Lo descubrí una tarde, y no pude dejar de pensarlo.
¿Para quién vivís tu vida?
El otro día estaba por bañarme; me saqué las medias y
quedaron en el suelo del lado del revés… las miré un rato…
Salí de bañarme y me puse un parcito de medias limpias. Cuando enfundaba mi pie derecho en una de ellas, un hilo se enganchó en la
punta del más chico de mis dedos.
Entonces entendí mi incomodidad; la parte hilachuda,
incomoda y antiestética, la ponemos junto a la piel y el lado prolijo, de cara
al exterior, al afuera, a los otros, o quizás solamente al roce del zapato.
Claramente una metáfora de la vida que elegimos llevar,
anverso y reverso en función de una cosa para descuidar la otra. Imagen
ineludible de nuestra sociedad.
Mi dedo enganchado a la fase hilachenta, mis pies soportando
el detrás de escena de la ropa que fue hecha para ellos, viendo lo no visible
para dejar del lado de los otros su mejor perfil. El lado suave, parejo, homogéneo, de textura agradable, no estaba de mi lado, estaba proyectándose al afuera. Aunque el afuera nunca fuera a ver mis medias, hay que estar preparado.
Las medias aun en el suelo del baño mostraban su interior
bigotudo, el tras bambalinas de un show que emerge a los demás, metáfora
perfecta de una careta negada, mascarita innecesaria para ocultar una
intrascendente verdad.
No entiendo porque lo hacemos, ¿por qué no usamos las medias al revés?
Y pasar en ella los años que la ley pide, no ayudó a
entenderla. Pasar más años como estudiante, residente y docente, tampoco. No entiendo como la escuela les pide a los
chicos que pasen tantas horas sentados, apenas interrumpidas por recreos en los
que jugar algunos minutos para luego volver a la pasividad.
¿Cómo se supone que un grupo de chicos incorpora el mismo cúmulo
de datos en igual tiempo? ¿y cómo un docente puede ser un entretenido orador monológico
al que escuchar cinco días a la semana hablando desapasionadamente de un montón
de temas abstractos, que algún día nos van a servir, o de eso nos quieren
convencer?.
No entiendo como los pedacitos de ciencias se acomodan en
cronogramas rígidos y no se mezclan con otros pedacitos muy combinables.
Tampoco entiendo la separación de la cabeza del cuerpo y la forma en la que nos
dicen que hay que estar quietos para aprender, sentados derechos en esas sillas
imposibles, mirando para adelante y ya.
No entiendo los edificios enormes y grises que engullen
niños cada mañana, que entran con cara de dormidos y salen con cara de
cansados, tratando de juntar sus partes para afrontar la tarea de jugar, de
recuperar la forma de niños pequeños que
quieren reír a los gritos, y con todo el cuerpo.
No entiendo como el mundo cambia, se transforma, se repiensa
y la escuela está tan varada, invariante en el mismo lugar.
Y no entiendo como las escuelas no se dan cuenta de que los
chicos tampoco las entienden.
Pero lo más curioso es que no entiendo como no las amo.
Por mis gustos, mis creencias, mi forma de ver el mundo,
debería de ser la más bicifriendly, por una cuestión de libertad, de autonomía,
de viento en la cara, de conciencia ambiental, en verdad estoy convencida de
que esos son mis estandartes y no puedo creer que no me sume a esta marea de
pedaleadores, o me pregunto si seré puramente mal llevada.
Resulta que uno de los seres emblemáticos de mi vida, es mi
abuelo, si, él. Mi abuelo tiene muchas virtudes, y yo adoro pasar tiempo con él… sin embargo, su mundo y su pasión, son las bicicletas. Gran campeón
ciclista en sus años dorados y reconocidísimo bicicletero el resto de su vida,
ir a ver a mi abuelo suponía (desde muy chica) ir a jugar a su taller, entre fierros y rulemanes,
bocinitas y ruedas… mi abuelo es por y para las bicicletas.
