No entiendo las tristezas tontas



Y no hablo de las grandes angustias que nos ofrece la vida (esas las entiendo, las respeto y las transito), sino de esos momentos amargos causados por cosas que no valen la pena, pero nos apenan.


Son tristezas incomodas, e incluso nos da culpa contarlas. Nacen chiquitas, pero se ponen gordas, te embargan desde el pecho y te aprietan la garganta desde adentro. Son esas a las que no queremos dar lugar, pero se empeñan en invadirlo todo.

Esas que no te dejan pensar, que no te dejan seguir, pero tampoco te dejan llorar y se quedan en los lagrimales sin poder mover nada. Te dejan trabado en una situación tensa que puede salir para cualquier lado. Te amontonan el alma hasta hacerla un bollito y no hay forma de tironear los músculos de la boca para convertirlos en sonrisa (aunque busquemos argumentos)

Son tristezas agudas que no te dejan ni estar triste, solo te congelan. Son causadas por los pequeños infiernitos cotidianos que racionalmente sabemos que no valen la pena, pero emocionalmente nos destruyen un ratito.

Son tristezas que no elegimos y batallamos por minimizar y más se quedan, y las queremos correr, pero ahí se quedan y las queremos superar pero no se puede.

Son tristezas egocéntricas que no se corren del primer plano, aunque no les dé el talle, que no se mueven del lugar que nadie les dio y ahí se plantan… quizás solo para demostrarnos con una risa socarrona nuestra insoslayable humanidad.


No entiendo las tristezas tontas, solo espero a que se vayan.



No entiendo a los mosquitos



Vuelve el calor y vuelven los mosquitos. Pero…. ¿de dónde vuelven? ¿Dónde estaban? ¿Dónde se esconden? ¿A dónde se mudan durante el invierno los mosquitos? ¡No lo entiendo!

 Científicamente se llaman culícidos, pero por esta zona les decimos simplemente mosquitos, aunque en muy poco se parece a las mosquitas, que es el diminutivo casi nada extendido de las moscas, que ni pican ni son tan delgadas, pero parece que para nombrarlos, no nos resultaron trascendentes estas diferencias.


Si nos resulta trascendente la diferencia entre el macho y la hembra; Los machos, se alimentan de néctar, savia y frutas, que son ricos en azúcares. El mosquito hembra necesita de la sangre de los vertebrados para poner huevos y producir más mosquitos. Por eso, las picaduras de los mosquitos las realizan únicamente las hembras, que toman de nuestra sangre las proteínas necesarias para que sus huevos resulten fértiles. 


Se encuentran en todas partes del mundo y existen miles de clases de diferentes tamaños y colores. Pero no termino de entenderlos.

No entiendo que hacen esos pequeños vampiritos estivales durante el inviernoNo entiendo porque esos vulnerables bichitos parecen disfrutar el perfume de los espirales que enciendo para invitarlos a retirarse de mi proximidad.No entiendo porque en el silencio de la noche, esos voladores insectitos, necesitan hacer un sonido intracerebral al volar.

Son bichitos cuyo rol en el ecosistema es tan dudoso, que no los entiendo.



No entiendo a noviembre (2)



Hace unos días, escribí sobre noviembre, y no escribí nada de sus muchas lluvias, esas lluvias terribles en las que el cielo se cae y la ciudad se estremece. Las lluvias de noviembre son perfectas. Les saqué montañas de fotos, las miré de atrás de montones de ventanas, las habité en infinidad de situaciones y cuando escribí sobre noviembre, no las nombré.


Después encontré un papelito de hace un par de años en el que ya había escrito algo sobre noviembre... bastante parecido al que escribí hace algunas semanas… tampoco hablaba de la lluvia, pero si de sus flores lila, y esas si que son bien noviembre.

Para no ser ingrata con mi pluma del pasado (del año pasado o de hace algunos más…. no sé... no tenía fecha), a continuación otra mini oda a un mes clave, que parece que ya me había hecho pensar en otro momento.

