No entiendo como no amar el transporte público (8)



Noche fría en el microcentro de la ciudad, noche helada a creer de Cecilia. El viento molestaba demasiado y la bucólica neblina completaba una imagen absolutamente desoladora. No era tarde, quizás las diez de la noche.

Cecilia salía de estudiar con la idea de caminar hasta su casa rápido y directo, tomar calles habitadas y apretar el paso para que el camino sea más llevadero. No era una gran distancia y su idea era de la de todos los días. Acomodó su bolso en el hombro, tironeo las mangas de su abrigo para cubrir sus dedos del frío y comenzó su recorrido cotidiano.

Pocos pasos había hecho cuando vio la luz, esa seductora lucecita roja aparecía entre la niebla de un día casi londinense tentándola a sucumbir ante su brillo hipnótico.
Lo primero que pensó fue NODEBO, lo primero que se le vino a la cabeza fue la importancia de ser responsable y no ceder a las tentaciones mundanas.

Minutos después y casi como automatizado, su brazo se levantaba hasta formar un ángulo recto con el resto de su cuerpo, y con un gustito amargo por haber perdido la batalla contra sí misma, Cecilia se descubrió sentada en el cálido asiento trasero del taxi al que no se pudo resistir.



Todo por esa sexi lucecita roja. 


No entiendo de qué color son las burbujas



¿Como saber que hay una realidad exterior a nuestras percepciones? ¿Como pensar un mundo  preexistente a nuestra experiencia de él? ¿Como entender los matices que la subjetividad le imprime a todo?


Asumir la imposibilidad de objetividad es desafiar toda intensión de certeza, es animarnos a habitar la incertidumbre y coexistir desde ahí.


¿De qué color es una burbuja?
Todo depende de cómo refleje y refracte la luz


Así nuestro mundo iridiscente. El ángulo de observación es el que crea los colores de la vida. Inquietos arcoíris bailando para pintar confusión y que la producción de sentido sea tan múltiple como los perceptores que la interpelan


Iridiscente cosmos de dimensiones múltiples. Curiosos indicios, piezas raras para crear. Divertido eclipse de verdades que nos atraviesan y nos enojan mientras nos invitan a jugar.
Mundo iridiscente, burbuja mística inevitable que nos hace creer que nos rodea, cuando claramente nos habita. Mundo de apariencia externa que solo aparece desde nuestro interior.


Iridiscencias policromáticas en la polisemia de nuestra cotidianidad. Lo dado y lo construido, enigmas de la eternidad.
Cada vez es más fácil entender el silencio de la caída de una rama de árbol en el bosque en soledad.

No entiendo de que color son las burbujas... capaz que del color de la realidad.


No entiendo a octubre



No entender a octubre es algo que puede empezar desde su etimología…. Porque parece que se puede cambiar el calendario entero, pero no se pueden modificar los nombres de los meses.


Octubre se llama octubre, porque su nombre provienen del latín  “ocho meses”, aunque ahora sea el mes diez, las paradojas de la vida, lo corrieron del ser el octavo mes del calendario romano a ser el décimo del calendario gregoriano; el otro calendario empezaba en marzo, o sea…. donde ahora anda empezando fácticamente... digamos que octubre nos recuerda con su nombre que le metimos dos meses mentirosos a nuestros cortos años. ¿O no? (ver al respecto)

Octubre tiene el dolor de 1492, y nos trae el recuerdo de todos los charcos de sangre que puede hacer el ser humano a cambio de cosas a las que les atribuye un valor absolutamente simbólico, mientras el real valor de una vida, poco le importa a muchísimas generaciones de hombres sedientos de poder, prestigio, reconocimiento, sed de "vayaunoasaberqué", cosas que les resultan aun hoy interesantes y seguimos padeciendo en este recorrido que transitamos como especie en  auto exterminio a altísimos costos. 

Eso nos dice octubre y para reconciliarse con nosotros (en términos de humanidad), un  24 de octubre de 1945, nace la Organización de las Naciones Unidas. O sea… una buena idea que no fue, un proyecto de paz mundial, de trabajo en equipo que ya sabemos que no es tal.