¿Cómo explicar que nunca aprendí a pilotear una de esas
cosas?
¡No lo sé! (tampoco sé como acabo de hacer pública esa confesión)
Toda mi vida estuve rodeada de ellas, y creo que eso las
convierte en algo más parecido a un objeto de culto que utilitario.
Quizás sea para no opacar el brillo de esa parte de mi vida que simbolizan que no les di uso.
Nunca entendí como la gente se subía a algo que desafiaba las leyes de la
física y la lógica de los miedos.
¿Alguien midió el ancho de las ruedas sobre las que millones
de personas hacen inverosímil equilibrio para transportarse?
¿Acaso alguien podría imaginar que cientos de niños
sangrarían a manos de sus padres hasta tener la destreza necesaria para dominar
el vehículo a lo largo de montones de generaciones?
Coordinar las rodillas y los brazos mientras el equilibrio y
la vista atenta hacen su parte, me parece algo excesivamente mágico.
Comparto muchas cosas con los que la eligen como elemento de
movilidad, pero no los entiendo, y es una cuestión que me confunde, porque
debería ser parte de ese grupo, y no estar acá escribiendo cuestionamientos.
Me cuesta mucho dejar de hacerlo. Lo disfruto y me puedo pasar horas con dolor de cuello forzando siluetas en el cielo. Comparto esta foto de una
búsqueda que registre:
¿Pueden verlos?
Encontrar formas en las nubes tiene la complicación de tener que explicar a otra persona que vimos por ahí.
Este cielo de Villa Logüercio, junto a la laguna de Lobos, en Buenos Aires, tiene una parejita de chicos, un abrazo, un beso en la frente y un montón de ternura.
El pelo, la oreja, la nariz, la profundidad del ojo cerrado... está perfectamente definido.
¿Pueden verlos?
También comparto un cuentito, muy breve y sencillito que escribí hace algunos meses y retoma
esta temática, tratando de explicar desde la literatura los efectos de las nubes en la rutina humana;
Instantes
Se tiró al césped junto a su perro, que tomaba sol panza arriba
con envidiable serenidad. Imitó la
posición con todo el cuerpo (aunque el animal lo mirara intrigado con uno de
sus entrecerrados ojos)
Quedaron tendidos a la par, entregados al cálido abrazo
otoñal de Febo. Al principio le molestaron los yuyitos, después sintió patas
de algunos bichitos, finalmente se mimetizó con el entorno y al cabo de un
tiempo se animó a abrir los ojos.
Con el brillo del sol, se hicieron visibles para él sus
propias pestañas, esas, que estando siempre ahí hacen que las dejemos de ver.
De fondo danzaban presumidas las nubes. Esa tarde se movían rápido y, sea lo que
sea que eso signifique, era divertido. Conejos, casitas, elefantes y seres
cachetones, todos ellos desfilaban por el cielo con ese polisémico compás de cumulonimbus. Su perro suspiro. Él le rascó la pancita.
Y casi como si alguien quisiera cambiar el canal de esta
preciosa película muda, por su cabeza se cruzó uno de sus problemas, y luego
otro y en minutos ya eran tres.
Apretó fuerte los ojos, sintió como se dibujaban las
arruguitas en sus parpados. Hizo un esfuerzo mental inexplicable y los abrió
suave y lentamente, prestando atención al movimiento de su piel. Volvió a mirar
sus pestañas, tomó una de las patas de su perro (como quien se aferra a un
rosario con fe) y se repitió como un matra que era lo importante en ese
momento; conejos, casitas, elefantes y seres cachetones.
A modo de solución, por si no los encontraron en la foto anterior, y para compartir la belleza sutil del cielo, dejo la imagen que con el dedo tracé desde el césped, para ayudar a mirar a la parejita que las nubes pintaron este fin de semana.
No entiendo como puede haber tanta gente que se pierde estas obras de arte aéreas.
Me molesta un montón que se oculten detrás de este título
que les denota una cierta inmunidad.
