No entiendo el día del blog



Hoy es treintayunodeagosto y festejamos el día del Blog. Es curioso saber por qué.


No hay acontecimiento histórico, razón trascendente ni hito memorable que nos invite a celebrar esta fecha…. Es solo una similitud entre letras y números, un jueguito divertido que se ganó un lugar entre las efemérides incontables que proliferan sin que muchos se pregunten porque,  o para qué. 
Desde este humilde espacio, aprovechamos para decir que no entendemos para que sirve que exista un “diadelblog”, pero ya que está… les contamos porque el calendario lo proclama hoy.

La razón es que los números que componen la convención de la fecha de hoy; 31.08 se asemejan a la palabra "Blog" (usen la imaginación.... intenten) y es por eso que los blogueros más influyentes coincidieron en celebrar su día el 31 de agosto de cada año.


Celebrar, que se yo… homenajear… no lo sé… no se bien que se hace este dia, mínimamente, desde #noentiendo lo mencionamos. Y obviamente no entiendo para que necesitamos tener “el día de” de tantas cosas.


No entiendo algunos rituales (3)



Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior. Oh sí.

Y no lo entendí nunca.

Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada se sabe, nada se puede aprender.

Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa y golpeándolo en la puerta de la universidad.


Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina, huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de rigor.


Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable. Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación y vejaciones.


Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas, universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo limpiar.


No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo. 


No entiendo algunos rituales (2)



Posta que nunca entendí los cementerios. Me parece muy metafórico (y una metáfora bastante desafortunada) la idea de “enterrar” literalmente a una persona que deja de habitar su cuerpo carnal. Ver que esa caja se hunde en las profundidades y la tierra le cubre sus restos.

Cementerio de Epecuen

Me parece aún peor el rito de la visita. A un panteón, a un pedazo de tierra donde sabemos que no hay nadie, para hablar con alguien que nos escucha desde todas partes, para poner flores en un lugar frío y desolador, para caminar entre lapidas abandonadas en busca del nombre que evocamos en nuestra visita. No lo entendí nunca.

Cementerio de RapaNui

Esa cantidad de tiempo dedicada a un culto contradictorio de saber que si hablamos con la persona en nuestros pensamientos es porque no creemos que este verdaderamente bajo tierra, sino que es solo un envase que ya no usa lo que ahí sepultamos, pero igual, hay gente que va… no sé a qué… agarra y  va… que decir…

Claramente ya hay muchas ofertas distintas (que el mercado hábilmente se encargó de preparar para quienes no entendemos los cementerios) y supongo que en no muchos años van a ser entendidos como algo terrible que solo a gente muy prehistórica se le pudo haber ocurrido. Porque eso de andar sembrando cadáveres bajo mármol, verdaderamente no puede ser muy lógico para casi ningún antropólogo del futuro que decida mirar con un poquito de distancia nuestros ritos.

No entiendo los cementerio, no sé hasta cuándo van a seguir existiendo.



No entiendo algunos rituales (1)



Ya escribí sobre pérdidas, ya escribí sobre duelos, y tengo bastante entendido el tema de las ausencias biológicamente inevitables.

Hace poco me preguntaba ¿para qué voy a un velatorio?.


Siempre me pareció que eran rituales necesarios para elaborar la pèrdida del un ser querido, para tomar conciencia, para convencernos de que esa verdad tan dura como inevitable es real. Siempre me pareció importante cumplir con los ritos de la sociedad y los entendí. 

Hace poquito me toco atravesar el tristísimo momento de perder una amiga. Ya tenía muchos velatorios en mi trayectoria por este mundo y sus rituales, pero todos de familiares o familiares de amigos, era la primera vez que perdía a una amiga. Y ese dolor era tan nuevo como raro. 
Era la primera vez que no tenía gran sentido abrazar a los parientes, porque no sabía quiénes eran, era la primera vez que llegaba a una sala velatoria a no conocer a nadie, más que a quien no me iba a poder abrazar.

Y no lo entendí.
Y todavía no lo entiendo.


Y fui, porque creo en los rituales y los siento verdaderamente necesarios… pero hay casos en los que no termino de entender cómo funcionan. Tal vez son solo espacios para llorar en el momento y en el lugar que el rito pide, como si eso hiciera que no nos sorprendieran las lagrimitas en el cordón de la vereda o en la fila del supermercado, cuando se nos cruza un recuerdito de esas personas que nos quedan impregnadas en el cuerpo apenas dejan en la tierra el suyo.

