No entiendo el mes de julio



El calendario que promete organizarnos la vida nos acaba de avisar que este pedazo de nuestro ciclo, que este lapso de 365 días, que esta vuelta alrededor del sol, esta justito en la mitad.

Sorpresa, alivio, desazón, apuro, suspiro. La comunidad académica se regala un alto el fuego de dos semanas para juntar coraje y encarar la segunda mitad. Felices de ellos.


Hace frio, pero las vacaciones les suplican a los padres que abriguen a sus chicos y no los priven de las veredas. Entonces, la infancia gana las calles y las señoras se escandalizan por los gritos, las mamas ponen cara de resignación y las abuelas se apiadan con algunas jornaditas de relevo. La infancia gana las calles y los niños se vuelven consumidores, y la tele les ofrece cosas, y las voces de los comerciantes informales les ofrecen cosas, y las vidrieras les ofrecen cosas y los caprichos terminan en llanto y el llanto termina en “no salimos más” y el no salir se vuelve “no te aguanto más en casa” y de casa nos volvemos a la vereda y habrá otro capricho y pasaran las dos semanas y volveremos a la escuela a contar los días para otras vacaciones en las que tampoco sabremos qué hacer. Porque parece que la rutina de la no rutina no stressa más que la rutina de la que nos quejamos, pero la queja es un deporte que se elige y por eso la vida da vueltas en torno a lo mismo, y es otra rutina, igual de aburrida que todas, igual de evitable que todas.

Con lo lindo que es pensar planes simples para vacaciones felices.
Con lo raro que es saber que en medio año estaremos reunidos otra vez sacándole las frutas abrillantadas al pan dulce y con lo tedioso que es rezongar por el frio mientras hacemos tiempo para rezongar por el calor.

Julio tiene cara de balance a medias, porque los objetivos de enero ya se tendrían que estar concretando y capaz no es tan así. Julio tiene  cara de preocupado y le mandamos una ilusión de vacaciones como para aligerar la carga. Julio está agachándose para tomar impulso y necesita un abriguito para salir a jugar afuera. Pobre julio, que difícil.
No entiendo a julio, no sé muy bien que hacer con el… lo miro, lo pienso, lo acaricio, un ratito lo disfruto, me abrigo y salgo a saludarlo, otro rato lo discuto, me sueno la nariz y estornudo fuerte, en algún momento me da igual, la vida dura todo el año y vuelve a girar, también lo adoro en las nochecitas de comer chocolate en la cama con muchas frazadas, estufa y gato.


Julio tiene una campana que suena a recreo y a fin de jornada, una campana que suena  a alerta y emergencia. Julio tiene una campana porque se hace escuchar, para bien y para mal. Julio tiene una campana. Julio tañe en el aire, y aunque no lo entendamos, sigue sonando. Julio está a los gritos otra vez, como cada año, arengando a la gente a sacudirse la pachorra de los primeros meses, a desperezarse del letargo de que el año está empezando, julio nos dice que no, que ya va por la mitad, y que eso es terrible. Entonces, hay que ponerse los guantes, enrollarse la bufanda, abrocharse la campera y calzarse el gorrito, para salir a mirar a julio a los ojos, pisotear las hojas de las veredas, salpicar algún charquito  y enfriarnos la nariz. Para eso está escandaloso julio, para llamar nuestra atención. Para que le agradezcamos la magia.


No entiendo el mensaje de julio, pero estoy segura de la terrible importancia de revelarlo. 


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