pero nos gusta hacer, vender y exportar vinos… las uvas, crecen
demasiado lindas como para llegar a las verdulerías.
Nos cuesta llegar a un bar a pedir un jugo de frutas natural, porque a diferencia
de otros países del globo terráqueo, nos ofrecerán solo un exprimido de
naranja, y en muchas ocasiones, el empleado del lugar se sentirá en la obligación
de aclararnos que va a salir de un tetrabrick (al menos, se puso de moda que te
avisen). Puede pasar que te ofrezcan una limonada, pero es algo tan novedoso,
tan vanguardista y tan original, que el agua apenas sucia de limón va a hacer
que tu exigente paladar tenga que desembolsillar un alto porcentaje de sus
ingresos para pagarla (y si… pueden flotarle algunas hojitas de menta como para
que suene más top).
No
entiendo cómo llegamos a ser el país del monocultivo resignando calidad
alimentaria. No entiendo como paso que tener una huerta en casa es un verdadero
acto revolucionario de transformación macrosocial con intentos de redundar en
el beneficio de la nutrición doméstica.
A esta
familia llego una nena, una bebe, una pequeña que como toda criatura, va a
revolucionar su familia, pero claro… hay personas que confunden los adjetivos.
No es una
reina, porque pretendemos criarla sin caprichos, sin dar órdenes y entendiendo
que todos somos iguales. Ha nacido en democracia y no queremos que crea que los títulos
nobiliarios son agradables o siquiera deseables.
No es una
princesa, porque esa palabra hace alusión a un estereotipo de cuentos, de
irrealidades y de finales prefabricados que no queremos que rijan sus
decisiones. Nos gustaría que pueda elegir si quiere pasar sus días buscando un
príncipe azul, coleccionando títulos universitarios o plantando arroz en alguna
aldea remota.
No es una
muñeca, cuyos rasgos standarizados por algún fabricante arrastran a las
infancias a entender de todas debemos ser iguales y calcar patrones de la
belleza occidental que quizás sea inviable (y a todas luces innecesario) para
nuestro ADN
Es un bebe,
otro eslabón en la cadena genética que enlaza generaciones en torno a rasgos
comunes y rasgos que en nada se parecen (no todo viene igualito a papito o
igualito a mamita). Otro eslabón con sus propias características y muchas ganas
de ser sí mismo, sin el peso de seguir un linaje profesional, el taller
familiar o heredar las condiciones artísticas o deportivas de ningún pariente.
Tampoco el nombre… bastante tiene con soportar todo lo que venga asociado al
apellido, como para tener también que repetir nombre (al respecto dos cosas:
los apellidos son para unificar y los nombres para individualizar, no podemos llamarnos
todos igual, por otro lado, es un hijo no un monolito, si el padre o el abuelo
fueron grosos, hagamos un libro sobre ellos, los hijos no son homenajes)
Es por eso
que no entiendo algunos apelativos para nenas, le diremos según los adjetivos
que invite o los motes que se gane… pero no los estandarizados para ella y el
resto de las nenas de antes de su nacimiento.
Me gusta estar al lado del camino. Pero también me
gusta estar parada en el medio de la calle. Mirar pasar y hacer camino me gusta
conectar con el camino, mirar a otros peatones a los ojos. Me gusta ese
contacto visual de buscar almas en la multitud de cuerpos masificados que
circulan cuantitativamente entre otros tantos. Estar un poquito al lado del
camino y mirar la imagen desde afuera. Leer la gestualidad, la iconicidad que
cada uno elige para volverse masa entre los muchos o los no tantos. Ver la
coreografía de movimientos nunca ensayados, pero profundamente orquestados de
los caminantes de la peatonal, los conductores de alguna avenida o los usuarios
sobre un colectivo. Muchísimos códigos no escritos guiando la dinámica, el “entre”,
los vínculos desvinculados de esos que creen ser singular cuando somos plural.
Cada uno haciendo el nosotros y el nosotros necesitando los unos.
La mística de la grupalidad haciéndose ver, dejándose oír,
pudiéndose respirar.
