No entiendo a junio



¿Mitad de año? ¿Confirmado? ¡Flash! ¿Como pasó?

En esta parte del mundo, el calendario le dió oficialización al invierno, sin nieve, sin la crudeza de otras latitudes, pero con fresquitos que nos reducen las ganas de intemperie y esas narices rojas que nos contracturan todo el cuerpo.


Hola Junio lleno de pañuelos y estornudos, de tecito y sopa, de excesiva calefacción en los comercios y contrastes terribles con la temperatura de las veredas, junio de fin de cuatrimestre y cierres que nada cierran porque están en el medio.

En medio de este clima tan clásico aparece lo que se conoce como "El veranito de San Juan".... un puñadito de días con temperaturas desubicadas que nos devuelven a los parques y nos permiten secar la ropa al sol, porque junio es frío pero tiene guiños de ojo para todos y nos iba a dejar sin un cálido abrazo.

Además tenemos celebración patria, porque entre los colores del otoño, pintamos la ciudad de celeste y blanco y le ponemos fuerza al sol dorado que el día de la bandera hace brillar en cada rinconcito, mástil, balcón, puerta de escuela o solapa de nuestros abrigos (que haríamos con las escarapelas si el día de la bandera fuera en febrero, como corresponde a su creación?).

Junio también tiene cara de jueves... porque es el prólogo a las vacaciones de invierno, que son un efímero paréntesis escolar nacido para renovar energías en un momento en que el año carece de demasiados relieves. Si las vacaciones son como un largo fin de semana en medio del año escolar, junio es ese jueves que las presagia y nos llena expectativas, y  por todo eso lo queremos y por todo eso no lo entendemos, porque le da la bienvenida al invierno, pero nos regala un verano... porque nos hace ver el cielo gris, pero nos propone dibujar el sol, porque no nos va a dar pausa, pero trae gustito a vacaciones... porque es sin ser e invita sin ofrecer.... porque junio es la bisagra del almanaque y las ganas de volver atras o correr hasta el final, pero esa asfixia de estar en el medio la tiene bien resuelta con sus contrastes e ironías, con sus hibridaciones y desvarios, con esa cadencia confusa que nos hace tenerle estima, porque junio es como nosotros y no sabe muy bien que hacer.


No entiendo el pedido de mano dura



Ya era tiempo de poner en palabras lo difícil que se me hace escuchar a la gente que cree que llevar una vida fuera de los márgenes de la ley es una opción. Que vivir inmerso en la violencia es una opción.


Mucha gente, mucha critica, poca empatía, ningún conocimiento de la situación. ¿Cómo hacer para creer que salir de casa para hacer las cosas mal es una decisión que cualquier pibe puede tomar con libertad de opciones? ¿Cómo hacer para creer que esa es la solución más fácil, la salida elegida, la respuesta a algún problema?

Lo increíble es que existen tantísimos en situación de solucionar algo arruinando tanto más. Un parche en la contingencia, un presente para ningún futuro, una inercia de tanto pasado, una mirada entre tanta ceguera, una vez que se vuelve todas las veces, un consejo que se vuelve mandato, una alternativa que no logra balancearse con otras, porque no hay otras…. Porque no se puede, porque no se pudo o no se va a poder. Y hace falta tapar el hueco de hoy. De la comida de hoy, de la salida de hoy, de la pilchita de hoy, de alguna cosa que los haga sentir más que los nadies de siempre (con lo fácil que es cuestionar esto desde la cama calentita, con la heladera llena y el entorno que te banca)

Y no estoy diciendo nada que no se haya dicho…. Ni pensando de manera innovadora, porque la situación es de siempre, cambian las caras, cambian los nombres, cambian las estadísticas, los apelativos y algunos titulares para hablar siempre de lo mismo y seguir mirándolos feo y sintiendo que las decisiones que toman los encasillan de “malos” que por cuestiones divinas salen al mundo a arruinar familias, que los pierde la droga, el consumismo, la frivolidad y nunca nadie los miro  a los ojos para buscar su historia tan igual y tan única en medio de las demás.


Nunca pensar de donde vienen, que les pasó, en medio de que, con que estimulo…. El llanto de un abuelo, la usencia de una madre, los mocos de un hermanito, la muerte de un perro, el dolor de un amigo, la indiferencia de un amor no correspondido, la enfermedad, todas las carencias, pocos abrazos, muchos sopapos, realidades de las que evadirse en todos los momentos de la vida y el resultado nos pone a todos a convivir en la misma calle, en una dura calle donde somos lo que se ve y lo demás no se pregunta, donde somos lo que hacemos y no lo que nos hicieron, como si lo eligiéramos en ese momento, como si no lleváramos vida vivida, como si el presente lo cubriera todo y nos condenara a ese instante, ese arrebato, ese gatillo, esa cartera, una agresión, una respuesta a quien no tienen toda la culpa de lo que hay en el mundo, pero se dio así y es un error y es un horror, y no es justo, pero es así, porque las cosas no siempre se eligen y no siempre corresponden… y no importa nada más que ese ratito… y se puede entender y es re duro, pero solo es un emergente de lo mucho que se sumerge y se amasa para abajo con montañas de dolor que a nadie le importa ver ni curar ni nada de nada, porque nada se espera para los nadies y ellos lo saben y por eso están como están.


