No entiendo al ornitorrinco



Y hay un montón de animales australianos que no entiendo, pero desde que yo era muy chica (esta semana estoy evocativa), siempre el ornitorrinco me pareció un bichito sorprendente.


Es muy probable que nombrar a este complejo animal (y su complejo nombre), para muchos implique remitirse a Perry El Ornitorrinco, un genial personaje de la serie animada (igual de genial) Phineas y Ferb, pero no… voy mucho más atrás… la película que me presentó al Ornitorrinco es de 1977 (según googleo, basada en un libro homónimo, que saldré desesperadamente a buscar, de 1899)

Cuando tenía la rededor de cuatro años, solía ir con mi mamá al videoclub a elegir películas para ver en casa (eran tiempos de  pocos canales, sin netflix y esas cosas que muchos recordaran y para otros, será impensado), tenía dos favoritas; “Frutillitas” y “Dot y el Canguro Mamá”.  Sacaba una y devolvía otra. Incluso un día el señor del video me explicó que podía elegir alguna otra, para darles la oportunidad a otros chicos de ver esas. Creo que no me convenció.

Dot y el canguro mamá (enlace a la peli completa) es la película  con la que conocí Australia, una película ambientalista, con la que aprendí su fauna y con la que me enamoré de sus particularidades. Gracias a esa película me compré mi primer mapa, lo pegué en mi dormitorio y tracé una raya de Argentina a Australia, tuve que entender que la tierra era redonda y aprendí el nombre de los océanos que nos separaban. Gracias a esa película entré a chats en ingles en mi adolescencia, solo para tener amigos por correspondencia en Australia, y gracias a esa película, en 2009 pasé una increíble luna de miel en el país con el que había soñado toda mi vida. Dot me cantaba que no había nada mejor que saltar en la bolsa del Canguro Mamá y yo solo quería estar allá.

Pero además de canguros, en la peli de Dot había Ornitorrincos, y ahí (además de una pegadiza canción que solo encontré en inglés) aprendí mucho sobre ellos, aquí se los presento, como yo los conocí;

Y aquí las canciones;

Es un animalito pequeño, que solo habita en Australia, es nocturno y está en extinción, aunque no está declarado como tal, por falta de datos concretos. Tiene pico de pato, cuerpo de castor y nadie puede entender que sea un mamífero que pone huevos (sólo él y el Equidna tienen esta característica). Son carnívoros y venenosos. Son nadadores, pero terrestres (aunque sus patas están mejor preparadas para nadar que para caminar; Mini Documental aquí)

Cuentan que cuando a Europa llegó el primer ornitorrinco (proveniente de los viajes de los descubridores) no estaba vivo, y al principio, se creyó que era una  broma de los taxidermistas, que habían ensamblado un pato y un castor… lo cierto es que la broma la hizo la madre naturaleza cuando creó el animalejo más extraño y sorprendente que puedo enunciar.

De aquel viaje de 2009, lo mínimo que podía hacer era traer como recuerdo una pequeña versión plástica de mi animalito consentido (también traje uno de tela, pero no es tan genial). Este muñequito está desde hace ya seis años en mi escritorio y me recuerda el encuentro con mi infancia, y uno de los viajes que más esperé (¡como veinte años de expectativa!)

Mi ornitorrinco, comprado en Australia, pero con una inscripción en su panza que afirma que es made in China, representa todo eso que aprendí de chica y todas las ganas de viajar que me generó de grande. Sintetiza muchas de mis inquietudes y evoca uno de los viajes más bellos y soñados de mi vida.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 12: elegí un objeto de tu casa. Escribí su historia.


No entiendo el verano



Mis quince primeros veranos…


Me acuerdo de un verano que para su cumpleaños mi hermana le pidió a papá que como regalo devuelva el auto que había alquilado para recorrer la isla donde estábamos de vacaciones (se la pasaba perdido, dando vueltas)

Me acuerdo de un verano que como había nacido mi hermanito y no íbamos a viajar, mamá nos anotó en una colonia de vacaciones, con uniforme y todo (para navidad le pedimos que no nos mande más, fue solo un mes en nuestra vida)

Me acuerdo de un verano que decidimos hacer desafíos (mi hermana y yo) y nos fuimos de casa a la peatonal, caminando descalzas, solo porque sonaba divertido

Me acuerdo de un verano que nos fuimos a la Patagonia, siempre fui a la Patagonia en verano, las tres veces.

