No entiendo algunos rituales (4)




Para hablar de rituales, nos salimos de la vida cotidiana y nos situamos en un tiempo espacio determinado y situaciones extraordinarias, que reconocidas como tales por los sujetos, dan lugar a la práctica ritual. ¡El rito del cumple feliz es una cosa de no creer!


¿Que se supone que festejamos? Juro que no me molesta festejar, pero de verdad haber sobrevivido no creo que sea un motivo de “felicitación”, y que la gente nos de regalos por la simple proeza de haber llegado vivos a la fecha en que nacimos una vez más.


No entiendo algunas exageradas demostraciones de aprobación; como aplaudirte por soplar una vela (un pequeño logro que te festejan muchos). A todos nos aplauden por apagar velas soplando… en tu próximo cumpleaños, pensalo entre los aplausos; “qué onda? que hice? Apague una pequeña velita soplando y decenas de personas me o celebran desproporcionadamente… raro.

La decoración... La torta... La vela... Hay cosas que deben haber tenido una explicación y ahora ya no se entiende para que o porque lo hacemos.

No entiendo muchos rituales. .. Los cumpleaños... No son la excepción 


No entiendo el cielo



 A veces me olvido que el cielo no existe                         


Voy a trabajar temprano,  y el colectivo me deja en un movimiento que evita que me despierte del todo. En un momento del  recorrido, una curva, un río preponderante se abre paso entre los edificios y el cielo, haciendo juegos de colores distintos cada día, sorprende.
El sol, la humedad, las cuatro estaciones, es tanto lo que influye en los colores del cielo, que cada mañana se ve distinto, cada mañana se muestra radiante, esplendido, dan ganas de estamparlo en una foto, de volverlo postal... ya no lo hago, pero antes trataba de tomar fotos y con solo tratar de sacar la foto, lo recuerdo
El cielo es algo que no está  ahí. Me olvido, saco foto, lo recuerdo. El cielo es luces y el obturador no se puede permitir capturar su show


 El cielo no existe, son proyecciones de sol en las nubes, en las partículas suspendidas, son danzas de luces entre cuerpos celestes, son inventos de nuestros ojos cuando miran a un arriba que  no llegamos a terminar de ver, un arriba donde no hay nada y está todo, el cielo con su paleta de acuarelas no existe, con sus estrellas en la noche, no   existe, con su poesía urbana, no existe.
No hay tal cielo, no existe más que en la postal de la mañana desde el colectivo con sueño, solo existe en la imagen al final de la ruta desde el parabrisas, existe desde la cama frente a la ventana en tormenta eléctrica, existe entre las ramas cuando nos tiramos panza arriba en el parque, existe en el horizonte, existe en la retórica, existe sin existir y espera que le demos existencia.       

No entiendo como me olvido que el cielo... No existe                     

No entiendo los menonitas



En esto no hay novedad, no soy la única que dice no comprender aquellas comunidades rurales, voluntariamente aisladas de la tecnología que deciden hacer un stop en el avance del tiempo y rendir culto a la indumentaria naif, digna de un libro de Sarah Kay.

En medio de no entenderlos, logré alimentar en mí una mal sana curiosidad que no hice muchos intentos en detener. Primero un relevamiento bibliográfico que me ayudara a entender sus fundamentos (algo que les recomiendo y no les voy a ahorrar), después un paseíto entre los blogs de personas que compartieron algo con ellos… y finalmente, geolocalizar la colonia más cercana. La Pampa.

Fue solo cuestión de buscar un fin de semana largo en el calendario (odio viajar en esas fechas, pero los argentinos son muy organizados… van todos a la costa y Córdoba, mi ruta, no implicaba embotellamientos). GPS activado, allá vamos.


Establecimos otros hitos en el itinerario para evitar que el viaje se haga largo, y una mañana, nos abrochamos los cinturones con rumbo a La Pampa (ya habíamos hecho noche en una localidad del sur de Buenos Aires, y estábamos muy cerca). La ruta estaba claramente señalizada, y fácilmente encontramos el ansiado desvío, apenas treinta kilómetros de camino de tierra nos separaban de los tres campos que conforman la Colonia La Esperanza.

