No entiendo el otoño



Otoño de hojitas crocantes  al transitar la vereda, otoño de sacarse las ojotas y volver a usar medias. Otoño de volver a tener ganas de frazadita, sillón, pantuflas y gato ronroneando. El otoño nos recuerda las cosas que el otoño pasado nos hizo amar.


Otoñal el momento de sentir el primer frío, el momento de ir guardando ropa que no nos va a acompañar en la nueva temporada…. Reencontrar aquel sweater viejo y deformado que nos abraza dentro de casa. Volver a las sopas instantáneas como snack de tardecita. Quizás reconciliarnos con la hornalla y aventurarnos a la alquimia de la gastronomía que el calor nos sacaba las ganas de ensayar. Para algunos será tiempo de retomar la costura o el tejido, o algún otro hobbie manual. Otoño de interiores y paseítos para agasajar las últimas tardes de sol. Momentos tibios en alguna esquina del patio y un rayito cálido que entra por la ventana y se hace querer más que las agobiantes invasiones solares que el verano nos brindó hasta el hartazgo.

Montañas de hojarasca prolijamente armadas por los vecinos màs aplicados a la que algún niño se atreve a patear. Lluvia de hojas que nos envuelve cuando sopla el viento y nos saca una sonrisa en plena vereda. Las hojas son la escarapela del otoño, su emblema indiscutido, su marca característica.

Otoño, tan ni fu ni fa que enamora. Tan dorado que encandila, tan extrañado que nos reencuentra, pero con nosotros. Con esos nosotros que estaban adentro de casa mientras nosotros salíamos a pasear para aprovechar el verano y disfrutar el calorcito.
El otoño nos amiga con los espacios cerrados y las reuniones hogareñas con amigos. El otoño nos regala momentos más íntimos y menos masivos, y quizás alguna escapadita al cine o al teatro.


No entiendo el otoño, no entiendo como no hay cientos de poetas escribiéndole odas o miles de cantantes entonando himnos en su honor, porque sin dudas el otoño es el momento privilegiado del encuentro con uno mismo.


No entiendo la terapia intensiva




No entiendo a quien se le ocurrió que la persona que está físicamente deficiente tenga que estar afectivamente aislada.


Se entiende que en algún momento haya sonado lógico el aislar a la persona enferma de los males biológicos que exceden a las salas de resguardo, también se entiende que la cantidad de tubitos y cañitos que puede necesitar la persona que  posee debilidad en su sistema vital necesiten conectarse en un lugar calmo, libre de riesgos. Se entiende que para el facilitar el trabajo  y la circulación del personal médico que tiene a su cargo el restablecimiento de la salud del internado, también son óptimos estos lugares.
La terapia intensiva a hace del sujeto un objeto de estudio y lo analiza fuera de contexto, lo deshumaniza y lo ubica en una cama dentro de una rutina de exámenes y tratamientos con un huequito para que los seres queridos pasen a tener contacto y un breve informe de cómo fue la evolución en las horas de aislamiento.
Estandarización de procesos, rutinización de los cuerpos, burocratización de las familias y gestión de la vida íntima. 

No entiendo que con los avances de las investigaciones no se haya operado un cambio en los sistemas sanitarios, dado que está harto comprobado que el amor cura.
No entiendo la privación del apretón de  manos, de la palabra al oído, del contacto amoroso con los seres que sufren por él, que sufren a su par.
No entiendo cómo se puede aislar a una persona que puede estar atravesando sus últimos ratitos y no es justo ni para él, ni para sus afectos ese aislamiento.
Una hora de visita, un ratito de contacto con un ser pasado de fármacos para que trates de que se sienta acompañado.

La terapia intensiva me enoja. Nunca voy contenta a esa visita, porque nadie quiere estar en esa sala de espera, aguardando el apellido  del paciente, que además es tu pariente. No quiero que alguien regule la cantidad de mimos que se le puedan propinar. Me enoja porque llego triste y veo a mi persona querida sola, y veo a otros que no reciben visitas y veo angustia y veo procesos deshumanizados y gente que cumple con su trabajo con distintos grados y niveles de vocación y compromiso.
Me da miedo porque veo en la  sala de espera que algunos rostros dejan de asistir, veo que después del informe se multiplican las lágrimas de algunos grupos de afectos…  veo muchas cosas que no quiero ver… y duele un montón.

Termina el horario de visita, hay que irse, te obligan a irte, a dejarlo ahí solo, en ese lugar sin colores, sin nosotros, sin el cariño y sin el contacto… y te obligan y te dicen que es por su bien y uno se permite dudar y se merece llevarse a su ser querido al parque. La terapia intensiva tiene mucha intensidad para los que estamos afuera, sin drogas que nos hagan perder noción de lo que estamos atravesando (como si pasa con el que está adentro).