Así está octubre, tratando de dar explicaciones que no le corresponden. Es el décimo mes del año, y no tiene por qué dar explicaciones de nada, la culpa es tuya, que no encontrar tu lugar en el itinerario que cíclicamente vuelve a empezar y te va a volver a pasar. De hecho, sus 31 días lo hacen parecer eterno, pero mide lo que tiene que medir, mide lo mismo que enero, y nadie se lo reprocha al primogénito del año.

Rarísimo clima trae octubre, con sus lluvias y sus soles, su inestable forma de hacernos improvisar. Octubre hace lo que quiere, y nosotros, lo que podemos. Octubre de post-its en las paredes, imanes en la heladera y listitas en todos los bolsillos. Es octubre cada vez que pasamos las hojitas de la agenda para constatar que todavía falta mucho, pero ya vamos yendo a la librería a comprar la del año siguiente con la ilusión de que lo acercamos un poquito más. Octubre es ese ratito del año donde uno descubre que ya faltan las fuerzas, y sabemos que estamos en el segundo semestre, que ya se termina, pero igual falta un montón!

No entiendo a octubre que se llena de lapachos y los primeros jacarandás pero nos deja a todos con ganas de salir a la vereda, de perdonar al frío y encarar la intemperie. Confiados en las promesas de la primavera, decididos a romper el letargo, es octubre de no entender si hay que esperar navidad o cerrar proyectos mientras enlistamos los nuevos. Octubre que no entiendo más nada, que la rutina ya aburre y la reestructuración se hace esperar. Octubre de más de lo mismo, pero distinto, como si fuera culpa de octubre que tomemos malas decisiones. 

No entiendo a octubre, como si fuera culpa del calendario que no sepamos vivir bien cada día.


No entiendo a las palomas



No entiendo a las palomas, me parecen seres especiales.

Las miro caminar con su aspecto de señor gordito paseando con las manos en la espalda, miro sus pasitos cortos y ligeros, sus caminares errantes y zigzagueantes. Me pregunto dónde van cuando no parecen ir a ningún lugar.

Palomas de Rosario

Las miro tratando de individualizarlas y me fuerzo a inventar sus conversaciones. Me entretiene compartirles galletitas en todos los países que me las encuentro; no hay itinerario de vacaciones que prescinda de su ratito para jugar con las palomas. Me maravilla la universalidad de la especie, la posibilidad de encontrarlas en casi todas las ciudades. Leí que están en todas partes, excepto la Antártida y el Ártico. Tiene que haber un motivo supra humano para que eso sea así.

Palomas de Auckland


Me atraen, me hipnotizan, me maravillan. Son bichos simples. Puedo pasar horas mirando por mi ventana como entran y salen de la enredadera y parecen desaparecer dentro de la pared. Disfruto de verlas interactuar en la plaza, jugar con los chicos, prestar oídos a los viejos y ser ignoradas por un montón de gente. Las palomas son de los pocos animales que han logrado adaptarse exitosamente al entorno urbano. Eso habla muy bien de ellas, bah, de su capacidad de resiliencia. Hay que ser muy buena onda para adecuarte a la nueva silueta de un espacio que ya era tuyo y lo invadieron entre miles para cambiarle por completo la esencia.

Palomas de Arequipa

Me preocupa saber que piensan cuando se detienen estáticas en el medio de un espacio vacío, y me intriga saber que sienten, que sueñan, que creen de nosotros.  Me gustan las palomas, aunque no entiendo su rutina ni sus miradas, ni la forma en la que trazan sus itinerarios, me gusta la forma en la que hablan de paz de los remotos tiempos de Noé y lo que representan cuando se las libera masivamente (detesto cuanto entristece verlas confinadas a una jaula). Me devuelven la sonrisa, me sacan de la rutina, me regalan el presente.

Palomas de Santiago de Chile

Me pone nostálgica pensar en que fueron uno de los primeros medios de comunicación, imagino historias de amor y destinos de guerra enroscados en sus patas, con la esperanza de quien las envía al cielo anudada en el gran sentido de la orientación que esta especie supone.


No soy estrictamente colombófila, pero no entiendo a la gente que no las quiere.