Es noviembre. Se nota.
Se nota en las caras de preocupación de la gente que camina en la vereda. Es noviembre en el peinado revuelto de los estudiantes que palpitan sus exámenes. Es noviembre para las viudas que empiezan a pensar que otra vez llegan las fiestas y no está el amor de sus vidas para brindar.
Llega noviembre y la gente está muy preocupada por preocuparse, por entristecerse, por pasarla mal.
Es noviembre y todos están apurados, todos tienen cosas que cerrar, que entregar, que ordenar, porque ya casi se termina el año y parece que el que viene tiene mucho para dar, o por lo menos eso le van a exigir.
En noviembre todos corren y como es noviembre nadie los ve, sin embargo, ahí están, en su mejor momento y haciendo un show que parece que nadie quiere ver, están los jacarandás completamente en flor.
Muchos de ellos pasaron el invierno escondidos, plantaditos en parques y veredas, camuflados con otros árboles, con sus troncos gastados y retorcidos y pocas hojas.
Pero llegó noviembre y ahí están; violeteando la ciudad y regalando flores al viento que las menea y las acomoda formando alfombritas color lavanda.
Están hermosas, pero con la humildad de los grandes, sin ningún tipo de soberbia, enfloraditos como si nada. Pero es noviembre y difícilmente alguien les dé una palabra de gratitud, porque es noviembre y la gente está muy ocupada y preocupada como para mirar flores y ver cómo cambia la ciudad por unos días. En noviembre, cuando el jacarandá hace su show, los espectadores están muy apurados y no se pueden parar a mirar,  y ahí están, más lindos que nunca, tan nobles como siempre.



No entiendo a noviembre, y parece que hace rato me invita a pensar.





No entiendo a María Elena Walsh



Me encanta escuchar sus canciones, leer sus cuentos, repasar su maravillosa obra. María Elena es uno de los iconos de mi vida (aunque casi escribo “de mi infancia”, no sería justo… trasciende ese pedacito y la abarca toda).

Cuentos como “La Plapla", o “Morrongato del zapato”, canciones como “El twist de Mono Liso” o “La reina Batata”, “La canción de tomar el té” o “Don Enrique del Meñique”, me llevaron de la mano en mis primeros años, pero ya más grandecita, “Un elefante ocupa mucho espacio”, como cuento y “La cigarra” o “El país de NoMeAcuerdo” como canciones me hicieron pensarla desde otra mirada, más centrada en la historia nacional, en las desgracias de mi tierra y las prohibiciones de sus obras en los años oscuros de mi Argentina.

Sin embargo, aunque tuve tortugas toda mi vida y la canción de “Manuelita” me llegara entrañablemente, una canción que me acompañaba mucho era la “Canción del Jacarandá”…


Este árbol significa mucho para mi… es uno de los primeros a los que le aprendí el nombre y en mi imaginario actual, me remite a la puerta de la casa de mi abuela Isabel, a juntar florcitas del suelo mientras mis papás se despedían de ella y mis tíos. 
Durante años, el único jacarandá que podía identificar era el de la puerta de la casa de mi abuela. Y durante muchos años, ver esas florcitas aparecer en noviembre evocó su recuerdo nítido y cotidiano, tan simple como aquellas flores que nadie esquivaba pisar.



De todas formas, no comparto la mirada de mi autora querida… no termino de entender si lo suyo fue exceso de patriotismo, pero no puedo ver como ella que este árbol proporcione 
“…una flor y otra flor celeste…” 
No puedo evitar ver las flores de un incuestionable color lila! 

No entiendo porque María Elena ve posible hacer escarapelas con las flores del Jacarandá.






No entiendo como no disfrutar la lluvia





La magia empieza en un momento simple.

Tímidas se aventuran las primeras gotas. Las aves buscan refugio, las señoras protegen sus peinados, los hombres apuran el paso, las calles comienzan a vaciarse de gente. Ya alguien se preguntó ¿A dónde va la gente cuando llueve?