Por eso y por todo lo que rodea el  “eso” donde están es que no entiendo el pedido de mano dura, es que veo lo que no se ve y no hay forma  de negar lo que no se ve… no existe imaginar esa persona eligiendo un día la vida que lleva, porque no son cosas que se eligen… son cosas que te pasan o no te pasan… y está buenísimo saber de qué lado te tocó estar, pero no podes pensar que ese lado es una decisión libre, porque el mundo es mucho más variado y cruel que lo que fantaseamos con saber ver y todo el tiempo nos estamos perdiendo de algo y cuando condenamos, nos perdemos de mucho más.


No entiendo la rutina



Trato de no tener rutina… no sé qué tal lo logre…. Todos necesitamos algún esquemita que nos ordene con algún criterio la jornada, para que el tiempo tenga un carril por el que fluir más o menos armonioso.


Alguito de rutina es saludable, el problema emerge cuando cada uno de los rincones de nuestro día es absolutamente previsible y carece totalmente de inesperados, o peor aún, cuando los inesperados desestabilizan y  desagradan, porque no estaban invitados a la agenda propuesta. Cuando cruzarse con un amigo que hace rato no veíamos se vuelve un desperdicio de tiempo al que no accedemos y lejos de ir a tomar algo proponemos “ver cuando nos juntamos” (algo que no estaba pasando y probablemente no pase). Cuando un velatorio es peor noticia por lo forzado de llegar a la cita que por la pérdida de la persona a la que hay que ir a despedir. Cuando un árbol florecido nos es indiferente y no podemos sentarnos a leer un poema sin culpa… ahí la rutina nos confirma que ganó la batalla y todos los días (mayormente las semanas) están condenadas a la dictadura del deber ser… hasta que las vacaciones nos inviten a establecer temporalmente una nueva rutina en otro escenario y nos haga creer que estamos listos para volver a ser engranajes de esa máquina que diseñamos y habitamos con increíble perversión para esclavizarnos a nosotros mismos a cambio de una pretendida estabilidad, un manojo de certezas y una inventada eficiencia.


Alguna vez, intenté tener una rutina de escritura… Alguna vez escribí sobre una rutina….

Se abrieron sus ojos diez minutos antes de que sonara el despertador, como todas las mañanas. Se quedó en la cama hasta escuchar su alarma, a  ojos cerrados, disfrutando el último ratito de cama.
Cuando se levantó algo en su cuerpo se activó, quizás el “modo rutina”. A partir de ahí, todo se volvió automático, como todas las mañanas. Baño, ducha, cepillado de dientes. Bajar las escaleras en bata de toalla y ser recibida con la efusividad de Kapuscinski, su incondicional salchicha de treinta centímetros de alto. Casi como un trámite le acaricio la cabeza y ya en la cocina le sirvió leche, mientras ponía agua en la pava y pan en la tostadora de manera mecánica.
Café con leche para tres, tostadas con dulce de leche y una con mermelada que se fue comiendo mientras subía las escaleras. Frente al baño, casi coreográficamente, saludó a Lucas, un beso de paso, parte de la rutina “Buen día, ya está listo el desayuno", le dijo después del beso con una sonrisita. “Gracias, voy bajando, que se apuren  las nenas”… Como siempre.
Ella entró a su cuarto y mientras se vestía instaba a sus hijas a despertar en el cuarto contiguo. Cuando terminó de cambiarse fue a ayudarlas con  los uniformes y las tres bajaron esquivando a Kapuscinski que volvía a intentar sin éxito ser parte de aquel conocido show. Desayuno al paso y todos al auto para encarar el día. Dos a la escuela, ella a la oficina y Lucas camino a la fábrica de las afueras de la ciudad, como todos los días.
Cada uno en su lugar, como las piezas del ajedrez alineadas para comenzar la partida y sabiendo que al final del juego volverán todas a la misma caja (esperando que haya una nueva partida con iguales posiciones y el mismo regreso a la caja)
¿Cuál será el sentido de repetir ese esquema durante toda la vida y perpetuarlo en las sucesivas generaciones? ¿Dónde está el tiempo de disfrutarnos, y cuál es el momento para conocernos?
Cada uno en su tarea, cada miembro de la familia cumple su rol y como dentro de un reloj que ignora el tiempo, cada engranaje hace que el otro gire sin saber que el fin último de cada engranaje no es el a felicidad de ellos, sino el objetivo del reloj.

Si hubiera tiempo para pensar en esto, dejarían de hacerlo. Pero no hay tiempo, solo hay esquema, coreografía, rutina, y un perro que lo entendió todo, pero no  lo sabe explicar.

No entiendo la rutina, pero es una de esas cosas que queda afuera de la caverna de Platón y no está bien visto que la gente sepa que uno quiere salir a ver que más hay.


No entiendo a Marzo



Tengo una obsesión con entender cuando empieza el año (aunque para cada persona debe haber una fecha diferente)... ya lo cuestioné muchas veces... pero estoy   casi segura que el primero de marzo deberíamos descorchar algo y brindar por el año nuevo... poner el pie oficialmente en el suelo y saber que ahora las cosas se van a empezar a mover.


La educación formal tiene en nuestras sociedades un peso enorme que hace que vayamos acomodando nuestro calendario a la escuela... aun los que no asistimos... aun los que no se vinculan con las aulas y calendarios académicos en su vida adulta.