No entiendo algunos rituales, los sigo, los interpelo, los cumplo... pero no los entiendo.


No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja



En otro capítulo puede ser que pase a explicar la negación que tengo con destinos impuestos para el turismo nacional como Mar del Plata o Villa Carlos Paz, pero por ahora, elijo empezar en positivo. Quiero decir que no entiendo como hay lugares mucho más bonitos que esos dos que no reciben el tránsito de visitas que se merecen.

La Rioja, en términos turísticos, “es” el Parque Nacional Talampaya. Para la mayoría de los argentinos, ese es el atractivo de la provincia cuyana, para la mayoría de los extranjeros, La Rioja es un punto que pasan de largo entre Mendoza o la Patagonia y provincias más turísticas como Salta y Jujuy o Misiones. Sin embargo, muy cerquita de este Parque y muy al alcance de nuestros sentidos, La Rioja tiene mucho para compartir; atractivos como Chilecito, Famatina y Cuesta de Miranda, invitan a ingresar en estas tierras y dejarse encantar.


Llegar a la Rioja desorienta, su capital es una ciudad de apariencia moderna pero respetuosa de la pausa a la hora de la siesta. Al recorrerla nos perdemos en una populosa peatonal o nos deleitamos ante un espejo de agua que refleja el entorno montañoso, como es el dique Los Sauces; responsable de embalsar las aguas del río homónimo y proveer el escenario ideal para actividades recreativas como el camping, la pesca y las actividades náuticas.

Gracias a sus recursos naturales, esta provincia hace gala de una excelente producción vitivinícola que logra magníficos resultados al combinar los factores geográficos con la mutación genética de las cepas, alcanzando productos de excelencia como el destacado Torrontés Riojano (cepaje característico de la región). Para profundizar la experiencia en torno a los vinos de la provincia, será mejor trasladarnos hasta el departamento Chilecito, cuya superficie se encuentra ocupada por viñedos en un 78% (y también olivas). Llegar hasta aquí, amerita pasar por el mirador que nos pone frente a la Cuesta de Miranda, un cuadro con predominancia de tonos rojizos, salpicados con vegetación de climas áridos y ocasionales florcitas silvestres.

Chilecito entraña una historia querida para la república Argentina desde los tiempos de la colonia; su riqueza metalífera le ha representado hasta el día de hoy una belleza peligrosa. Esta localidad se encuentra inmersa en el Valle de Famatina, un espacio que actualmente corre riesgo de ser sede de emprendimientos de mega minería a cielo abierto (un proyecto codicioso que ocasionaría grandes daños a la salud de la población local). Chilecito invita a conocer su museo minero, emblemático de la historia regional, ubicado al pie del cable carril que trasladaba el personal y los frutos de su trabajo hacia la mina La Mexicana, rica en oro y plata.

A dos kilómetros del centro de esta ciudad encontramos la finca que perteneció al Dr. Joaquín V. González (polifacética personalidad de nuestra historia), a la que su dueño llamó “Samay Huasi”, que en idioma quechua significa “lugar de reposo”. Hoy, el lugar alberga el Museo Regional Mis Montañas, que comprende una pinacoteca con importantes obras de pintores de renombre nacional, y la Sala de Ciencias Naturales, Mineralogía y Arqueología y además funciona como hotel de la Universidad Nacional de La Plata. En el interior de la casa, dos cuartos fueron destinados a reflejar la vida y obra de González.

Para finalizar, es paso obligado citar a la perlita más buscada de la provincia; el Parque Nacional al que la UNESCO tituló Patrimonio Natural de la Humanidad. En Talampaya, nos transportamos a muchos miles de años en la historia de la tierra y nos dejamos envolver por murallones con los más sorprendentes rastros del plegamiento orogénico que dio forma a los continentes. El valor patrimonial de este Parque está dado por su herencia arqueológica y paleontológica, además del claro predominio de lo geológico.


El paisaje es imponente y los altos muros rojizos cortan el cielo hasta donde ya no nos alcanza la vista. Algunas formas de piedra, fueron nombradas como el Monje, el Rey Mago, La Torre, entre otras. Doscientas quince mil hectáreas de cañadones y paredones en los que también podemos encontrar marcas del paso de los hombres como morteros y petroglifos (grabados figurativos y abstractos, realizados hace miles de años).