Decir “soy re colgado” es una especie de declaración de principios, un atenuante que
significa que puede hacer un montón de cosas mal, de las cuales no es culpable,
porque es innato en ese sujeto, porque “es así” y el mundo tiene que tolerarlo
y vivir con eso.
Soy re colgado, no hice, dije, llamé, escribí, terminé… en
todas estas afirmaciones, la culpa es tuya por no haber tenido en cuenta que con este
individuo la cosa es así.
No sé si queda claro el nivel de perversión oculto en
esas palabras. El ser colgado infiere que no puede combatir esta realidad y que
son los demás los que tienen que aprender a coexistir con su chistecito.
Generalmente esta declaración ontológica se acompaña con
gestitos amistosos (sonrisas, movimiento de manos o revoleo de ojos), un claro
indicio de complicidad que por alguna extrañísima razón tendría que significar
que todo está bien, que ni da enojarse con un colgado por que se colgó, y era
obvio… pobre, es así.
Me desespera.Aunque suene intolerante, no entiendo a la gente colgada, y me parece, que tampoco lo intento.
Otra vez, reivindico que amo el transporte público. No me
importa si su frecuencia no es la mejor, si frena en todas las esquinas o si no
me deja justo donde quiero. Yo lo amo, y le creo.
Hoy dude... estaba corta de tiempo, lejos de mi siguiente
destino… y dudé. Intenté subir a un taxi, pero el chofer me dijo que esperaba a
otra pasajera, y no pude abordarlo. Seguí esperando el 115 y llegó. A una
cuadra de la esquina donde lo tomé, el chofer bajó del coche para tomar un
breve y merecido descanso. Es increíble, me digo, parece mentira, me reclamo.
Obviamente la culpa es mía por no salir con tiempo y no del pobre hombre que
tiene una escala reglamentaria para pasar por el baño.
Seguimos viaje con destino a la otra punta de la ciudad y el
tránsito de mediodía se reía de mi prisa, mientras yo cogoteaba por la ventana
la posibilidad de saltar del colectivo para caer coreográficamente en un taxi
(que no veía venir).
En eso sube un vendedor. Suelo ser feliz con este tipo de
apariciones interactivas. Lo escucho. No es el típico abrumador. No cuenta su
historia, su situación, ni sus desgracias. Va directo al punto, nos da dos
resaltadores a cada pasajero. “Sin compromiso”, aclara mientras reparte, y aun así,
recibe muchos “No, gracias” con esa mezcla de amabilidad e indiferencia tan común
en estos casos.
Aguardo en mi asiento, jugando con los resaltadores,
mientras pienso en sus colores y en los
usos que les darían los distintos pasajeros noestudiantes presentes. Estaba
inventando historias en mi cabeza cuando algo sutil e inesperado interrumpió mis pensamientos; es el
vendedor, hace algo extraño... toca el timbre y se ubica frente a la puerta de descenso. Aguardo alguna
actitud disparatada:
·Que pida algo a alguien de aquella
esquina
·Que baje a agarrar algo y
vuelva
·Que intercambie algo pre
acordado con alguien en esa parada
·Que grite alguna cosa con
medio cuerpo por fuera del coche
·Que baje por una puerta y
suba por la otra
Estas cosas esperaba que pasen, pero el solo se bajó. La puerta
se cerró, el colectivo avanzó y el vendedor se quedó intencionalmente abajo.
“Ahora sí que no entiendo más nada” dijo un hombre mayor,
mientras todos nos mirábamos con los resaltadores en la mano y la sonrisa con
sorpresa en los labios.
No entiendo como no amar el transporte público, cuando te
pasan cosas como esta.