¿Será que quedamos formateados desde nuestro transito por la escuela y pese a no seguir ahí... nuestros años homenajean aquella cadencia?
¿Será que marzo nos convenció de empezar a pensar cuando el llega?
¿Será que el verano no nos deja pensar bien?
¿O que las alfombras de hojas crujientes nos indican el inicio del año con mas calidez que las alegóricas hojas de muérdago que no nos evocan más que marketing anglosajón de climas ajenos y tradiciones mal implantadas por la tele en nuestros hogares?

Sea como sea... cuando las zapaterías y librerías se visten de marzo... el año empieza  a tomar color. Cuando los guardapolvos invaden las góndolas de los supermercados, sentimos que de verdad viene otra vez el año con toda la fuerza que suele mostrarnos.
Y ahí está marzo... volviendo a llenar el transporte publico de niños y las veredas de uniformes.
Hola marzo de agendas meticulosas y rutina estable para alegría y colapso de todos.

No entiendo porque necesitamos pedir permiso al calendario escolar para iniciar el ritmo de nuestro año.

No entiendo el Zodiaco



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “Z”… 
...si, la última… hemos resuelto el desafío, hemos llegado al final de este bonito juego. Hoy se terminan los días de abecedario.


Y llega ese momento de confesar que me parece una real paparruchada hablar de los signos del zodiaco. No voy a ser ni la primera ni la última en hacerlo… solo voy a ser una más diciendo “todo muy lindo, los astros y la vía láctea, pero nada que ver”



Es que se me hace insostenible tratar de asociar personalidades, actitudes o infortunios al sol, la luna y las estrellas. Y no es que no crea que el universo es un todo conectado, es solo que no creo que haber nacido en marzo te haga más creativo que a un nacido en octubre. Simplemente se me hace raro tratar de achacar a la fecha de nuestro natalicio el resto de aciertos e infortunios, como si los pasos después de nacer no influyeran en nuestros espectros de suerte y desgracia, éxitos y fracasos.

Se me hace más cercano el pensar que esta semana hay cosas que genera la luna, o que el humor nos muta por la proximidad de Urano (¿?), pero me complica mucho más creer que un divorcio sea evidente por culpa de un capricorniano o un talento empresarial sea fruto de un autentico taurino… sobran los ejemplos.

Estoy tratando de ser clara en que no niego que los astros y nosotros convivimos y nos acompañamos, pero los signos del zodiaco son bastante poco efectivos como testimonio de esta conexión. Todos conocemos más de una persona de cada signo y podemos ver lo infinitamente diversos que son (si, porque él es libra con la luna en Venus y aquel es libra, pero con ascendente en Escorpio… podrán decirme… de hecho... ya me lo dijeron...)

Ciertamente no soy una entendida en el tema y solo me tropiezo con estas frases en bocas múltiples que se alegran o apenan de la fecha de nacimiento de mis parientes por los supuestos dogmas que eso acarrea.


No entiendo y capaz eso se debe a que soy acuariana 


No entiendo el YinYang



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “Y”

Foniátricamente disfruto un montón de la y, que la tienen todos, pero en argentina la mimamos  muy especialmente y le damos una fuerza impresionante y característica. Nadie la pronuncia como nosotros.
Nuestro Patrimonio lingüístico no es solo las palabras y sus significados, ni sus acepciones y cositas, también es lo divertido de saber que el español mima la “ñ” y El argentino ensalza la “y”


Hay algo en lo binario que des hace tiempo viene haciendo ruido, y el yin yang es un intento milenario de romper con esa polaridad, es un símbolo de no diferenciación que propone no pensar los opuestos como antagónicos (pese a seguir entendiendo la existencia de esos opuestos en tanto tales), que postula la superposición de los matices, el encuentro en lo diferente, la convivencia de lo contradictorio.
Encontrar lo masculino en lo femenino, entrelazar la luz y la oscuridad, combinar le día y la noche y entender que todo existe junto y mezclado, circular y salpicado, armónico y equilibrado.



No podemos seguir pensando en lo dual porque sería desconocer lo múltiple, seria negar un innegable abanico de matices y la existencia misma con toda su complejidad.
Este símbolo del taoísmo es un indicio, pero se queda corto… hay mucho más que negro en blanco y blanco en negro, hay magia en el “entre” y un sinfín de grises. El símbolo de la dualidad olvida que hay mucho más que dos en todos los temas imaginables, en las fuerzas opuestas hay más que oposición, lo que se supone que complementa no puede evitar convivir, esa armonía es inevitable, la luna no se ve sin la luz del sol, no existe el hombre sin la mujer, ni la mujer sin el hombre. No hay más que un bella simplificación de esta verdad en ese símbolo, no hay sino resumen de un despliegue inabarcable de una mirada complejizante que sin duda muchos monjes (¿?) taoístas han tenido, no hay forma de recriminar que no lo sepan, seguro lo han sabido, y la popular imagen ha perdido parte de su mensaje en la multiplicación simplista de su misión.


No entiendo el yin yang más que como una simplificación de una verdad bella, mística y múltiple, más que como un resumen de un montón de cosas que se interimplican de manera inevitable… como la complejidad misma.