Un claro indicador de estar en la nada

A los saltos llegamos al primer campo. Al igual que los otros dos, se componía de una calle única con grandes casas a cada lado que indicaban la ruralidad de la forma de vida; amplias extensiones de césped y arboles entre el alambrado de inicio de la vivienda y la casa misma. Maquinaria agrícola en cada patio, gallinas como únicos seres visibles al principio de nuestra visita.

Ni un ser humano a la vista. Ni un espacio público donde hacer picnic para esperar que pase algo. Nos costó tomar la decisión de bajar del auto, y tras ir hasta el final del primer campo, estacionamos en el inicio para intentar un contacto cercano.


En algún momento entre el silencio se escucho un caballo. El conductor del carro, pálido adolescente de cachetes colorados, nos saludó levantando un corazón, supongo que en señal de bienvenida (una señal poco clara, y nada reflejada en su rostro)


Agudizando la mirada empezamos a ver niños jugando en las casas, niños espiándonos desde las cortinas de las casas, niños entre los arboles, niños a lo lejos. Parecía una aldea de niños solitarios, temerosos y espectrales.


Sus vestimentas, bastante homogéneas y siempre oscuras se perdían en el horizonte en el momento en que cruzábamos miradas y corrían a esconderse llenos de vergüenza.
En algún momento, otro carro, esta vez con dos caballos y la onírica imagen del lechero, llevando con sigo una buena cantidad de los tarros de zinc que afloraban en todas las tranqueras de la Colonia.


El resto de la tarde, el resto de los campos, el resto de nuestros intentos, no arrojaron mayores novedades, vimos muchos chicos jugando, varios caballos, muchos tarros de lechero, algunos hombres con niños dentro del perímetro del alambrado, ninguna mujer, un niño montando genialmente a caballo, una cantidad exagerada de gallinas. 

No cruzamos palabra con ninguno... no fue de su interés, nos retiramos cuando nos sentimos invasores. Fue en el preciso momento en que tuvimos la impresión de estar haciendo intentos de cosificarlos, de observarlos en modo zoológico, de ir a mirar lo raro, a robar la foto... y la idea era compartir un ratito, pero como no hubo idea similar desde el otro lado... nos fuimos, para no molestar.

No entiendo a los menonitas, pero la curiosidad, es mutua


No entiendo que pasó con los mozos



Hubo un tiempo no muy lejano en que los mozos... aun los de bares de los suburbios... eran muy impecables.


Nosotros llegamos justo para ver coincidir a la transición.
Estuve en un innoto bar céntrico... había un ejemplar de cada especie... Uno de los que se están extinguiendo y uno de la nueva ola... conviviendo. .. juntos...
Muy distintos... el primero peinaba canas con brillantes zapatos negros... El segundo de cortos cabellos oscuros con zapatillas. El primero con pantalón de vestir negro con los pliegues perfectamente planchados. El segundo con Jeans gastados. Pero lo que más me emocionó del primero... Y que le hacía contrapunto a la remera del segundo... Fue la inmaculada chaquetilla blanca. Tuve la sensación de que ese hombre llevaba hasta esa edad tanto la chaquetilla como el oficio, con increíble orgullo.  Me encantó el paisaje humano de aquel contraste.


No entiendo cuando cambiaron las reglas del juego... Ni tomo partido por alguno de los estilos... Pero me parece hermoso ver el amor a la tarea expresado en la indumentaria de los trabajadores.


No entiendo la bicicleta fija y la cinta de correr



No me considero una persona poco creativa, sin embargo, hay algunas cosas que nunca hubiera inventado. Algunas me deslumbran y me llevan a pensar en lo increíbles que son aquellos que tuvieron la idea, los admiro. A otros y a sus inventos, no los entiendo. Obviamente lo que sigue es un análisis improvisado de los segundos.
  