Me gusta disfrutar de esos caminos, caminarlos y no tanto,
hacerlos y mirarlos, me gusta saborearlos, quizás la palabra sea
desnaturalizarlos, sentir esos pactos milenarios.
Llevo años pensando en torno a la idea de nolugar que
propone para la antropología Marc Augè. Quizás un poco fascinada por el
hallazgo de rincones donde la acción se suspende y el “entre” no es más que un
pasillo donde nada cabe.
Me descubro una mañana de domingo entre los primeros fríos
del año, cuando aún muchos paseanderos no se le animan a la intemperie, las
calles, hermosas, pero exclusivas, esa mezcla de gran show y poco público que
evoca el under. Voy a tomar el colectivo.
Mientras camino el “entre”, escucho un saludo, respondo
enfáticamente y me llevo otra sonrisa para mi ajuar. Es el vigilador de un
estacionamiento al que nunca entré. A menudo paso por la puerta y el
intercambio de saludos es el único nexo que probablemente tenga siempre con ese
pedacito de mi entre.
El “entre”, no lugar que une mi casa con la parada del
colectivo, solo me conecta con otro no lugar; la hipopotámica silueta metaloide
que pesadamente avanza con fiaca dominguera. Me subo al transporte. Sonrío,
saludo… el chofer me mira a los ojos, conectamos sonrisas en un “buen día”, es
mi segunda sonrisa de la mañana… el vigilador, el chofer… gente que está
siempre ahí… junto a mí, pero junto a otros muchos… y qué pocos son quienes los
ven.
Lo pienso profundamente y encuentro escenas similares en
otros trayectos y paisajes. Claramente si caminara mi ciudad con Marc Augè, él
habría hecho un libro sobre la noción de no persona.
No entiendo como pasar por el camino sin pasar, cruzar
personas sin vincular, como habitar ciudades sin conectar. Los no lugares se
llenan de no personas y es solo cuestión de miradas para volver a sentirnos
humanos.
No sé dónde queda el departamento de control de calidad de
la vida, quien lo establece, en que se basa. O si, si lo entiendo. Es otro de
esos slogans de escuelita de marketing que nos quieren convencer que nuestra
calidad de vida se asocia a la calidad (o quizás la cantidad) de consumo de
esas cosas que se pretenden indispensables para nuestra vida.
Lo cierto es que alguien creyó (y muchos lo avalaron) que
había un estándar de vida y que hay vidas de mejor y peor calidad (curioso). Es
como si existiera una certificación de estándares de calidad, me imagino a un
señor gordo con bigotes cortitos y corbata negra que viene en algún momento a
decir usted vive bien, a usted le falta un poquito… usted con esas zapatillas
no puede ser feliz, usted sin este teléfono no va a poder estar bien. La calidad de vida es un concepto perverso y simplista, porque de ninguna manera puede ser
otra cosa.
La palabra calidad remite a producto, a mercado y a
consumidor. La calidad es algo que se mide para explicarle a otro que tal es (y
en esto estamos las personas siendo nuevamente cosificadas), para índices
abstractos que hablaran de la humanidad a diversas escalas y con la más variada
gama de objetivos; Según esa gente me faltan muchos objetos de los que estoy
segura que puedo prescindir. Según unos cuantos, vivo mal, porque no me parezco
a los otros vividores, a los von vivant…. O que se yo.
Si las cosas de la listita no están a tu alcance, no importa
el largo de tu sonrisa, tu vida no es de buena calidad. Si naciste en un
pueblito remoto lejos de un centro de salud, no pasas los controles de calidad,
no andas siendo muy feliz, tu vida, no alcanza a cubrir el promedio que todos
necesitamos para que este mundo gire con prolijidad
En un primer momento, el bienestar de los países se midió,
como no podía ser de otra manera, a partir de una sigla muy bonita que es el PNB, el concepto producto nacional bruto, es decir,
la capacidad de crecer económicamente, y acumular cosas, que claramente se
traducen en riqueza e inevitablemente en felicidad (¿?)