No entiendo la Xenofobia



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “X” (no entiendo porque el final del abecedario se pone tan complicado)


Nunca entendí la xenofobia, no sé cómo nació, pero seguro nunca tuvo sentido, no debe ser que ahora se volvió indignante. Viene causando daño desde tiempos remotísimos y en cada contexto tomó formas diferentes, pero todas feas y absurdas.
Y es que es muy fácil mirar al otro y no entenderlo. Sin embargo, no hace falta ni explicarlo, solo toca entender que es otro, con su otredad a cuestas, con sus ancestros y sus variables.

Hay momentos donde somos el otro. De hecho, siempre que nos encontramos con un "otro" estamos siendo el "otro" para él. ¿Que motivos podemos tener para conferirle odio? ¿Que motivos pueden llevarle a odiarme?


Hace algunos años elegí vacacionar en un país en el que se notaba mucho que yo no era de aquellas tierras, lo hago cada vez que puedo, y los resultados son diversos. En aquel momento, sucedió que la gente me hacía sentir mucho más distinta que las otras veces que había sido distinta en latitudes diferentes. Un taxista con ganas de ser hospitalario resumió el pensamientos de otros muchos “Si baja el sol se vuelve peligroso. En África a las seis de la tarde te matan”. Eso nos dijo, mientras nos retaba por haber estado circulando en el barrio donde tomamos el taxi sin las precauciones correspondientes (todavía no sé cuáles serían). Ciertamente sonaba exagerado, y hasta un poquito absurdo. No nos gusta estigmatizar a la gente, ni a los países y mucho menos (como en las palabras del taxista) a todo un continente, no nos gustan los prejuicios a ninguna hora, aun a las seis de la tarde.
Tomamos la anécdota como una desbocada intención de hospitalidad de aquel taxista negro que también nos había dicho que los barrios en los que no viven las personas blancas son muy peligrosos (si, él, desde su boca negra, agitando sobre el volante sus manos negras, nos hablaba del peligro que corríamos por culpa de los negros).
A las pocas horas tomamos un bus de JoBurg a Pretoria. No habíamos tomado en cuenta el horario de arribo, llegamos a destino casi con la noche. Abordamos un transporte público local pidiendo a los pasajeros indicaciones y a la luz natural que se quede un ratito más. Teníamos que encontrar la casa de una pareja que nos iba a alojar y bajamos del vehículo con algunas pistas y pocas certezas. El atardecer se vaticinaba en el ocaso. Con un inglés improvisado nos interpeló una señora desde una ventana, aprovechamos su curiosidad para reforzar nuestros indicios sobre la calle que buscábamos. La señora desapareció de la ventana y apareció en la puerta. No conocía la calle, pero quería acompañarnos. Nos guió a la casa de un pariente, le contó la situación y comenzamos a avanzar los cuatro. Un vecino fue interrogado y se unió al movimiento. En una esquina, un vigilador privado no logró responder sobre la dirección que buscábamos y fue obligado por la señora a venir con nosotros (abandonando su lugar de trabajo) “Eres el encargado de la seguridad, son blancos y están perdidos. Es de noche, si algo les pasa será tu culpa” le gritó la señora para convencerlo.
Preguntando, sumando gente. Encontramos el destino. Éramos seis cuando el encargado del edificio correcto nos abrió la puerta. El camino amarillo llegó a su fin, el león, el espantapájaros y el hombre de hojalata volvieron a sus hogares satisfechos.

Después de las seis de la tarde, en África te matan, o te pasan cosas como esta, que aparecen africanos absolutamente decididos a ayudarte sin que lo pidas.

Y es que tiene un montón de sentido que el otro, el extranjero, el desconocido, no necesite matarte, o lastimarte, o hacerte sentir poco querido. No hubo un sólo momento de ese u otros viajes en que nos hayamos sentido en riesgo. Muchas veces quisieron convencernos (en destino y fuertemente antes de viajar) de los peligros que implica ser el diferente en cualquier parte.

No entiendo la xenofobia, no entiendo hasta cuando vamos a vivir con el fantasma del odio y sus muchas formas, con los miedos de lo desconocido tratando de sacarle la magia a la sorpresa de la diversidad y la riqueza que nos aporta.


No entiendo el Wabi sabi



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “W” (tarea nada sencilla)


Poco se y mucho me resuena la filosofía japonesa que de origen a la estética wabi sabi. Tiene algunos principios simples y claros con los que sin conocerla había estado tratando de amigarme y estoy cerca de convertirlo en mi bandera de culto.

Es un término estético, pero viene del budismo y me parece muy interesante aplicado a la vida diaria, como forma de perdonarse (perdonarnos) ser humanos. Las ideas del wabi sabi implican:
  • Nada es perfecto
  • Nada es permanente
  • Nada está completo

Entender esto y entender que está bien, es lógico y es natural alcanza. No parecemos necesitar nada más para ser felices en nuestra rutina.
Encontrar esa fascinante belleza en la imperfección de la vida nos reconcilia con nuestros devenires. Para esto tenemos que dejar solo lo esencial (porque no le podemos tolerar imperfección a tantas cosas)
En tiempos modernos de obsolescencia programada y cultura del descarte, me parece precioso que podamos buscar bancarnos los defectos y verlos bellos en lugar de necesitar evitarlos.