Rápido las gotas aplastadas contra el suelo se multiplican y sus siluetas se amalgaman, comienzan a superponerse y al cabo de un rato ya son charquitos que algún niño buscará pisar, esquivando la mirada tensa de su preocupada madre que vaticina antibióticos en lugar de unirse a la propuesta y chapotear. Chapotear es un precioso verbo. Hay que usarlo más, tiene una sonoridad poderosa.


La luz corta al medio el cielo y el ruido a lo lejos suena como un mármol quebrándose en la distancia irrumpiendo en el silencio. La sinfonía alterna golpeteos de gotas gordas, rítmicas, contra el suelo y desafinados acordes bochincheros a cargo del viento.

Estando en casa, invita a la relajación….
En la oficina, fomenta la concentración….
En la vía pública, propone diversión…

Es una obligación buscar alguna ventana y suspirar. Es una obligación lograr el silencio para que la lluvia haga eco en el aire. Incluso ver el gesto romántico del gato junto a la ventana es otra obligación.
Un libro, un pensamiento, un momento de redacción, todo eso es maravilloso con la compañía de la lluvia.

Todo es mejor cuando la lluvia se hace presente. En el día con los brillos del sol, en la noche con el enigma visual de potenciar el resto de los sentidos y el volumen de la rutina reducido al servicio de la melodía emergente. En todo momento con las mutaciones cromáticas del cielo; el espectáculo se torna irrenunciable.

Las energías se equilibran, la vida pasa en cámara lenta. Las personas, los paraguas, las siluetas en las ventanas y la voz de Cortázar narrando “El aplastamiento de las gotas”. El agua es bella, es mágica, es maravillosa. 
El agua es vida.


No entiendo como no disfrutar la lluvia. 




No entiendo el efecto hipnótico del fuego


Pero lo disfruto, lo celebro y me dejo llevar.

¿Buscan formas en las llamas? Es una actividad verdaderamente fabulosa.
Formas en las llamas, formas en el humo, formas en los leños mutando al calor.
El asado del domingo, la fogata del campamento, el hogar en invierno, e incluso las velas de una noche de apagón son invitaciones a jugar con las formas efímeras imposibles de retener.

Un hueco en el leño, formas de humo que lo atraviesan y muchas posibles interpretaciones 
Dibujitos en movimiento, figuritas bailarinas, siluetas y reflejos termoformados en el aire para quien tenga ganas de descifrarlos y dejarse llevar. Hubo quienes los interpretaron, habrá quienes busquen capturarlos en fotos, pero lo mejor es mirar como nacen y se retuercen, como van y vienen con el viento y sin él.

¿Un mate? ¿Una guitarra? ¿Un caldero?
Desde tiempos ancestrales el fuego ha sido parte constitutiva de la vida del ser humano, marcó un antes y un después, su descubrimiento constituye el momento bisagra de la humanidad, y hoy a tantos años de aquel hecho, sigue siendo totalmente fascinante convivir un ratito con él, con su  abrazo, con su luz, con su polisemia y sus nostalgias. 
El fuego, en cualquier tamaño, versión o formato, hipnotiza.

Mirar sin ver… mirar a través, mirar solo, mirar de a dos, mirar en grupo de amigos, mirar en familia. El fuego resignifica momentos y nos hace cercanos. Todos tenemos el recuerdo de algún momento con fuego.


No entiendo como dejar de mirar los dibujitos que se hacen en y con el fuego.



No entiendo como no amar el transporte público (3)



Me levanté tranquila para ir caminando con tiempo, pero… algo hizo que de todas formas se me hiciera tarde y tuve que apelar al costoso recurso de tomar un taxi… me gustan los taxis, pero estoy intentando no gastar el 90% de mis ingresos en sus honorarios. No tuve opción, la vida me arrastraba a las fauces de un taxista (o a pagar el alimento que sus fauces digieren a diario).

