No entiendo – Diario de encierro #8



Autorretrato…. Lo que peor me sale

Nunca me supe mirar y es otra de la muchas cosas que no voy a empezar a hacer por estar encerrada.
Que veo si me miro… veo miedo a mirar mal. En un momento en que todos están  en desconcierto, yo estoy más ordenada que nunca (y me obligan a sentir culpa por eso). Mientras nadie sabe qué hacer con su tiempo, me encontré con mi tesis creciendo sana y fuerte, mis trabajos virtualizándose y hasta mis pasatiempos (como esta escritura) encuentran su ritmo y lugar.
Mientras los padres ya no saben qué hacer con sus hijos, solo florezco de propuestas, me sobran materiales e ideas, hasta me animé a contagiar por redes sociales y hasta di una conferencia on line.

Mientras pago una limpieza de casa que no obtengo, entendí la mismísima coreografía de una higiene básica y la casa se encuentra con  la dignidad suficiente para su habitabilidad, sin omitir que el resto del equipo hace mucho para que esto sea así.

Algunos pendientes hogareños llegaron a buen puerto, proyectos se amontonan por ver la luz y algunos elogios de personas insólitas hacen que esté ante la duda, pero llegando a la certeza de que algo no estoy viendo.

Me está costando mucho verle lo malo al encierro, me hice muy amiga de mi casa, voy habitándola de a sorbos, voy disfrutándola y padeciéndola, repensándola y sintiéndola.
Mi yo está en permanente mutación pero ahora en modo ascendente, en todos los roles de mi ser me siento cómoda y con las inseguridades de siempre, puedo animarme a decir que me caigo bien. Tengo ganas de hacer casi todo, tengo check list como para pasar el año en este paréntesis zamarreado, o como para salir mañana a cubrir otra enorme cantidad de asuntos.


Caprichos de cuarentena

Suelo querer cosas complicadas, suelo necesitar lo que es difícil de lograr, pero en este contexto estoy lejos de todo eso. Me encontró con ganas de aprovechar para hacer tantas cosas, que tengo una extraña sensación de que puedo con todo y no necesito nada. Como lo que hay, trabajo como puedo, juego con lo que tengo.

Pagar jardín y niñera, para hacer home office con las dos upa.... 

Veo problemas ajenos y siento que se ahogan en un vaso de agua (empatía, quien te conoce). Veo la preocupación por conseguir una librería con delivery para hacer tareas o la angustia por no poder comprar un regalo de cumpleaños y estoy profundamente convencida de poder resolver esos temas mucho más fácil y divertido con el pensamiento lateral y la creatividad, que tratando de saltar vaya del aislamiento. Hasta me entretiene un poco que los encuentros con amigos y familia sean en pantalla. Como un juego más.

Ante todo, me siento optimista, no me está faltando nada material, o al menos nada urgente, puedo esperar que el virus malvado deje de acechar en las calles. Ya estaba migrando al minimalismo de consumo, ahora me descubro cada vez más versátil al minimalismo de necesidades en el más amplio sentido. 

Yo, un ser amante del espacio público, llevo cuatro semanas sin pisar la vereda, la plaza, el museo, la biblioteca, la facultad.  Yo, un ser sociable, estoy en vínculo con pantallas sin el calor humano del espectáculo callejero, sin la complicidad del fulano, sin conversar con una vieja en la vereda, sin los abrazos (y acá no voy a cancherear, pero bué)… me faltan esas cosas y ni termino de extrañarlas.


Me falta viajar, y tampoco llega a dolerme. Siento que cada día en casa estoy más cerca del próximo avión, que nadie sabe cuándo va a ser, pero como nadie puede ir ni a la esquina, me sentiría tonta esperando viajar. Lo tengo como un anhelo en el mediano plazo, que me lleva a sonreírle a los mapas de mi casa con solo imaginarlo. Incluso, no entiendo como no tengo un próximo destino en la mira. El mundo me está preparando una sorpresa, y no me quiero adelantar.

Sigo sin saber de qué se trata (porque negación es mi lugar feliz) y también sigo sin creerle al virus su existencia, casi ni lo nombro, evadir los medios tiene sus premios.
No entiendo…. ¿Será la calma que antecede al huracán?


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