   
Pensaba en esas mentes brillantes, acaso exitosos empresarios, que inventaron cosas tales como la Cinta de correr y la Bicicleta fija, dos elementos con la misma matriz racional.
¿Qué onda? No sé si fue el mismo cerebro, o fueron dos personas, pero ciertamente estaba(n) muy loco(s). Si hubiera(n) venido a mí con la idea, me habría mostrado incrédula.  Jamás hubiera invertido en algo que le saca a la actividad deportiva lo único que la podía hacer atractiva desde mi mirada. Le saca el paisaje, el desplazamiento, el viento en la cara, el ruido de pisar hojas, el movimiento de los charcos estallando a mi paso, el vuelo de los pájaros cuando nos ven llegar, me deja absorta.

Se van de la rutina deportiva las conexiones con el mundo, con los otros, con el cosmos, y mi cuerpo se encuentra solo, moviéndose para no moverse.
Intentos de erradicar las marcas del sedentarismos con nuevos recursos para intentar nuevas formas de sedentarismo… porque la cinta de correr y la bici fija, no le cuentan al sedentario de las cosas que se perdía, sino que les trata de borrar las huellas de vivir quieto con una simulación de movimiento inmersa en la misma quietud.


Vuelve cuerpo el tanto correr pa llegar a ningún lado.
Sin lugar a dudas, una cuestión que irremediablemente; no entiendo. 


No entiendo la maternidad




Quizás sea porque soy muy nueva en esto o porque no me permito perder la capacidad de asombro, pero hay muchas cosas del "universo mamita" que me tienen sorprendida.

A continuación, una reducida lista de las muchas cosas que la condición de madre conlleva.




-la capacidad de pasar horas mirando al bebe dormir. No solo sin aburrirte, sino además disfrutando de cada vibración de un parpado, o involuntario movimiento de su boquita.

-la cantidad de objetos carísimos y prescindibles que el mercado prepara para hacerte sentir incapaz de tomar decisiones.

- La variedad de precio de un mismo producto en un mismo local, pero con diferente marca (esto pasa en casi todos los rubros de la vida, pero hay cochecitos de entre 1000 y 25000, es una brecha un poco excesiva y no creo que el bebe note gran diferencia)

- La felicidad que nos genera ver caquita en un pañal después de muchas horas de ver él bebe retorcerse y hacer caras tratando de lograr que eso salga (pequeños grandes logros)

- La existencia de cosas tan cercanas a la sensación de tambo viviente como “el sacaleche” (¿Quién inventó algo tan perturbador?); un ordeñador humano…. También disponible entre $380 y $5000 con el que tu pecho (ya masticado) es sometido a chorrear el néctar de la vida mediante una presión, tensión e imitación de succión generada por el vacío

- El amamantar. Nadie cuenta el lado b, nadie avisa que aun el día que el chiquin nace ya duele y que el idilio es solo para el marketing maternal. Le falta poesía en el mundo real.

- Lo increíblemente buena que es la calidad de la ropita, que todos sabemos que no la va a usar más de cuatro o cinco veces…. Crecen rápido.

- La ropa desproporcionada. Cuando su pierna mida eso, su pie no va a entrar ahí. Con ese largo de torso le van a sobrar mangas. Por ese cuellito, nunca va  a pasar su cabeza!

- La conciencia de género. En todas partes está el percherito de ropa para ellas (en un estresante tono rosado) y el percherito de ropa para ellos (en una incuestionable gama de celestes). Es imposible que alguna vendedora entienda que quiero un body con una autito para mi nena y que me parece una huevada esa división.


- Lo difícil que es vestir un bebe. Mis muñecas del mismo tamaño se quedaban mas quietas. No entiendo porque los bebes lloran tanto para vestirse y son tan felices sin ropa (la máxima expresión de naturaleza animal). Pasar un brazo por la manga de un saquito es tan complicado como perturbador. Parece que disfrutaran abriendo los dedos y doblando los codos para agregar complejidad.

Y claro... una anda haciendo este novedoso camino... sin dudas con el paso de los años... va a ir creciendo la cantidad de cosas que cueste entender. uff!



No entiendo la fuerza de algunas palabras; Clinofilia




Nuestro lenguaje es dueño de una riqueza de la que hacemos caso omiso.
Usamos muy pocas de las muchísimas palabras de nuestro léxico y desconocemos incuso el significado de otras que si usamos, pero mal.