Tiempo después, algunos iluminados con un poquito de corazón,
proponen el concepto de calidad de vida, que surge como una instancia superadora
de aquel crecimiento material y hay gente que se dedicó a escribir manuales de cómo
medir la calidad de vida, se tomaron la molestia de incluir medidores
vinculados a cinco áreas diferentes. Bienestar físico, bienestar material,
bienestar social, desarrollo y bienestar emocional. Sin dudas trataron de
humanizar un marcador que como tantos otros se aboca a estandarizar la
formulita de la felicidad que sin ninguna duda, debe ser para todos igual, por
lo tanto se puede medir y necesariamente se debe poder juzgar. La contaminación,
el stress y otras cositas novedosas se empezaron a sumar a la cantidad de
consumo, para ayudar a medir la calidad de una vida.
Lo cierto es que no entiendo la calidad de vida y quien la mide o para
que.
Estoy convencida de que habitamos las realidades que
construimos desde el lenguaje, lo que implica que el mundo que configuramos
desde el discurso es el único que podemos entender.
Esto pensaba cuando descubrí que la población angloparlante
tiene una enorme falencia en su gramática y es ni más ni menos que el verbo “to be”
Esta conjugación verbal es lo primero que aprendemos quienes
nos acercamos el idioma inglés como segunda lengua y es la máxima expresión de
pobreza léxica (o al menos así lo siento hoy, que me puse a pensarlo)
Como puede ser que tanta gente viva en un mundo en el que es
lo mismo ser y estar? Como pueden tener unificados verbos tan distintos?
No me imagino una vida en la que me de igual ser enfermo que
estar enfermo, ser ansioso o estar ansioso, ser borracho o estar borracho… y
cientos de ejemplos más…
Nuestra lengua nos abre una brecha entre el ser, ontológico,
identitario y el estar, temporal, efímero, relativo. El mundo que configuramos
a partir de estos verbos es bien diferente, y no puedo menos que celebrarlo.
Acaso debería ser una de las principales virtudes de nuestro
idioma esa posibilidad de entendernos como un ser que puede estar, como un
alguien que puede tener atravesamientos de un algo que no lo constituye.
Una disociación en el lenguajear abre un mundo de
posibilidades que nos deja pensarnos y desde el
pensamiento nos deja inventarnos.
Soy. Estoy. Lo que soy es nodal, mi estar es temporal y
entre ambos conceptos, la comunidad angloparlante pierde la posibilidad de ver
una brecha mágica, un mundito que existe solo para los que hablamos el español.
No entiendo como no nos sentimos privilegiados vividores de
este mundo!
¿Cómo sabemos
que un bebé dejó de serlo? ¿Hasta cuándo un bebé es bebé? ¿Cuándo la cría de
sapiens pasa a ser un niño?
Algunas culturas
tienen rituales de pasaje, que marcan el cierre de un periodo en cada uno de
los individuos que completan el rito. Aunque todavía tampoco este claro el paso
de niño a adolescente o de adolescente a adulto (y que decir de adulto a viejo),
hoy me preocupa saber cuándo se considera que un bebé cerró esa etapa y egresó
a ser un niño.
¿Será que el
día que da su primer paso logró el
cambio de categoría? ¿Acaso cuando deja de ser lactante y se independiza definitivamente
del cuerpo de su mamá? ¿Cuándo come solo?
¿Cuándo consideramos
que ya sabe hablar? Del primer balbuceo al tratado de lingüística, ¿en qué
punto y quien decide que alguien ya sabe hablar? ¿Terminamos de aprender a hablar
en algún momento?
¿Se deja de
ser bebe cuando se abandona el uso de pañales? Esos accesorios casi universales
son el icono mismo de la bebesidad… ¿Cuándo el bebé va al baño solo, ya es un
niño?
¿Se hace
niño cuando duerme de corrido toda la noche? ¿O cuando empieza a dormir en su
camita? ¿Cuándo empieza el jardín (independientemente de su edad biológica)?
El bebé se
vuelve niño en muchos lugares cuando se establece que debe pagar entrada,
pasaje o boleto, cuando económicamente se lo ve como sujeto de disfrute de eso
que se cobra.