Encontrar placer en la irregularidad de las maderas, las cerámicas, las fibras naturales, los tejidos artesanales y no en los pulcros acabados pulidísimos que parecen venir de otros planetas. Poner en valor lo rustico, lo viejo, lo que tiene historia y el paso del tiempo con sus marcas visibles. Lo dicen los decoradores, pero me gustó llevarlo al autoamor, al aceptarse y valorarse con todo lo que la vida vivida nos puso arriba, a nosotros, a nuestro entorno afectivo, y en última instancia a nuestros objetos.

Al pareces, una persona wabi es para los japoneses un humilde por elección en sintonía con la naturaleza (suena tan budista como indiscutible), es feliz con poco  (un camino de ida que es encantador cultivar, mas allá de las cosas, con los pequeños momentos). 
Por otro lado, sabi es la progresión natural, la carga del tiempo vivido, bien vivido, otra palabra que remite a objetos, pero podría hacerlo a personas. Implica que los objetos han estado cuidados, limpios y protegidos, pero el paso de la vida se puede ver igual.
Este movimiento estético celebra las cicatrices en las superficies, el tiempo como regalo, y no como castigo, como algo que es real y no hace falta disimular, objetos con espíritu y corazón.
Pensar en personas en los términos que estos decoradores nombran objetos y ambientes; penumbra, intemperie, perecedero, desgastado, modesto, asimétrico, áspero, sencillo, lleno de grietas; es fácil, así somos, así nos relacionamos. Wabi sabi es una forma de pensar y estar en el mundo.


No entiendo como no salimos a la vida con estos principios de fugacidad de la existencia atados en el cuerpo, orgullosos de nuestras huellas visibles y las sentibles. Con un ciclo de vida que nos crea y nos recrea para ser lo que podemos ofrecer al que se nos quiera acercar. Con eso claro, disfrutar el hoy y las pequeñas cosas es una consecuencia natural. Como vivir.


No entiendo la Vocación



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “V”


Desde chiquitos escuchamos hablar de la vocación, del llamadito, o el talento innato para hacer algo, para ser alguien. No todos lo escuchamos, no todos a tiempo, muchos ni sabemos si lo escuchamos o nos imaginamos la voz que nos convenía oír… sin embargo, estamos rodeados de personas cuya vocación los mueve a hacer cosas increíbles y personas que apagaron esas voces para sumirse en una profunda  negación de si mismos.
Esa convocatoria extraña a una forma de vida, ese interés profundo que nace desde muy adentro es lo que nos hace mezclar un poco de lo que tenemos y otro poco de las herramientas y conocimientos necesarios que buscamos, para seguir el camino que creemos que es el nuestro.

Pensando estas y otras cosas, un día escribí un cuentito... y acá va.



Se levantó sonriendo en mitad de su sueño. Soñaba con su familia, con un almuerzo familiar en el que estaban todos. Estaba la abuela Delia con la mirada dulce, estaba el abuelo Emilio con la carcajada estruendosa, estaban sus padres, contentísimos, sirviendo la mesa, estaba su hermana, contándole cosas graciosas de la semana laboral, estaba su hermano, presentando novia nueva, estaba Haras, la labradora dorada que desde cachorra viva con ellos en el coqueto barrio porteño que la vio nacer. Estaban ellos y estaban otros, los muy cercanos y los no tanto. Y se levantó sonriendo.
Se acercó a la ventana y corrió la cortina. Era domingo. El sol entró y desde el marco inferior de la ventana emergieron tres cabecitas profundamente oscuras, tres cabecitas rapadas con enormes bocas repletas de dientes excesivamente blancos. Inés devolvió la sonrisa y fue a abrir la puerta. Un viento suave peino la tierra de la vereda y como un suspiro caliente besó el cuerpo de Inés.  Viento africano, aire de Mozambique.
Más criaturas se acercaron a la puerta para llenar de cariño físico a Inés y mezclar el portugués natal con el español que tímidamente venían aprendiendo en la escuela.
Ante el alboroto y para no perderse el revuelo, de abajo de un sillón salió un perrito petiso, bigotudo y bastante chueco que moviendo una cola larga y despeinada se ganó el protagonismo de la improvisada reunión.

Inés miro su nueva mascota, sus nuevos amigos, su nueva casa y recordó su sueño reciente. Evocó a su familia. Que nostalgia de Buenos Aires sentía a veces. Las risas aumentaron de volumen y ahuyentaron los pensamientos de Inés que se unió a los juegos de los chicos del barrio. 
Mañana otra vez seria lunes y la salita de cuidados médicos le seguiría confirmando que estaba justo donde tenía que estar. La vocación de la doctora Inés estaba muy lejos del coqueto barrio porteño que la vio nacer. Y la distancia cuesta, pero ella es increíblemente feliz.


No entiendo como la vocación nos mueve y nos conmueve de maneras maravillosas e insospechadas. Somos capaces de mucho cuando descubrimos a que venimos.


No entiendo los Unicornios



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “U”


Me gusta la fantasía, me gusta la magia, me gustan los personajes mitológicos, pero me tienen harta los unicornios.

Yo entiendo que la moda, el marketing y los patrones de consumo lo están manteniendo en la cima de la popularidad, pero me encuentro sobrepasada en mi capacidad de ver productos muchos con variadas versiones de este animalejo.