En esta sección le regalamos cuentitos a las palabras cargadas de sentido y nos permitimos amar lo necesarias que resultan. Quizás con un poquito de esfuerzo podamos sacar de adentro del diccionario algunas de las muchas combinaciones silábicas que no entiendo cómo nos olvidamos ahí.




Semana agotadora
Mucho estudio
Problemas en el trabajo
Discusiones familiares
Calor recalcitrante
Adelina estaba destruida. Llegó el viernes a la noche y con sus últimas fuerzas estacionó en el número 8 de la vieja cochera de su edificio. El motor del auto exhaló aliviado y Adelina camino pesadamente hasta el ascensor. Arrastró los pies hasta la puerta de su departamento y sonrió al girar la llave. Fue casi un mismo movimiento dejar la cartera sobre la mesa y desplomarse sobre el sofá.  La semana había sido un infierno y estaba abatida.
Cerró los ojos y los últimos cinco días se superpusieron en una ráfaga de imágenes que amenazaba perseguirla durante todo el fin de semana. ¿Dónde estaría el botón de “reset”? Seguramente en algún chocolate del cajón de su mesa de luz. Todavía en el sillón, se sacó las sandalias y las arrojó lejos (como si en ellas se guardaran las voces de sus problemas). Inhaló el aire de su casa para respirar ese olor a “platos de ayer sin lavar”, infinitamente más agradable que el “bosque de pinos” que cada tres minutos cronometrados eyectaba el aparato de su oficina.

Juntó fuerzas de donde no las tenía y se trasladó a su habitación sin prender ninguna luz. La ropa la fue dejando por el camino y con torpeza encendió el ruidoso ventilador de techo para dejarse acunar por su música de verano retro. Mientras conciliaba el sueño sin mucho esfuerzo, recordó una definición que había escuchado esa tarde; “Clinofilia; necesidad de pasar todo el día en tu cama”. Que sean dos días mejor, fue lo último que pensó.


No entiendo a mayo



Mayo empieza con uno de los feriados más respetados y universales, mayo se despierta con ganas de homenajear el trabajo, de honrar la labor cotidiana que muchas veces nos pesa y muchas otras nos reconforta, pero siempre nos exige.


A mayo le gusta rendir culto a las pequeñas perlitas de la rutina que no nos habíamos detenido a mirar.
Mayo quiere traernos frío para que analicemos si valoramos las tardes de calor que por un tiempo no van a volver. A mayo el gusta que nos reencontremos con la lluvia y pongamos atención a los reflejos que hace en el vidrio o a los charcos que traza en medio de nuestros trayectos…
Mayo invita a cambiar el menú cotidiano y reencontrarnos con las sopitas, volver a las ventanas cerradas, a las medias gruesas o la frazada pesada a la hora de dormir.

En mayo hay ganas de fiaca.


En algún momento, mayo evoca la revolución y nos recuerda que necesitamos un cabildo abierto para saber de qué se trata lo que no nos gusta y proponer un cambio, una revolución como la de aquel mayo de 1810, como cuando la plaza se llenó de gente para que el virreinato vaya tendiendo a la patria soberana, mayo nos invita a dejar de ser colonia, dejar de estar colonizados por la rutina, por el mercado, por el consumo, por el marketing, por el que dirán, por la vecina, por la sobrina, por la televisión, por el colesterol, por la nube pasajera o por el amigo que nos dice como pensar. 
Mayo nos dice que podemos ser soberanos de nosotros mismos.

Mayo sobre el final rinde culto a la infancia, y celebra los jardines, esos espacios de socialización en donde nuestros chicos juegan con otros, entienden que el mundo se hace con otros, cantan y se divierten aprendiendo a vivir en comunidad.
Mayo se sienta en la ronda y nos pide que le leamos un cuento, nos pasea por la salita y nos sentimos plenos otra vez.


Porque mayo también nos lleva de paseo por la infancia cuando asoman las mañanas grises del otoño y el despertador suena pero tenemos muchas ganas de pedirle un ratito más y quedarnos remoloneando como cuando le pedíamos  a mama que nos deje faltar a la escuela.

No entiendo el mes de mayo... sólo lo transito... 


No entiendo al paso (8)



No entiendo a los artesanos  del transporte 
¡Que maestro el sujeto que ordenó y transportó esa cantidad de materiales en ese vehículo y con ese nivel de precisión y equilibrio!. Poesía urbana.