¿Hasta cuándo
debe una madre lavarle la ropa con jabón neutro? Si va al pediatra hasta los 18
años, y a esa edad ya es un sujeto que puede votar, en pocos años tendrá trabajo,
se irá de casa, tendrá sus hijos y dejará de ser deambulador para que nunca
hayamos sabido cuando dejó de ser bebé.
No entiendo
hasta cuando, y hay muchos grises en cada cambio de etapa…. Sera cuestión de
explicarle que siempre va a ser el bebé de mamá.
Lo muy terrible es que si entiendo su
existencia, pero no su aclaración.
Naturalmente el agua existe sin gas, ¿porque
tienen que aclarar que permanece en ese estado?
¿Se imaginan agua mineral, natural con gas? seria raro ver la efervescencia correr por la montaña.... y es por eso que cuando le agregan gas, es válida la aclaración... pero no antes.
De por sí ya es raro que nos cobren el
agua, o sea, asumamos que estamos pagando una botella y que esto es así porque
en algún momento dejo de ser obvio que negar un vaso de agua es un crimen.
Un
buen día tomar agua paso a ser posible solo si la pagamos y para eso la botella
(que en su proceso de producción contamina el agua).
Y en medio de esto, el
agua gasificada y la sutil diferencia con la soda (otro debate, otra
fantochada).
El concepto de agua de mesa habilita la
botella de vidrio en el bar (porque nadie pediría un vaso de agua corriente de
red, por más potable que sea), esto da origen a la botella de plástico en el
kiosco y la no solidaridad del vaso de agua, que nadie se atrevería a pedir (culturalmente)
O sea… la existencia del agua
embotellada marca el declive de la humanidad de la raza humana (valga la paradoja
y habilítenme la redundancia)… porque ya no podemos contar con la solidaridad del desconocido y
nada podemos esperar del otro si no hay dinero de por medio. Tocar cualquier
timbre y pedir un poco de agua una tarde de calor, no existe, autoriza a
desconfiar, a pensar en las peores intensiones del extraño personaje que intenta obtener ese
beneficio de manos de un perfecto fulano y seguro, algo malo está por pasar…
mejor no se lo doy.
Bienvenida la ordenanza del agua sin
cargo para acompañar la comida en los bares.
Bienvenidos los bebederos en vía publica
que nos homogeneizan como sociedad, donde si hay algo en lo que nos parecemos,
es en que necesitamos agua para estar vivos.
El agua es vida y dice mucho de
nosotros.
El concepto de “agua sin gas” es el
alerta que nos lleva a todo este recorrido por la historia del consumo de agua
en situaciones no domésticas. Y lo peor…
es que si…. Lo entendemos…
Ciertamente, no soy de las personas que creen que tenemos un niño interior, creo que màs bien es un niño anterior y que lo vamos re configurando a medida que jugamos a otros juegos y con otros juguetes.
Entonces me puse a tratar de recordar aquellos "no entiendo" lejanos, aquellos que en mi anterior infancia no entendía...
Fueron tres los que más rápido llegaron a listarse, y los comparto, por si alguien quiere hacer el mismo ejercicio.... aquellas cositas que nos llamaban la atención, que despertaban nuestra curiosidad y nos llevaban a pensar el mundo, cuando estábamos recién llegados a él.
No entiendo retro
(cosas que no entendía
de chiquita)
De esta época de mi vida son estas preguntas
¿Porque la gallina tiene dos patas y el
pollo cuatro? (basado en que recordaba fotos de gallinas, y no tenia dudas de que tenían dos patas, pero como en casa
éramos cuatro y todos comiamos pata, el pollo debería tener cuatro)
¿Porque Berugo Carámbula empezó el
programa antes de que lleguemos del jardín? (siempre volvíamos del jardín y lo veíamos en la tele, pero un dia que nos quedamos charlando
en la puerta con otra mamà y cuando llegamos a casa, ¡ya había empezado el programa! sin que nosotros lo estuviéramos viendo...)