La majestuosidad de Talampaya, constituye un destino obligado al visitar La Rioja; la majestuosidad de La Rioja, constituye un destino obligado para quienes estamos en Argentina de manera permanente o transitoria.

No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja... tomenlo como una super recomendación.


No entiendo que se usen como sinónimos fluo y fluor



¡Basta! Me cansè… entendamos que uno es un estilo cromático y el otro un elemento de la tabla periódica.


“El flúor es el elemento químico de número atómico situado en el grupo de los halógenos  de la tabla periódica de los elementos. Su símbolo es F”.
De este elemento, con los correspondientes procedimientos y combinaciones se obtienen el aluminio, se enriquece el uranio, se logra un gas que  contribuye al efecto invernadero o se previenen las caries.

Hasta acá, el flúor y sus cosas. Por otra parte, los colores estridentes a los que llamamos fluo, tiene que ver con la propiedad de la fluorescencia que es algo que les pasa a las sustancias que son capaces de absorber energía en forma de radiaciones electromagnéticas y luego emitir parte de esa energía en forma de radiación electromagnética de longitud de onda diferente. El fenómeno de fluorescencia es la que le da nombre a las populares lámparas fluorescentes

Existen además elementos que ofrecen fosforescencia (otra palabra, que no es la misma y se suele mezclar), es decir que adquieren la energía necesaria para almacenarla y exponerla posteriormente. En la fosforescencia, las sustancias continúan emitiendo luz durante un tiempo mucho más prolongado, aun después del corte del estímulo que la provoca, ya que la energía absorbida se libera lenta (incluso muchas horas después) y continuamente. Es este fenómeno el que vemos en los juguetes que se iluminan en la oscuridad y el que da nombre a los colores chillones, que metafóricamente podemos decir que emiten luz propia, como son los colores “fluo”, así, sin R, ni nada al final. Son todos términos muy químicos que se escaparon de los laboratorios para venir al mundo "terrenal" y enredarse.

Muy otra cosa es el adjetivo que se refiere a "lo que sobra o que es innecesario", esta definición corresponde a la palabra superfluo, que no tiene nada, pero nada que ver con todo lo demás que veníamos hablando.


Entonces, nada de usar dentífricos que se pronuncian como si brillaran en la oscuridad o llamar a los colores con nombres de la tabla periódica. Las cosas por su nombre, y por su nombre correcto.


No entiendo hasta cuándo va a dar lo mismo usar una u otra palabra, cuando hay tantas diferencias.


No entiendo al paso (3)



No entiendo que en el auto llueva para arriba





No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.

No entiendo el mes de julio



El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.

Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y encarar la segunda mitad. Felices de ellos.


Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo. La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa” y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.

Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.

Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio tiene  cara de preocupado y le mandamos una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas, estufa y gato.


Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de jornada, una campana que suena  a alerta y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos, sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito  y enfriarnos la nariz. Para eso está escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la magia.


No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la terrible importancia de revelarlo. 


No entiendo a los que se encierran en la vereda.



Iba caminando por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene, se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos, se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares, regresa a su burbuja y sigue su camino.

¡La pucha!


¿Cómo se puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad, perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un pedacito e inventar historias. 

¿Cómo andar por la vida con la necesidad de estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos y lugares compartidos con desconocidos, negando  toda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está ahí, para que tratemos de verlo.


Cada vez son más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen. Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca cosa.

¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?

Desde este humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle, porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.


No entiendo a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.


No entiendo la escapadita



Viene un fin de semana largo y empieza a resonar la palabrita en los pasillos laborales, en los buses de transporte urbano, en las conversaciones de vereda y en las charlas de bar. Las semanas de rutina se descubren interrumpidas por una seguidilla de días que para un alto porcentaje de la gente prometen ser no laborales, y para que la desconexión sea total las cabecitas de los compatriotas se estremecen asociando las nociones de “Finde largo” y “escapadita”.


¡La pucha! ¿De qué se estará escapando la raza humana? Si lo que hacen en sus ciudades de origen es solo el resultado de la elección de vida que les compete y el deber de mutarla solo les cabe a ellos. 

¿De qué? ¿De quién? O ¿hasta cuándo se estarán escapando?