Nos duele cuando una persona a la que queremos mucho deja su cuerpo. Nos duele la cabeza como si los pensamientos ya no tuvieran suficiente lugar en el perímetro del cráneo. Nos duele el pecho como si el corazón estuviera apretujado. Nos duele el futuro cuando imaginamos los próximos momentos que no vamos a compartir. Nos duele la existencia de reconocernos seres limitados, con fecha de vencimiento incierta. Nos duele el entorno sumido en el desconsuelo. Nos duele la mudanza de esa persona, que deja un cuerpo que ya no le sirve y se instala en nuestra cabeza y en nuestro corazón, nos duele ordenarnos para recibirlo y aprender a convivir con este nuevo estado de su ser, más cercano, más interno, más intenso.
Nos duele la cabeza, porque sus recuerdos se ensanchan y nos duele el corazón porque su presencia dilata el espacio en el que le permitimos anidar. Cuando una persona a la que queremos mucho deja su cuerpo, se muda al nuestro, y eso duele, hasta que afianzamos la convivencia.
(alguna vez escribí sobre esto en otro blog...) Las calles de Lima están llenas de gente y eso me encanta. Tienen personas de todas las edades y el movimiento las ha hace bellas. Por eso el comercio anida en ellas de manera armoniosa, los variados ofrecimientos al paso causan al peatón satisfacción acorde a la cantidad de horas en vía pública que resuelve pasar. Nos habla de las costumbres de la gente ver tantos vendedores en las calles. El turista también se integra a esa coreográfica marea y el abastecimiento de las veredas es parte constitutiva del viaje. Al principio con sorpresa, después con desconfianza y al poco tiempo, ya con total y obligada naturalidad, el de afuera, entra al corazón de Lima por sus veredas generosas. Las calles de Lima y su comercio informal proveen alimento, ornamento y entretenimiento; desde frutas hasta globos y de remedios hasta artesanías, Lima se comparte en la vereda, se muestra, predispuesta y hospitalaria para que la ciudad SEA y no solo se convierta en trayecto ENTRE.
En semana santa se ofrecen artesanías de palmas con crucifijos
Los picarones son roscas fritas a base de harina de mandioca y miel, del tiempo de la colonia
El anticucho es su plato más representativo, corazón de vaca y papas como base de la brochet
Esto no está en venta, pero es muy curioso
Carteles para el buen uso del espacio público. Las calles son para la gente.
Si, tengo una extraña adicción a los carteles... y son parte de la vida en las veredas
El vendedor de huevos
Algunos juegos que se ofrecen con premios
Rodajitas de Ananá y caricaturas al paso.
Muchos carros con frutas
Tarritos, cajitas y bolsitas de medicina natural
Las calles de Lima se dejan habitar, se brindan amables y nos invitan a quererla. No entiendo como no amar las calles de Lima
No las entiendo, pero además me parten el corazón. Y lo digo
después de ver lo increíblemente simpático que a muchos les resulta usarlas en
decoración, estampados, vidrieras, accesorios, paredes, en eventos, de papel, de
metal, de madera, llenas, vacías, con pajaritos, con mariposas, con corazones ¡no
lo entiendo!
No puedo apartarlas de lo que su existencia implica, no puedo dejar de asociarlas a la falta de libertad. La sola presencia de los barrotes, siempre me generó
angustia.
Algunas jaulas que no entiendo
De chiquita me enseñaron a no tener pajaritos, ni pececitos, ni
ningún animalito que tenga que estar en un espacio reducido para siempre por obligación. En eso encuentro un egoísmo especial (de especie) y una automentira naif en la construcción de un vinculo sentimental con la mascota a la que se tiene sometida a esa vida y en el discurso "le damos amor", ¡la pucha! cuantas patrañas suceden en nombre del amor.
También me ponen muy triste los zoológicos, y tengo que
confesar con bastante vergüenza que estuve en muchos hasta prometerme no volver a financiar esos
espacios de encierro perpetuo de seres vivos en pos del entretenimiento de un
puñado de personas que justifican estas prácticas con argumentos educativos,
recreativos y hasta creen que pueden implicar amor hacia los animales. Aplica
perfectamente para acuarios y oceanarios que en su magnífica estructura jamás
podrán asemejarse al hábitat natural que la biodiversidad merece.