Me acuerdo de un verano que me desperté y estaba en el piso del patio de mi casa con mi mamá manguereándome, al parecer, el calor me hizo mal mientras dormía, y me llevaron de mi cama al jardín para reanimarme a fuerza de manguera.

Me acuerdo de un verano de mi adolescencia, que me sentaba a bajo de un árbol del club a leerle La Odisea a un grupo espontaneo de cuatro chicos de siete años, con los que compartí toda la temporada de pileta.

Me acuerdo de un verano que arrancaron las clases de patín en enero, el calor del tinglado era increíble, y entendimos porque siempre las clases empezaban después

Me acuerdo de un verano que me invente tarea de vacaciones, porque me parecía importante practicar durante esos meses los contenidos del año anterior

Me acuerdo de un verano que nos mudamos un mes a la casa de fin de semana y ningún  día usamos calzado

Me acuerdo de un verano que con mi hermana inflamos globos de agua y los tiramos de la terraza de nuestra casa de aquel entonces, mojamos mucha gente que se enojó hasta ver lo chiquitas que éramos

Me acuerdo de un verano que íbamos a la pileta las dos solas caminando, eran bastantes cuadras, y sabíamos a qué hora ir a ducharnos y a qué hora salir del club para estar en casa justito para ver la novela de las 19hs; “Alas, poder y pasión”

Me acuerdo de un verano que limpiando la pileta de la casa de fin de semana encontramos una tortuga de agua y la llevamos a vivir a la pileta de lona de casa... sería 1990 más o menos.

Me acuerdo de un verano que me corte el dedo gordo del pie derecho en la pileta del hotel de Brasil, el primer día de las vacaciones

Me acuerdo de un verano que me quede todos los días jugando con la hija del dueño del hotelito donde paramos en la costa. Tendría cuatro años.

Me acuerdo de un verano que viaje en trencito con mis personajes más queridos y atesoro la foto en la que estoy upa de Frutillitas

Me acuerdo de un verano que fuimos a Chile en auto, siendo muy chiquitas, mi hermana y yo, jugando en el asiento trasero durante varios días, yo con mi osita Rosita, ella con su osito Amarillito... en casi toda la cordillera, ella pedía que frenáramos para vomitar.

Me acuerdo de un verano que me fui a Disney sin mi familia, fue mi décimo quinto verano, y los extrañé mucho más de lo que pensaba, me sentí muy rara en eso de estar sin ellos, tomar decisiones y manejarme por mi misma.

Me acuerdo de un verano que el Océano Pacifico me abdujo cuando me acerque a la orilla con el baldecito buscando agua para mi castillo, me sacó el guardavidas, estaba muy asustada

Me acuerdo de un verano que crucé una calle de Paraguay sin mirar y estuve muy cerca de ser aplastada por un colectivo…. Tendría seis años

Me acuerdo de un verano que papá llego a casa con pasajes al Caribe para esa misma semana, no teníamos definidas las vacaciones, habrá sido en 1995

Me acuerdo de un verano que anduve a caballo por primera vez, mi hermanito tendría dos años y también lo subieron sólo a un caballo adulto, fuimos en grupo por la orilla del mar

Me acuerdo de un verano que hice snorkel  a mar abierto, era muy chica y me complicaba un poco ver la cantidad de metros que me separaban del fondo, había tortugas marinas y muchos peces de colores

Me acuerdo de un verano que mi mamá compró una correa para que mi hermanito no se pierda en el aeropuerto si ellos estaban muy distraídos entre trámites, equipaje y nosotras.

Me acuerdo de un verano que me ofrecieron un cigarrillo en la puerta de un restaurante, yo tendría once años y me pareció surrealista. Era Venezuela.

Me acuerdo de un verano que mi abuela nos había comprado vestiditos iguales a mi hermana y a mí, le encantaba hacer eso y salir a presumirnos por su barrio.

Me acuerdo de un verano y me acuerdo de todos los demás, porque en verano estamos más tranquilos, porque los niños suelen no tener agenda, porque el ritmo lo desacelera el calor y las ciudades se desperezan al año que inicia.
Me acuerdo del verano, y no porque me guste el verano, quizás porque me marcan sus momentos, quizás porque se trata de momentos para los que no solemos darnos tiempo en otros fragmentos del almanaque. Los veranos nos avisan que al año vuelve a empezar y las vacaciones hacen que nos llenemos de vivencias nuevas que las vuelven memorables.
Me acuerdo de los veranos, de los viajes, de compartir con mi familia mucho más que durante todo el año, en vacaciones estábamos los cinco juntos todo el día, en casa o por ahí.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 11: Empezá con “me acuerdo de”


No entiendo a los odontólogos



“Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo 
separa las mandíbulas y desnuda sus colmillos amarillos. Un curioso zumbido 
perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista también”.