Si la escapadita tiene una duración en el tiempo de tres, cuatro o en más generoso caso de cinco días ¿para qué? ¿Por dónde? ¿Y cuánto nos estamos escapando en función de que tanto nos estamos engañando?.


¿Y si en el escape los alcanzan?

Entonces nos escapamos rápido, corremos para que nuestra vida no nos vea.  Vamos a lugares, hacemos cosas y compartimos con gente que no nos haga acordar a quienes somos, porque, técnicamente, nos escapamos de eso. De lo que somos/hacemos/vivimos/sentimos todos los días. De eso que nos agobia y nos cansa, y nos desmotiva y nos hace saltar de alegría de tan solo imaginar que por un puñadito de días no nos va a acechar. Y en su descuido nos escapamos.


Y así vamos…. Rápido a huir de nosotros, sin saber que allá, nos encontramos más. Porque el viaje es encuentro con uno, porque en la distancia solo nos tenemos a nosotros. Y porque a donde vayas, te llevas. Aunque te escapes…


No entiendo el concepto de “escapadita”. Cuidado. Es una trampa.


No entiendo algunas canciones infantiles



En el fondo, la verdadera  preocupación que tenemos, son las próximas generaciones. 
Y si… los chicos como presente y como futuro son la joyita más preciada que cada especie tiene para garantizar su continuidad, pero nos resulta muy complicado; los chicos vienen violentos y conflictivos, inexplicablemente.


Hay montones de cosas en relación a la crianza de niños que me generan dudas, muchas cosas de esas que no entiendo… pero una de las que más me preocupa es que como sociedad, hemos descubierto hace mucho tiempo que los chicos aprenden jugando, y para desarrollar habilidades de socialización y aprender a hacer distintas operaciones lógicas, aparecieron los Jardines de Infantes (esos que se metaforizan con el prado lleno de margaritas a regar para que crezcan sanas y derechitas). 

Como aprenden tan fácil y tan rápido, nos dimos cuenta que las canciones le suman pregnancia. Los chicos disfrutan las canciones y las repiten con facilidad abrumadora…. Sin embargo no somos muy estratégicos con lo que les hacemos repetir.

No sé hasta cuando repetiremos que Sana sana colita de rana… si las ranas no tienen cola.
No me causa gracia admitir que si Mambrú se fue a la guerra no sé cuándo vendrá
No quiero que alguien me diga “Yo quería una de sus hijas, Mantantiru-Liru-Lá”
No quiero que Manuelita viaje hasta Paris sólo para ponerse linda para un tortugo
No estoy de acuerdo con la amenaza de la mamá de Trompita con hacerle chas chas en la colita.

No tengo ganas de que los chicos y sus permeables cabezas repitan estas estrofas robotizados. Porque podrían repetir otras cosas, mas poéticas, más profundas o más superficiales, pero más interesantes, y para ellos sería igual de divertido, sin ser taaaan hueco. ¿no?

No entiendo algunas canciones infantiles.


No entiendo a los que no buscan tesoros.



Desde chicos, todos esperamos hacer grandes descubrimientos, jugamos a encontrar a nuestros amigos, encontramos lo que esconde la seño, mezclamos ingredientes para revelar misterios que todavía son desconocidos y buscamos al grillo en las noches de campamento, amamos encontrar tesoros.

Sorpresa en el hueco del árbol

De más grandecitos, queremos encontrar un amor, descifrar una fórmula de alguna materia de la escuela, develar nuestro estilo y nuestra personalidad.

Cuando seguimos creciendo experimentamos el mismo placer al hallar un libro muy querido en el anaquel de alguna librería, o las proporciones perfectas de una receta de cocina nueva, e incluso nos fascina descubrir un conocido en la vereda por pura casualidad.

Al señor le tuvimos que explicar nuestra actitud sospechosa

La cosa cambia, la esencia sigue intacta. El placer de encontrar algo, lo que sea, nos maravilla a todos. De esto se dio cuenta un grupo de gente hace un tiempo y crearon un juego enorme, tan grande que sus participantes están en muchísimos países, tan grande que su tablero es el mundo entero.

Se llama Geocaching y se juega con el teléfono, el GPS o las pistas on line. Hay tesoros físicos, pero lo verdaderamente importante, es la magia de encontrar algo. Los lugares son remotos o cercanos, difíciles o recontra fáciles, muchos están escondidos a la vista de todos, y nadie sabe que están ahí. Son cosas de todos los tamaños o simples contenedores de dimensiones mínimas con algún papelito adentro para firmar que lo encontramos. 
Es una genialidad.