Levanté la mano ante la luz roja con la palabra “libre”, apenas me subo y lo siento ¡viene fumando!, me llamo a la templanza y trato de no enojarme, es temprano… no da empezar el día con quejas. Le digo donde voy, me hace un chistecito sexista, sonrío como si hubiera sido gracioso, o por lo menos eso intento.

Veníamos mal, pero el viaje finalmente valió la pena; la charla emerge y a las pocas cuadras lo dice; “te voy a contar algo, que te juro que es verdad”, lo que sigue es su historia, pocas pruebas tengo de la verosimilitud del relato, solo me dejé llevar por el guión y logré encontrar un lindo momento en la calidez de la confidencia.


La historia de Néstor

Según relata, el año pasado (2014) tenía muchas ganas de viajar a Brasil a ver la semi final de Argentina con Holanda, aquel partido que nuestra selección ganó y desembocó en la final que le valió la derrota ante Alemania. Con estas ganas y mucha certeza de que era la forma de viajar, fue a jugar cien pesos a la quiniela. Su plan era simple; jugar, ganar y viajar.

Una tarde de frío, lo detiene una pasajera que tiene que ir lejos, al parecer el frío hace que ella decida invertir en el servicio de taxi para no esperar el colectivo, se la escucha contrariada y le cuenta al taxista que quiere ir a Brasil a ver la semifinal del mundial de fútbol, pero ninguna de sus amigas está interesada en acompañarla. Néstor propone: “Si me gano la quiniela nos vamos a ver el mundial, flaca”. Y ella acepta “Tachero te tomo la palabra!” Se desvían en el recorrido y van juntos a conocer el resultado de la casa de juegos. Néstor, el taxista,  se ganó $50.000
Cuando ante la sorpresa él le dice que le paga el viaje, ella le invita un café. Comparten una larguísima charla y se conocen un poco más… ella está por recibirse de psicóloga, tiene un buen trabajo y vive con sus padres. Él le pide que lo acompañe a ver si podía cobrar el monto ese día y con lo que le pagan se van juntos a la empresa de turismo. Pasaje en mano, Néstor averigua “¿Tenes parrilla en tu casa?”
La noche termina de asado en la casa de ella y esa madrugada el taxista comía pastelitos con los padres de su pasajera. Como despedida, de una increíble jornada, el conductor recibe un "piquito" de quien fue su compañera de viaje en aquel sueño que se concretó una semana en Brasil y es actualmente su novia.


No entiendo como no amar el transporte público… y, seguramente, ella lo entiende menos que yo.



No entiendo por qué solo pierdo teléfonos




Analistas abstenerse, pero hoy estoy catártica y autorreferencial, y no quiero hablar de las grandes incoherencias de la vida cotidiana, sino de una gran coherencia interna que mi inconsciente tiene para mí (¿Para quién más?).

Nunca pierdo nada, no soy una persona esencialmente distraída y odio a quienes se enrolan tras el rotulo de “colgados” (odio, posta). No soy de dejar los paraguas olvidados cuando deja de llover, no tengo abrigos huérfanos en los percheros de mis amigos, siempre sé dónde están mis llaves, jamás extravío biromes, guantes, lentes de sol ni nada, nada, pero nada.
Sin embargo, y no puedo dejar de verlo sospechoso, en el último año perdí tres teléfonos… ¿cómo lo explico? Necesito libertad, no estar siempre a disposición y sospecho que el cosmos toma por mí las decisiones a las que no me animo (enero 2015 me lo dejó clarísimo… pero es otro capítulo).

Extraño las épocas en que estas cabinas eran para mucho más que sacar fotos nostálgicas.

No me gusta sonar como la insoportable optimista que están pensando que soy, pero cada vez que estos pequeños apocalipsis urbanos se suceden, algo en mi sabe que es una  temporal liberación.


No entiendo por qué solo pierdo teléfonos, pero me lo imagino y no me resisto.