No entiendo la terapia intensiva, estoy convencida de que es de otra época, y que prontito va a cambiar sus reglas y a reconocer que los afectos sanan.


No entiendo la letra "Q"



No entiendo la letra "Q"
Es una letra muy especial…
Es la única que nunca está sola.
Donde ella va siempre hay una U.
Además no se junta con cualquiera, para producir sonido, solo acepta la E o la I.

En el idioma español, solo funciona con dos de las cinco vocales y con la pretensión de ser ayudada por la U... Claramente es una letra que trabaja muy bien en equipo, pero carece de autonomía. También es una letra preguntona, casi todas las palabras que se usan para preguntar la necesitan.


Y así, como no la entendía, me puse a jugar con ella… aquí van algunos resultados (actividad válida para tardes de lluvia junto a la ventana)

La misma letra los invita a jugar este juego.. ¿Quien quiere? Quizás quieras...

La peluquera en el parque quiebra croquetas con la raqueta chiquita y después se maquilla con un líquido químico. En cada quincena, alquila un quincho al que va quebrantada y quejumbrosa, con su quirquincho, y allí quietamente queman la quena en una quijotesca hazaña que quienquiera puede hacer quinientas veces.

¿Quebradizo?, poco importa cuando la quebradora hace la quebradura así de  quebrajosa que no te deja quebrantar, porque evitar el quejido es una  quijotería que quiero querer en mi paquetería.

Los mosquitos de la esquina hacen cosquillas e inquietaron al chiquillo quisquilloso que quiebra galletas untando mantequilla hasta que alguno lo pique y lloriquee. El arquitecto busca el parquímetro, quisiera que no aparquen allí, pero su hija chiquita está inquieta y quejosamente quiere de esas croquetas enmantequilladas.

¿Qué quiere un esquimal en el bosque? Presenta el tiquet y se quita la tranquera, aparecen quilómetros para esquiar, lejos de casa es su quincenal quitapesares. Pero un quebracho quemado en medio de la esquiada le quiebra la quijada y el pequeño esquimal queda quieto y quejilloso. En  el quirófano querellante se resuelve el quilométrico expediente de quebrantadora inquietud.

Un maniquí vestido de etiqueta, otro pequeñín de cacique y quince de arlequín.  Inquieto loquero maquillado en la pequeñez de una quinta quimérica. Pequeña y maquillada Raquel muy quieta está cumpliendo años; es la quintaesencia de la quimera.

Empezamos a quemar panqueques con queso en La Quiaca. Hay un paquete de quesillo de Quito en aquel anaquel y quilogramos de Quínoa de la Quebrada querida. En Neuquén se quejan del quinto quiste que quiere  quitar un quechua. Quedará quemada la quesería del querido quesero, un quintal de quinielas quintuplica el  quitamanchas… de La Quiaca a Neuquén… un quiróptero pequeñito enloquece al querubín que saca de quicio a su quejosa querendona y los quelonios a quemarropa quintuplicaron su velocidad, olvidando la quietud. Todos quieren blanquear quince quejidos quejosos. Orquesta de quejidos. Mucha química; es un quilombo quincenal. Quinientos químicos en quimono quirúrgico quebrajan el silencio. Todos por los panqueques de queso quemado por Roque.


¡Que letra especial!

Queda quejarse de su insolencia y quererla como quizás quiere que quienes la quieran puedan quererla.


No entiendo a los fanáticos de fútbol




Es jueves, y mientras trato de concentrarme en mis pensamientos sentada en la mesa de una heladería, se cuela la voz del chico de la caja relatándole un gol a otra empleada con un nivel de retórica y detalle que más de un crítico de arte envidiaría al momento de enunciar una obra.
A cada cliente que entró le hizo un comentario deportivo. A cada niño que vió le pregunto su preferencia futbolística. A cada uno de sus compañeros les hizo chistes y les habló de apuestas y hasta se interesó por saber dónde, cómo y con quien habían estado al momento del suceso. Todos le respondieron y todos hablan del tema.
Es jueves, el partido se jugó el domingo y era uno más del montón. Es jueves y él todavía saborea cada segundo de aquel retacito del fin de semana. Es jueves y su trabajo se reviste con la sonrisa que la contienda dominguera le dejo en los labios. Es jueves y no me imagino su lunes, o esas horas de domingo en que su vida tomó impulso.