De patas largas y estilizadas o con cuerpos rechonchitos, de cuernos coloridos o dorados, dulces o malvados, en mochilas y agendas, en tazas y remeras, en todos los accesorios que sean capaces de imaginar. Los unicornios nos esperan con enormes alas o con tímidas alitas para llevarnos de viaje por la estandarización; los otrora sinónimo de irrepetible (al decir de Silvio Rodríguez) han hecho el movimiento pendular que los ubica del otro lado y ahora todos somos unicornios (con ayuda de una repetida vincha de plástico)


Frases sobre utopías acompañan la silueta e invitan a soñar, volar, creer y ser original (menuda paradoja), tanto que los monocuernos han migrado de los caballos alados a otros animales como caballos sin alas, gatos, delfines y más, tanto que las crines multicolores invaden las fiestas de cumpleaños y los salones de las escuelas, tanto que las cocinas de las abuelas y las carteras de las tías están repletos de ellos, tanto que no los quiero ver más.

¿Faltara mucho para que sirenas, minotauros o dragones le ganen protagonismo al emblemático caballito? Me parece muy compatible cualquiera de estas opciones con los mismos productos y hasta con idénticas frases…. ¿O todavía tenemos que esperar que alguna productora audiovisual le ponga nombre y tema musical al bichito estas vacaciones de invierno?


No entiendo hasta cuando hay que naturalizar las nenas cornudas y los enjambres de artesanos ofreciendo cuanta chuchería sea posible con el citado bicharraquito, no entiendo como no se cansan, como no se corren de un lugar tan común, de un algo tan visto, remasticado y re mil usado. Harta de los unicornios.


No entiendo la Temporada alta



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “T”


Se va el verano y comienzan las rutinas, porque muchos ya están renovados de las vacaciones, otros volvieron hace un mes y la mayoría recién se termina de reencontrar con sus equipos, porque en un periodo muy cortito del año, todos se van de vacaciones.


En algún momento, parece que la fecha de escolarización de las criaturitas nos marcó el almanaque a todos. De algún modo emergió la temporada alta, como concepto rector de la partida de la propia ciudad, es el momento en que hay que descansar (como si todos nos cansáramos en la misma fecha, o como si hacer faltar a los chicos dos semanas a clases les arruinara el futuro).


La temporada alta, es ese momento después de la navidad y antes del reinicio de clases en que todos corren a las agencias de turismo, a las revistas especializadas o a las rutas, porque es cuando se descansa, es cuando hay que estar de viaje, es cuando tenemos que hacer la pausa del año. TODOS.

Así nace el amontonamiento en los dos o tres lugares de veraneo obligado, porque el país es muy diverso, pero para muchos, “vacaciones” es sinónimo de Mar del Plata, Carlos Paz o alguna otra cosita no muy diferente a esas.
Este amontonamiento, esta explosión de estos lugarcitos y de otros que van emergiendo para tomar las familias que no encuentran lugar en los primeros, o las osadas que se animan a otras latitudes, tiene consecuencias. 
El amontonamiento genera aumento de precios, porque muchos quieren estar ahí, y no tiene sentido que les resulte tan simple alcanzar su objetivo. 
El amontonamiento trae stress, porque necesitamos conseguir donde dormir, en que llegar, que comer y donde “descansar” siendo muchos en el mismo lugar y en esto se suman las prisas, porque para lograr la felicidad en el lugar en el que nos amontonamos hay que estar muy atento al reloj, a que hora se llenan los comedores, cuando hay que bañarse para que no nos quedemos sin mesa, cuando sirven el desayuno del media pensión y otros muchos reglamentos de nuestro tiempo sin reglas que aportan a que necesitemos descansar del descanso.
Todo porque no nos animamos a viajar en septiembre, o en mayo.


No entiendo la temporada alta, sus incomodidades y esa falsa ilusión de fecha feliz que es para muchos (por suerte, para cada vez menos)


No entiendo la Serendipia



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “S”


La vida nos regala lo que cree que necesitamos. Puede no coincidir con lo que esperamos que nos regale. Puede parecer que no nos entiende y hasta podemos sentir que nuestra propia vida no nos conoce.

Buscar calma y encontrar música

Hace falta estar predispuesto. Necesitamos ser felices con los cambios de planes no elegidos porque buscar algo y encontrar otra cosa es maravilloso. Es un movimiento serpentino que nos envuelve y nos desborda.

No entiendo como la vida nos regala la alegría de cambiar nuestro rumbo como si supiera que no lo vamos a decidir sin que intervenga. Hay que estar predispuesto a la serendipia que es esa doble alegría de encontrar algo (que siempre está bueno) y a eso sumarle la sorpresa de no estar buscándolo, eso es lo que le da un plus, le suma magia, es algo que nos elige, un rincón de la búsqueda con mística de puntos suspensivos, porque no es el objetivo de nuestra búsqueda, pero es algo que se encuentra. Tener los ojos abiertos a la bifurcación y poder ver en todo siempre la posible serendipia.

Buscar hacer un trámite con una larga fila y encontrar tiempo para jugar al ludo en familia

¿Cuántas serendipias nos perdemos por no dejarnos sorprender?
(¿Será que estoy sobre interpretando y el significado de esta palabra no es tan coloquial?)
Que contradictorio suena alegrarse por no encontrar lo que se busca sino otra cosa. Hay algo de paradoja en esa alegría, en esa satisfacción, en esa conquista de lo que nos esperaba allí en ese hallazgo que nos revela para nuestra suerte una sorpresa que nos sacude.