No entiendo a noviembre (1)




Cuello crocante, tortícolis postural, contractura intelectualoide, todo parece confirmar la llegada de noviembre.


Incluso el calor indeciso y las veredas floreadas con estampado de jacarandá...
Los primeros dedos de los pies al aire y el retorno de las rodillas a la vista...
Sin dudas es noviembre, lo comprueba el paso atlético de los peatones en el centro y la excesiva contaminación sonora del tránsito.
Noviembre en el reclamo de la lista de objetivos que vocifera carencia de logros y noviembre en la resignación de quienes cuentan monedas con las carencias de siempre.
Noviembre en los patios de las escuelas que se ponen melancólicas de egresos y noviembrísimos los pasillos de las universidades que se aproximan a sus días más tensos.
Noviembre de navidad precoz en las vidrieras y gustito a cuenta regresiva contra el paladar.
Noviembre de balances y promesas, de expectativas también.
Noviembre cuando me levanto y más noviembre a la hora de dormir.


Pocos meses tan estridentes y petulantes como noviembre. Y sin embargo, no puedo dejar de quererlo.


No entiendo a noviembre… pero lo saboreo intensamente




No entiendo porque no usamos las medias al revés.


Lo descubrí una tarde, y no pude dejar de pensarlo.
¿Para quién vivís tu vida?

El otro día estaba por bañarme; me saqué las medias y quedaron en el suelo del lado del revés… las miré un rato…


Salí de bañarme y me puse un parcito de medias limpias. Cuando enfundaba mi pie derecho en una de ellas, un hilo se enganchó en la punta del más chico de mis dedos.
Entonces entendí mi incomodidad; la parte hilachuda, incomoda y antiestética, la ponemos junto a la piel y el lado prolijo, de cara al exterior, al afuera, a los otros, o quizás solamente al roce del zapato.

Claramente una metáfora de la vida que elegimos llevar, anverso y reverso en función de una cosa para descuidar la otra. Imagen ineludible de nuestra sociedad.
Mi dedo enganchado a la fase hilachenta, mis pies soportando el detrás de escena de la ropa que fue hecha para ellos, viendo lo no visible para dejar del lado de los otros su mejor perfil. El lado suave, parejo, homogéneo, de textura agradable, no estaba de mi lado, estaba proyectándose al afuera. Aunque el afuera nunca fuera a ver mis medias, hay que estar preparado.


Las medias aun en el suelo del baño mostraban su interior bigotudo, el tras bambalinas de un show que emerge a los demás, metáfora perfecta de una careta negada, mascarita innecesaria para ocultar una intrascendente verdad. 

No entiendo porque lo hacemos, ¿por qué no usamos las medias al revés?



No entiendo la escuela



Y pasar en ella los años que la ley pide, no ayudó a entenderla. Pasar más años como estudiante, residente y docente, tampoco.  No entiendo como la escuela les pide a los chicos que pasen tantas horas sentados, apenas interrumpidas por recreos en los que jugar algunos minutos para luego volver a la pasividad.


¿Cómo se supone que un grupo de chicos incorpora el mismo cúmulo de datos en igual tiempo? ¿y cómo un docente puede ser un entretenido orador monológico al que escuchar cinco días a la semana hablando desapasionadamente de un montón de temas abstractos, que algún día nos van a servir, o de eso nos quieren convencer?.

No entiendo como los pedacitos de ciencias se acomodan en cronogramas rígidos y no se mezclan con otros pedacitos muy combinables. Tampoco entiendo la separación de la cabeza del cuerpo y la forma en la que nos dicen que hay que estar quietos para aprender, sentados derechos en esas sillas imposibles, mirando para adelante y ya.

No entiendo los edificios enormes y grises que engullen niños cada mañana, que entran con cara de dormidos y salen con cara de cansados, tratando de juntar sus partes para afrontar la tarea de jugar, de recuperar la forma de niños pequeños que  quieren reír a los gritos, y con todo el cuerpo.