Sé que somos muchos los que no podemos controlar el pavor frente a la situación y tenemos razón, es sumamente medieval. Me aterra.


Sucede que la escena es completamente vertiginosa; Recostarse como si fuera en una reposera para que en pocos minutos te baje una luz sobre el rostro y una o dos personas se asomen a tu boca con elementos cortopunzantes y “electrodomésticos”.
Lo que sigue es variadito, pero seguro incluye escupir partes de dientes con sangre y baba, ver ojos que nos miran sin mirarnos, tratar de responder alguna pregunta con todo ese circo en la boca, tolerar forcejeos propios de un gabinete de tortura clandestino y babear desagradablemente con los ojos hinchados de lágrimas.


Ciertamente no entiendo como nadie invento un método más moderno, menos invasivo y más efectivo de desarrollar la odontología y todavía espero anuncios como este;

“La revolución odontológica está aquí;

-Jugo removedor de caries
En sus tres variedades, pera, sandia y mango. Acompañar las comidas con un vasito de este jugo elimina las caries existentes, debiendo recurrir luego de un mes de tratamiento a su odontólogo amigo para rellenar el espacio resultante, ya libre del agente infeccioso.

-Chicles extractores de muelas (8 unidades)
Su efecto analgésico, evita dolores, mientras sus componentes estimulan el desprendimiento de la pieza de la mandíbula de manera paulatina. Al cabo de una semana de masticación de los siete chicles azules, la muela defectuosa se habrá ablandado lo suficiente, como para proceder (en su casa, relajado) a la masticación del chicle verde, por aproximadamente dos horas, obteniendo como resultado el desprendimiento de la pieza con el cual el proceso culmina. No olvide consultar a su odontólogo para confirmar la óptima remoción del molar.

-Masajeador de encías para enderezar dientes
Solo apoyar el masajeador sobre las encías generando movimientos circulares durante veinte minutos cada noche en la zona donde los dientes no cumplen con la disposición deseada contribuye a estimular la reacomodación de las piezas en la cavidad bucal de manera placentera”.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días deescribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 10: escribí el anuncio de un producto o servicio que te gustaría que existiera


Otra cosa que hubiera querido que exista, pero parece que ya se inventó;



No entiendo el amor a primera vista



No lo entiendo, porque está muy lejos de mi experiencia personal.... que fue algo, màs o menos... así; 

Primera vista
Federación gremial de Comercio e Industria
Córdoba 1868 – Rosario – 2003 – Subsuelo

A minutos de empezar la reunión ordinaria de Rotaract Club Rosario a la que pensaba asistir como visitante. Entrando  a la oficina correspondiente, veo solo una persona; Fede.
Era aspirante a socio, y su poca antigüedad parecía ser el motivo de su puntualidad. Aprovechamos el tiempo hablando sobre la institución, mientras esperábamos al resto de los miembros del club.

Al final de la reunión (diez en punto de la noche) retomamos la charla y me pidió ayuda para la planificación de un proyecto. Definimos un encuentro de trabajo en mi casa para ese viernes, 9 de julio, aprovechando el feriado.

De eso se trató nuestro primer encuentro.
(2005) Tres años después empezaríamos una relación.
(2006) Un año después nos comprometimos
(2009) Tres años después nos casamos
Y así… seguimos…

Claramente, el amor a primera vista no es lo nuestro.

Esta semana, en uno de los encuentros juveniles de los que solíamos participar hace más de diez años.

No entiendo el amor a primera vista…. Y cada día se pone mejor.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 9: escribí acerca de la primera vez que viste a una persona de la que te enamoraste 



No entiendo la basura



Me preocupa la voracidad del consumo, no creo que debamos descartar con tanta liviandad.

En algún momento, prometo explayarme sobre por qué no entiendo a los que no aplican las 3R, y en algún momento ya hable de que no entiendo a los que no reutilizan, pero puntualmente ahora, quiero decir que la semana pasada saqué esta foto.


Me llenó de nostalgia verla ahí, en el piso, entre dos contenedores de basura, como si el dueño hubiera querido abandonarla, pero que alguien la salve de su aparente final.