En esta misma lógica, y con gran parte de la sociedad en
contra, tampoco entiendo las cárceles. No me explico que todavía como sociedad
sigamos creyendo que la mejor forma de explicar a los miembros descarrilados
que deben replantear su actitud, sea una jaulita. Estoy convencida de que este método
solo enfatiza el resentimiento y el rencor, y estamos muy lejos de aprovechar
el tiempo de privación de libertad para reeducar y reinsertar esas personas en
nuestras comunidades.
Pero últimamente (quizás ligado al incremento en la tasa de
maternidad entre mis amigas), la jaula que menos entiendo es la cuna. María
Montessori tampoco lo entendía y como ella era pedagoga, la miraron con menos
cara rara que a mí (o quizás no, pero me gusta creer que sí). Pueden leer
algunos de sus motivos acá. ¿Cómo se puede poner a un hijo entre barrotes?
Definitiva y enfáticamente, no entiendo las jaulas, en ninguna de sus formas, usos o variantes.
Puedo jactarme abiertamente y sin temor a equivocarme, de
ser una persona con conciencia ecológica, no sé si soy todo lo responsable que
debería, pero sin dudas, estoy en la senda. Un poquito de esto se trata esta
nueva línea de “Noentiendos” que inauguramos hoy e irán apareciendo cada tanto.
Todo lo que pierde su función puede terminar triste e
injustamente, por convertirse en basura, supongo, que a esta altura del
calentamiento global, todos sabemos que hay que evitar a toda costa la generación
de residuos. En eso estamos.
Las tres “R” nos orientan a reducir el consumo de elementos
desechables, reutilizar los que ya fueron utilizados para su finalidad inicial
y reciclar los que tienen materia prima capaz de ser reinsertada en el ciclo
productivo.
De a poquito y cada tanto, vamos viendo ideas maravillosas
(y no tanto) para alcanzar estos ideales… no existe ninguna intención de
transformar las reflexiones de siempre en un blog DYS, sólo descubrí algunos usos
para cosas que me parecen tan interesantes, que no entiendo como no se le
ocurrió a otra gente.
En el relato de hoy, quiero hablar de los Paraguas! Y si…. Muchas
veces leemos que hacer con botellas, latas y cartones, pero después de cada
lluvia, los basureros de vía publica muestran la cantidad de honguitos portátiles
que los peatones han dejado sin utilidad, entregados a un destino cruel (¿?)
De chiquita siempre me resultaron muy atractivos los
paraguas, solía pasar horas jugando con el que venía instalado en mi cochecito,
bailando, haciéndolo girar, armando campamentos bajo su reparo (dentro del
living de mi casa). Más adelante, en la escuela primaria, compré uno compacto y
lo alojé (por sugerencia de mi mamá) en el fondo de la mochila, por si el agua
se precipitaba a la salida de la escuela. En el secundario, descubrí el placer
de caminar bajo la lluvia y prescindí de sus servicios por muchos años. Mucho
después empecé a viajar, y parecía interesante retomar el hábito de llevarlo,
pero fundamentalmente (y casi como mandato familiar) como cábala para que no
llueva. Un día en Australia fue más útil abrirlo en una parada de colectivo
para protegernos del sol y hoy creo que es el uso que más le damos (a modo de
sombrilla).
Con esta multiplicidad de aplicaciones, los paraguas lograron un lugarcito especial en mi corazón, y cuando un viento o un desperfecto mecánico
los sacaba de servicio, por alguna razón, no podía tirarlos (confieso que me
pasa con un montón de otros objetos… pero hoy hablamos de paraguas). Así…
necesité encontrarles un uso (escribiría que “no entiendo a los que me dicen
acumuladora”, pero no tiene sentido, tienen razón).
Un día de lluvia, post caminata a la oficina en discusión
con el viento, me encontré con una chata jornada laboral, un paraguas roto y
una tijera. Lo que se me ocurrió fue pensar en que lo que se había dañado era el
armazón metálico y comencé a liberar los hilitos que amarraban la tela
impermeable. Esa tarde tomé la merienda sobre mantelito nuevo, ¡descubrí un súper
aliado!