No entiendo la primavera



No entiendo a la primavera. No entiendo como no se queda, como se hace extrañar, como nos invita a redescubrir. No entiendo cómo logra que hasta los más apurados sonrían delante de una flor, como sucede que nos enamoramos de las enredaderas que se habían pelado hace meses y de los arbolitos callejeros que parecían huesudos y espectrales apenas unas semanas atrás. No entiendo como la primavera de manera despiadada nos hace extrañarla para reaparecer petulante y presumida rondando el 21 de septiembre en este lado del mundo.


No entiendo como de las ramas brotan hojas, como de los pimpollos empiezan las flores, como cantan los pajaritos, como mutan los insectos… no entiendo como pasa y la mejor explicación que encuentro son las hadas haciendo magia por las madrugaditas para que todo eso aparezca así, de la nada, así, dejándonos a todos extasiados; es de un nivel de perfección que solo la mitología puede explicar.


Nadie entiende la primavera, que aparece solita y justo cuando estábamos distraídos. Que nos saca suspiros y nos reconcilia con lo sencillo  y simple. La primavera nos encanta como en los cuentos contados por abuelas, como en las canciones de la seño del jardín y como las voces de la infancia en la que por primera vez descubrimos al bicho bolita, a la vaquita de san Antonio o la mariposa monarca. Cada vez que aparecen, es un nuevo milagro que nos roba el aliento.

De nada sirve entender a la primavera, a sus perfumes y sus regalos, a sus pausas y sus recuerdos. Nos trae la niñez bien vivida y nos invita a la calle. Rompe el letargo del frio y nos saca de la madriguera. Quiebra la rutina de lo inevitable para armarnos la agenda de lo deseable, lo disfrutable y lo real. En el afuera, donde está la vida, lejos del sillón y de la tele, cerca de la picadura de bicho y del yuyito que pincha cuando nos sentamos en él. Lejos del artificio urbano y entretejido con la verdad de lo que somos y a donde pertenecemos.


Te esperaba que llegaras, te esperaba primavera. Y lo mejor es cuando no te espero, y venís caminando despacito a sorprenderme en un rincón, de mi patio, de la plaza, del mundo. La sorpresa de que la vida da la vuelta y los ciclos están para dejarse maravillar.

No entiendo la primavera, pero está re buena.


No entiendo el día del blog



Hoy es treintayunodeagosto y festejamos el día del Blog. Es curioso saber por qué.


No hay acontecimiento histórico, razón trascendente ni hito memorable que nos invite a celebrar esta fecha…. Es solo una similitud entre letras y números, un jueguito divertido que se ganó un lugar entre las efemérides incontables que proliferan sin que muchos se pregunten porque,  o para qué. 
Desde este humilde espacio, aprovechamos para decir que no entendemos para que sirve que exista un “diadelblog”, pero ya que está… les contamos porque el calendario lo proclama hoy.

La razón es que los números que componen la convención de la fecha de hoy; 31.08 se asemejan a la palabra "Blog" (usen la imaginación.... intenten) y es por eso que los blogueros más influyentes coincidieron en celebrar su día el 31 de agosto de cada año.


Celebrar, que se yo… homenajear… no lo sé… no se bien que se hace este dia, mínimamente, desde #noentiendo lo mencionamos. Y obviamente no entiendo para que necesitamos tener “el día de” de tantas cosas.


No entiendo algunos rituales (3)



Ya me ensañé bastante con rituales poco felices, por lo que me pareció equilibrado pasar a otro tipo de rito no más comprensible, pero si más festejable. Hoy no entiendo el ritual de egreso de las carreras de nivel superior. Oh sí.

Y no lo entendí nunca.

Como todos los rituales, se aleja de lo universal para ser un hecho propio de algunas regiones, y creo que en este caso, está acotado a la República Argentina. Ciertamente la investigación ínfima que hice buceando en la web no arroja resultados de casi nada, ni una pista del origen de esta costumbre, nada se sabe, nada se puede aprender.

Me preocupa el rito del egreso. No entiendo que celebremos a un nuevo profesional con un lanzamiento de alimentos sobre su cuerpo, rasgándole la ropa y golpeándolo en la puerta de la universidad.