No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.


No entiendo las nuevas culturas nómadas



El mundo actual muestra el nuevo fenómeno de la elección de patria.
Un proceso completamente novedoso en el que una persona, en un momento de su vida se plantea dónde va a ir a ejercer ciudadanía.


Son muchísimos los jóvenes que eligen donde vivir, sin ningún cariño por la tierra que los vio nacer, sin ningún reparo por la familia de la que se desarraigan más o menos para siempre.

No eligen donde estudiar (con alguna previsión de volver), no eligen donde el corazón les late (migrar siguiendo un amor), solo se plantean el mundo como objetivo al que se lanzan casi sin raíces, sin lazos territoriales más que los que eligen como un punto de su vida proyectada al infinito.

Que cambió desde aquellos días  en los que el trabajo fuera del lugar de nacimiento debía compensarse con un plus por desarraigo, en el que la empresa asumía las angustias que esto conllevaba? Acaso no hemos crecido escuchando bucólicas historias de abuelos que odiaron verse obligados a dejar sus pueblos?


Ahora, lo pichoncitos de sapiens sienten que las fronteras son caprichosas cicatrices del globo terráqueo trazadas al azar y que su huellas pueden borrarlas y en este camino es válido elegir donde vivir porque prefieren el calor tropical, porque les gusta la nieve, porque buscan desafíos, porque extrañan el mar, porque aspiran a una vida más relajada, porque les atraen las urbes ruidosas, porque si… porque en ningún lugar está escrito que estén atados a sus suelos y porque hay mucho que los espera por ahí… porque pueden pasar navidades en un pub o festejar el cumpleaños del abuelo por skype, porque pueden soplar velitas en un hostel y sentirse en familia rapidito en cualquier grupo de pares.


Nunca me pregunte donde quería vivir, porque soy muy de acá y no imagino donde podría estar mejor… por eso, aunque no lo discuto… no entiendo la facilidad con la que actualmente se elige migrar donde diga la intuición.  


No entiendo los bichos



Y es que la palabra bicho no define nada, se usa comúnmente para referirse a insectos, pero se puede llegar a asociar a mamíferos y hasta cariñosamente a personas. Es un concepto que se usa despectiva y afectivamente casi por igual… ambiguo termino; los bichos, son eso que no existe pero nos invade.

Colorido habitante de la remolacha

Me interesa hablar de bichos en su acepción insecto. Y es que mirar bichitos siempre ha sido una práctica de mi predilección. Alguna vez les conté sobre cosas que no entendía del mosquito, el mamboretá o del mismísimo bicho bolita.

Una verdadera rareza, una fisonomía perfecta de apariencia metálica

Los miro como si se tratara de pequeños mutantes, en esos diminutos cuerpos en los que hay espacio para digerir, respirar, reproducirse y hacer cosas sorprendentes, como en muchos casos... Volar.

Algo tan simple, cotidiano y fantastico como mirar una mosca volar

Definir a más de uno sin citar de qué se habla podría equivaler a encontrarse de cara a la descripción de algún protagonista de una potencial novela de ciencia ficción, y han inspirado varias!

Ni se quien es el que me juega entre mi ropa secada al sol

Definitivamente, sus colores, sus formas y sus funciones son tan atractivos como indagar sobre curiosidades que para la mayoría de quienes compartimos el espacio con ellos son verdaderos hallazgos.

Artesanía de pequeñas patitas, para cazar con una gran estrategia. 


Convivir entre bichos, desconocerlos, contarlos, pero un poquito... envidiarlos. Es divertido mirarlos y tratar de saber que hacen, que buscan, donde van…. Muchos autores decidieron escribir sobre sus secretas vidas, nos extraña su organización familiar y muchas veces ni sus nombres están a nuestro alcance. Qué vergüenza ignorar tanto de seres que están muy acá, muy entre nosotros.

No entiendo como no pasar horas mirando bichitos!