No entiendo como el mundo cambia, se transforma, se repiensa y la escuela está tan varada, invariante en el mismo lugar.


Y no entiendo como las escuelas no se dan cuenta de que los chicos tampoco las entienden.



No entiendo las bicicletas



Pero lo más curioso es que no entiendo como no las amo.

Por mis gustos, mis creencias, mi forma de ver el mundo, debería de ser la más bicifriendly, por una cuestión de libertad, de autonomía, de viento en la cara, de conciencia ambiental, en verdad estoy convencida de que esos son mis estandartes y no puedo creer que no me sume a esta marea de pedaleadores, o me pregunto si seré puramente mal llevada.

Resulta que uno de los seres emblemáticos de mi vida, es mi abuelo, si, él. Mi abuelo tiene muchas virtudes, y yo adoro pasar tiempo con él… sin embargo, su mundo y su pasión, son las bicicletas. Gran campeón ciclista en sus años dorados y reconocidísimo bicicletero el resto de su vida, ir a ver a mi abuelo suponía (desde muy chica) ir a jugar a su taller, entre fierros y rulemanes, bocinitas y ruedas… mi abuelo es por y para las bicicletas.



¿Cómo explicar que nunca aprendí a pilotear una de esas cosas?
¡No lo sé! (tampoco sé como acabo de hacer pública esa confesión)





Toda mi vida estuve rodeada de ellas, y creo que eso las convierte en algo más parecido a un objeto de culto que utilitario. Quizás sea para no opacar el brillo de esa parte de mi vida que simbolizan que no les di uso.
Nunca entendí como la gente se subía a algo que desafiaba las leyes de la física y la lógica de los miedos.
¿Alguien midió el ancho de las ruedas sobre las que millones de personas hacen inverosímil equilibrio para transportarse?
¿Acaso alguien podría imaginar que cientos de niños sangrarían a manos de sus padres hasta tener la destreza necesaria para dominar el vehículo a lo largo de montones de generaciones?
Coordinar las rodillas y los brazos mientras el equilibrio y la vista atenta hacen su parte, me parece algo excesivamente mágico.






Comparto muchas cosas con los que la eligen como elemento de movilidad, pero no los entiendo, y es una cuestión que me confunde, porque debería ser parte de ese grupo, y no estar acá escribiendo cuestionamientos.






No entiendo como no pasar horas buscando formas en las nubes


Me cuesta mucho dejar de hacerlo. Lo disfruto y me puedo pasar horas con dolor de cuello forzando siluetas en el cielo. Comparto esta foto de una búsqueda que registre:


¿Pueden verlos?
Encontrar formas en las nubes tiene la complicación de tener que explicar a otra persona que vimos por ahí. 
Este cielo de Villa Logüercio, junto a la laguna de Lobos, en Buenos Aires, tiene una parejita de chicos, un abrazo, un beso en la frente y un montón de ternura.
El pelo, la oreja, la nariz, la profundidad del ojo cerrado... está perfectamente definido.
¿Pueden verlos?

También comparto un cuentito, muy breve y sencillito que escribí hace algunos meses y retoma esta temática, tratando de explicar desde la literatura los efectos de las nubes en la rutina humana;