¿Porque cuando me hacia la muerta en la
vereda, Dios no me llevaba al cielo? (muchas veces lo quise engañar, me acostaba en la vereda, quieta, inmóvil, y ni respiraba... el objetivo era llegar al cielo, conocerlo y decirle que en verdad, yo estaba viva, que me deje bajar, que era turista allá arriba... y no funcionó)
Estamos muy acostumbrados a asociar esta palabra con la
suciedad, con algo que se manchó. Pero lo cierto es que una mancha es una zona
de un color diferente que generalmente se distingue del resto de la superficie
sobre la que se encuentra… los leopardos tienen manchas y nadie va a tratar de
lavarlos.
A mí me gusta buscar formas en las manchas, en las que se
limpian como las de pintura, pero no solo en las manchas que manchan; me
gusta encontrar formas en las manchas limpias, en esas que son como dibujitos
del mundo, arte espontaneo en lugares donde usualmente de tanto verlas no las
vemos, en las texturas y cicatrices de las cosas.
En las imperfecciones hay
formas… ahí me gusta buscar, o más que buscar; encontrar, descubrirlas en un
descuido, casi sin saber cómo las vi… porque así empecé a jugar este juego,
viendo cosas sin esperar verlas, pero sin poder dejar de hacerlo. Ahora si hay
momentos en que las busco, pero mucho más seguido, solo las encuentro.
Por todas partes están las manchas limpias y te invitan a
jugar. Ya una vez compartí un cuadro pintado por nubes. Las nubes son las
manchas limpias más variadas y cambiantes, hay que atraparlas en una foto, porque
no permanecen y nos dicen mucho sobre nuestro estado de ánimo…. Una tarde en
Nueva Zelanda vi pasar un kiwi por el cielo.
Es un kiwi!
Las manchas limpias que forma el humo son incluso más inestables
y no es posible fotografiarlas, hay que seguir el camino inverso y buscar
formas en las fotos del humo. En las burbujas también puede haber algún
reflejito, incluso en la espuma o en el fuego podemos hacer búsquedas.
También hay manchas limpias permanentes, donde las formas
son estables y podemos verlas varias veces. Hace muchísimos años, varias
civilizaciones en diferentes épocas y locaciones jugaron a encontrar formas
entre las estrellas; las constelaciones, una vez identificadas siguen ahí par
que las reencontremos. Igual que las geoformas, que se convierten en piedras o montañas con nombres de objetos que alguien creyó reconocer en ellos.
Cuando yo era más chica encontré un árbol en la pintura
descascarada del suelo de la bañera, cada vez que entraba a bañarme lo veía,
una vez identificado, fue imposible dejar de verlo; el tronco, la copa frondosa
y hasta un nido marcado en medio del follaje. Parece mentira que el resto de mi
familia no lo vea.
En esa misma casa, desde antes que nosotros viviéramos ahí, había
un ropero enorme y muy viejo, todas las noches, desde mi cama podía ver un
lobito entre las vetas de la madera y cada vez que vuelvo a esa casa sigo explicando a los demás habitantes cómo verlo.
Otra vez, trabajando en un lugar con piso de microcemento encontré
un leoncito,
Una tarde de fiebre que pasé tirada en el sillón de mi casa encontré
que la humedad había trazado un dinosaurios en la parte inflada de la pared y la cara de un lobo (si, otra vez veo lobos) en el faltante de pintura
Mi último hallazgo fue hace poco, cuando descubrí que
mi bebe tiene un delfín en la oreja.
Todavía me falta encontrar formas en un montón de manchas
limpias como grietas del asfalto, marcas de óxido, la corteza de los árboles,
la espalda de algún gato, las vetas del mármol… el mundo está lleno de mensajitos
secretos que esperan en silencio ser descubiertos para robarnos una sonrisita cómplice,
tesoritos sencillos para disfrutar la vida cotidiana.