No entiendo el país del monocultivo y las verdulerías monocromáticas



Acá… Argentina, país de la Pampa Húmeda, de la tierra fértil, de suelo prometedor.
País de diversos paisajes, de geografías extensas y de bla bla bla… todo mentira… aquí, país sojero, monocultivo y verdulerías tristes… llenas de naranjas y poco para contar.
Bienvenidos al mundito donde comer variado es carísimo y complicadísimo…
Y teniendo todo para que sea natural y sencillo.


En este país donde las doñas creen que si no hay vaca en el plato, no es comida decente… donde el pollo protagoniza tantas mesas que es imposible pensar en dejarlo crecer para llegar a la góndola. Dónde comer una fruta necesariamente significa recorrer un listado cortito que difícilmente llegue a las diez variedades. Y para colmo de males… es muy, muy caro.

Es muy complicado ser creativo a la hora de te hablar de frutas en este país, y es muy poco estratégico pensar en recomendar una dieta variada, porque no es algo que fácilmente esté al alcance  de la mayoría de los bolsillos del ciudadano nacional.

Y si se come tanto asado... lo màs vegetal que se puede ofrecer, es carbón.

En Argentina comemos manzana, porque crece en la Patagonia y aunque el viaje es largo, existe.
En Argentina comemos banana, casi todas ecuatorianas, porque aunque nos llamemos antipáticamente país bananero, no tenemos producción.
En Argentina comemos naranjas, muchas naranjas, porque nos gusta pensar en la plantación turística de Cesar y Mónica en San Pedro y porque parece que los cítricos crecen cómodos entre nosotros. Por eso también solemos comer mandarinas, pero algo pasó con el sobredimensionado precio de los limones…
En Argentina comemos duraznos, pero la mayoría de las veces necesitamos un abrelatas para acceder a esta fruta.
En Argentina  comemos uvas, pocas y malas, porque hay plantaciones pero nos gusta hacer, vender y exportar vinos… las uvas, crecen demasiado lindas como para llegar a las verdulerías.

Nos cuesta llegar a un bar a pedir un jugo de frutas natural, porque a diferencia de otros países del globo terráqueo, nos ofrecerán solo un exprimido de naranja, y en muchas ocasiones, el empleado del lugar se sentirá en la obligación de aclararnos que va a salir de un tetrabrick (al menos, se puso de moda que te avisen). Puede pasar que te ofrezcan una limonada, pero es algo tan novedoso, tan vanguardista y tan original, que el agua apenas sucia de limón va a hacer que tu exigente paladar tenga que desembolsillar un alto porcentaje de sus ingresos para pagarla (y si… pueden flotarle algunas hojitas de menta como para que suene más top).


No entiendo cómo llegamos a ser el país del monocultivo resignando calidad alimentaria. No entiendo como paso que tener una huerta en casa es un verdadero acto revolucionario de transformación macrosocial con intentos de redundar en el beneficio de la nutrición doméstica. 


No entiendo algunos elogios para las nenas




Pero que linda nenita!
A esta familia llego una nena, una bebe, una pequeña que como toda criatura, va a revolucionar su familia, pero claro… hay personas que confunden los adjetivos.



No es una reina, porque pretendemos criarla sin caprichos, sin dar órdenes y entendiendo que todos somos iguales. Ha nacido en democracia  y no queremos que crea que los títulos nobiliarios son agradables o siquiera deseables.

No es una princesa, porque esa palabra hace alusión a un estereotipo de cuentos, de irrealidades y de finales prefabricados que no queremos que rijan sus decisiones. Nos gustaría que pueda elegir si quiere pasar sus días buscando un príncipe azul, coleccionando títulos universitarios o plantando arroz en alguna aldea remota.

No es una muñeca, cuyos rasgos standarizados por algún fabricante arrastran a las infancias a entender de todas debemos ser iguales y calcar patrones de la belleza occidental que quizás sea inviable (y a todas luces innecesario) para nuestro ADN

Es un bebe, otro eslabón en la cadena genética que enlaza generaciones en torno a rasgos comunes y rasgos que en nada se parecen (no todo viene igualito a papito o igualito a mamita). Otro eslabón con sus propias características y muchas ganas de ser sí mismo, sin el peso de seguir un linaje profesional, el taller familiar o heredar las condiciones artísticas o deportivas de ningún pariente. Tampoco el nombre… bastante tiene con soportar todo lo que venga asociado al apellido, como para tener también que repetir nombre (al respecto dos cosas: los apellidos son para unificar y los nombres para individualizar, no podemos llamarnos todos igual, por otro lado, es un hijo no un monolito, si el padre o el abuelo fueron grosos, hagamos un libro sobre ellos, los hijos no son homenajes)

Es por eso que no entiendo algunos apelativos para nenas, le diremos según los adjetivos que invite o los motes que se gane… pero no los estandarizados para ella y el resto de las nenas de antes de su nacimiento. 