Instantes
Se tiró al césped junto a su perro, que tomaba sol panza arriba con envidiable serenidad. Imitó  la posición con todo el cuerpo (aunque el animal lo mirara intrigado con uno de sus entrecerrados ojos)
Quedaron tendidos a la par, entregados al cálido abrazo otoñal de Febo. Al principio le molestaron los yuyitos, después sintió patas de algunos bichitos, finalmente se mimetizó con el entorno y al cabo de un tiempo se animó a abrir los ojos.
Con el brillo del sol, se hicieron visibles para él sus propias pestañas, esas, que estando siempre ahí hacen que las dejemos de ver. De fondo danzaban presumidas las nubes. Esa tarde se movían rápido y, sea lo que sea que eso signifique, era divertido. Conejos, casitas, elefantes y seres cachetones, todos ellos desfilaban por el cielo con ese polisémico compás de cumulonimbus. Su perro suspiro. Él le rascó la pancita.
Y casi como si alguien quisiera cambiar el canal de esta preciosa película muda, por su cabeza se cruzó uno de sus problemas, y luego otro y en minutos ya eran tres.
Apretó fuerte los ojos, sintió como se dibujaban las arruguitas en sus parpados. Hizo un esfuerzo mental inexplicable y los abrió suave y lentamente, prestando atención al movimiento de su piel. Volvió a mirar sus pestañas, tomó una de las patas de su perro (como quien se aferra a un rosario con fe) y se repitió como un matra que era lo importante en ese momento; conejos, casitas, elefantes y seres cachetones. 


A modo de solución, por si no los encontraron en la foto anterior, y para compartir la belleza sutil del cielo, dejo la imagen que con el dedo tracé desde el césped, para ayudar a mirar a la parejita que las nubes pintaron este fin de semana.


No entiendo como puede haber tanta gente que se pierde estas obras de arte aéreas. 



No entiendo a la gente colgada


Y los padezco.

Me molesta un montón que se oculten detrás de este título que les denota una cierta inmunidad.

Decir “soy re colgado” es una especie de declaración de principios, un atenuante que significa que puede hacer un montón de cosas mal, de las cuales no es culpable, porque es innato en ese sujeto, porque “es así” y el mundo tiene que tolerarlo y vivir con eso.

Soy re colgado, no hice, dije, llamé, escribí, terminé… en todas estas afirmaciones, la culpa es tuya por no haber tenido en cuenta que con este individuo la cosa es así. 
No sé si queda claro el nivel de perversión oculto en esas palabras. El ser colgado infiere que no puede combatir esta realidad y que son los demás los que tienen que aprender a coexistir con su chistecito.


Generalmente esta declaración ontológica se acompaña con gestitos amistosos (sonrisas, movimiento de manos o revoleo de ojos), un claro indicio de complicidad que por alguna extrañísima razón tendría que significar que todo está bien, que ni da enojarse con un colgado por que se colgó, y era obvio… pobre, es así.


Me desespera. Aunque suene intolerante, no entiendo a la gente colgada, y me parece, que tampoco lo intento.

No entiendo como no amar el transporte público (2)


Otra vez, reivindico que amo el transporte público. No me importa si su frecuencia no es la mejor, si frena en todas las esquinas o si no me deja justo donde quiero. Yo lo amo, y le creo.

Hoy dude... estaba corta de tiempo, lejos de mi siguiente destino… y dudé. Intenté subir a un taxi, pero el chofer me dijo que esperaba a otra pasajera, y no pude abordarlo. Seguí esperando el 115 y llegó. A una cuadra de la esquina donde lo tomé, el chofer bajó del coche para tomar un breve y merecido descanso. Es increíble, me digo, parece mentira, me reclamo. Obviamente la culpa es mía por no salir con tiempo y no del pobre hombre que tiene una escala reglamentaria para pasar por el baño.

Seguimos viaje con destino a la otra punta de la ciudad y el tránsito de mediodía se reía de mi prisa, mientras yo cogoteaba por la ventana la posibilidad de saltar del colectivo para caer coreográficamente en un taxi (que no veía venir).

En eso sube un vendedor. Suelo ser feliz con este tipo de apariciones interactivas. Lo escucho. No es el típico abrumador. No cuenta su historia, su situación, ni sus desgracias. Va directo al punto, nos da dos resaltadores a cada pasajero. “Sin compromiso”, aclara mientras reparte, y aun así, recibe muchos “No, gracias” con esa mezcla de amabilidad e indiferencia tan común en estos casos.