No entiendo como no jugamos a buscar formas en las manchas
limpias
Otoño de
hojitas crocantes al transitar la vereda,
otoño de sacarse las ojotas y volver a usar medias. Otoño de volver a tener
ganas de frazadita, sillón, pantuflas y gato ronroneando. El otoño nos recuerda
las cosas que el otoño pasado nos hizo amar.
Otoñal el
momento de sentir el primer frío, el momento de ir guardando ropa que no nos va
a acompañar en la nueva temporada…. Reencontrar aquel sweater viejo y deformado
que nos abraza dentro de casa. Volver a las sopas instantáneas como snack de
tardecita. Quizás reconciliarnos con la hornalla y aventurarnos a la alquimia
de la gastronomía que el calor nos sacaba las ganas de ensayar. Para algunos
será tiempo de retomar la costura o el tejido, o algún otro hobbie manual.
Otoño de interiores y paseítos para agasajar las últimas tardes de sol.
Momentos tibios en alguna esquina del patio y un rayito cálido que entra por la
ventana y se hace querer más que las agobiantes invasiones solares que el
verano nos brindó hasta el hartazgo.
Montañas de hojarasca prolijamente armadas por los vecinos màs aplicados a la que algún niño se atreve a patear. Lluvia de hojas que nos envuelve cuando sopla el
viento y nos saca una sonrisa en plena vereda. Las hojas son la escarapela del
otoño, su emblema indiscutido, su marca característica.
Otoño, tan
ni fu ni fa que enamora. Tan dorado que encandila, tan extrañado que nos
reencuentra, pero con nosotros. Con esos nosotros que estaban adentro de casa
mientras nosotros salíamos a pasear para aprovechar el verano y disfrutar el
calorcito.
El otoño nos
amiga con los espacios cerrados y las reuniones hogareñas con amigos. El otoño
nos regala momentos más íntimos y menos masivos, y quizás alguna escapadita al
cine o al teatro.
No entiendo
el otoño, no entiendo como no hay cientos de poetas escribiéndole odas o miles
de cantantes entonando himnos en su honor, porque sin dudas el otoño es el
momento privilegiado del encuentro con uno mismo.
No entiendo
a quien se le ocurrió que la persona que está físicamente deficiente tenga que
estar afectivamente aislada.
Se entiende que
en algún momento haya sonado lógico el aislar a la persona enferma de los males biológicos que
exceden a las salas de resguardo, también se entiende que la cantidad de tubitos y
cañitos que puede necesitar la persona que
posee debilidad en su sistema vital necesiten conectarse en un lugar
calmo, libre de riesgos. Se entiende que para el facilitar el trabajo y la circulación del personal médico que
tiene a su cargo el restablecimiento de la salud del internado, también son óptimos estos lugares.
La terapia intensiva a hace del sujeto un objeto de estudio y lo analiza fuera de contexto, lo deshumaniza y lo ubica en una cama dentro de una rutina de exámenes y tratamientos con un huequito para que los seres queridos pasen a tener contacto y un breve informe de cómo fue la evolución en las horas de aislamiento.
Estandarización de procesos, rutinización de los cuerpos, burocratización de las familias y gestión de la vida íntima.
No entiendo
que con los avances de las investigaciones no se haya operado un cambio en los
sistemas sanitarios, dado que está harto comprobado que el amor cura.
No entiendo
la privación del apretón de manos, de la
palabra al oído, del contacto amoroso con los seres que sufren por él, que
sufren a su par.
No entiendo cómo
se puede aislar a una persona que puede estar atravesando sus últimos ratitos y
no es justo ni para él, ni para sus afectos ese aislamiento.
Una hora de
visita, un ratito de contacto con un ser pasado de fármacos para que trates de
que se sienta acompañado.
La terapia intensiva me enoja. Nunca voy contenta a
esa visita, porque nadie quiere estar en esa sala de espera, aguardando el
apellido del paciente, que además es tu
pariente. No quiero que alguien regule la cantidad de mimos que se le puedan
propinar. Me enoja porque llego triste y veo a mi persona querida sola, y veo a
otros que no reciben visitas y veo angustia y veo procesos deshumanizados y
gente que cumple con su trabajo con distintos grados y niveles de vocación y
compromiso.