No entiendo como estar al lado del camino.




Me gusta estar al lado del camino. Pero también me gusta estar parada en el medio de la calle. Mirar pasar y hacer camino me gusta conectar con el camino, mirar a otros peatones a los ojos. Me gusta ese contacto visual de buscar almas en la multitud de cuerpos masificados que circulan cuantitativamente entre otros tantos. Estar un poquito al lado del camino y mirar la imagen desde afuera. Leer la gestualidad, la iconicidad que cada uno elige para volverse masa entre los muchos o los no tantos. Ver la coreografía de movimientos nunca ensayados, pero profundamente orquestados de los caminantes de la peatonal, los conductores de alguna avenida o los usuarios sobre un colectivo. Muchísimos códigos no escritos guiando la dinámica, el “entre”, los vínculos desvinculados de esos que creen ser singular cuando somos plural. Cada uno haciendo el nosotros y el nosotros necesitando los unos.


La mística de la grupalidad haciéndose ver, dejándose oír, pudiéndose respirar.
Me gusta disfrutar de esos caminos, caminarlos y no tanto, hacerlos y mirarlos, me gusta saborearlos, quizás la palabra sea desnaturalizarlos, sentir esos pactos milenarios.

Llevo años pensando en torno a la idea de nolugar que propone para la antropología Marc Augè. Quizás un poco fascinada por el hallazgo de rincones donde la acción se suspende y el “entre” no es más que un pasillo donde nada cabe.

Me descubro una mañana de domingo entre los primeros fríos del año, cuando aún muchos paseanderos no se le animan a la intemperie, las calles, hermosas, pero exclusivas, esa mezcla de gran show y poco público que evoca el under. Voy a tomar el colectivo.

Mientras camino el “entre”, escucho un saludo, respondo enfáticamente y me llevo otra sonrisa para mi ajuar. Es el vigilador de un estacionamiento al que nunca entré. A menudo paso por la puerta y el intercambio de saludos es el único nexo que probablemente tenga siempre con ese pedacito de mi entre.

El “entre”, no lugar que une mi casa con la parada del colectivo, solo me conecta con otro no lugar; la hipopotámica silueta metaloide que pesadamente avanza con fiaca dominguera. Me subo al transporte. Sonrío, saludo… el chofer me mira a los ojos, conectamos sonrisas en un “buen día”, es mi segunda sonrisa de la mañana… el vigilador, el chofer… gente que está siempre ahí… junto a mí, pero junto a otros muchos… y qué pocos son quienes los ven.

Lo pienso profundamente y encuentro escenas similares en otros trayectos y paisajes. Claramente si caminara mi ciudad con Marc Augè, él habría hecho un libro sobre la noción de no persona.



No entiendo como pasar por el camino sin pasar, cruzar personas sin vincular, como habitar ciudades sin conectar. Los no lugares se llenan de no personas y es solo cuestión de miradas para volver a sentirnos humanos.


No entiendo la calidad de vida



No sé dónde queda el departamento de control de calidad de la vida, quien lo establece, en que se basa. O si, si lo entiendo. Es otro de esos slogans de escuelita de marketing que nos quieren convencer que nuestra calidad de vida se asocia a la calidad (o quizás la cantidad) de consumo de esas cosas que se pretenden indispensables para nuestra vida.


Lo cierto es que alguien creyó (y muchos lo avalaron) que había un estándar de vida y que hay vidas de mejor y peor calidad (curioso). Es como si existiera una certificación de estándares de calidad, me imagino a un señor gordo con bigotes cortitos y corbata negra que viene en algún momento a decir usted vive bien, a usted le falta un poquito… usted con esas zapatillas no puede ser feliz, usted sin este teléfono no va a poder estar bien. La calidad de vida es un concepto perverso y simplista, porque de ninguna manera puede ser otra cosa.