Para quienes desconozcan la práctica a la que hago alusión, paso a narrar de que se trata este final de la carrera universitaria; El potencial egresado ingresa al edificio, rinde su último examen y pasa por el baño a cambiar su look para salir con ropa vieja y exponerse a un aluvión de harina, huevos, aderezos, yerba, aceite y comida en estado de putrefacción. El menú puede estar acompañado de algún brebaje indefinido manufacturado por las mentes creativas del entorno del egresado y se pueden sumar elementos de cotillón como espuma, serpentinas y papel picado. En ocasiones se agrega pintura, bebidas, o puré de tomate. Cuando los ingredientes ya escurren pesados desde la cabeza del flamante profesional, algún amigo enarbola tijeras y se acerca a cortar en tiras la ropa que lleva puesta, conservando en ocasiones el mínimo pudor, o transgrediendo esta línea, según el estilo de los responsables del agasajo. Con el egresado semi desnudo, puede aparecer un nuevo paso en el ritual que consiste en cortar su cabello, afeitar su cuerpo o escribirle cosas en la piel. Este mágico momento suele culminar con el paseo en baúl del auto para presumir el modelo terminado por la ciudad y llegar al domicilio a renegar con la ducha mientras los allegados comienzan la celebración domiciliaria que suele extenderse hasta la madrugada en algún bar. Todo documentado en las fotos de rigor.


Un acto totalmente incomprensible. Un acto difícilmente evitable. Aquellos profesionales que estén en desacuerdo con este tipo de celebración, se ven en la obligación de ocultar la fecha del último examen y corren el riesgo de ser sorprendidos en fechas arbitrarias por el entorno que no concibe la idea de que la carrera se dé por finalizada sin la ceremonia de maltrato, humillación y vejaciones.


Si bien el desperdicio de comida durante el suceso y el desperdicio de agua a su término ya es escandaloso, hay algunos intentos por virar esta tradición infundada que intentan proteger el patrimonio público, veredas, universidades, edificios y mobiliario urbano que se ven desmejorados y atraen fauna indeseable por la suciedad que divierte generar y nadie toma a su cargo limpiar.


No lo entendí nunca, y traté Infructuosamente de evitarlo. 


No entiendo algunos rituales (2)



Posta que nunca entendí los cementerios. Me parece muy metafórico (y una metáfora bastante desafortunada) la idea de “enterrar” literalmente a una persona que deja de habitar su cuerpo carnal. Ver que esa caja se hunde en las profundidades y la tierra le cubre sus restos.

Cementerio de Epecuen

Me parece aún peor el rito de la visita. A un panteón, a un pedazo de tierra donde sabemos que no hay nadie, para hablar con alguien que nos escucha desde todas partes, para poner flores en un lugar frío y desolador, para caminar entre lapidas abandonadas en busca del nombre que evocamos en nuestra visita. No lo entendí nunca.

Cementerio de RapaNui

Esa cantidad de tiempo dedicada a un culto contradictorio de saber que si hablamos con la persona en nuestros pensamientos es porque no creemos que este verdaderamente bajo tierra, sino que es solo un envase que ya no usa lo que ahí sepultamos, pero igual, hay gente que va… no sé a qué… agarra y  va… que decir…

Claramente ya hay muchas ofertas distintas (que el mercado hábilmente se encargó de preparar para quienes no entendemos los cementerios) y supongo que en no muchos años van a ser entendidos como algo terrible que solo a gente muy prehistórica se le pudo haber ocurrido. Porque eso de andar sembrando cadáveres bajo mármol, verdaderamente no puede ser muy lógico para casi ningún antropólogo del futuro que decida mirar con un poquito de distancia nuestros ritos.

No entiendo los cementerio, no sé hasta cuándo van a seguir existiendo.



No entiendo algunos rituales (1)



Ya escribí sobre pérdidas, ya escribí sobre duelos, y tengo bastante entendido el tema de las ausencias biológicamente inevitables.

Hace poco me preguntaba ¿para qué voy a un velatorio?.


Siempre me pareció que eran rituales necesarios para elaborar la pèrdida del un ser querido, para tomar conciencia, para convencernos de que esa verdad tan dura como inevitable es real. Siempre me pareció importante cumplir con los ritos de la sociedad y los entendí. 

Hace poquito me toco atravesar el tristísimo momento de perder una amiga. Ya tenía muchos velatorios en mi trayectoria por este mundo y sus rituales, pero todos de familiares o familiares de amigos, era la primera vez que perdía a una amiga. Y ese dolor era tan nuevo como raro. 
Era la primera vez que no tenía gran sentido abrazar a los parientes, porque no sabía quiénes eran, era la primera vez que llegaba a una sala velatoria a no conocer a nadie, más que a quien no me iba a poder abrazar.