Tuve que sacar la foto para contener mis ganas de adoptarla, pensé en su trayectoria y su actual obsolescencia, la vi como una abuelita que deja de estar saludable para cocinar y sus conversaciones van perdiendo energía y los nietos no quieren ir a su casa y los hijos piensan que hacer con ella. Triste.
Pensé en el momento que la compraron, el lujo que la revistió, las funciones que cumpliría, la vi como una abuela con collares importantes, sentada muy derecha en un sillón de estilo de un salón con techos altos y arañas de caireles, dispuesta a cuidar nietos los fines de semana.
Mientras yo le sacaba la foto, los autos me despeinaban a toda velocidad, la gente apuraba el paso en la vereda de enero, tratando de llegar a algún lugar cerrado, climatizado artificialmente, la gente... apurada por evadir la realidad.
Mientras yo sacaba la foto, cientos de abuelos estaban tan solos como ella, y la artificialidad seduciendo a hijos y nietos que no pueden parar para mirar y verlos, y darles ese abrazo que la historia se merece.

No entiendo a la sociedad de consumo, pero es muy claro como sus valores se traducen en prácticas. Objetos y personas… descartables, por igual.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 8: buscá una foto en un cajón y escribí lo que está pasando fuera del cuadro

(estaba de viaje, y solo tenía a mano las fotos de mi cámara)



No entiendo los microrrelatos



… pero hace un buen tiempo me había vuelto fanática de ellos.

Hace unos muchos años, cuando participaba de un voluntariado de promoción de la  lectura que incluía narración de cuentos en radio, necesité cuentos cortos, muy cortos, como para una aparición entre las pautas publicitarias, y allí, me encontré con los microrrelatos…. Ni más ni menos que de la mano de Ana María Shua. Cuando googleaba para las grabaciones, y a apreció su nombre, me fue fácil asociarlo a las historias que leía de chica; era una de las más renombradas escritoras de cuentos de terror para chicos, al menos así la recuerdo.
Busqué mucho por las librerías, y conseguí “Casa de Geishas”, muchos años después, y buscando otra cosa, pude comprar “La Sueñera”. 

Las tapas son feas

En ambos libros, todas las historias tienen uno o  dos párrafos, como mucho. Antes de hacer la prueba, contar cosas en seis palabras sonaba difícil, pero ¡hasta cinco fueron suficientes!

Seis de seis
Nacer, ser, devenir, negar, reconfigurar, fluir.
Saladas, calladas, tornasoladas, pero todas; lágrimas.
Lo llamó, él suspiró… era tarde.  
Sol, siesta, otoño… amo ser gato.
Un ángel negro besó su cuna.
Debió  ser gusano para devenir mariposa.

Cinco de cinco
El intento es el logro.
Otra vez, era esa hora.
Está despido. Oportunidad para recomenzar.
El siempre igual; ella iridiscente.
Cuando sonríe, florece el mundo.

No entiendo porque no lo intentas ;)  


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 7: escribí una historia en 6 palabras



No entiendo si son pesadillas



No los llamaría pesadillas, pero no sé qué son las pesadillas. En mi caso creo que son cosas que me pesan, y lo que más me pesa, es sin duda la perdida de seres queridos.

Este año mi abuelo, el año pasado mi gata. Seres fundamentales a lo largo y lo ancho de vida que abandonaron el plano físico de la existencia y se amontonaron en otros espacios, visitan mis sueños y me dejan una rara sensación a la mañana.



Cuando  después de ser mi mejor amiga durante casi 19 años, mi gata dejo de poder caminar, la acompañamos todos en sus últimas horas, estuvimos con ella en los últimos minutos y la enterramos en el jardín cuando dejó de respirar. Fueron muchísimas las veces que soñé que la encontraba en el jardín, que acababa de cavar hacia arriba para desenterrarse, que estaba confundida, sucia, pero parecía saludable. Muchas noches me levante angustiada con la mezcla de sensaciones que la duda creada por la negación me proveía. Desde mis nueve años, es casi toda mi vida, y ella siempre había estado ahí, dándome la increíble sensación de que siempre estaría, y la tristeza de que ya no era así me evocaba esa maravillosa negación en la que me suelo refugiar con más frecuencia de la necesaria. El jardín de casa, el pozo emergente a pasitos del lugar donde la habíamos enterrado y ella, unos cuantos años más joven, parada, con un poco de tierra, mirándome casi sin expresión.

Este año, con mi abuelo, también fueron algunas noches, pero solo anoté una de ellas, con palabras que paso a trascribir.

