No entiendo los menonitas



En esto no hay novedad, no soy la única que dice no comprender aquellas comunidades rurales, voluntariamente aisladas de la tecnología que deciden hacer un stop en el avance del tiempo y rendir culto a la indumentaria naif, digna de un libro de Sarah Kay.

En medio de no entenderlos, logré alimentar en mí una mal sana curiosidad que no hice muchos intentos en detener. Primero un relevamiento bibliográfico que me ayudara a entender sus fundamentos (algo que les recomiendo y no les voy a ahorrar), después un paseíto entre los blogs de personas que compartieron algo con ellos… y finalmente, geolocalizar la colonia más cercana. La Pampa.

Fue solo cuestión de buscar un fin de semana largo en el calendario (odio viajar en esas fechas, pero los argentinos son muy organizados… van todos a la costa y Córdoba, mi ruta, no implicaba embotellamientos). GPS activado, allá vamos.


Establecimos otros hitos en el itinerario para evitar que el viaje se haga largo, y una mañana, nos abrochamos los cinturones con rumbo a La Pampa (ya habíamos hecho noche en una localidad del sur de Buenos Aires, y estábamos muy cerca). La ruta estaba claramente señalizada, y fácilmente encontramos el ansiado desvío, apenas treinta kilómetros de camino de tierra nos separaban de los tres campos que conforman la Colonia La Esperanza.

Un claro indicador de estar en la nada

A los saltos llegamos al primer campo. Al igual que los otros dos, se componía de una calle única con grandes casas a cada lado que indicaban la ruralidad de la forma de vida; amplias extensiones de césped y arboles entre el alambrado de inicio de la vivienda y la casa misma. Maquinaria agrícola en cada patio, gallinas como únicos seres visibles al principio de nuestra visita.

Ni un ser humano a la vista. Ni un espacio público donde hacer picnic para esperar que pase algo. Nos costó tomar la decisión de bajar del auto, y tras ir hasta el final del primer campo, estacionamos en el inicio para intentar un contacto cercano.


En algún momento entre el silencio se escucho un caballo. El conductor del carro, pálido adolescente de cachetes colorados, nos saludó levantando un corazón, supongo que en señal de bienvenida (una señal poco clara, y nada reflejada en su rostro)


Agudizando la mirada empezamos a ver niños jugando en las casas, niños espiándonos desde las cortinas de las casas, niños entre los arboles, niños a lo lejos. Parecía una aldea de niños solitarios, temerosos y espectrales.


Sus vestimentas, bastante homogéneas y siempre oscuras se perdían en el horizonte en el momento en que cruzábamos miradas y corrían a esconderse llenos de vergüenza.
En algún momento, otro carro, esta vez con dos caballos y la onírica imagen del lechero, llevando con sigo una buena cantidad de los tarros de zinc que afloraban en todas las tranqueras de la Colonia.


El resto de la tarde, el resto de los campos, el resto de nuestros intentos, no arrojaron mayores novedades, vimos muchos chicos jugando, varios caballos, muchos tarros de lechero, algunos hombres con niños dentro del perímetro del alambrado, ninguna mujer, un niño montando genialmente a caballo, una cantidad exagerada de gallinas. 

No cruzamos palabra con ninguno... no fue de su interés, nos retiramos cuando nos sentimos invasores. Fue en el preciso momento en que tuvimos la impresión de estar haciendo intentos de cosificarlos, de observarlos en modo zoológico, de ir a mirar lo raro, a robar la foto... y la idea era compartir un ratito, pero como no hubo idea similar desde el otro lado... nos fuimos, para no molestar.

No entiendo a los menonitas, pero la curiosidad, es mutua


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