Y no lo entendí.
Y todavía no lo entiendo.


Y fui, porque creo en los rituales y los siento verdaderamente necesarios… pero hay casos en los que no termino de entender cómo funcionan. Tal vez son solo espacios para llorar en el momento y en el lugar que el rito pide, como si eso hiciera que no nos sorprendieran las lagrimitas en el cordón de la vereda o en la fila del supermercado, cuando se nos cruza un recuerdito de esas personas que nos quedan impregnadas en el cuerpo apenas dejan en la tierra el suyo.

No entiendo algunos rituales, los sigo, los interpelo, los cumplo... pero no los entiendo.


No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja



En otro capítulo puede ser que pase a explicar la negación que tengo con destinos impuestos para el turismo nacional como Mar del Plata o Villa Carlos Paz, pero por ahora, elijo empezar en positivo. Quiero decir que no entiendo como hay lugares mucho más bonitos que esos dos que no reciben el tránsito de visitas que se merecen.

La Rioja, en términos turísticos, “es” el Parque Nacional Talampaya. Para la mayoría de los argentinos, ese es el atractivo de la provincia cuyana, para la mayoría de los extranjeros, La Rioja es un punto que pasan de largo entre Mendoza o la Patagonia y provincias más turísticas como Salta y Jujuy o Misiones. Sin embargo, muy cerquita de este Parque y muy al alcance de nuestros sentidos, La Rioja tiene mucho para compartir; atractivos como Chilecito, Famatina y Cuesta de Miranda, invitan a ingresar en estas tierras y dejarse encantar.


Llegar a la Rioja desorienta, su capital es una ciudad de apariencia moderna pero respetuosa de la pausa a la hora de la siesta. Al recorrerla nos perdemos en una populosa peatonal o nos deleitamos ante un espejo de agua que refleja el entorno montañoso, como es el dique Los Sauces; responsable de embalsar las aguas del río homónimo y proveer el escenario ideal para actividades recreativas como el camping, la pesca y las actividades náuticas.

Gracias a sus recursos naturales, esta provincia hace gala de una excelente producción vitivinícola que logra magníficos resultados al combinar los factores geográficos con la mutación genética de las cepas, alcanzando productos de excelencia como el destacado Torrontés Riojano (cepaje característico de la región). Para profundizar la experiencia en torno a los vinos de la provincia, será mejor trasladarnos hasta el departamento Chilecito, cuya superficie se encuentra ocupada por viñedos en un 78% (y también olivas). Llegar hasta aquí, amerita pasar por el mirador que nos pone frente a la Cuesta de Miranda, un cuadro con predominancia de tonos rojizos, salpicados con vegetación de climas áridos y ocasionales florcitas silvestres.

Chilecito entraña una historia querida para la república Argentina desde los tiempos de la colonia; su riqueza metalífera le ha representado hasta el día de hoy una belleza peligrosa. Esta localidad se encuentra inmersa en el Valle de Famatina, un espacio que actualmente corre riesgo de ser sede de emprendimientos de mega minería a cielo abierto (un proyecto codicioso que ocasionaría grandes daños a la salud de la población local). Chilecito invita a conocer su museo minero, emblemático de la historia regional, ubicado al pie del cable carril que trasladaba el personal y los frutos de su trabajo hacia la mina La Mexicana, rica en oro y plata.

A dos kilómetros del centro de esta ciudad encontramos la finca que perteneció al Dr. Joaquín V. González (polifacética personalidad de nuestra historia), a la que su dueño llamó “Samay Huasi”, que en idioma quechua significa “lugar de reposo”. Hoy, el lugar alberga el Museo Regional Mis Montañas, que comprende una pinacoteca con importantes obras de pintores de renombre nacional, y la Sala de Ciencias Naturales, Mineralogía y Arqueología y además funciona como hotel de la Universidad Nacional de La Plata. En el interior de la casa, dos cuartos fueron destinados a reflejar la vida y obra de González.