Es lunes, el diario pregona en su tapa los resultados del encuentro, analiza las jugadas, cuestiona las actitudes, ensalza algunos apellidos y defenestra otros, comparte fotos, señala anécdotas, es lunes y el diario se suma a la radio, la tele y las redes sociales para seguir hablando de otro partido tan intrascendente como el anterior y como el próximo. Es lunes y todas las secciones del diario son pasadas por alto para llegar al suplemento deportivo, es lunes y todos los medios de comunicación amontonan su relato de nuestra realidad para dar más espacio al ritual futbolístico del domingo, la misa pagana, el místico encuentro de feligreses embanderados bajo la ingrata pasión.


Es miércoles y alguien en un bar cuenta orgulloso anécdotas de tiempos pasados vinculadas al club de sus amores. “El día que nació mi hijo yo estaba en la cancha”, “Aquella tarde me escapé de la escuela para ir a comprar las entradas del partido”, “Mi viejo vendió la moto para que vayamos a alentar cuando jugamos de visitantes en tal lado” y muchas que prefiero ni enunciar…está feliz de compartir en esos párrafos la magnitud de su desmedido amor por un equipo de futbol, como le enseñó su padre, como aprenderá su hijo. Lo exagerado de sus muestras de fidelidad con la institución lo jerarquiza en la mesa y le concede la atención y la admiración. Habla en primera persona del plural, ganamos, jugamos, clasificamos…. Cualquiera diría que es jugador de algún equipo. Pero no. Es uno más de los muchos que tributan a la causa.


Es martes, si, martes en la ciudad y martes en el planeta del que ya no forma parte un hincha que murió en el partido del fin de semana. Causas dudosas, muchas versiones y otra familia destrozada después de un encuentro deportivo que no pudo terminar en paz. Es martes en la vida de los que siguen vivos y en la casa donde el domingo empezó  a faltar un padre, en la mesa donde empezó a faltar un hermano, en el barrio donde empezó a faltar un amigo. Es en muchos lugares, otro martes. Y punto.

No entiendo a los fanáticos de futbol, porque si bien hay narraciones y canciones y libros enteros que tratan de explicar esa pasión, me parece sobredimensionada y hasta perversa. Porque gente que no tiene nada deja todo, porque los valores se retuercen en nombre de un equipito de futbol.
Amar un equipo de futbol, es un signo vacío (perdón-perdón a cientos de amigos); el equipo de futbol cambia de jugadores, técnicos, personas, y lo que prevalece es una combinación de colores, que no encuentra ninguna continuidad más que sus fanáticos.
Son pasiones hereditarias, y cientos de personas se llenan de orgullo al enunciar cosas ilógicas que han hecho en nombre de su equipo.
Y para peor, en mi país, en mi ciudad, este fanatismo lleva a la muerte.
Las canciones de las tribunas incitan a la violencia, les suena natural decir  que pueden dar la vida por esos colores, y es cierto.


No entiendo a los fanáticos de futbol… pero somos pocos los que no entendemos… para la mayoría, lo que no se entiende es que yo piense así.


No entiendo... un cuentito de madres que buscan.




Algún día del año pasado me puse a escribir un cuentito sobre mamás... que en esta fecha, tiene sentido compartir. Porque de maternar y buscar, hay muchas formas. 



Madres que buscan

Y un día me puse en sus zapatos, o en sus pañuelos. Me vi espejada en la desoladora búsqueda de un hijo que no sabemos si algún día va a aparecer, que no sabemos si estamos buscando bien, que no sabemos dónde puede estar.



Un día me sentí como todas esas madres que buscan insaciables ese amor que tienen a la maternidad, a la familia, al lazo de sangre, a la transferencia de ADN. Las vi mirándome, me vi mirándolas, me descubrí siéndolas.



Un día, entre tantos otros días, me compare con lo incomparable y no me dio culpa. Me sentí como ellas, aunque nada que ver. Vi mi lucha espejada en una de las más tristes luchas que alguien puede imaginarse jamás.



Sé que no es correcta la metáfora, entiendo que no se puede medir con la misma reglita, pero en mi angustia, pensé en la de ellas. Y bastante poco me importa que se pueda decir que es una mezcla, un pastiche, una sobre interpretación. No le pedí opinión a nadie. Ni opinión, ni ayuda, ni contención, ni lastima. A nadie. 
Somos dos que te buscamos entre las sabanas, y sabemos que quizás, ahí no estés. Somos dos que te buscamos en el dormitorio de casa, cuando tal vez estés en la casa de otro, en algún espacio judicial frío, en el seno de una familia sin amor. En el vientre de alguien que maldice portarte. Pero con tu papa te buscamos casi como un ritual entre las sabanas de nuestra cama, casi como una tarea más de la agenda con la que hay que cumplir en las fechas que grita el almanaque más que la emoción. 
Y no sabemos si la lucha tiene sentido, y no sabemos si es egoísta y narcisista. 
Y no sabemos si te vamos a encontrar. Pero te buscamos. Y como el tiempo pasa, hay cosas que van cambiando de color, hay matices en la mirada, hay palabras elegidas para no dañar, y hay soledades elegidas porque la lastima no es nuestro juego.