Me da miedo
porque veo en la sala de espera que
algunos rostros dejan de asistir, veo que después del informe se multiplican
las lágrimas de algunos grupos de afectos…
veo muchas cosas que no quiero ver… y duele un montón.
Termina el
horario de visita, hay que irse, te obligan a irte, a dejarlo ahí solo, en ese
lugar sin colores, sin nosotros, sin el cariño y sin el contacto… y te obligan
y te dicen que es por su bien y uno se permite dudar y se merece llevarse a su
ser querido al parque. La terapia intensiva tiene mucha intensidad para los que
estamos afuera, sin drogas que nos hagan perder noción de lo que estamos
atravesando (como si pasa con el que está adentro).
No entiendo
la terapia intensiva, estoy convencida de que es de otra época, y que prontito
va a cambiar sus reglas y a reconocer que los afectos sanan.
Además no se
junta con cualquiera, para producir sonido, solo acepta la E o la I.
En el idioma español, solo
funciona con dos de las cinco vocales y con la pretensión de ser ayudada por la
U... Claramente
es una letra que trabaja muy bien en equipo, pero carece de autonomía. También es
una letra preguntona, casi todas las palabras que se usan para preguntar la
necesitan.
Y así, como
no la entendía, me puse a jugar con ella… aquí van algunos resultados
(actividad válida para tardes de lluvia junto a la ventana)
La misma letra los invita a jugar este juego.. ¿Quien quiere? Quizás quieras...
La peluquera
en el parque quiebra croquetas con la raqueta chiquita y después se maquilla con
un líquido químico. En cada quincena, alquila un quincho al que va quebrantada y quejumbrosa, con su quirquincho, y allí quietamente queman la quena en una quijotesca hazaña que quienquiera puede
hacer quinientas veces.
¿Quebradizo?,
poco importa cuando la quebradora hace la quebradura así de quebrajosa que no te deja quebrantar, porque
evitar el quejido es una quijotería que
quiero querer en mi paquetería.
Los
mosquitos de la esquina hacen cosquillas e inquietaron al chiquillo quisquilloso
que quiebra galletas untando mantequilla hasta que alguno lo pique y lloriquee.
El arquitecto busca el parquímetro, quisiera que no aparquen allí, pero su hija
chiquita está inquieta y quejosamente quiere de esas croquetas
enmantequilladas.
¿Qué quiere
un esquimal en el bosque? Presenta el tiquet y se quita la tranquera, aparecen quilómetros
para esquiar, lejos de casa es su quincenal quitapesares. Pero un quebracho quemado
en medio de la esquiada le quiebra la quijada y el pequeño esquimal queda
quieto y quejilloso. En el quirófano querellante
se resuelve el quilométrico expediente de quebrantadora inquietud.
Un maniquí
vestido de etiqueta, otro pequeñín de cacique y quince de arlequín. Inquieto loquero maquillado en la pequeñez de
una quinta quimérica. Pequeña y maquillada Raquel muy quieta está cumpliendo
años; es la quintaesencia de la quimera.
Empezamos a
quemar panqueques con queso en La Quiaca. Hay un paquete de quesillo de Quito en
aquel anaquel y quilogramos de Quínoa de la Quebrada querida. En Neuquén se quejan
del quinto quiste que quiere quitar un quechua. Quedará quemada la quesería del querido quesero, un quintal de
quinielas quintuplica el quitamanchas…
de La Quiaca a Neuquén… un quiróptero pequeñito enloquece al querubín que saca
de quicio a su quejosa querendona y los quelonios a quemarropa quintuplicaron su
velocidad, olvidando la quietud. Todos quieren blanquear quince quejidos quejosos. Orquesta de quejidos. Mucha química; es un quilombo quincenal. Quinientos químicos en quimono quirúrgico
quebrajan el silencio. Todos por los panqueques de queso quemado por Roque.
¡Que letra especial!
Queda
quejarse de su insolencia y quererla como quizás quiere que quienes la quieran
puedan quererla.