-1 dic-
Iba en un colectivo en una dirección, sabiendo que era la opuesta a la que quería ir, me bajaba la esquina de Colon y Montevideo y caminaba a Ayacucho y Montevideo, pera tomar el mismo colectivo, pero en sentido contrario.
En esa esquina estaba el abuelo, vendiendo flores (mi abuelo no vendió flores nunca), cuando yo trataba de agarrar algunas, me decía que no agarre esas, salía corriendo a una escalera que tenía apoyada sobre un árbol de rosas blancas en la vereda de la escuela que está sobre Ayacucho (el árbol existe, pero las rosas blancas no nacen de los árboles, esa imagen, me hace acordar a los rosales de “Alicia en el País de las Maravillas”, cuando los naipes pintan las rosas de carmín). El empezaba a arrancar ramas secas, para llegar a las flores, que estaban más altas (y no las alcanzaba) y se lo veía cansado, enojado y un poco frustrado y me hablaba de un viaje a Madrid con “la vieja” y a Francia... y me seguía hablando desde la escalera, junto al árbol de rosas blancas.


Me desperté y me costó un montón recordar que él ya no estaba haciendo uso de su cuerpo. La angustia me re-habita cuando lo pongo en palabras. Busque un papeilito entre mis hojas a reutilizar y anoté las palabras que recién transcribí. Muchas semanas después, ordenando papeles, me volví a encontrar con ese sueño en la mano, y cuando giré sin querer la hojita en la que lo había anotado, descubrí que el azar (o no…), había hecho que anote el sueño en una planilla de autorización de tomografía a su nombre, con todos sus datos (todavía me sorprende).


Dice Wikipedia que las pesadillas son “un ensueño que puede causar una fuerte respuesta emocional, comúnmente miedo o terror, aunque también puede provocar depresión, ansiedad y una profunda tristeza. La pesadilla puede contener situaciones de peligro, malestar o pánico físico o psicológico. Regularmente, las personas que la sufren o las sufren, se despiertan en un estado de angustia y con imposibilidad de regresar al sueño por un prolongado periodo de tiempo”, si es así… supongo que son pesadillas, porque en ambas hay mucha tristeza y angustia, a los dos los veo cansados y contrariados, aunque me gusta verlos… no están bien, y cuando me levanto, me siento muy rara y muy vacía. 

No entiendo los sueños, pero estos, me resultan mucho más confusos y me ahogan.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!) 
Día 6: escribí tu pesadilla recurrente




No entiendo este sueño



Y no es metafórico, hablo de los sueños de estar dormida, no de anhelos y propósitos. 
Hoy, vamos con un ejemplo. Ciertamente, no creo en las lecturas lineales de los sueños, pero hay algún mensaje que viene muy bien cifrado. La siguiente descripción no tiene ningún sentido aparente, la lectura azarosa de mi mundo interno, queda a libre disposición de los lectores.


Soñé que salía de mi casa, y encontraba una tortuga perdida (en la esquina de España y Córdoba, muy centro de la ciudad), entonces me la llevaba para sacarle una foto y buscar su dueño en Facebook. Como no iba para mi casa, seguí mi camino (con ella) y fuimos a la oficina en la que desde hace un año ya no trabajo (este sueño es de la noche que cumplía un año de desvinculación con esa empresa, ¿creer o sobreinterpretar?). Llegaba a la oficina, en la que no tenía que estar, sabiendo que había cámaras de seguridad, y me ponía a envolver mis regalos de navidad, tratando de evadir las cámaras que transmitían a Buenos Aires mi presencia (cuando yo trabajaba ahí, no había cámaras, pero era un proyecto en marcha), y cada tanto, limpiaba lo que la tortuga ensuciaba. En el medio, llegaron mi antiguo compañero de trabajo (a quien vi felizmente la semana pasada) y un muchacho, que en mi imaginación es mi reemplazo (pero no lo sé, porque nunca lo vi).  Yo sabía y sentía que estaba en esa oficina, aunque su apariencia era como la de las habitaciones de mi casa, tenía la misma sensación de incomodidad que cuando trabajaba ahí. En un momento del sueño, saqué $300 de una cajita y después los dejé bajo un teclado (no sé si cambié de idea, si era una travesura, o si eso tenía algún sentido). En algún momento me parece que agarré la tortuga y me fui.


Eso es todo… la mayoría de mis mañanas, no recuerdo haber soñado nada, pero cuando tengo imágenes o momentos recordables, suelo escribirlo en papelitos que dan vueltas por la casa, hasta que me canso de verlos.

No entiendo que significan, pero casi siempre incluyen animales.


Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 5: escribí el último sueño que recuerdes



No entiendo mi obsesión por la agenda



Tengo un montón de obsesiones, y parece mentira que al tratar de enlistarlas no se me vengan a la mente. En una mini encuesta, consulté a mi marido que dijo que mis obsesiones son “combinar, el gato y estudiar” (esas tres?). Estoy convencida de que tiene razón, y que además, hay cientos que ya desarrollé o vendrán en lo sucesivo a hacerse letras en este espacio (no entiendo las obsesiones…. Pero hoy no me explayo al respecto)

Elegí una… Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes (incluso en enero, incluso cuando viajo, incluso mientras duermo…), me fascina anotar cosas para hacer, no confío en mi memoria, pero esto va más allá. Me gusta anotar y más me gusta tachar.

Las últimas tres

Mis agendas son medianas, tienen que entrar en todas las carteras, pero a la vez tener espacio para anotar muchas cosas; desde reuniones y exámenes, hasta ordenar el escritorio y ducharme. Todo lo anoto ahí, y no importa cuán urgente o prescindible sea, no importa cuántas veces tenga que trasladar los pendientes de una hojita a la otra. Películas que me recomiendan, tareas impostergables, turnos con médicos, almuerzos con amigos. Sin jerarquizar, va todo.   

Mis agendas son “semana a la vista”, tengo que poder dimensionar en esa frecuencia el paso del tiempo y poder contar páginas para saber cuántas semanas me separan de algún hito, cuando se termina el año, llegan las vacaciones o algún evento y poder acomodar mis rutinas a golpe de vista.

Mis agendas son descartables, a medida que pasan los días, arranco las hojas y al final del año, suelo guardar sus tapas, pero todo lo que pasó, primero bien tachado, después bien trozado (casi como un ritual) y al final, al cesto de papeles (aunque a veces se trasforman en grulla).

Mis agendas son espiraladas, para arrancar las hojas, darlas vuelta, manipularlas, pararlas como "carpitas", usarlas de portarretrato momentáneo (abriéndola en alguna foto), y para engancharles biromes

Mis agendas son habitadas, siempre tienen fotos, que se mudan de un año al otro, tienen frases, tienen listas de lugares  a los que viajar en el futuro, tienen stickers, tienen colores y dibujos, tienen sobres para guardar papelitos, tienen post-it por todas partes, tienen señaladores en muchas páginas y tienen una hojita para agendar proyectos para el año siguiente…

Mis agendas son mi refugio, en clases aburridas, en los momentos que no me acuerdo como sigue mi día, para hacer la lista del súper, o el borrador de un artículo, son parte de mi desde 1997, cuando recibí la primera (que seguramente integraría un eventual museo de las obsesiones). 

Sin embargo, tenerla no evita que llene sus hojas de tareas y guarde dentro de ellas listitas, papelitos y pequeños retacitos con más datos y cosas por hacer. Porque me gusta, me da seguridad y me obsesiona hacer nóminas de pendientes todo el tiempo, de todo tipo, con cualquier pretexto.



Tengo una obsesión por mi agenda y las listas de pendientes. 

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 4: exponé una de tus obsesiones



No entiendo como no amar mi oficinita



Hace poco tiempo, entre las reformas de mi casa, incluí la existencia de una oficinita. La casa es chica, pero necesitaba dejar de tener papeles, carpetas, cajas y cajitas despatarradas por todos lados, entonces, una oficina del tamaño de un armario, pareció ser la solución.


Todavía nos estamos conociendo, cada día surgen nuevas cosas que agregarle y descubro que otras no eran tan prácticas como parecían. a fin de mes van a instalarle puertas, todavía le faltan estantes, y  todo el tiempo cambio cosas de lugar para poder escribir a gusto.

Algunas de las cosas que la hacen muy adecuada;

Su tamaño, que sea pequeña la vuelve práctica para tener todo a la mano. No hay que interrumpir la tarea para buscar nada, a lo sumo pararse sobre la silla y todo está al alcance.

Sus colores no generan stress, el verde y el lila tienen una frecuencia tan lúdica que es imposible sentir que lo que allí sucede es desagradable y preocupante, no importa lo que pase, genera un mimo visual màgico.

La ventana, aunque estemos en pleno centro de la ciudad, la casa es interna y en el corazón de la manzana, se escuchan pájaros cerca y motores lejos, es como tener lo mejor de lo urbano y lo natural sonando de fondo en el silencio de la tarde. Cada tanto, la voz de un vecino, un televisor ajeno o mi gato, hablando con las palomas en el patio.