Y como ellas buscan a sus hijos, nosotros buscamos el nuestro. Los motivos son muy distintos, pero la desazón puede llegar a ser comparable. Ellas tienen fotos, nosotros tenemos estudios, y pastillas. Ellas tienen pañuelos, nosotros tenemos espermogramas y ecografías. Ellas tienen valentía, nosotros una cobardía inmensa que nos da vergüenza admitir.
Ellas son madres, nosotros no. Pero es comparable.

No entiendo la angustia de buscar un hijo... no existen palabras para explicarla.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro



Hola… aquí reportando desde el año 2017; creemos (no estamos seguros) que el hombre llego a la luna, nos comunicamos de manera inalámbrica a lo largo y ancho del globo terráqueo, podemos sobrevivir a cientos de enfermedades otrora calificadas de letales peeeeeero, queridos compañeros de la especie humana, todavía nos parece que nuestro futuro y sus  peripecias se pueden basar en que un felinito de color oscuro se cruce en nuestro paso.


Ah, sí! En los tiempos que corren y con los avances de la ciencia tradicional, las ciencias paralelas y las miles de revelaciones de todo tipo que nos circunvalan, siguen existiendo seres humanos que están dispuestos a responsabilizar a los gatos negros de la mala suerte de uno o más días. Genial. Estamos listos.


Mala suerte, ya que exista tal cosa es raro, pero asociarla a un pobre gato que no tiene ni la menor idea de cómo hacer para abrir una puerta, y mucho menos aún para arruinar tu vida (que, por cierto, seguramente le interesa bastante poco), es impresionante.

Parece que todavía pesan los argumentos de la Iglesia Católica en la Edad Media (por los que la mismisima iglesia ya se disculpó… y admitió su error), cuando en la inquisición de finales del siglo XII se combatió la herejía y la brujería. Fue en aquella época que se empezó a considerar al gato como un animal sospechoso de confabular contra las autoridades y su imagen comenzó a ser relacionada a la brujería y la maldad. A partir de estas falsas creencias aparecieron muchas leyendas en las que se intentaba hacer creer que los gatos eran, en realidad, brujas camufladas. El color negro, además, ha sido un color que en muchas culturas se ha vinculado a lo misterioso, lo oculto, el lado oscuro… Por ello, en seguida esta relación de temor a los gatos se vinculó especialmente a los gatos negros.


La ciencia por su parte, no ayuda a desmitificar; un grupo de científicos le puso fichas en contra a los gatos negros, porque dicen haber descubierto que producen más cantidad de una sustancia en su piel, su saliva y sus glándulas sebáceas (la proteína fel d1), que causa los síntomas de la alergia y provocan más estornudos y problemas respiratorios a los pacientes con alergia que los gatos de color claro.

Crease o no, el mundo sigue girando y los gatos negros aun preocupan a los moradores de este incomprensible planeta.


No entiendo la gilada de discriminar al gato negro… realmente no me cabe en la cabeza.


No entiendo al paso (6)



No entiendo mucho a las escaleras mecánicas...
Son muy lentas y a diferencia de otros países, no hay códigos de uso para viajar en ellas


No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo a febrero



Febrero. El mes corto que cada cuatro años se hace un poquito más largo, para seguir siendo el mes más corto. Pobre febrero. El patito feo del calendario. 


El mes bisagra entre no hacer y empezar. 
El de las vidrieras con salvavidas de colores y guardapolvos blancos. 
Febrero de exámenes decisivos que determinan el resto del año. 
Febrero de rutinas de verano aceitadas y llegando a su final.

Febrero con música de murga y carnaval. Ruido de ventiladores cansados y charquitos de aire acondicionado. Febrero de mosquitos zumbando al oído cuando queremos dormir, interminables filas en las heladerías y listas de pendientes que empiezan a engordar. 

Y así llega febrero, y así también se va. 
Muchas fotos de playa y gente al sol, muchas quejas por el calor y un poquito de ganas de que la rutina vuelva a rodar.

Febrero huele a cloro de la pile y tiene gusto a helado que se pegotea en las manos mientras se derrite más rápido de lo que la lengua lo puede saborear. Febrero de altas temperaturas y bajas expectativas… un mes que está ahí, porque alguno tenía que estar.


No entiendo a febrero, me promete cosas que no dependen de él.


No entiendo por qué no somos ovíparos.