La palabra calidad remite a producto, a mercado y a consumidor. La calidad es algo que se mide para explicarle a otro que tal es (y en esto estamos las personas siendo nuevamente cosificadas), para índices abstractos que hablaran de la humanidad a diversas escalas y con la más variada gama de objetivos; Según esa gente me faltan muchos objetos de los que estoy segura que puedo prescindir. Según unos cuantos, vivo mal, porque no me parezco a los otros vividores, a los von vivant…. O que se yo.

Si las cosas de la listita no están a tu alcance, no importa el largo de tu sonrisa, tu vida no es de buena calidad. Si naciste en un pueblito remoto lejos de un centro de salud, no pasas los controles de calidad, no andas siendo muy feliz, tu vida, no alcanza a cubrir el promedio que todos necesitamos para que este mundo gire con prolijidad


En un primer momento, el bienestar de los países se midió, como no podía ser de otra manera, a partir de una sigla muy bonita que es el PNB, el concepto producto nacional bruto, es decir, la capacidad de crecer económicamente, y acumular cosas, que claramente se traducen en riqueza e inevitablemente en felicidad (¿?)

Tiempo después, algunos iluminados con un poquito de corazón, proponen el concepto de calidad de vida, que surge como una instancia superadora de aquel crecimiento material y hay gente que se dedicó a escribir manuales de cómo medir la calidad de vida, se tomaron la molestia de incluir medidores vinculados a cinco áreas diferentes. Bienestar físico, bienestar material, bienestar social, desarrollo y bienestar emocional. Sin dudas trataron de humanizar un marcador que como tantos otros se aboca a estandarizar la formulita de la felicidad que sin ninguna duda, debe ser para todos igual, por lo tanto se puede medir y necesariamente se debe poder juzgar. La contaminación, el stress y otras cositas novedosas se empezaron a sumar a la cantidad de consumo, para ayudar a medir la calidad de una vida.

Lo cierto es que no entiendo la calidad de vida y quien la mide o para que.

Yo elijo la calidez de vida.


No entiendo al paso (7)



No entiendo como nadie ve que estas lámparas están en bombacha...


Se les ve la tanga!

Y me aportan por ahí.... que a cierto logo de electrodomésticos... también.


No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo el verbo TO BE



Estoy convencida de que habitamos las realidades que construimos desde el lenguaje, lo que implica que el mundo que configuramos desde el discurso es el único que podemos entender.


Esto pensaba cuando descubrí que la población angloparlante tiene una enorme falencia en su gramática y es ni más ni menos que el verbo “to be”   
Esta conjugación verbal es lo primero que aprendemos quienes nos acercamos el idioma inglés como segunda lengua y es la máxima expresión de pobreza léxica (o al menos así lo siento hoy, que me puse a pensarlo)


Como puede ser que tanta gente viva en un mundo en el que es lo mismo ser y estar? Como pueden tener unificados verbos tan distintos?

No me imagino una vida en la que me de igual ser enfermo que estar enfermo, ser ansioso o estar ansioso, ser borracho o estar borracho… y cientos de ejemplos más…

Nuestra lengua nos abre una brecha entre el ser, ontológico, identitario y el estar, temporal, efímero, relativo. El mundo que configuramos a partir de estos verbos es bien diferente, y no puedo menos que celebrarlo.

Acaso debería ser una de las principales virtudes de nuestro idioma esa posibilidad de entendernos como un ser que puede estar, como un alguien que puede tener atravesamientos de un algo que no lo constituye.

Una disociación en el lenguajear abre un mundo de posibilidades que nos deja pensarnos y desde el  pensamiento nos deja inventarnos.

Soy. Estoy. Lo que soy es nodal, mi estar es temporal y entre ambos conceptos, la comunidad angloparlante pierde la posibilidad de ver una brecha mágica, un mundito que existe solo para los que hablamos el español.


No entiendo como no nos sentimos privilegiados vividores de este mundo!