Jeremy Irish, se llama el creador… y somos cientos de miles los que creemos que él nos hizo un regalo mágico. Jeremy y su juego nos permiten jugar a lo grande. Con el teléfono o el GPS en reemplazo del ajado mapa del tesoro de las películas, nos aventuramos en nuestra ciudad, en nuestras vacaciones, o en escapaditas de un par de horas o algunos días… nos vemos en una misión secreta, intentando que nadie sepa que estamos en mitad de una búsqueda, nos trepamos a un árbol, nos tiramos al suelo a revolver entre las hojas, nos pasamos horas mirando el tronco de una palmera o nos adentramos por caminos de tierra que nunca hubiéramos caminado sin esta motivación. Releemos las pistas, consultamos informantes claves y metemos las manos entre bichos y objetos que mejor ni mirar.


Cuando por fin el contenedor aparece, todo valió la pena. Sonrisa, satisfacción, tarea realizada, alegría inmensa. Y no  estamos frente al cofre de monedas de oro, ni nada que se le asemeje. Estamos ante una tapita de gaseosa, un burbujero viejo o una cajita de pastillitas que en su interior preservan algún papelito doblado en el que pondremos nuestro nombre y la fecha del hallazgo, mientras leemos cuando fue descubierto por última vez y cuanto hace que está oculto en ese lugar. En ese lugar de cualquiera de los países de nuestro ancho mundo.

Al pie de las torres Petronas


No entiendo como no están todos los seres humanos del mundo sumados a esta movida.


No entiendo a los delfines




Para entenderlos, encontré un lugar donde los explican. 


En Mozambique el océano índico es el anfitrión y dentro de este país, para visitar los delfines en su hábitat natural, es necesario alojarse en la localidad de Ponta do Ouro, una pequeña ciudad que fue declarada Área Marina Protegida por Unesco, considerado un sitio clave de biodiversidad de importancia mundial en el África oriental. Ese titulo le confiere a la ciudad la responsabilidad de preservar concienzudamente el medio natural. 

Llegar a Ponta do Ouro no es tarea sencilla. Desde Maputo (la capital de Mozambique) el primer paso es tomar un ferry a Katembe, allí se buscará un chapa (transporte local), un taxi o en el mejor de los casos algún vehículo con tracción 4×4. No hay ruta y si bien no son muchos kilómetros, sí son muchas horas. Después de andar un buen rato por carreteras de asfalto deteriorado e invadido por pozos, el camino se vuelve arena y aun seguirá faltando un buen rato de rebotar por el medio de la nada para llegar a destino. 

Una vez en la ciudad todo es arena, ni calles ni vereda: solo arena. Hasta acá no suena para nada tentador, sin embargo llegar a la playa hace que todo haya valido la pena. 


Probablemente pensar en Mozambique no sea sinónimo de playa para mucha gente, sin embargo, el paisaje que nos interpela será una verdadera sorpresa: una pequeña bahía enmarcada por montañas bajas, y coronada por una ancha playa de arenas claras con una paleta de colores de agua imposible de describir con predominancia de matices turquesa.
Esta bahía, en la que el sol nace para atardecer sobre el poblado, es el hogar de múltiples especies marinas, pero los protagonistas indiscutidos del ecoturismo son los delfines.

El tour para el encuentro con los delfines puede durar tres o cinco días; se inicia con prácticas de snorkel en la playa y una charla con videos instructivos para estar capacitados sobre la forma de acceder a una buena experiencia e interiorizarnos sobre sus hábitos y conductas para comprenderlos y lograr una armoniosa interacción con ellos.


A partir del segundo día, las jornadas comienzan a las seis de la mañana en la playa, donde entre todos empujamos el bote al agua y nos trepamos con torpeza para comenzar la navegación. Las olas son enormes y la sensación de inmensidad del océano nos atraviesa a medida que nos adentramos en él y dejamos la tierra atrás cabalgando sobre las olas.