Doblado al medio, se convierte en un semicírculo
que encaja perfecto en el borde de la mesa redonda del comedor y nos permite
merendar (o incluso cenar) a los dos (sin tener que vaciar toda la mesa, o ensuciar
un mantel más grande). El tipo de material hace que sea resistente a todo tipo
de manchas, suele bastar sacudirle las migas, o pasarle un trapo húmedo, incluso al momento de sacarlo del lavarropas, está casi seco. También lo uso muchísimo
para inventar mesitas de apoyo, o en una versión más honesta, tapar banquitos
para transformarlos en mesas. Son muy geniales para trabajar con materiales que
manchan y proteger la mesa (no hay grandes problemas con descartarlos en caso
de que se arruinen y queden impresentables) y además les doy mucho uso como
lonitas de pic-nic para parques y playas (incluso tengo uno al que le dejé unos
centímetros de alambre en cada punta para clavarlos en la tierra o la arena), ocupan muy poco espacio en el bolso.
Los banquitos del fondo y los del frente son iguales, pero si tienen mantel, están disfrazados de mesa.
¿Con el armazón del paraguas? Ni idea… lo único que se me
ocurrió fue donarlo a una amiga artesana con la ilusión de que arme arañas de cartapesta (hasta ahora, sin resultados).
¡No entiendo como no amar los manteles de paraguas!
El idioma, los símbolos, el sentido o las imágenes, todo
cambia de un país al otro, y no siempre es posible entenderlos… o si, pero
siguen siendo llamativos. Por eso y porque los amo… hoy un nuevo compiladito
de fotos de carteles.
Para encontrar una salida en Rusia, siga a este hombrecito.
Los tiempos de África son más que especiales, y esta bien aclararlo.
¿Seguro que llevas todo?
Políticas de género africanas.
Estación meteorológica de Lesotho, África
Cosas que te pueden pasar caminando por Tazmania
Otros seres que se te pueden cruzar en Australia ¡Cuidado!
Algo de lo que te quieren informar en Grecia
Una esquina para charlar en Londres, que gente organizada!
Un buen consejo de Nueva Zelanda para los peatones
No entiendo algunos carteles viajando... y muchos, son geniales!
Amo tanto a los perritos que voy a hacer que me traigan uno
nacido en una fábrica, modificado genéticamente para que sea estéticamente
adecuado, nacido de una madre obligada a procrear a nivel industrial, pagado
como cualquier otra mercancía, rentable para otro ser humano y de la raza de
moda, como un par de zapatos o una cartera.
Uno tiene un status que sostener, o
que inventar.
No tengo perro, y si bien alguna vez les conté que admiro a la gente que tiene perros, hay un amplio grupo de gente que creo se me hace difícil de entender. Para ellos, en algún momento de sus vidas, los animales, las mascotas, fundamentalmente los perros; se
vuelven objetos al servicio de un sistema que nuestra especie eligió y el resto
de las especies acata;
¿Queremos un perro o queremos al perro?.
Querer un perro es como querer una heladera, es atribuirle una función que viene a ejecutar en nuestra vida, es una necesidad nuestra por la que hay que pagar. Querer al perro es muy diferente, consiste en pensarlo como un ser, saber que está vivo y muchas veces nos necesita más que nosotros a él.
Elegirlo
en una vidriera, comprarlo por internet, pedir la garantía de que no venga
“fallado”, que tenga papeles, que sea cachorro de esos que salen bien en las
fotos, razas ideales para departamentos, razas aptas para convivir con niños
como juguetes sin batería, razas de cuidado como agentes de seguridad sin
sueldo con caras de malos (a esos, por lo general les toca dormir afuera), raza juguetona que saben traer el palito o la
pelotita los días que queremos jugar en el parque (pero deberían aprender a no querer hacerlo cuando estamos ocupados), razas tranquilas y pequeñas para que adornen el regazo de alguna señora mayor.