La silla pesada, nunca me gustaron las sillas pesadas, pero para este lugar, quería una que si lo fuera, sin ruedas, sin patitas finas, un bodoque de madera. Cuando yo me siento, no se mueve y cuando cambio cien veces por hora de posición, la silla sigue donde inicialmente la apoyé. Está tapizada en pana lila y suele tener enormes almohadones para mayor confort 

La mesa blanda, esta fue una adaptación reciente, uno de mis grandes hallazgos oficiniles. Nunca me senté derecha “como una señorita”, en términos de mi mama. Prefiero “enroscarme" sobre la silla, y suelo tener las rodillas a la altura del pecho. Por eso, las tablas de la mesa siempre me lastiman, y para ello, descubrí que agregar un flotador al borde de la mesa en una caricia para mis rodillas, y también hace más cómodo el uso del mouse (ver foto)

El escritorio no tiene patas, es una tabla que va de pared a pared, eso lo hace perfecto para limpiar fácil y no renegar con la silla. Además está forrado en contact lila (al principio estuvo pintado de blanco) para que sea más fácil pasar un paño y retirar los muchos pelos de gato que inevitablemente hay en él.

Climatización, en un intento por no artificializar el clima, pero no morir en el intento, he dispuesto en el espacio un ventiladorcito de mano violeta que tira agua mientras gira para verano y una mantita verde para invierno, de esta forma, nos adecuamos al clima sin generar calentamiento global ;)

Chucherías, no soy yo sin mis cachivaches, quienes me conocen lo saben, y es por eso que me regalan cosas hermosas que mi escritorio luce; la vaca con luz led, el cactus pincha notas, el globito terráqueo, biromes con formitas, cajitas, artículos de librería (más lindos que útiles), todos están aquí, a mi alrededor, sumando color y evocando instantes.

Imanes y notitas, desde siempre me gustaron los imanes, me parecen un recuerdo practico, chiquito, simbólico, fácil de transportar y útil… es por eso que los laterales de mi escritorio tienen pintura magnética y en ella puedo adherir notitas, recordatorios y mucho color!

Además; el monitor lleno de stickers, una malaquita y una turmalina negra, el multipuerto usb robot con ojos luminosos, la bolsita con consignas de escritura, las cajas y portalápices verdes y lilas, los mandalas de alambre, las libretitas de diferentes temas, la ludoteca en el estante más alto, muchos clips de colores, una maderita de palosanto, el bolsillo para papeles en el respaldo de la silla, la agenda abierta siempre cerca, las fibras de colores, mis libros más queridos, los post it por todas partes, algunas frases pegadas, tijeras con formitas, barritas de azufre, algún dibujito de un  niño, flores de origami, un sapo, un pato, un ornitorrinco, una muñeca, varios gatos, recuerditos de momentos y personas…

Mi pequeña oficina me abraza. No entiendo como no amarla.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)

Día 3: desde donde estás sentado, escribí diez cosas a las que no les habías prestado atención.


No entiendo las autobiografías




Digo… ¿no es un poco raro que alguien crea que todos quieren saber de él? ¿De verdad lo mejor que podes narrarle al mundo sos vos? Hay un tema de ego que no me cierra.

Autorretrato

Escribir de uno mismo, ¿a qué apunta? Quizás sea para contar hazañas, casi como quien relata ficción, pero con inspiración experiencial. O puede bien ser la hipótesis de ayudar a poner situaciones en palabras para que otro se sienta espejado. No es que yo no lo haga, es solo que no lo entiendo (y Barthes creía en la muerte del autor).

Las biografías las escriben personas que creen importante hacer un compilado de la vida de otra persona, pero las autobiografías, me generan esa angustia de  imaginar una persona que se siente importante, pero teme que nadie se tome la molestia de escribir sobre su paso por el mundo.

¿Cual es el momento de escribir una autobiografía? Imagino que la vejez, el final (?). Imagino mi vejez (no le pongamos fecha…. Puede ser en tres meses o en setenta años… la vejez va por dentro, es como un estado de cansancio y una declaración de cuenta regresiva ante la vida) y en el ocaso de mis días debería sentarme a hacer una lista interminable de logros y frustraciones, una suerte de balance general, como el de todos los años, pero con el top ten de lo que realmente pesó. 
¡Cuantos cientos de cosas que hoy me preocupan no tendrían ningún renglón en aquel momento!. Seguro muchas de mis pequeñas alegrías, a la distancia se verían maximizadas. Podría legar ese listado, casi como una herencia intangible, el debe y el haber de lo que las futuras generaciones deberían tener en cuenta para alcanzar la felicidad según yo… y ahí me encuentro frente a otra actitud que me molesta; las autocitas. Me parecen flojitas... hay algo raro en evocar frases propias; “como siempre digo”, “ya dije una vez”, “como me gusta pensar”… ¿no es un poco raro?