A los pocos minutos, sucede la magia: divisamos delfines y ellos nos divisan a nosotros. Con total naturalidad, como si se tratara de perros junto a un auto, los vemos saltar y acercarse, seguir el barco y saludar con piruetas. No es fácil saber cuantos son, pero siempre son grupos. Es el momento de ponerse las patas de rana, tomar una máscara de snorkel y saltar al agua, a mar abierto. En cuestión de minutos estamos en el agua nadando con las bellas criaturas hasta que ellos consideran que ya fue suficiente socialización inter especial y se marchan, entonces volvemos al bote a compartir nuestro asombro y agudizamos la mirada buscando otro grupo para nadar un ratito más.


Todo se ejecuta con un perfecto respeto por la naturaleza y tratando de molestar lo menos posible el normal desarrollo de las especies, los paseos de nado con delfines son dirigidos por un equipo de conservacionistas apasionados que promueven un estricto código de conducta que se ha desarrollado sobre la base de consejos y directrices de los expertos marinos internacionales y locales de mamíferos, lo que resulta en un programa que permite una estrecha interacción en términos de los delfines. Y si… según dicen; donde fueres haz lo que vieres.


No entiendo a los delfines, pero compartir con ellos en la libertad de su hogar, es màgico.

Éste artículo fue publicado en http://revistaelviajero.com/ponta-do-ouro/


No entiendo al paso (2)



No entiendo a los que dicen que el aire es gratis... no siempre es cierto





No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.


No entiendo cómo se forma un ecosistema en el arroz



No soy buena ama de casa. Odio la cocina, no soy prolija en las comidas, no le llevo el apunte a mi nutrición. He dicho.

Estas cuestiones repercuten en mi forma de encarar el supermercado. Prefiero ir picoteando chocolates y snacks hasta tener tiempo de algo más. Alfajores, galletitas, golosinas, papas fritas y claro, alimentos no perecederos para cuando hacen falta comiditas de verdad., o más o menos. 
Latas. Amo las latas. Principalmente atún, pero mucha caballa, arvejas, jardinera, choclo y hasta remolacha y verduras de hoja. Cuanta felicidad cabe en una lata. El contenido de una lata y tres huevos constituyen el "omelette de lata" que es casi la base de mi pirámide nutricional. 
También incluyo en mi lista de compras dos componentes tipo comodín que se alinean en mi religión de los no perecederos: arroz y fideos. Los fideos son como una mentira, me gusta comprarlos de diferentes formas y variedad de marcas para tener la ilusión que no es más de lo mismo, pero todos sabemos que son harina con agua por mas tallarines, tirabuzones o cabellos de ángel que los hagamos parecer.

Con el arroz, la relación es otra y no puede estar muy lejos del amor.
El arroz es plato principal, es guarnición, es frio y caliente, de hoy y de ayer, más crudito o bien pasado, con salsa o con manteca, el arroz es todo. Tiene historia, tiene mística, magia, carisma. Es aristócrata y popular… una comidita universal; el deber ser de toda alacena.

El arroz en casa no puede faltar. En bolsa, en caja, del mas berreta o el más aburguesado, siempre tengo arroz y como mis tiempos son caóticos y me cuesta agendar un momento para ir al súper, siempre me encargo de comprar mucho, pero mucho arroz.
Esto lleva (y no se horroricen) a que muchas veces mi arroz mágicamente se transforma en ecosistema ­{me parece ver caras de lectores horrorizados y ni quiero imaginar a la gente con la que he compartido arroces}. Abrir el paquete, encontrar movimiento, vida.


A mí siempre me sorprende la biodiversidad. Aun en mi comida. Pequeños bichitos negros e inquietos gusanitos rosados emergen y se sumergen entre los granos crudos de arroz.


Los miro, me pregunto como llegaron ahi.... me pregunto que hubiera pasado si no olvidaba durante tanto tiempo aquel paquete en la alacena. Me sorprendo de que puedan vivr en una bolsa hermeticamente cerrada. Somos lo que comemos. ¿Será que ellos son arroz?


No se cómo pasa, y no sé porque me gusta tanto. Soy feliz con la vida. No entiendo como se forma un ecosistema en el arroz, es mágico. Es un regalo.


No entiendo las Cataratas del Iguazú



Al norte de Argentina y al sur de Brasil se encuentra, sobre la frontera entre ambos e inmerso en el magnífico entorno de selva subtropical, el parque natural Iguazú.

Este jardín binacional es un verdadero show de la naturaleza y, según los habitantes de la zona, el espectáculo tiene por escenario el lado argentino y como platea el lado brasilero.