Aguardo en mi asiento, jugando con los resaltadores, mientras pienso  en sus colores y en los usos que les darían los distintos pasajeros noestudiantes presentes. Estaba inventando historias en mi cabeza cuando algo sutil  e inesperado interrumpió mis pensamientos; es el vendedor, hace algo extraño... toca el timbre y se ubica frente a la puerta de descenso. Aguardo alguna actitud disparatada:
  • ·         Que pida algo a alguien de aquella esquina
  • ·         Que baje a agarrar algo y vuelva
  • ·         Que intercambie algo pre acordado con alguien en esa parada
  • ·         Que grite alguna cosa con medio cuerpo por fuera del coche
  • ·         Que baje por una puerta y suba por la otra

Estas cosas esperaba que pasen, pero el solo se bajó. La puerta se cerró, el colectivo avanzó y el vendedor se quedó intencionalmente abajo.

“Ahora sí que no entiendo más nada” dijo un hombre mayor, mientras todos nos mirábamos con los resaltadores en la mano y la sonrisa con sorpresa  en los labios.



No entiendo como no amar el transporte público, cuando te pasan cosas como esta.


No entiendo, pero lo intento


Nos duele cuando una persona a la que queremos mucho deja su cuerpo. 
Nos duele la cabeza como si los pensamientos ya no tuvieran suficiente lugar en el perímetro del cráneo. 
Nos duele el pecho como si el corazón estuviera apretujado. 
Nos duele el futuro cuando imaginamos los próximos momentos que no vamos a compartir. 
Nos duele la existencia de reconocernos seres limitados, con fecha de vencimiento incierta. 
Nos duele el entorno sumido en el desconsuelo.

Nos duele la mudanza de esa persona, que deja un cuerpo que ya no le sirve y se instala en nuestra cabeza y en nuestro corazón, nos duele ordenarnos para recibirlo y aprender a convivir con este nuevo estado de su ser, más cercano, más interno, más intenso.

Nos duele la cabeza, porque sus recuerdos se ensanchan y nos duele el corazón porque su presencia dilata el espacio en el que le permitimos anidar.

Cuando una persona a la que queremos mucho deja su cuerpo, se muda al nuestro, y eso duele, hasta que afianzamos la convivencia.


No entiendo como no amar las calles de Lima


(alguna vez escribí sobre esto en otro blog...)

Las calles de Lima están llenas de gente y eso me encanta. Tienen personas de todas las edades y el movimiento las ha hace bellas. Por eso el comercio anida en ellas de manera armoniosa, los variados ofrecimientos al paso causan al peatón satisfacción acorde a la cantidad de horas en vía pública que resuelve pasar. Nos habla de las costumbres de la gente ver tantos vendedores en las calles.

El turista también se integra a esa coreográfica marea y el abastecimiento de las veredas es parte constitutiva del viaje. Al principio con sorpresa, después con desconfianza y al poco tiempo, ya con total y obligada naturalidad, el de afuera, entra al corazón de Lima por sus veredas generosas.

Las calles de Lima y su comercio informal proveen alimento, ornamento y entretenimiento; desde frutas hasta globos y de remedios hasta artesanías, Lima se comparte en la vereda, se muestra, predispuesta y hospitalaria para que la ciudad SEA y no solo se convierta en trayecto ENTRE.

En semana santa se ofrecen artesanías de palmas con crucifijos


Los picarones son roscas fritas a base de harina de mandioca y miel, del tiempo de la colonia

El anticucho es su plato más representativo, corazón de vaca y papas como base de la brochet

Esto no está en venta, pero es muy curioso 

Carteles para el buen uso del espacio público. Las calles son para la gente.

Si, tengo una extraña adicción a los carteles... y son parte de la vida en las veredas




El vendedor de huevos

Algunos juegos que se ofrecen con premios


Rodajitas de Ananá y caricaturas al paso.

Muchos carros con frutas

Tarritos, cajitas y bolsitas de medicina natural

Las calles de Lima se dejan habitar, se brindan amables y nos invitan a quererla.
No entiendo como no amar las calles de Lima