Buscar trabajo y encontrar el amor
Goglear una palabra y encontrar un recuerdo
Hacer un trámite engorroso y encontrar un amigo de la infancia


La vida cotidiana se puede llenar de serendipias con cada hallazgo afortunadamente inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta, solo es cuestión de estar atentos.

No entiendo como no brillar cada vez que la serendipia nos encuentra. No entiendo cuantas veces habré sido parte de algo asi <3. 


No entiendo a Rosario




Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “R”


Una de las cosas que tiene mi vida (y sin ánimo de ser autorreferencial), es haber nacido en la ciudad de Rosario. Decía un antiguo eslogan municipal “Rosario, la mejor ciudad para vivir”, y es cierto. Es una ciudad hecha a escala humana;  no es enorme y desangelada, ni pequeña y fantasmagórica, no tiene montañas, ni tiene mar, no tiene glaciares, ni volcanes, ni rascacielos, ni subterráneos. Rosario, como decía otro eslogan local, está hecha de gente. Es una ciudad hecha de personajes, hecha de cultura, de infancia y de césped. 


Rosario está hecha de arte, del arte de Berni y de Fito, pero también el arte de Messi y hasta del Che, todos nacidos bajo este cielo, que ostenta la grandeza de haber sido también cuna de la Bandera Nacional, enarbolada por vez primera un verano de 1812 en estas barrancas,
Rosario es educación, porque fue designada Ciudad Educadora, y porque además de un montón de acciones y proyectos de pedagogía urbana, tiene excelentes universidades públicas, gratuitas e irrestrictas en las que miles de personas transforman sus destinos cada año.


Rosario también es una Ciudad de los Niños, suscribiendo a esta idea al igual que muchas otras ciudades del mundo que asumieron el compromiso de escuchar a los chicos y convertir sus voces en políticas públicas.
Esta ciudad que mira a los chicos, los agasaja con el tríptico de la infancia, compuesto por tres espacios públicos en los que las familias pueden recrearse celebrando la naturaleza, la imaginación y la creatividad entre propuestas que abrazan el alma y nos regalan imborrables momentos.


En Rosario hay una extensa red de ciclo vías, y una calle recreativa que cada domingo despeja muchos kilómetros de tránsito vehicular para recuperar el uso del espacio público y habitar la vereda entre vecinos. Es capital del helado artesanal… y eso dice mucho! 


Rosario es sus ferias los fines de semana, sus museos y bulevares, sus parques llenos de rondas de mate, es espectáculo en los lugares turísticos, pero también en cada recóndito barrio, es su gente y sus historias, es su agenda cultural siempre gordita y generosa, es su río marrón, y su inmenso amor por el visitante, la palabra amiga al extranjero, porque los rosarinos descendemos de los barcos y existimos porque fueron viajeros nuestros abuelos, porque entre la gente que andaba de paso se formó un caserío que nos dio origen hace más de doscientos años y porque la segunda guerra nos desembarcó en estas tierras buscando la felicidad en medio de la nostalgia, y así, de la diversidad de costumbres y de idiomas, de las variadas tradiciones y texturas, nacimos los rosarinos, como guiño de ojo a la mezcla que redunda en cosas buenas y hay que venir a ver de que se trata esto.
Rosario es gastronomía y pic nic, es espacio verde y cemento, es su centro peatonal (que no queda en el centro, porque nacimos junto a la barranca) y sus grandes centros comerciales, es sus artistas callejeros y sus megaeventos, es de esos lugares que no se pueden explicar, porque hay que vivirlos, experienciarlos y dejarnos llevar.
A Rosario se llega por curiosidad, de casualidad, porque es muy difícil explicar que tiene de especial.

No entiendo a Rosario que se deja acariciar por el Rio Paraná, esta Rosario que es una ciudad embanderada de celeste, esta Rosario, que es una ciudad sin Este.

No entiendo los Quelonios




Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “Q”


Imaginemos un gliptodonte. Repasemos aquellas lejanas eras. Volvamos a aquellos años del planeta en que las temperaturas y los peligros obligaban a todos los seres a tener cuerpos duros, preparados para intentar sobrevivir en la adversidad que acechaba en todas partes.

Ahora imaginemos el patio de una doña, con sus macetas de cemento y sus baldosas pulidas, con su toldo para el sol y la enredadera que aminora las temperaturas. Hoy la vida de las tortugas, vuelve su caparazón un despropósito


La palabra Quelonio define una grupo de reptiles de cuerpo corto y ancho, con protección rígida para los órganos de su cuerpo. Este caparazón, posee una abertura delantera, de la que emergen la cabeza y dos patas, y una trasera para las otras dos patas y la cola… esto, lo sabemos. Lo que no todos saben, es que ese caparazón está soldado a gran parte de su columna vertebral, evitando el movimiento del tórax, y obligando a respirar con los músculos del abdomen y la faringe.
Aunque muchos hemos sido mordidos por tortugas domésticas, en momentos de intentar sostenerles la lechuguita, otra característica de estos animales es su carencia de dientes. Pese a esto, comen muchas frutas duras, que pueden ingerir y fragmentar gracias a un pico córneo que se parece al de las aves.