Las cataratas, se originaron hace 200 mil años donde se juntan los ríos Iguazú y Paraná, en el lugar que hoy se conoce como la Triple Frontera por ser un punto de convergencia entre Brasil, Paraguay y Argentina, sin embargo, actualmente se encuentran a 22 kilómetros de aquella desembocadura en la que se formaron.

El Río Iguazú alimenta los 275 saltos de hasta 80 metros de altura por los que fluyen un promedio de 1.500 metros cúbicos de agua por segundo, que  en temporada de lluvias (de noviembre a marzo) ascienden a más de 12.700. 
El nombre de este río y de las cataratas (Iguazú) viene del idioma guaraní y significa “agua grande”, de hecho, estas cataratas son las más grandes del mundo (cuatro veces más extensas que las del Niágara, en Estados Unidos)


En Argentina, las pasarelas permiten recorrer los saltos de agua con una gran proximidad, experimentando de cerca el ruido y la sensación que el agua genera en el ambiente, de este lado se encuentran dos tercios de las Cataratas del Iguazú. En Brasil, es posible obtener las mejores fotografías, ya que la vista es más amplia y se pueden apreciar los saltos y la caída del agua que con su fuerza, da origen a una nube de llovizna de 30 metros de altura.

Se trata de un destino dotado de una variada oferta hotelera en ambos países, dispuesta para recibir a los miles de turistas de las más diversas nacionalidades que lo visitan anualmente; una de las nuevas siete maravillas del mundo que fue declarada por la UNESCO como parte del patrimonio de la humanidad.

El salto de mayor renombre es la Garganta del Diablo, con más de 70 metros de altura, es uno de los favoritos de los viajantes por su impacto, ya que deja caer cerca de tres millones de litros de agua por minuto.


La visita a este destino constituye una experiencia altamente sensorial, ya que al recorrerlo se ponen en juego nuestros cinco sentidos;

El gusto encuentra en esta región una infinidad de nuevos sabores dulces y salados, exaltados en preparaciones a base de ingredientes naturales de este ecosistema selvático. Además de las carnes asadas, lo más típico son los pescados como el dorado, el surubí, el pacú, el paty y el manguruyú. En horas de la tarde, no puede faltar una ronda de mate acompañado de chipá, una tradición que une las culturas de los tres países que allí convergen. También es posible acompañar la merienda con mermeladas y dulces provenientes de la flora local.

El olfato se desorienta en medio de tantos aromas ancestrales, y nos parece respirar algo que, más allá de las pasarelas para recorrerlo, no fue intervenido por el hombre,  sencillamente huele a planeta tierra. La humedad de la zona en contacto con la tierra colorada se mezcla con el viento tibio que nos llena de vahos provenientes de la frondosa vegetación reinante.


El sentido del tacto se pone en acción al recibir la humedad que los saltos comparten con los cuerpos de los turistas, ya que el agua está en el aire y su caricia, merece ser celebrada (aunque se venden pilotos en las tiendas de la zona para quienes prefieran no mojarse). Se puede también realizar un tour en bote hasta las cataratas, donde no se podrá evitar quedar impregnado de ellas.

El oído se encuentra estimulado por el canto de las aves de la selva y el ruidoso bramido del agua en constante caída, que estremece con su fuerza y sonoridad. El agua produce un choque contra las piedras que se convierte en sinfonía para el oído, aquel estruendo que escucharon los habitantes de los pueblos originarios y que le valió al mayor salto el nombre de “garganta del diablo” hace que perderse en esas pasarelas se vuelva un momento místico.


A nivel de la vista la escena es una fiesta que incluye todos los colores jugando a formar paisajes con muchos contrastes conformados por el río Iguazú y la selva misionera, ideales para un sinfín de fotografías que nadie quiere dejar de tomar. Los saltos caudalosos forman nubes de espuma en la caída y el agua suspendida origina magníficos arco íris. La fauna se hace presente en forma de monos y coatíes que deleitan con sus travesuras.
En esta ubicación tropical de majestuosa belleza, no podemos dejar de sentirnos protagonistas del estallido de naturaleza más fascinante de América.


No entiendo como hay gente que viviendo tan cerca, todavía no se aventura a una experiencia sumamente completa

Este texto, hace unos años formò parte de una publicaciòn on line