La miré durante semanas anidar en una de las macetas del patio. Ordenar hojitas, sobrevolar la zona, preparar todo y poner sus huevos. Cuidarlos, calentarlos, cantarles, turnarse con el palomo para alimentarse. Soportar el sol, permanecer bajo la lluvia, resistir el viento. Y un día bajo sus plumas, apareció un pichón. Ya se veía grande, ya llevaba tiempo de nacido, pero solo entonces pude verlo asomarse del nido.


Quise ser ovípara.

Esa paloma y todos los ovíparos del mundo, es sus múltiples formatos y de las más variadas especies, hacen un terrible esfuerzo físico para poner el huevo, pero también pasan el tiempo de esperar la eclosión recuperándose y reciben al nuevo miembro con una madre en óptimas condiciones de oficiar de madre.

Las personas no. El día que llega al mundo nuestro bebé, estamos terriblemente castigados por el parto (en cualquiera de sus variantes); con cansancio, dolores, secuelas y falta de energía. Esa es la primera imagen que nuestros chiquitos tienen al nacer… una mami destruida, anestesiada y exhausta.

Pasé casi un mes mirando desde mi sillón y por arriba de mi panza de futura mamá, como esta paloma hacia su incursión en la maternidad… y solo puedo concluir que me encantaría haber nacido ovípara.

De todas formas, la explicación es absolutamente bíblica;
"A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti". Génesis 3:16
(o quizás no https://goo.gl/5aLTiA)


No entiendo porque no somos ovíparos, pero creo la culpa, la tiene Eva.


No entiendo a diciembre




Cierres, balances, y caras diversas; alegría, ansiedad, expectativa y proyectos…. Diciembre esta re loco y nosotros le hacemos compañía. El fin del año productivo, del ciclo lectivo y la navidad, de este lado del mundo, llegan juntos…. Y nos encanta  potenciar el stress en medio de un clima humano y ambiental que no da lugar a casi más nada, toda la energía, está puesta en eso.


Hace calor. Llega el verano. Terminan las clases. Las rutinas son muy raras, porque el año se está terminando y porque ya no tiene mucha onda ir a trabajar, porque son casi vacaciones o para muchos o para el del escritorio de al lado o para los chicos… pero se termina algo y algo hay que hacer y la decoración festiva invade la ciudad y hay nieve de mentira en todas las calles de 35º de sensación térmica y hay mamás sudando en la cocina de muchas casas que quieren festejar con pavos, pandulces y budines, en lugar de brindar con helado.

Las fiestas como algo programático y necesariamente feliz nos imponen la presión de la sonrisa, esa que muchas veces no queremos enarbolar, esa que quizás no sentimos y nos genera culpa. Muchas veces, mucha gente, no tiene ganas de sentir una noche de paz, una noche de amor. Muchas veces, mucha gente no tiene ganas cenar en familia, de despedir el año con los compañeros de la oficina, de ir a la pileta con los de la facultad. Muchas veces, mucha gente no quiere acordarse de la infancia a la que las fiestas remiten, no quiere acordarse del abuelo que no está más, no quiere acordarse de que no le alcanza para llenar de regalitos el maltrecho pino plástico que el ocho de diciembre otro ritual nos hizo armar en un rincón donde (lógicamente) molesta.

En diciembre la sociedad te pide que seas feliz, que estés contento porque se acaba algo (que no es cierto, pero no importa), que hagas el último esfuercito para llegar a la meta (que no está necesariamente al término del almanaque, pero no importa). Diciembre exige emociones que todos debemos  compartir y si no te parece, sos raro. Te falta espíritu.

Tranquilitos y mansos, pero a las corridas, las peatonales se vuelven hormigueros, el transito se desorganiza. Es tiempo de no tener tiempo y las despedidas dejan de ser actos sociales disfrutables, para ser horribles compromisos con los que cumplir, porque “viste como son estas fechas” y así estamos… diciéndole feliz navidad al taxista, mientras le azotamos la puerta del auto para correr a pisar gente en la fila de un comercio o llenamos de regalitos a los amigos mientras medimos y cuantificamos sus muestras de amor hacia nosotros, lejos, muy lejos de la generosidad y el acto de dar, todo pasa a un acto de cumplir, medir y reprochar, por dentro o a viva voz, mirar y analizar, cuestionar y sobrevivir… porque pronto llegara enero con su cara de chico nuevo al que no se le puede pedir nada.


Por todo eso y mucho más, a diciembre, no lo entiendo… pero no pasa nada, porque ya se termina el año.


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad



Ya estamos en ese momentito previo, en esas horas de corridas para la noche que empieza a cerrar el año. Hablar de todas las cosas que no se entienden de nuestra celebración de la navidad es cada año un lugar común, una actividad rutinaria y masiva que ni convoca ni motiva. No hace falta escribir sobre nada de eso.