Para finalizar, es paso obligado citar a la perlita más buscada de la provincia; el Parque Nacional al que la UNESCO tituló Patrimonio Natural de la Humanidad. En Talampaya, nos transportamos a muchos miles de años en la historia de la tierra y nos dejamos envolver por murallones con los más sorprendentes rastros del plegamiento orogénico que dio forma a los continentes. El valor patrimonial de este Parque está dado por su herencia arqueológica y paleontológica, además del claro predominio de lo geológico.


El paisaje es imponente y los altos muros rojizos cortan el cielo hasta donde ya no nos alcanza la vista. Algunas formas de piedra, fueron nombradas como el Monje, el Rey Mago, La Torre, entre otras. Doscientas quince mil hectáreas de cañadones y paredones en los que también podemos encontrar marcas del paso de los hombres como morteros y petroglifos (grabados figurativos y abstractos, realizados hace miles de años).



La majestuosidad de Talampaya, constituye un destino obligado al visitar La Rioja; la majestuosidad de La Rioja, constituye un destino obligado para quienes estamos en Argentina de manera permanente o transitoria.

No entiendo por qué la gente no visita más La Rioja... tomenlo como una super recomendación.


No entiendo que se usen como sinónimos fluo y fluor



¡Basta! Me cansè… entendamos que uno es un estilo cromático y el otro un elemento de la tabla periódica.


“El flúor es el elemento químico de número atómico situado en el grupo de los halógenos  de la tabla periódica de los elementos. Su símbolo es F”.
De este elemento, con los correspondientes procedimientos y combinaciones se obtienen el aluminio, se enriquece el uranio, se logra un gas que  contribuye al efecto invernadero o se previenen las caries.

Hasta acá, el flúor y sus cosas. Por otra parte, los colores estridentes a los que llamamos fluo, tiene que ver con la propiedad de la fluorescencia que es algo que les pasa a las sustancias que son capaces de absorber energía en forma de radiaciones electromagnéticas y luego emitir parte de esa energía en forma de radiación electromagnética de longitud de onda diferente. El fenómeno de fluorescencia es la que le da nombre a las populares lámparas fluorescentes. 

Existen además elementos que ofrecen fosforescencia (otra palabra, que no es la misma y se suele mezclar), es decir que adquieren la energía necesaria para almacenarla y exponerla posteriormente. En la fosforescencia, las sustancias continúan emitiendo luz durante un tiempo mucho más prolongado, aun después del corte del estímulo que la provoca, ya que la energía absorbida se libera lenta (incluso muchas horas después) y continuamente. Es este fenómeno el que vemos en los juguetes que se iluminan en la oscuridad y el que da nombre a los colores chillones, que metafóricamente podemos decir que emiten luz propia, como son los colores “fluo”, así, sin R, ni nada al final. Son todos términos muy químicos que se escaparon de los laboratorios para venir al mundo "terrenal" y enredarse.

Muy otra cosa es el adjetivo que se refiere a "lo que sobra o que es innecesario", esta definición corresponde a la palabra superfluo, que no tiene nada, pero nada que ver con todo lo demás que veníamos hablando.


Entonces, nada de usar dentífricos que se pronuncian como si brillaran en la oscuridad o llamar a los colores con nombres de la tabla periódica. Las cosas por su nombre, y por su nombre correcto.


No entiendo hasta cuándo va a dar lo mismo usar una u otra palabra, cuando hay tantas diferencias.


No entiendo al paso (3)



No entiendo que en el auto llueva para arriba





No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas.

No entiendo el mes de julio



El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.

Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y encarar la segunda mitad. Felices de ellos.


Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo. La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa” y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.

Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.

Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio tiene  cara de preocupado y le mandamos una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas, estufa y gato.


Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de jornada, una campana que suena  a alerta y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos, sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito  y enfriarnos la nariz. Para eso está escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la magia.


No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la terrible importancia de revelarlo. 


No entiendo a los que se encierran en la vereda.



Iba caminando por la vereda, a lo lejos, me parece reconocer a una persona. Aminoro la velocidad, la otra persona también. Nos conocemos, nos estamos por saludar. Se detiene, se retira los anteojos de sol, se saca los auriculares de las orejas, mueve la cabeza intuitivamente como para adaptarse al entorno, me saluda, la saludo, sonreímos, se coloca los anteojos de sol, vuelve a tapar sus orejas con auriculares, regresa a su burbuja y sigue su camino.