Es jueves, y
mientras trato de concentrarme en mis pensamientos sentada en la mesa de una
heladería, se cuela la voz del chico de la caja relatándole un gol a otra
empleada con un nivel de retórica y detalle que más de un crítico de arte
envidiaría al momento de enunciar una obra.
A cada
cliente que entró le hizo un comentario deportivo. A cada niño que vió le
pregunto su preferencia futbolística. A cada uno de sus compañeros les hizo
chistes y les habló de apuestas y hasta se interesó por saber dónde, cómo y con
quien habían estado al momento del suceso. Todos le respondieron y todos hablan
del tema.
Es jueves,
el partido se jugó el domingo y era uno más del montón. Es jueves y él todavía
saborea cada segundo de aquel retacito del fin de semana. Es jueves y su
trabajo se reviste con la sonrisa que la contienda dominguera le dejo en los
labios. Es jueves y no me imagino su lunes, o esas horas de domingo en que su
vida tomó impulso.
Es lunes, el
diario pregona en su tapa los resultados del encuentro, analiza las jugadas,
cuestiona las actitudes, ensalza algunos apellidos y defenestra otros, comparte
fotos, señala anécdotas, es lunes y el diario se suma a la radio, la tele y las
redes sociales para seguir hablando de otro partido tan intrascendente como el
anterior y como el próximo. Es lunes y todas las secciones del diario son
pasadas por alto para llegar al suplemento deportivo, es lunes y todos los
medios de comunicación amontonan su relato de nuestra realidad para dar más
espacio al ritual futbolístico del domingo, la misa pagana, el místico
encuentro de feligreses embanderados bajo la ingrata pasión.
Es miércoles
y alguien en un bar cuenta orgulloso anécdotas de tiempos pasados vinculadas al
club de sus amores. “El día que nació mi hijo yo estaba en la cancha”, “Aquella
tarde me escapé de la escuela para ir a comprar las entradas del partido”, “Mi
viejo vendió la moto para que vayamos a alentar cuando jugamos de visitantes en
tal lado” y muchas que prefiero ni enunciar…está feliz de compartir en esos
párrafos la magnitud de su desmedido amor por un equipo de futbol, como le
enseñó su padre, como aprenderá su hijo. Lo exagerado de sus muestras de
fidelidad con la institución lo jerarquiza en la mesa y le concede la atención y
la admiración. Habla en primera persona del plural, ganamos, jugamos,
clasificamos…. Cualquiera diría que es jugador de algún equipo. Pero no. Es uno
más de los muchos que tributan a la causa.
Es martes,
si, martes en la ciudad y martes en el planeta del que ya no forma parte un
hincha que murió en el partido del fin de semana. Causas dudosas, muchas
versiones y otra familia destrozada después de un encuentro deportivo que no
pudo terminar en paz. Es martes en la vida de los que siguen vivos y en la casa
donde el domingo empezó a faltar un
padre, en la mesa donde empezó a faltar un hermano, en el barrio donde empezó a
faltar un amigo. Es en muchos lugares, otro martes. Y punto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol, porque si bien hay narraciones y canciones y libros
enteros que tratan de explicar esa pasión, me parece sobredimensionada y hasta
perversa. Porque gente que no tiene nada deja todo, porque los valores se
retuercen en nombre de un equipito de futbol.
Amar un
equipo de futbol, es un signo vacío (perdón-perdón a cientos de amigos); el
equipo de futbol cambia de jugadores, técnicos, personas, y lo que prevalece es
una combinación de colores, que no encuentra ninguna continuidad más que sus
fanáticos.
Son pasiones
hereditarias, y cientos de personas se llenan de orgullo al enunciar cosas
ilógicas que han hecho en nombre de su equipo.
Y para peor,
en mi país, en mi ciudad, este fanatismo lleva a la muerte.
Las
canciones de las tribunas incitan a la violencia, les suena natural decir que pueden dar la vida por esos colores, y es
cierto.
No entiendo
a los fanáticos de futbol… pero somos pocos los que no entendemos… para la mayoría,
lo que no se entiende es que yo piense así.