El ritual pagano con destellitos dogmáticos, el festín de la familia o la versión libre que cada uno haya construido con las críticas que se aguante resistir, está a punto de empezar en todas las casas. 
Estamos con los pies en el 24 y la simbología del 25, porque ni le dejaremos a la navidad terminar de llegar para honrarla… Porque aunque llegó a las vidrieras en octubre (justo mientras despegaban los anuncios de Dìa de la Madre), la navidad es el 25 y la reunión cumbre en la mayoría de los hogares, es el 24. ¿Por què hay que cenar el día antes?, porque es uno de los poquísimos lugares del globo terráqueo donde la ansiedad nos gana la partida y celebramos desde el minuto cero, en este país, se hace vigilia y se le aprovechan a esta fecha hasta esos primeros minutitos para descorchar.


¿Hablamos de lo religioso? Capaz ni da, eso ya no lo entiende nadie y no soy teóloga como para discutirlo, de hecho, la mayorìa de las corrientes de pensamiento encuentran la navidad como un ritual anterior a la era cristiana, y cada vez son más los adornos de polo sur y menos los pesebres de Belén.
Algunos justifican la elección de la fecha basada en la llegada de los primeros cristianos al norte de Europa, donde ya se celebraba el nacimiento de Frey (dios pagano nórdico), adornando un árbol en la fecha próxima a la Navidad cristiana.
Dice esta gente que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó ese árbol, y en su lugar plantó un pino adornado con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso y la forma triangular del árbol nos recuerda a la Santísima Trinidad. La pucha… una de las tantas historias que giran en torno al arbolito. 
De màs està aclarar que las velas y manzanas no son tan protagónicos como los renos y el gordito abrigado que esa noche no se deja ver, pero que los días previos recorre los shoppings cotizando fotos familiares con padres sonrientes y niños aterrados en ambientaciones invernales que poco tienen que ver con las criaturitas en ojotas que exigen nuestros veranos sudamericanos.


Hay muchas religiones celebrando cosas distintas en esta fecha. O sea, que ya la navidad nació siendo un pastiche de credos y conveniencias que nos hemos encargado de acrecentar.

Lo cierto es que nos gusta y nos parece perfecto cualquier motivo para meterle color a la rutina, pese a que esto implique sentir como las altísimas temperaturas estivales son tema de conversación toda la noche (aunque toda la ciudad del cono sur tiene un aspecto ridículamente nevado) y celebrar con un menú hipercalòrico calcado del otro hemisferio, mientras decoramos nuestras cabezas con gorros de piel. 


No entiendo algunas muchísimas cosas del festejo de la Navidad... y seguro me estoy olvidando de escribir muchas otras, y elegí omitir otras más... porque son tantos los símbolos que superponemos y tantas las cosas que nos imponemos que es imposible entenderlo todo.

Lo único valido es el buen deseo.

Feliz navidad a todos.


No entiendo las aristas



No me gustan los filos, los bordes, las aristas.
No me gustan los ángulos, las rectas, lo derecho. Tampoco me gusta el ideal de perfección que persiguen. Pero fundamentalmente, me abruma su connotación de agresividad.


Viviría en un mundo redondo, ovalado, acolchonado, donde las puntas nunca sean puntudas, ni pinchudas, ni aristosas. Donde los bordes no estén muy definidos, porque las definiciones son siempre mentirosas y las líneas rectas no se sentirían cómodas y dejarían de existir, ocupando un lugar en la mitología cunado algún nostálgico las recupere evocativamente.


Geometría blandita, formas imperfectas, perfectamente imperfectas. Ennubesitada geometría de las curvas que conservaron el anonimato cuando todas las figuras con lados y ángulos recibieron su nombre; porque todas las figuras con lados rectos tienen ángulos y tienen  nombre. Están rotuladas y encasilladas. Las formas curvas, no. Se escaparon del afán clasificatorio y del dominio del lenguaje, se filtraron de los estándares y se pusieron a bailar.

Coreografía de curvas, sintonía de bucles y vueltas, girando o cayendo torpemente, saltando o solo quietas, pero con la rotunda sensación de movimiento que contagia su presencia.


Las formas erráticas, las formas deformes en toda su contradicción. Esas quiero.


No entiendo los días de la semana




Nunca entendí los días de la semana, ni de donde salen, ni quien los inventó, ni porque son siete…. No sé... nunca los entendí. No entendía que se llamen como planetas, porque no me cerraba el número de planetas con la cantidad de días ni con la inclusión de otros astros, tampoco veo lógica la proporción de trabajar cinco y descansar dos, no sé de donde sale, y porque todos trabajamos y descansamos  los mismos. Nunca entendí nada de eso, o no entiendo desde cuándo y porque quedó así establecido… pero estoy subida a esta rueda y rodeada de gente que naturaliza la existencia de estos nombres que hablan de los días.