¡La pucha!


¿Cómo se puede ir por la vida ignorando el entorno?. Que locura. Caminar por la vereda sin escuchar el ruido de las hojas secas cuando las pisamos, sin saber si el viento nos quiere contar algo, sin pensar que hay aves aleteando en la ciudad, perros ladrando, ronroneos de motores, conversaciones ajenas para escuchar un pedacito e inventar historias. 

¿Cómo andar por la vida con la necesidad de estar en otra parte?, ¿cómo alejarse del presente o negar lo compartido?. Es bastante triste generar una realidad propia, personal y privada, alejada de los momentos y lugares compartidos con desconocidos, negando  toda posibilidad de dejarse sorprender por lo cotidiano, por lo que está ahí, para que tratemos de verlo.


Cada vez son más las personas que habitan las veredas sin habitarlas, negándoles toda belleza, omitiendo sus delicias, esquivando sus obsequios. Cada vez son más, y se esconden, se aíslan, se atomizan, se disfrazan, se camuflan, se pierden. Desaparecen. Cruel metáfora de la sociedad que integramos mientras se desintegra. Las personas que van escuchando música, sumergidos en sus teléfonos, abstraídos en sus nebulosas se están perdiendo el mundo real que les baila alrededor y no es poca cosa.

¿Que hubiera pasado si se miraban a los ojos?

Desde este humilde lugar, los invitamos a todos a salir a la calle y sentir la calle, porque si nos perdemos el espacio público, el mundo se nos hace muy chiquito.


No entiendo a los que se encierran en la vereda. Ojalá no fueran tantos.


No entiendo la escapadita



Viene un fin de semana largo y empieza a resonar la palabrita en los pasillos laborales, en los buses de transporte urbano, en las conversaciones de vereda y en las charlas de bar. Las semanas de rutina se descubren interrumpidas por una seguidilla de días que para un alto porcentaje de la gente prometen ser no laborales, y para que la desconexión sea total las cabecitas de los compatriotas se estremecen asociando las nociones de “Finde largo” y “escapadita”.


¡La pucha! ¿De qué se estará escapando la raza humana? Si lo que hacen en sus ciudades de origen es solo el resultado de la elección de vida que les compete y el deber de mutarla solo les cabe a ellos. 

¿De qué? ¿De quién? O ¿hasta cuándo se estarán escapando?

Si la escapadita tiene una duración en el tiempo de tres, cuatro o en más generoso caso de cinco días ¿para qué? ¿Por dónde? ¿Y cuánto nos estamos escapando en función de que tanto nos estamos engañando?.


¿Y si en el escape los alcanzan?

Entonces nos escapamos rápido, corremos para que nuestra vida no nos vea.  Vamos a lugares, hacemos cosas y compartimos con gente que no nos haga acordar a quienes somos, porque, técnicamente, nos escapamos de eso. De lo que somos/hacemos/vivimos/sentimos todos los días. De eso que nos agobia y nos cansa, y nos desmotiva y nos hace saltar de alegría de tan solo imaginar que por un puñadito de días no nos va a acechar. Y en su descuido nos escapamos.


Y así vamos…. Rápido a huir de nosotros, sin saber que allá, nos encontramos más. Porque el viaje es encuentro con uno, porque en la distancia solo nos tenemos a nosotros. Y porque a donde vayas, te llevas. Aunque te escapes…


No entiendo el concepto de “escapadita”. Cuidado. Es una trampa.


No entiendo algunas canciones infantiles



En el fondo, la verdadera  preocupación que tenemos, son las próximas generaciones. 
Y si… los chicos como presente y como futuro son la joyita más preciada que cada especie tiene para garantizar su continuidad, pero nos resulta muy complicado; los chicos vienen violentos y conflictivos, inexplicablemente.


Hay montones de cosas en relación a la crianza de niños que me generan dudas, muchas cosas de esas que no entiendo… pero una de las que más me preocupa es que como sociedad, hemos descubierto hace mucho tiempo que los chicos aprenden jugando, y para desarrollar habilidades de socialización y aprender a hacer distintas operaciones lógicas, aparecieron los Jardines de Infantes (esos que se metaforizan con el prado lleno de margaritas a regar para que crezcan sanas y derechitas). 