No lo entiendo... claramente, no entiendo el momento, el objetivo y el concepto mismo de autobiografía.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 2: escribí un fragmento de tu autobiografía y mentí en algunas cosas

(bueno… la consigna se me despatarró, pero la idea era que inspire...)





No entiendo por qué escribo



Y lo hago un montón. Generalmente asociado a la idea de catarsis, supongo que escribir me ayuda a canalizar las cosas que quiero decir pero no sé exactamente a quien o porque. De hecho la mayor parte de mi vida escribí cuadernos y papelitos sueltos que se han ido desparramando a lo largo y lo ancho de mi casa hasta decidir que en una pantalla estarían más cómodos y desde hace muy poco, algunos de esos textos están tomando status público, quizás para que a nadie le importen, quizás para que a alguien le muevan algo (esto no tiene por qué ser o bueno o malo… solo es movimiento)


Desde muy chica me gusta escribir cuentos, y como cuando era chica me salía escribir cuentos infantiles, es el género que más disfruto y paradójicamente el que menos comparto. De adolescente escribía cartas, algunas las mandaba, algunas las ensobraba y nunca llegaban a salir de casa, la mayoría eran autocartas. 
Amaba tener amigos por correspondencia; al principio tomada datos de revistas infantiles (había secciones que invitaban a tener amigos por carta, hoy nadie publicaría su dirección en un medio gráfico, y menos un niño), con el paso de los años, los conocía en diferentes chats (cuando internet era una novedad) y los instaba a continuar el vínculo sobre papel. Tuve grandes satisfacciones con las visitas del cartero (con mi amigo Guido, nos escribimos desde 1999, cuando los años empezaban con “1”!!!).

La cantidad de años que llevo desarrollando esta tarea no implica que lo haga bien (si es que hay una forma de hacerlo bien). Cuando era chica mi mamá decía que escribir era de valientes, porque el papel permanecía, yo le respondía que escribir era de cobardes, porque si pudiera decirlo no me haría falta escribir. Lo cierto, es que no sé cuál es la versión más atinada.
Un día, a mis seis años, la señorita de primer grado me llevó junto con mi cuaderno a leer un cuento mío a un séptimo grado, y la seño de séptimo se lamentó de que sus alumnos más grandes no tuvieran la creatividad que yo tenía. Fue un día en el que me sentí valorada (y convengamos, que la educación formal no suele ser muy cualitativa con la valoración de nuestros logros).

Escribo para pensar, para ordenar mis pensamientos, escribo porque desde antes de saber hacerlo, ya me precia fascinante. Escribo porque la escritura es una de las tecnologías más perfectas y mágicas del mundo. Escribo porque es la forma que tengo de ser yo. Desde siempre.

Esta publicación forma parte del proyecto “30 días de escribirme”, propuesto por el blog escribir.me (todos invitados a jugar!)
Día 1: escribí acerca de por qué escribís




No entiendo como no amar el transporte público (5)



Siempre el transporte público regala momentos amorosos, de esos que te hacen sonreír en plena rutina. Hoy... otra vez, no entiendo como no amar el transporte público.


Subir al cole una mañana de sábado, medio dormida, algo contrariada. 
Ver que suben dos chicos en la terminal, recién llegados, cargados de equipaje.
Verme espejada en mis paseos a otras latitudes. 
Ellos piden permiso al chofer para comprar boletos a otros pasajeros que tengan saldo en las tarjetas recargables que usamos los locales para pagar el viaje. 
Sentí la fuertísima necesidad de regalarles el tramo. Rápida y ansiosa, me ofrezco a pagar sus pasajes y ellos se empeñan en abonarme el monto correspondiente. No acepto, los convenzo con el argumento de que alguien, algún día, lo haría por mí. Ellos entienden mi concepto. De repente les nace la idea, buscan en sus mochilas y mi mañana potencia su brillo cuando recibo un fanzine de producción propia a cambio del gesto (no quiero leer que fue a cambio del pago, quiero confiar en que los humanos nos vinculamos a través de gestos, actitudes). 
Aqui pueden leer a la autora del fanzine.

Y allá voy... otra vez en los viajes cotidianos por mi ciudad... descubriendo el espíritu humano que se filtra entre los bloques de cemento y nos muestra que la sociedad de mercado nunca hará que dejemos de ser personas.


Como siempre... no entiendo como no amar el transporte público.