Entonces, la curiosidad me llevo a leer un poquito de historia, y lo cierto es que nombramos a los días de la semana desde hace mucho tiempo (muchísimo, tal vez). La palabra semana, incluso, hace alusión al número siete y parece que no es tan arbitrario. La humanidad descubrió el ciclo solar y midió el tiempo en cantidad de primaveras, más tarde delimitó las cuatro estaciones y por ahí descubrió las fases de la luna; llena, menguante, nueva y creciente, que resulta que duran aproximadamente siete días. Ok, de ahí sale el formato de semana de siete días, aunque varias religiones definen el origen de la semana como el tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos (Génesis 1:1 - 2:4).

El origen de los nombres, por su parte, tiene que ver con lo que del cielo veían aquellos; el Sol, la Luna, y los cinco planetas que pueden verse a simple vista: Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno (podemos ver etimologías interesantes en los distintos idiomas que cambian la evocación de deidades grecorromanas por germánicas o toman bíblicamente vocablos hebreos).

Sin embargo, estos ciclos lunares no coinciden estrictamente con los siete días, y el inicio de la semana se relaciona con una convención internacional (si, si… para eso si el planeta se pone de acuerdo) desde 1988, mediante la norma ISO 8601, se indica el orden de los días de la semana. Esta norma establece que la semana comienza el lunes y finaliza el domingo, siendo la reglamentación que se sigue en la inmensa mayoría de los países del mundo (aunque algunos prefieren comenzar el domingo).



¿Para qué nombramos los días? ¿Y les ponemos número? ¿Y los agrupamos en meses? Qué necesidad de andar clasificándolo todo.  Entonces me di cuenta de que por alguna extraña razón había cosas que le quedaban muy bien a algunos días y no muy bien a otros. Por una razón no tan extraña, porque en el fondo, todos estigmatizamos a los días de la semana y les hacemos cumplir nuestros presagios, como a los meses del año, como a las nomenclaturas del horóscopo…. Y así… le hacemos cargo a los miércoles de estar en el medio y a los domingos a la noche los culpamos de la tristeza y a los lunes los llenamos de energía mal querida por el inicio de la rutina y vamos por el mundo preguntando quien es de Aries o de Libra, para achacarle estereotipos que alguien trazó culpando a las estrellas… entonces es pura casualidad… o no… que se yo.



No entiendo al paso (5)



No entiendo como se prenden estos ventiladores de techo....



No entiendo al paso... pequeñas cositas cotidianas,


No entiendo como no amar el transporte público (9)



Hoy no entiendo como no somos más solidarios y pienso en lo que amé el transporte público de Perú…. No el turístico, sino el local, el que lleva chicos a la escuela y lleva doñas al mercado, el que es una combi compacta que se llena de gente con muchos bolsos.

En ese transporte público, la solidaridad hace que todo el pasaje se involucre en lograr que el espacio se potencie. Es la corporeización de la palabra “cooperación”.
Apenas subís, alguien te indica donde sentarte, otro te tiene de la mano para que no te caigas por el movimiento, alguno pone tu bolso bajo las piernas de alguien o sobre la falda de cualquiera. Así, llegas a hacerte parte de la masa compacta que constituye el pasaje, lo más cómodo que se pueda. Dentro de lo prensado que se viaja, todos te sonríen, todos somos compañeros de viaje. Alguno se baja, saluda. Otro hace una pregunta, varios ríen. Casi todos quieren saber porque no sos de ahí, a donde vas, como te pueden ayudar a llegar a tu destino.

En un punto del recorrido, sube una mujer con dos chicos y varios bolsos. Le alcanza un bolso enorme con verduras a un fulano con total naturalidad, se acomoda en un asiento y ubica uno de los niños sobre ella, el otro chico es agarrado de la cintura por un pasajero que en su falda lleva el bolso de la señora y lo deposita con total naturalidad sobre mis piernas. El niño ni lo nota. La coreografía no ensayada fluye con tanta naturalidad, que sonrío, trato de jugar con él y pienso…. ¿Cómo no amar el transporte público?

Viajar en estos medios compartidos es lo que más nos hermana dentro de la despersonalización de las grandes ciudades. Ser comunidad, ser en relación con otros seres, y celebrar que todavía pasa, aunque no sea en todas partes.


Cuando en mi ciudad veo gente parada en el pasillo del transporte público, bastante más amplio y cómodo que aquel de Perú, y veo niños pequeños ocupando asientos completos, siento que nos falta aprender de aquellas combis peruanas que nos invitan a hacernos familia para aprovechar el espacio disponible. 