Como aprenden tan fácil y tan rápido, nos dimos cuenta que las canciones le suman pregnancia. Los chicos disfrutan las canciones y las repiten con facilidad abrumadora…. Sin embargo no somos muy estratégicos con lo que les hacemos repetir.

No sé hasta cuando repetiremos que Sana sana colita de rana… si las ranas no tienen cola.
No me causa gracia admitir que si Mambrú se fue a la guerra no sé cuándo vendrá
No quiero que alguien me diga “Yo quería una de sus hijas, Mantantiru-Liru-Lá”
No quiero que Manuelita viaje hasta Paris sólo para ponerse linda para un tortugo
No estoy de acuerdo con la amenaza de la mamá de Trompita con hacerle chas chas en la colita.

No tengo ganas de que los chicos y sus permeables cabezas repitan estas estrofas robotizados. Porque podrían repetir otras cosas, mas poéticas, más profundas o más superficiales, pero más interesantes, y para ellos sería igual de divertido, sin ser taaaan hueco. ¿no?

No entiendo algunas canciones infantiles.


No entiendo a los que no buscan tesoros.



Desde chicos, todos esperamos hacer grandes descubrimientos, jugamos a encontrar a nuestros amigos, encontramos lo que esconde la seño, mezclamos ingredientes para revelar misterios que todavía son desconocidos y buscamos al grillo en las noches de campamento, amamos encontrar tesoros.

Sorpresa en el hueco del árbol

De más grandecitos, queremos encontrar un amor, descifrar una fórmula de alguna materia de la escuela, develar nuestro estilo y nuestra personalidad.

Cuando seguimos creciendo experimentamos el mismo placer al hallar un libro muy querido en el anaquel de alguna librería, o las proporciones perfectas de una receta de cocina nueva, e incluso nos fascina descubrir un conocido en la vereda por pura casualidad.

Al señor le tuvimos que explicar nuestra actitud sospechosa

La cosa cambia, la esencia sigue intacta. El placer de encontrar algo, lo que sea, nos maravilla a todos. De esto se dio cuenta un grupo de gente hace un tiempo y crearon un juego enorme, tan grande que sus participantes están en muchísimos países, tan grande que su tablero es el mundo entero.

Se llama Geocaching y se juega con el teléfono, el GPS o las pistas on line. Hay tesoros físicos, pero lo verdaderamente importante, es la magia de encontrar algo. Los lugares son remotos o cercanos, difíciles o recontra fáciles, muchos están escondidos a la vista de todos, y nadie sabe que están ahí. Son cosas de todos los tamaños o simples contenedores de dimensiones mínimas con algún papelito adentro para firmar que lo encontramos. 
Es una genialidad.


Jeremy Irish, se llama el creador… y somos cientos de miles los que creemos que él nos hizo un regalo mágico. Jeremy y su juego nos permiten jugar a lo grande. Con el teléfono o el GPS en reemplazo del ajado mapa del tesoro de las películas, nos aventuramos en nuestra ciudad, en nuestras vacaciones, o en escapaditas de un par de horas o algunos días… nos vemos en una misión secreta, intentando que nadie sepa que estamos en mitad de una búsqueda, nos trepamos a un árbol, nos tiramos al suelo a revolver entre las hojas, nos pasamos horas mirando el tronco de una palmera o nos adentramos por caminos de tierra que nunca hubiéramos caminado sin esta motivación. Releemos las pistas, consultamos informantes claves y metemos las manos entre bichos y objetos que mejor ni mirar.


Cuando por fin el contenedor aparece, todo valió la pena. Sonrisa, satisfacción, tarea realizada, alegría inmensa. Y no  estamos frente al cofre de monedas de oro, ni nada que se le asemeje. Estamos ante una tapita de gaseosa, un burbujero viejo o una cajita de pastillitas que en su interior preservan algún papelito doblado en el que pondremos nuestro nombre y la fecha del hallazgo, mientras leemos cuando fue descubierto por última vez y cuanto hace que está oculto en ese lugar. En ese lugar de cualquiera de los países de nuestro ancho mundo.

Al pie de las torres Petronas


No entiendo como no están todos los seres humanos del mundo sumados a esta movida.