Las tortugas, están dentro del grupo de los reptiles más antiguos dentro de la historia del planeta. A diferencia de la mayoría de los animales, las tortugas iniciaron su vida en la tierra, y cien millones de años después, algunas se volvieron acuáticas, primero en agua dulce y cincuenta millones de años más tarde llegaron a adaptarse al mar. En la actualidad, hay tortugas de hábitat terrestre, marino y de agua dulce, ninguno de los eslabones de esa rama evolutiva desapareció.

A todas ella, comúnmente les atribuimos la lentitud. En muchos casos, y dado su longevidad, las asociamos con la sabiduría, la tolerancia y la paciencia, no entiendo como no asociamos su inusual capacidad de esconder la cabeza, las extremidades y la cola, a la cobardía, la resignación y timidez... 

No entiendo lo obsoleto que le quedó el caparazón a la tortuga, y lo raros que son los quelonios, en general.


No entiendo el Plástico



Días de abecedario es un juego propuesto por alguna de las personas a las que leo (sigo tratando de recordar cual) y hace varios años trato de juntar las ganas de hacerlo. La idea es escribir utilizando cada una de las letras del abecedario. Lo que sea, lo que surja, lo que se pueda… según lo que esa letra nos invite.  Aquí vamos con la “P”


Hay cositas que la humanidad hace en un momento… y después se da cuenta que no estuvo bien. Hay inventos que parecen maravillosos, y llegado un punto, notamos que son bastante menos felices de lo que sospechábamos.
Un día las personas descubrimos el plástico, probamos varios usos, le dimos muchas formas. Nos gustó el resultado, nos pareció versátil, barato, vendible, multiplicable. Entonces empezamos a hacer casi todo con plástico.


Hagamos un ejercicio; donde estés sentado, mirá. Mirá tu entorno, mirá tu bolso, mirá tu ropa. Mucho de todo lo que ves y usas todo el tiempo, es plástico. No hace falta demasiado para descubrirlo. Mirando un ratito vemos el predominio de este material, vemos su protagonismo y entendemos su exceso.

El gran problema emerge cuando, sin tener demasiado conocimiento, nos remitimos a indagar el origen de este producto, las materias primas que le dan existencia. Ahí encontramos que el plástico nace de recursos no renovables, y por lo tanto, limitados... es decir, hay mientras hay y después ya no habrá.
Sin embargo, no es eso lo más problemático (llegado el caso, se termina y lo que no se hizo, no se hace y se piensa en otro material). 

Lo complicado es que el plástico, como tal, no se reinserta en el ciclo de la materia. No sabe como hacerlo, no logra ser parte del medio. Todo lo que hacemos con plástico tarda muchísimos años en descomponerse (y por alguna extraña razón, decidimos hacer productos de un solo uso con un material así de perdurable). Entonces, acá se queda, en este planeta, en el que nada desaparece, pero todo se transforma; los materiales que no se vuelven a incluir en el ciclo de la vida (tan bien explicado por Mufasa en nuestra infancia), se convierten en un gran problema. 
La basura que sigue dando vueltas sin cambiar de forma, es basura rebelde. El plástico usado y descartado se pasea por las ciudades tapando bocas de tormenta: inunda. El plástico vuela hasta los cursos de agua, donde los animales lo confunden con alimento: asfixia. El plástico se acumula en las entrañas de muchos eslabones de la cadena trófica, hasta llegar al ser humano: intoxica. El plástico se almacena en depósitos de residuos en todas las ciudades del mundo, sin tener posibilidad de descomponerse, formando un altísimo porcentaje de la basura del planeta, y no por eso dejamos de producirlo, usarlo un par de minutos y tirarlo rápidamente y sin pensar en sus siguientes años. 


Si miramos esa foto, podemos ver las gruesas y enormes bolsas de residuos que un sólo local de comida rápida, de una ciudad promedio, en un día de semana genera; sólo en un día. El empleado sigue sacando bolsas, no sé cuantas más se habrán acumulado en esa jornada. No sé cuantos locales de comida de este tipo, con este volumen de residuos existen en esta ciudad, cuantos en el país, cuantos en el planeta, solo sé que esta foto es un pequeño puntito en el enorme sacudón que los terricolas le estamos propinando a nuestra casa común.
Muchos años van a pasar para que esas bolsas se descompongan, y todo lo que hay en su interior, es más y más plástico, hasta los envases de cartón donde ubican los alimentos están recubiertos de plástico, hasta los aderezos que nos ofrecen vienen en envases de plástico, las bebidas que consumimos sentados en sus sillas plásticas, tienen tapas plásticas y sorbetes plásticos, absolutamente prescindibles y excesivamente abundantes.

No entiendo hasta cuando vamos a seguir pensando que nuestras decisiones cotidianas no tienen impacto en las cuestiones ambientales. No se hasta cuando vamos a poder sostener este ritmo de consumo y descarte. No sé cuando vamos a entender que la responsabilidad es de todos. 

No entiendo la invasión del plástico en la vida diaria y el enorme esfuerzo que requiere evitarlo... no entiendo cuantas generaciones va a llevar el cambio de habito... y no estoy segura de ser parte de la primera generación que lo intente.