No entiendo el bidet




Algunas palabritas, girar las manijitas, mostrar agua fría, agua caliente, posibilidad de usar un tapón y para el gran final; la manijita del medio haciendo emerger un enérgico conjunto de chorritos, cual aguas danzantes, en pleno baño de casa.

Todo comenzó una tarde, en la que un trío de huéspedes extranjeras, juntaron valor y aventuraron la pregunta que llevaba meses sobrevolando su imaginación; “¿para qué es la segunda taza del baño?”. Esa tarde, di una charla teórico práctica sobre los usos y aplicaciones de este entrañable objeto y su polisémica lectura.


Para todos nosotros es muy común encontrar en cada casa y aun en baños de uso colectivo el bidet al lado del inodoro, sin embargo esta pieza constitutiva de nuestros cuartos de higiene poco tiene de universal. Es más... No es de lo más habitual. Tanto en Estados Unidos como en Europa solo están en hoteles de alta gama, en España o México cada vez se usan menos. En Inglaterra lo consideran cosa de franceses; en Alemania, dicen que es poco higiénico; y en Italia, lo ven como un accesorio de lujo. Argentina es uno de los pocos lugares del mundo en los que forma parte del equipamiento ideal y hasta básico de lo que llamamos baño completo: inodoro, bidet, bañera y lavatorio.


Su nombre es bidé o bidet  y viene del vocablo francés “caballito” que hace alusión a la postura que se emplea durante su uso. Consiste en un recipiente de porcelana bajo, ovalado con agua corriente, desagüe y lluvia invertida para higiene íntima. 
Al parecer se inventó en Francia en el siglo XVIII, en el período en el que la limpieza corporal se llevaba a cabo una vez por semana. Fue inventado para asear las áreas "privadas" del cuerpo, entre baños regularmente programados. 
Una curiosidad es que su lugar era el dormitorio hasta el 1900 en que se mudó al baño. Generalmente se asemeja a la forma del inodoro. Existe una amplia variedad de estilos de bidets, todos ellos combinan con el correspondiente retrete. y se ponen al lado este en el cuarto de baño. Para su uso, se puede escoger sentarse viendo hacia los controles de agua del mismo o dándoles la espalda.

También cabe aclarar que estamos mucho más acostumbrados a verlo que a usarlo, o al menos esas son las estadísticas que arroja mi somero relevamiento de campo en casas de amigos que lo han mutado en revistero, lavapiés, espacio para lavar ropa a mano o cortardero de uñas, depósito de rollitos de papel higiénico agotados (si… el relevamiento fue breve, seguro hay miles de datos que a todos nos sorprendería conocer).

Más allá del uso o la falta de uso, nadie concibe construir un baño sin incluirlo en los planos, incluso en lugares de uso público en los que nadie sentiría necesario darle utilidad. Es uno de esos muchos orgullitos pavotes que ensalzamos los argentinos.      


No entiendo la fuerza de algunas palabras; Aurora




Nuestro lenguaje es dueño de una riqueza de la que hacemos caso omiso.
Usamos muy pocas de las muchísimas palabras de nuestro léxico y desconocemos incuso el significado de otras que si usamos, pero mal.

En esta sección le regalamos cuentitos a las palabras cargadas de sentido y nos permitimos amar lo necesarias que resultan. Quizás con un poquito de esfuerzo podamos sacar de adentro del diccionario algunas de las muchas combinaciones silábicas que no entiendo cómo nos olvidamos ahí.


Se levantó sigiloso en medio de la noche y abandonó la cama que compartían tratando de no despertarla.
Bajó las escaleras a oscuras y con la claridad que se filtraba por la ventana escrudiñó los lomos de sus libros hasta encontrar el diccionario.
Revisó las primeras páginas y encontró la definición que buscaba
“luz sonrosada que aparece en el oriente inmediatamente antes de la salida del sol”
Sonrió satisfecho y volvió a la cama.
Horas más tarde ambos desayunaban en la cocina. Ella hablaba sobre las cortinas para el dormitorio o el suavizante para ropa que tenía previsto comprar. Él la miraba circular por la cocina con la cabeza llena de ideas y los ojos rebalsados de ilusiones.
Ambos compartían largas horas tratando de poner en palabras sus proyectos, pero había una palabra en la que aún no habían logrado coincidir. 
Ella descubrió su silencio y le sostuvo la mirada. Él le devolvió una sonrisa tímida y movió la cabeza hacia los lados. El silencio se prolongó algunos segundos más, hasta que el decidió arriesgar una respuesta.

“Tengo el nombre”, le dijo sonriendo, pero con tono serio. Ella lo miro sin muchas expectativas. “Se llama Aurora”, dijo él. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas y tomando su panza de siete meses con ambas manos se acercó a su marido sin disimular la emoción. “Es verdad”, dijo ella, “se llama Aurora”.