Como salidos de un
catálogo, como pedidos a un delivery, como cualquiera de las muchas mercancías
que hemos sabido generar en las patéticas sociedades de consumo que encarnamos.
Así… pero peor. Pagamos por
un amor fotogénico para desfilar nuestra hipocresía, en lugar de ofrecer amor a un cuzquito. Después será tiempo de decorar con buenas intenciones la
selección de raza y justificar la incompatibilidad de un mestizo con nuestra cotidianidad.
La palabra raza que nos trajo tantos problemas, que evoca a
Alemania y al exterminio del pueblo americano, entre otras muchas barbaridades, esa es la palabra terrible. Hablar de raza es hablar de
discriminación, sea de la especie que sea y hablar de comprar seres vivos es
hablar de trata, esclavitud y cinismo, sin eufemismos.
Y así vamos… de shopping a pagar amigos, mientras cientos de
bichitos trabajan para ese negocio en infinidad de criaderos, mientras cientos
de bichitos sufren de abandono en todas las ciudades, mientras el valor de la
vida lo pone un vendedor y no un corazón misericordioso. Así vamos, pagando por
amor.
Lo que sigue ya es peor, porque cuando el foco está en las personas y se desconoce la razón de ser de la otra especie, los finales pueden ser diversos... desde una eutanasia por hiperactividad, hasta un paseo permanente al campo porque es muy grande y en casa no va a ser feliz (¿?)
Lo cierto es que los amigos no tienen precio, lo cierto es que los amigos no tienen color, ni raza, ni carácter... son como son, aparecen en nuestras vidas en momentos clave y necesitan de nosotros en momentos que no siempre son los más oportunos, y ahí estamos para ellos. Por supuesto que lo que recibimos a cambio es invaluable y maravilloso. ¡De eso se trata!
De verdad y desde siempre; no entiendo a los que compran perros.
No es ninguna novedad el inmenso orgullo que me da ser hija
de mi Ciudad. Los rosarinos somos hermanos de la bandera desde su cuna y en ella acunamos entrañablemente muchos proyectos de increíble valor simbólico para
nuestra comunidad, los cuales se hacen reconocidos e imitados en muchas
ciudades del mundo.
Una de las ordenanzas ejemplares que Rosario alumbró en el
año 2006 es la que establece la prohibición de fabricar, vender y distribuir
juguetes bélicos. Maravillosamente se protege a la infancia de la violencia
imperante entendiendo que el juego es el espacio de aprendizaje y no es eso lo
que queremos que los chicos aprendan.
La iniciativa tuvo repercusión en muchos medios nacionales
y se cumplió de manera ejemplar durante
muchos años. Ahora es posible ver algunas muestras de que la rigurosidad de
cumplimiento ha bajado, pero aun así, no es lo más común ver niños jugando con
armas…. Quizás sea eso…
Tal vez se trate de la falta de costumbre, de mi
extraordinaria capacidad de no entender, o mis inmensas ganas de querer que
todos crean que estas cosas están mal… quizás sea todo eso junto lo que hizo
que me parezca terrible uno de los dispositivos del espacio que el Ministerio de Defensa montó en las inmediaciones del Monumento a la Bandera el 20 de
junio invitando a los chicos a manipular armas.
No nací con ese amor que le tienen los norteamericanos a sus fuerzas armadas, nací pocos años después de que los militares dejaran de ser gobierno por las malas por última vez. Ya sé que es un error, pero todavía me hace ruido ver niños y soldaditos en la misma imagen. Y la imagen del día de la bandera, me dolió profundamente
¿Cual es el mensaje que esta fila de chicos se lleva de jugar a disparar armas? ¿Cuales son las imágenes que estos padres capturan para recordar este momento? ¿En que estan pensando estas personas?
No entiendo algunos pasitos para atrás que damos como sociedad.